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Privilegios - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 —A veces me pregunto si valió la pena mostrar tu existencia a Varde —suspiraba pesadamente—.

Al menos tu amigo Ulvar sí es alguien que puede seguir un régimen ordenado…

mientras tú…

bueno, eres tú —inquirió el maestro, con un tono cansado pero familiar.

—Maestro —respondió Kaellid con una risa breve—, si no fuera así ya le digo que este lugar sería ultra aburrido.

Tal vez lo único que lo mantendría vivo sería el pequeño Nacho.

—Sí, como sea, Kaellid —replicó el hombre moreno, cruzándose de brazos—.

Iniciemos seriamente el porqué te llamé aquí.

El ambiente se tensó apenas.

—Vas a ir a la academia de magos, ¿cierto?

—Así es, señor —respondió Kaellid sin dudar.

El maestro alzó una ceja.

—Curioso.

Todo lo que te enseñé fueron artes marciales.

Disciplina del cuerpo.

Técnicas que no requieren magia, solo ALCO.

¿A qué se debe ese cambio?

¿Es solo por tu amigo?

—No —dijo Kaellid con más seriedad de la habitual—.

Ulvar sabe manejarse solo.Hizo una breve pausa antes de continuar.—Quiero explorar el mundo.

Quiero unir lo que usted me enseñó con la magia y el ALCO de una forma distinta.

Si nací fue para aprender y evolucionar, no para quedarme en un solo camino.

El maestro dio un paso al frente y le tocó la frente con un dedo.

—Niño, no seas arrogante.

Puede que intentes cambiar el mundo…

pero el mundo no va a cambiar tan fácil a tu favor.

—Lo sé, maestro —respondió Kaellid, bajando un poco la mirada—.

Lo entiendo.

El hombre lo observó en silencio unos segundos más, como si evaluara algo que no se decía en palabras.

—Kaellid…

mi regalo siempre va a ser lo que te enseñé.

Cuídate en ese lugar.

Y sí, ya te lo habrán dicho, pero igual te lo repito: vas a ser absolutamente discriminado.

Luego, algo extraño ocurrió.

El rostro severo del maestro se suavizó, apenas, dejando escapar una sonrisa que casi nunca mostraba.

—Cambia el destino a tu favor, Kaellid, si eso es lo que deseas.

Haz lo que se te dé la gana.

Nadie pierde su libertad por intentar algo así.

Vas a perder.

Vas a fallar.

Pero vas a aprender.

El maestro respiró hondo.

—Kaellid Corven…

no me queda nada más por enseñarte.

El viento cruzó el claro frente a la choza.

Nacho dejó de moverse.

Incluso los sonidos lejanos del submundo parecieron apagarse por un instante.

Silencio.

Kaellid no respondió de inmediato.

Tragó saliva, apretó los dedos alrededor del tubo que llevaba consigo y, finalmente, levantó la mirada.

—Fue un honor ser su alumno —dijo, inclinándose en una reverencia sincera.

—Y fue un honor ser tu maestro —respondió el hombre con voz grave.

No dijeron nada más.

Kaellid se giró y comenzó a alejarse, con el peso del futuro sobre los hombros y la certeza de que, desde ese momento, el camino que seguiría ya no le sería señalado por nadie más.

En el transcurso de la tarde, ya cerca de las cuatro, Kaellid había estado rondando por su casa desde que terminó aquella última charla con su maestro.

El tubo que Agnes le había entregado descansaba ahora en su habitación, guardado con cuidado, como si todavía no supiera qué lugar ocuparía en su vida.

Reía junto a su abuela por cosas triviales.

Aquella anciana se encontraba mejor, a pesar de lo ocurrido en la mañana, y eso le daba una calma que no había tenido en todo el día.

Kaellid se sentó a su lado mientras leían un libro juntos; cuando estaban por terminarlo, él apoyó la cabeza en su hombro y habló.

—Sabes, abuela…

he estado pensando en algo desde lo de esta mañana.

Ella no respondió de inmediato.

Solo siguió leyendo, como si esperara a que continuara.

—No es por nada, pero ya el negocio no puedes manejarlo como antes.

—Muchacho, no intentes insultarme sutilmente —respondió ella, riendo en voz baja.

Kaellid sonrió.

