Privilegios - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 —Uuum…
haa…
—suspiró el elfo, llevándose una mano al cabello rubio y largo para echarlo hacia atrás—.
Bien, Kaellid Alek Corven…
admito que me has sorprendido.
Sus ojos esmeraldas brillaron con un matiz difícil de leer.
—Pero veo que aún eres ciego en algunas cosas, a pesar de tener esos ojos.
Nacer bendecido es un milagro.
Lo decía con una entonación casi cantada, ligera, como si aquellas palabras no pesaran tanto como en realidad lo hacían.
—En tal caso, debo decir que fue un gusto conocerte en persona.
No esperaba menos…
al menos los rumores sobre ti juegan bien a tu favor.
Su tono se volvió neutral, peligrosamente neutral, mientras comenzaba a levantarse como si nada de lo ocurrido segundos antes —aquella guerra verbal disfrazada de ajedrez— hubiera tenido lugar.
—Ciertamente hay aspectos que van a encajar con nosotros…
pero definitivamente tocará pulirte.
Dejo a Kaellid de una manera desconcertante, evaluándolo, sin dejar claro a qué se refería exactamente.
Luego giró el rostro.
—Ulvar Cael Brenn…
también es bueno ver que, al igual que Kaellid, posees cierto talento en la magia.
Servirás, ciertamente.
Una breve pausa.
—Por cierto…
en unos días les llegará una carta.
Sonrió apenas.
—Adiós.
Con un chasquido de dedos, el elfo, el caballero y el hombre obeso desaparecieron en un vórtice que distorsionó el aire por un instante.
Cuando el silencio regresó, solo quedaron Kaellid y Ulvar, inmóviles, desconcertados…
preguntándose qué acababa de ocurrir realmente.
Ulvar tardó unos segundos en reaccionar.
Al final, solo pudo decir: —Em…
Kaellid…
¿me puedes decir qué mierda acaba de pasar?
Kaellid rompió a reír.
—Mira, Ulvar, si yo tuviera esa respuesta ya estaría divagándola contigo —soltó entre carcajadas—.
Esto fue absurdamente raro.
Se suponía que íbamos a pelear por este lugar, gritos, amenazas, quizá sangre…
y ahora me pregunto si todo esto no estaba planeado para un resultado completamente distinto.
Su expresión se tornó pensativa.
—Y ahora otra pregunta: ¿qué clase de carta vamos a recibir?
¿Una demanda?
¿Una reforma forzada?
Hm…
lo dudo.
—Kaellid, para ya —lo cortó Ulvar—.
Estás empezando a divagar.
Antes de que pudiera responder, ambos escucharon pisadas acercándose desde la cocina.
Kaellid giró la cabeza y sonrió al verla.
—Abuela…
pareces angustiada.
¿Te encuentras bien?
La anciana apoyó una mano en la mesa.
—Muchacho…
¿qué fue esa energía que se sintió?
Mi visión se volvió borrosa por un momento.
—Ah…
eso.
Tienes razón —respondió Kaellid con calma—.
El que vino no fue el Enrir que conocíamos como “gran noble”.
Era un elfo, especializado en magia…
y por lo que pude notar, uno antiguo.
Tuve que activar mi ALCO para no quedar afectado o desmayarme en ese momento.
Kaellid se acercó y le acarició el cabello con un gesto familiar.
—Abue, ve a descansar.
Hoy no se abrirá el lugar.
Ella bufó suavemente.
—Chico, estaré en mis últimos años, pero no necesito consuelo de un jovencito.
Aún sigo siendo fuerte.
Mientras lo decía, levantó el brazo mostrando el músculo…
aunque lo único que evidenciaba era la vejez: piel arrugada, floja, pero firme en su orgullo.
—Los Corven somos fuertes.
—Sí, lo somos.
Lo sé —respondió Kaellid con suavidad—.
Pero hoy tengo que encargarme de muchas cosas.
