Privilegios - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 —Bueno, para resumirte —dijo mientras jugueteaba con su cabello—.
Al parecer quien verdaderamente quería hacer el “trato” por el lugar era un elfo…
pero fue raro.
Agnes se tensó, y no sin razón.
En aquel mundo, los elfos eran conocidos como seres de poco sentir: insensibles a su entorno, ajenos a la necesidad de felicidad o tristeza.
Para ellos, las emociones eran prescindibles.
Sabían que tenían ventaja sobre las demás razas cuando se trataba de vivir, y eso era motivo de orgullo.
Eran pocos los que se mostraban entre otras razas.
La mayoría habitaba su propio mundo, separado del reino común.
Aquellos que descendían a tierras compartidas lo hacían por curiosidad o por un deseo pasajero de coexistir.
Orgullosos, y con razón: seres bendecidos por los dioses.
—Agnes…
¿pasa algo?
—preguntó Kaellid al notar el cambio, sujetándole el brazo con suavidad.
—Perdón, niño —respondió ella tras un instante—.
Recordé algo, nada más.
—¿Qué cosa?
¿Te hicieron algo en el pasado?
Agnes soltó una breve risa, forzada.
—Kael, antes de que esta región siquiera existiera, hubo muchas guerras.
Yo estuve involucrada en algunas…
malas experiencias con ciertos elfos.
No lo entenderías, eres solo un niño —añadió, riendo esta vez con más ligereza para aliviar el ambiente.
Kaellid se puso de pie sin decir nada.
Desató el cabello que Agnes llevaba amarrado y, con cuidado, comenzó a desenredarlo y acomodarlo con sus manos.
—Bueno, si tú lo dices —respondió al fin—.
Algo sí es cierto: vivo ignorante de las guerras.
Aún no me ha tocado estar en algo así…
¿quién sabe?
Tal vez algún día.
Agnes frunció el ceño y se giró con brusquedad, dándole un golpe seco en los testículos.
—Niño idiota, no digas estupideces —espetó.
Luego suspiró, recuperando la compostura.
—Mejor dime qué fue exactamente lo que pasó esta mañana.
Kaellid, adolorido en el piso, apenas pudo decir entre risas: —Perdón, mamá Agnes…
era bromeando —rió con dificultad.
Cuando logró recomponerse y ponerse de pie, comenzó a contarle con detalle lo ocurrido aquella mañana.
Agnes no dejó de trabajar en ningún momento; continuó trazando líneas en su plano mientras escuchaba con atención.
—Hm…
ya veo —murmuró—.
Espero que no le haya pasado nada grave a la señora Koal.
Terminó de guardar el proyecto en un tubo especial, reservado para sus ideas.
Kaellid, mientras tanto, seguía jugueteando con su cabello.
Sí, Agnes jamás lo admitiría, pero había dejado crecer su cabello únicamente por ese pequeño torbellino llamado Kaellid.
—Bien, ya entiendo la situación —dijo ella finalmente.
—¿Ah, ¿sí?
Entonces…
¿qué quería decir ese elfo?
Agnes resopló.
—Chico, ¿no eras tú el inteligente?
Es obvio que se trataba de alguien de la Academia.
¿No sabías que a quienes no son de la nobleza y carecen de privilegios les hacen pruebas antes de entrar?
No muchos logran pasar.
Tal vez, en una década, entran dos o tres como ustedes.
Hizo una breve pausa y lo observó con atención.
—La verdadera duda no es esa.
Es por qué se refirió a tus ojos.
Son llamativos, sí…
pero ¿qué pueden tener de especial?
—Bueno…
llegué a una conclusión —respondió Kaellid—.
Tal vez tengo un ALCO de nacimiento.
Agnes se giró de golpe, el tubo aún en la mano, una ceja alzada.
—¿ALCO de nacimiento?
—repitió—.
Nunca he visto a alguien con esa cualidad…
pero es posible.
Desde pequeño veías cosas que no eran normales para otros.
Aunque yo siempre pensé que solo eras alguien que sabía observar.
Sonrió de lado.
—Aún eres joven.
Lo descubrirás más adelante.
Le tendió el tubo.
—Sujétalo.
Kaellid obedeció mientras ella se amarraba nuevamente el cabello.
Él soltó una risa amarga por el gesto.
—Gracias por tu ayuda.
Nunca pensé en la Academia…
fui un idiota.
Me cegó que se metieran con mi propiedad.
—Niño —respondió Agnes con severidad—, te falta crecer.
Tener tu edad es un desequilibrio diario.
No permitas que eso juegue en tu contra.
Te atacarán, sí, pero no te enfoques en el problema: resuelve el enigma.
—Gracias, mamá.
Sabía que podrías ayudarme con eso.
—Ja —bufó ella—.
Tengo que educar a un niño para que no sea un idiota, nada más.
—Bien, toma, tu plano, Agnes —dijo Kaellid, acercándole el tubo—.
