Privilegios - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 —Señor Karlin, qué bueno es verlo de nuevo, y en tan buena salud —dijo Kaellid con un tono juguetón mientras se sentaba en uno de los muebles de la casa, cruzando las piernas con total naturalidad.
En aquella sala se encontraba casi toda la familia Brenn; solo faltaba una persona.
Y, como si hubiera sido invocada por el silencio, su voz resonó con fuerza desde el fondo de la casa.
—¡KAELLID ALEK CORVEN!
¿A dónde piensas llevarte ahora a mi niño?
¿Qué ideas le estás metiendo en la cabeza esta vez?
La voz pertenecía a Ilban Brenn, madre de Ulvar.
Protectora, dominante y, para decirlo sin rodeos, la verdadera autoridad dentro de esa casa y de la familia en general.Kaellid, al escucharla, llevó dos dedos a la frente y agachó un poco la cabeza, suspirando para sí.
Ay, Ulvar…
¿por qué no les dijiste antes lo de la academia?
Le lanzó una mirada de reojo, con una ceja levantada y una pizca de rabia contenida.
Ulvar, captando el mensaje, simplemente apartó la vista y fingió observar otra cosa.
No hubo tiempo para más.
De un momento a otro, Ilban se lanzó hacia Kaellid con una furia desmedida.
—¡Maldito niño de mierda!
Argana reaccionó de inmediato, sujetando a su madre del ropaje y logrando separarla de Kaellid antes de que la situación escalara más.
No era una tarea sencilla: toda la familia Brenn —a excepción de Ulvar— estaba formada por gente de trabajo duro, cuerpos fuertes y músculos forjados en el bajo mundo.
Mineros, nada menos.
Ilban no era la excepción.
Su figura era casi una copia exacta de sus hijos, aunque más parecida a Argana: la misma estructura sólida, solo que curtida por los años.
El color de su cabello era lo que más delataba que, sin lugar a dudas, aquellos eran hijos suyos.
—¿Ulvar, no habías dicho que tu madre amaría verme?
—soltó Kaellid, aún con nerviosismo.
Ulvar no respondió de inmediato.
Se levantó y caminó hacia él, colocándose entre Kaellid y su madre, como un escudo torpe pero decidido.
—Por favor, madre…
de verdad no entiendo por qué están tan enojados por esta noticia.
—¡El problema, maldito niño, es que nos avisan cuando ya se van!
—rugió Ilban, con la voz cargada de rabia—.
¡En dos días!
¿Eso te parece justo?
Kaellid se puso de pie y, sin pensarlo demasiado, se agachó, tirando suavemente de Ulvar para que hiciera lo mismo.
Ambos inclinaron la cabeza.
—Perdón…
—dijo Kaellid con sinceridad—.
De verdad lo sentimos.
Pero este es nuestro futuro.
Alzó un poco la vista.
—Mi maestro y el señor Yester vieron potencial en nosotros.
¿Qué tiene de malo querer explotarlo?
—¡Ya, pero…!
—intentó replicar Ilban, sin lograr encontrar las palabras.
Ulvar dio un paso al frente.
—Lo siento, mamá.
Sé que nunca estuviste de acuerdo con la magia…
pero si tengo talento, aunque sea una pizca, ¿qué tiene de malo intentarlo?
Levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Mamá…
papá…
hermana.
Necesito volar lejos.
Si me quedo aquí, solo viviré en una rutina sin sentido, odiando mi propia vida.
El silencio cayó lentamente sobre la sala.
La furia en el rostro de Ilban comenzó a resquebrajarse, transformándose en tristeza.
Sus ojos se humedecieron.
Kaellid observó la escena en silencio.
Pensó, con una pequeña sonrisa, que tener una familia así era algo verdaderamente maravilloso.
Uno a uno, los Brenn se acercaron a Ulvar.
Él bajó la mirada, sin saber qué hacer, hasta que sintió ese calor familiar: el abrazo firme de su madre que siempre se le brindo, el afecto rudo de su padre que siempre gusto, la presencia protectora de su hermana que siempre aclamo.
Se dejaron llevar por ese gesto simple y poderoso.
Aceptaban que el menor ya no era solo una cría…
estaba listo para volar.
Ilban levantó la vista hacia Kaellid.
—Por favor, Kaellid…
júntate con nosotros.
Kaellid no dudó ni un segundo.
—Claro que sí!
Se acercó con una sonrisa amplia y rodeó a la familia, uniéndose a aquel círculo de amor silencioso.
Un breve tiempo después, todos se encontraban reunidos alrededor de una mesa grande.
No era un banquete lujoso, sino uno pequeño y humilde, lleno de un amor evidente, de ese que solo existe en un entorno familiar.
Reían y compartían anécdotas del pasado, historias que para los mayores —el padre y la madre— no parecían tan lejanas como deberían.
Cuando la mayoría ya había terminado de comer, Argana miró a Kaellid con curiosidad.
—Oye, Kaellid.
—Dime.
—¿Cómo fue posible que los aceptaran en esa academia?
—preguntó—.
Digo…
somos marginados de la alta sociedad.
¿Cómo ocurrió?
—Es fácil de explicar —respondió Kaellid con calma—.
El señor Yester nos recomendó.
Al ser parte de la nobleza y la aristocracia, tiene cierta influencia.