Debo ver a Agnes…
y a mi maestro.
—Está bien, mi niño —dijo ella, acomodándole la ropa con cuidado—.
Cuídense los dos.
Con cuidado…
ahora agáchate para que te dé un beso en la mejilla.
Kaellid obedeció sin protestar.
—Ve a descansar —dijo al enderezarse—.
Nos vemos pronto.
Ya en salida, en las calles sucias del sector, podía notarse que la hora había avanzado; quizá entre las diez y las once de la mañana.
El bullicio habitual del submundo empezaba a despertar del todo.
Ulvar caminaba a su lado, inquieto, mientras Kaellid avanzaba tarareando una melodía que había escuchado alguna vez a un bardo callejero, como si lo ocurrido no pesara sobre sus hombros.
Ulvar no aguantó más.
—Kaellid…
tengo una pregunta —dijo finalmente—.
Ese tipo…
el elfo.
Se refirió a tus ojos.
¿Sabes a qué se refería?
Kaellid dejó de tararear, pero no detuvo el paso.
—Seriamente…
me pregunto lo mismo —respondió con calma—.
Pensándolo bien, no sería descabellado.
¿Y si nací con un ALCO de nacimiento?
Ulvar frunció el ceño, atento.
—¿Crees que sea posible?
—Lo es —dijo Kaellid con tranquilidad—.
Nunca conocí a mis padres.
Mi abuela siempre dijo que mis ojos no se parecían a los de mi padre ni a los de ningún Corven que ella recordara.
Y de mi madre…
nunca supo nada.
Solo que mi padre desapareció durante dos años y regresó conmigo en brazos.
Hizo una pausa breve, como si ordenara pensamientos que llevaba años evitando.
—Desde que tengo memoria, veo cosas que me hacen preguntarme si otros también las ven.
A veces siento que estos ojos pueden ser una bendición…
y otras, una maldición que aún no comprendo.
Eso solo se sabrá en el futuro.
Lo único cierto es que son algo a lo que debo aferrarme, porque sé que voy a cambiar este mundo.
Kaellid giró ligeramente la cabeza y miró a Ulvar con una sonrisa alegre, serena y firme.
Ulvar le devolvió el gesto.
Confiaba en esas palabras.
Kaellid era su luz y la de muchos dentro de ese hueco que llamaban hogar.
—Supongo que para alguien como ese elfo —añadió Ulvar—, con tantos años encima, no debe ser difícil reconocer algo así con solo mirarte.
—Exacto —respondió Kaellid—.
Los años no vienen sin experiencia.
Seguramente ya vio a otros como yo…
El silencio volvió a instalarse entre ambos mientras seguían caminando, pero ya no era incómodo.
Era denso.
Cargado de presagios.
Dejando atrás las calles densas de comerciantes —uno de los sectores más queridos por su gente—, Kaellid y Ulvar se adentraron en una zona distinta de la ciudad.
El ambiente cambió casi de inmediato: el olor a grasa, aceites y hierro se les pegó a las fosas nasales, y la calma dio paso al estruendo constante de martillos golpeando metal vivo.
Espadas colgaban en exhibición improvisada, algunas recién forjadas, otras a medio terminar.
En un rincón, constructores discutían nuevas ideas mientras trazaban planos manchados de hollín.
Era un lugar ruidoso, sucio…
y hermoso para cualquiera que entendiera el genio detrás de aquella afiliación.
Entraron al taller principal.
Hombres y mujeres trabajaban sin descanso: unos martillaban hojas incandescentes, otros afilaban filos o ajustaban empuñaduras.
El calor era sofocante.
Desde el fondo del lugar, destacaba una figura inconfundible.
Una enana de piel trigueña y áspera, marcada por cicatrices viejas y recientes.
Tatuajes de símbolos que solo ella sabría explicar recorrían sus brazos.
Rondaría los cuarenta años —una madurez dura, forjada más por experiencia que por tiempo—.