—Kael…
este es mi regalo para ti antes de tu partida.
A Ulvar le dejé uno en casa.
Kaellid se quedó inmóvil.
Que aquello viniera de ella lo descolocaba por completo.
¿Un regalo?pensó.
¿Es una broma?
—¿Me dejas tarea como regalo?
—dijo, soltando una risa baja.
—Bueno —replicó Agnes con sequedad—, ¿qué mejor regalo mío que ese?
Lo miró con evidente enojo.
—Kael, mejor agáchate.
Necesito decirte algo.
—¿Agnes?
¿Qué suce— No terminó la frase.
Agnes lo abrazó con la fuerza de una enana robusta y curtida por el hierro y la guerra.
Lo apretó sin pedir permiso, como solo alguien que ha visto crecer a otro desde niño puede hacerlo.
—Mi niño…
cuánto has crecido —murmuró, acariciándole el cabello largo.
La escena no pasó desapercibida.
Nadie en el taller se atrevió a reír ni a comentar nada.
Todos entendían ese gesto: Kaellid estaba a punto de ir a lo grande…
y, al mismo tiempo, a un mundo nuevo y peligroso.
—Este regalo —continuó Agnes— es un arma nueva para ti.
Aplica todo lo que te enseñé en ella.
Estoy segura de que podrás construirla.
Se separó apenas lo suficiente para mirarlo.
—Aún no existe para el público.
Puede que en años solo unos pocos la tengan.
Pero esta es diferente.
Lleva la marca Yótur.
Te aseguro que está hecha al cien por ciento para ti.
Solo debes saber cómo proceder con cada módulo que te dejé.
Volvió a abrazarlo para finalizar, más fuerte esta vez.
—Ten cuidado en esa Academia.
Te van a discriminar por dónde naciste, y mucho.
Pero eso te hará fuerte.
Su voz bajó.
—Y protege a Ulvar, por favor.
Él te necesita…
tanto como tú lo vas a necesitar a él.
Kaellid, atrapado en ese abrazo con la cabeza presionada contra ella, sonrió.
—Sí, mamá, eso hare —rió suavemente—.
Gracias por este regalo.
Te quiero.
Con el tubo aún firme entre sus manos, Kaellid comenzó a despedirse.
Primero de Agnes, luego de cada uno de los trabajadores del taller.
No hubo palabras grandilocuentes, solo gestos conocidos, miradas cómplices y alguna que otra risa apagada.
Agnes se quedó inmóvil, observándolo alejarse.
Aquel muchacho que le había hecho perder la paciencia un millón de veces cruzaba ahora la misma puerta por la que, desde niño, entraba solo para molestar.
Junto a el pequeño de cabello naranja que lo seguía con timidez; ahora caminaba, con paso firme y un futuro demasiado grande para ese taller.
La enorme puerta del taller se cerró lentamente.
Agnes no apartó la mirada hasta que la luz que parecía rodearlo desapareció tras el portón de hierro.
Kaellid…Espero que tu vida mejore la de todos, pensó la enana, frunciendo el ceño como si eso pudiera ocultar el nudo en su garganta.
Algún tiempo después Kaellid avanzaba por las calles con el tubo largo apoyado contra su hombro.
Sus pensamientos daban vueltas sin orden.
—¿Qué demonios será este plano…?
—murmuró—.
Es un arma…
pero nunca vi nada parecido.
Se llevó una mano a la cabeza, cansado.
—Aaagh…
mejor no pienso en eso ahora.
Luego.
—Primero el maestro.
Para cuando el sol ya se encontraba alto, cerca del mediodía, Kaellid llegó solo a un rincón olvidado del submundo.
Allí se alzaba una cabaña vieja, desgastada por los años y el abandono.
Un pequeño perro dormía frente a la entrada.
Apenas el animal captó el olor, abrió los ojos y comenzó a ladrar con entusiasmo, moviendo la cola con tanta fuerza que parecía a punto de despegar del suelo.
—Nachito —rió Kaellid, dejando el tubo con cuidado apoyado junto a la choza—.
¿Quién es el perrito más panzoncito?
Se agachó para acariciarle la barriga, recibiendo lamidos felices.
Los ladridos no tardaron en alertar al interior.
De la cabaña salió un hombre moreno, de labios gruesos y mirada severa.
Cicatrices marcaban su rostro y brazos.
Vestía una camisa vieja, manchada por el trabajo y el tiempo.
Observó a Kaellid desde la distancia, evaluándolo.
Kaellid tomó nuevamente el tubo y se enderezó.
—¡Maestro!
—dijo, firme.
La voz grave del hombre resonó con autoridad.
—Joven Kaellid…
es un milagro verlo temprano y, peor aún, a la hora solicitada.
—¿Acaso te picó finalmente la madurez?
Kaellid torció el gesto.
—¿Madurar?
—respondió—.
No soy una planta.
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