—Estoy pensando en dejárselo a alguien de confianza.

La anciana suspiró, cerró el libro y los ojos por un momento.

—Oh…

mi Kaellid, ¿has reaccionado finalmente?

—¿Qué puedo decir?

Tengo que asegurarme de tu salud.

No puedo ser egoísta por siempre.

Ella abrió los ojos y lo miró con una expresión tranquila.

—Creo que ya sé quién puede ser.

Kaellid rió suavemente mientras se levantaba del sillón, aquel que tanto apreciaba su abuela.

—Entonces saca tus conclusiones.

Hablaré con él más tarde, aún es temprano.

Caminó hacia la puerta y, antes de salir, se giró.

—Voy a casa de Ulvar a despedirme de su familia.

Espero que no estén alterados por él…

—pensó, deseando que fueran más calmados que su amigo—.

Te dejé café preparado y hay pan, lo compré en el camino.

—Está bien, cariño —respondió ella con una sonrisa cansada—.

Cuídate en el camino.

Que Dios te proteja.

Kaellid salió de casa con calma, estirándose un poco antes de echarse a andar.

El aire de aquella tarde era agradable, con ese olor al que todos ya se habían acostumbrado: una mezcla extraña, ligeramente similar al licor.

El sol ya no caía con la misma fuerza que en la mañana, y eso hacía el camino más llevadero.

Avanzó por calles conocidas, saludando a algunas personas con un simple gesto de la mano.

Mientras caminaba, pensó brevemente en la familia de Ulvar y en lo caóticos que podían llegar a ser.

Si Ulvar ya tendía a preocuparse y sobrepensar las cosas, su familia era aún peor.

Exhaló despacio y dejó escapar una risa baja al recordarlo.

No iba apurado, aunque el trayecto era algo largo, quizá unos veinte minutos.

Aun así, siguió caminando con tranquilidad hasta que, finalmente, pudo distinguir a lo lejos la casa de su amigo.

Al acercarse poco a poco a la casa, Kaellid pudo escuchar gritos desde el interior.

Negó con la cabeza en silencio; ciertamente, la familia de Ulvar no aceptaba la idea de que se fuera a la academia.

Para ellos, seguía siendo su niño, su hermano preciado, y no estaban dispuestos a soltarlo tan fácilmente.

Kaellid se acercó a la puerta y golpeó con fuerza.

De un momento a otro, todo quedó en silencio.

La puerta se abrió y apareció una joven musculosa, de unos veinticinco años.

Era Argana Brenn, la hermana de Ulvar.

No era tan alta como Kaellid, pero casi alcanzaba su estatura.

Compartía muchas de las facciones de Ulvar, aunque en una versión claramente femenina: el cabello menos descuidado, recogido en una cola de caballo firme.

Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiese estado llorando.

Kaellid la miró y la saludó con naturalidad.

—Hey, Argana.

¿Qué tal van las cosas?

Argana lo fulminó con la mirada.

—¡Entra ahora!

—ordenó, señalándolo con decisión.

Kaellid alzó ambas manos de inmediato.

—Está bien, está bien…

—respondió con una risa nerviosa mientras cruzaba aquella puerta de la familia Brenn.

Dentro de aquella casa humilde se podían ver varias pinturas que Kaellid reconoció al instante.

Él mismo era el autor de esas obras: una familia retratada una y otra vez, compuesta por un adolescente, una joven y dos adultos.Avanzó un poco más junto a la hermana de Ulvar hasta llegar a la sala, un espacio que ya conocía bien.

Allí se encontraba un hombre de unos cuarenta años, de cabello negro y ojos verdes apagados, cargados de una melancolía evidente.

Tenía pecas en el rostro, un cuerpo robusto y vestía una camisa manchada como si hubiera trabajado con carbón, pantalones desgastados y una barba espesa y descuidada.El hombre observaba a su hijo con seriedad, y Ulvar le devolvía la mirada sin apartarse.

En medio de ese silencio tenso, Kaellid alcanzó a escuchar: —¿Ya ven por qué no se los dije?

Al acercarse un poco más, ambos voltearon en su presencia.

—¡Kaellid!

—exclamó Ulvar, con alivio inmediato.

El padre, en cambio, solo dijo, con voz seca y grave: —Corven…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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