Llevaba un parche cubriéndole un ojo; el otro observaba con una atención feroz.
Su rostro estaba empapado en sudor, los labios manchados de polvo metálico, las cejas ralas, las manos llenas de heridas abiertas.
Esa era Agnes Yotúr.
Maestra —en ciertos aspectos— tanto de Kaellid como de Ulvar, aunque solo a tiempo parcial.
Ulvar nunca fue muy afín a aquel ambiente.
No le gustaba ensuciarse ni el calor constante, aunque apreciaba lo que aprendía allí.
Kaellid, en cambio, observaba el lugar como quien entra a un santuario.
La mayoría de las marcas en sus manos habían nacido en ese sector.
Ulvar se acercó a él, secándose el sudor de la frente.
—Kaellid…
no puedo estar mucho tiempo aquí.
Hace demasiado calor.
Menos mal vivo cerca.
Kaellid soltó una risa baja y alzó la vista hacia el techo ennegrecido.
—Siempre sales con lo mismo —respondió—.
¿Qué prefieres?
¿Vivir limpio o sudar mientras haces algo que vale la pena?
Ulvar negó con la cabeza.
—Nunca voy a entender eso de “andar sudoroso”.
Kaellid sonrió.
—Está bien.
Nos vemos al rato.
Gracias por acompañarme esta mañana…
y por hacerme llegar temprano.
Puede que luego pase por tu casa; hace tiempo que no veo a tu familia.
Ulvar suspiró, resignado.
—Mamá se alegrará de verte —dijo mientras se despedía—.
Nos vemos luego.
Kaellid, aún a varios metros, alzó la voz sin ningún pudor.
—¡MAMÁ AGNES!
Varios trabajadores del taller se giraron de inmediato.
Al reconocer quién había gritado, algunos soltaron risas ahogadas.
Sabían lo que se venía: el torbellino había vuelto a molestar a la enana más temida del lugar…
y, para desgracia de muchos, el único hombre capaz de hacerlo sin salir con consecuencias realmente graves.
Kaellid avanzaba con una sonrisa abierta, casi infantil.
Agnes levantó la vista del plano que estaba dibujando y lo fulminó con la mirada.
—Niño malcriado —gruñó—.
Deja de gritar como si esta fuera tu casa.
Y deja de decirme “mamá“.
Yo no soy madre de nadie.
¿Qué quieres ahora?
¿A qué vienes a molestarme?
—Jajaja, vamos, Agnes —respondió Kaellid, acercándose sin el menor rastro de miedo—.
Solo vengo a contarte mi pequeña aventura de esta mañana…
y a ver si sabes algo al respecto.
Sin pedir permiso, se sentó a su lado.
Agnes resopló, volviendo la vista al plano: un diseño de algún artilugio extraño que Kaellid no lograba identificar.
Nunca había visto algo parecido, y eso ya decía mucho.
—Después de todo —añadió él con ligereza—, los enanos viven más que los humanos.
Agnes chasqueó la lengua.
—¿Y ahora qué eres?
¿Una vieja chismosa?
—dijo sin mirarlo—.
¿Alguna vez te di la impresión de que me interesaban esas tonterías?
¿O es que viene en la sangre humana andar de lengua suelta?
—No seas tan exagerada —replicó Kaellid con una sonrisa ladeada—.
Quiero compartirte algo serio.
¿Te acuerdas de nuestro “amigo” Enrir?
Resulta que ni siquiera era alguien importante.
Eso sí hizo que Agnes se detuviera.
Alzó la cabeza lentamente y lo miró de reojo.
—¿Huh…?
—murmuró—.
¿A qué te refieres?
—Ese tipo solo era una prueba.
Para mí y para Ulvar…
o eso parece.
Y esa parte es la que me dejó más confundido.
Agnes frunció el ceño.
—Estaban negociando tu local, ¿no?
—dijo con voz grave—.
¿Qué tiene que ver eso con una prueba?
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