No es algo raro, pero tampoco sucede a menudo…
sobre todo porque, por miedo, nuestra gente rara vez acepta exponerse a ese trato.
—¿Acaso cosas malas les pueden suceder, dices?
—preguntó el padre, alarmado.
Todas las miradas se giraron hacia Kaellid.
—Relájense —añadió enseguida—.
Eso ocurre por nuestra clase social, nada más.
Mi maestro ya me había advertido.
Pero confíen en Ulvar, es fuerte.
Ulvar se sonrojó un poco; nunca le había gustado que lo alabaran de esa manera.
—Además —agregó Kaellid, sonriendo—, estoy yo.
De pronto, se levantó de la silla y alzó la voz con dramatismo.
—¡Yo, Kaellid Alek Corven, juro por mi vida que seremos quienes cambien este mundo!
—hizo una breve pausa—.
¡Y prometo salir en los periódicos, jeje!
Por un instante, el silencio reinó en la mesa…
hasta que estallaron las carcajadas.
—¡Eres un idiota, Kaellid!
—rió Argana.
Luego añadió, aún sonriendo: —Pero qué mejor que un idiota que sabe exactamente a dónde va.
Esa noche, entre risas y promesas, nuevos horizontes se alzaban, Kaellid Corven y Ulvar Brenn marcarían el mundo.
Kaellid, ya para finalizar su visita, se acercó a la puerta de aquella casa.
La última despedida fue con Argana, quien se le aproximó por la espalda solo para decirle, con una sonrisa torcida: —Cuídate, “pequeño” problema.
Le revolvió el cabello con fuerza, le dio un beso rápido en el cachete y, sin darle tiempo a responder, cerró la puerta tras él.
Kaellid se quedó un instante en silencio y murmuró para sí mismo: —Bueno…
ahora sí, a hacer la última ofrenda del día.
Tiempo después, caminando por las calles del sector, notó cómo la mayoría de los puestos comenzaban a recoger sus ventas.
El ambiente ya no era el mismo de la mañana.
Se acercó entonces a uno en especial: el de aquel hombre de cara de pez, el semihumano gordo que siempre le daba de comer cada mañana de camino a casa.
—¡Vulgrar!
¡Viejo panzón!
Vulgrar gruñó y cerró los ojos con fastidio.
A su lado apareció una joven, curiosa por saber quién gritaba de esa manera.
—¡Kaellid!
—Solde, ¿qué tal?
—respondió él.
Kaellid tomó su mano y la besó con exageración.
—Muy bien, ¿y tú?
—añadió, pellizcándole la mejilla.
Solde era una muchacha de piel azul, con una fisionomía ictioide muy marcada.
Al ver el gesto, Vulgrar intentó golpear a Kaellid con un palo, fallando estrepitosamente.
—¡Ya, ya!
Era bromeando —dijo Kaellid, riendo mientras se llevaba una mano a la cintura.
Luego lo miró con seriedad.
—Vulgrar, te tengo una oferta.
El semihumano bufó.
—A ver, ¿qué tipo de oferta propones, chico?
No vendrás con alguna broma, ¿no?
Solde observaba con atención; Kaellid no solía iniciar ese tipo de conversaciones.
—No, qué va —respondió—.
Hablo en serio.
Quiero que hagas un restaurante en mi taberna o bueno técnicamente se volvería en tu restaurante.
El palo que Vulgrar sostenía cayó al suelo por la impresión.
Solde se llevó las manos a la boca, con una sonrisa que no podía ocultar.
—K-Kaellid…
eso no es una broma de mal gusto, ¿verdad?
—dijo Vulgrar—.
No se juega con la ilusión de la gente.
Kaellid soltó una carcajada suave.
—No es una broma.
Te puedes quedar con eso.
Solde no se contuvo y saltó a abrazarlo.
—¿Es en serio, Kaellid?
Lo miraba desde abajo, con los ojos brillantes.
—¿Pero por qué?
—preguntó Vulgrar—.
¿Pasó algo con tu negocio?
Escuché rumores…
dicen que entraron tres tipos a tu taberna.
¿Te hicieron algo?
—Ciertamente pasó algo —admitió Kaellid—, pero no tiene nada que ver con esto.
Les voy a contar.
Entonces explicó, a padre e hija, lo ocurrido: la academia, su abuela, la decisión que había tomado.
—Wow…
o sea que te vas a convertir en mago —dijo Solde.
—Mmm, no exactamente…
pero en parte sí —respondió, rascándose la nuca—.
Es difícil de explicar.
Vulgrar bajó la cabeza, se quitó el gorro de chef gastado y lo sostuvo contra su pecho.
—Muchas gracias, Kaellid Corven.
Nunca olvidaré esto.
Solde, a su lado, hizo una reverencia profunda, con una gran sonrisa cargada de lágrimas.
—Gracias a ti, Vulgrar, por soportarme todos estos años y darme la mejor comida —respondió Kaellid—.
Luego arreglaremos todo con calma.
Por ahora, guarden sus cosas…
ya es tarde y es mejor tener cuidado.
Comenzó a alejarse.
—¡Cuídate!
—dijo Vulgrar.
—¡Cuídate, Kaellid!
¡Te quierooo!
—gritó Solde.
Kaellid levantó una mano en despedida sin voltear, con una sonrisa tranquila.
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