Privilegios - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 Al día siguiente, Kaellid despertó alrededor de las siete de la mañana.
Durante unos segundos se quedó mirando el techo desgastado de su habitación, siguiendo con la vista las grietas que ya conocía de memoria.
Luego giró la cabeza hacia la esquina donde descansaban sus pinturas, apoyadas unas contra otras como testigos silenciosos de su vida en ese lugar.
Con el cabello completamente desordenado, se levantó y fue directo a la ducha.
Cada mañana en aquel mundo era un calor infernal, pero bastaba con abrir la ventana para que el viento aligerara un poco el ambiente.
Desde allí pudo ver los estrechos callejones que se extendían de un lado a otro: personas colgando su ropa aún húmeda después de lavar, conversaciones matutinas, vida sencilla comenzando el día.
Kaellid saludó con un gesto de la mano y continuó con lo suyo.
Se duchó, quitándose el sudor y cualquier resto de impureza, usando jabones básicos y un shampoo barato con el que apenas lograba domar su cabello.
Ya limpio, se vistió con una camisa algo más elegante, usando el mismo conjunto inferior del día anterior salvo por la ropa interior.
El resto de sus pertenencias ya estaban guardadas en una maleta; no quería complicarse más de lo necesario.
Con eso en mente, salió temprano para hablar con un funcionario.
Necesitaba dejar listo el acto de cesión, el cual tendría como receptor a Vulgrar.
Tras un rato de papeleo, firmas y miradas cansadas, todo quedó finalmente arreglado.
Más tarde, Kaellid se presentó frente a la casa de Vulgrar y tocó la puerta.
Después de unos segundos de espera, Vulgrar abrió.
Tenía un cepillo atrapado entre sus dientes filosos y una expresión claramente molesta.
—¿Cómo sabes que vivía aquí?
—preguntó, mascullando.
—Vulgrar, me crié en estos barrios—respondió Kaellid con tranquilidad—.
Sé dónde vive todo el mundo.
—¿Puedo pasar?
Vulgrar suspiró pesado.
—Pasa…
Adentro de la casa, Vulgrar leía los documentos sobre la mesa con el ceño profundamente fruncido.
—Al parecer preparaste todo muy rápido…
o ya lo tenías planeado.
Kaellid se encogió de hombros, relajado.
—¿Qué te digo?
Soy eficaz en mis acciones.
El semihumano revisó hoja por hoja, con creciente tensión, hasta detenerse de golpe en una cláusula.
Sus ojos recorrieron el texto una vez más antes de golpear la mesa con fuerza.
—“El bien aquí cedido no podrá ser vendido, transferido, hipotecado ni arrendado a ningún miembro de la nobleza, casa noble, representante o intermediario de estos, directa o indirectamente, a no ser que el autor principal de este documento lo autorice.” Alzó la mirada, furioso.
—¿Qué piensas que somos, Kaellid?
¿Idiotas?
¿Crees que vamos a entregar esto a esa gente?
El golpe despertó a Solde, que bajó las escaleras sobresaltada.
Kaellid inclinó la silla hacia atrás con calma, estirándose apenas.
—Relájate, Vulgrar.
No es una ofensa.
Es una protección.
Apoyó un dedo sobre la mesa, jugueteando con él.
—Esto es en caso en el cual ocurra algo cuando yo no esté.
Esto evita que alguien venga con títulos, promesas bonitas y manos sucias.
No es desconfianza…
es previsión.
Solde terminó de bajar las escaleras y los miró con curiosidad.
—¿Pasó algo malo?
Kaellid giró la cabeza al verla y su expresión cambió al instante.
—¡Oh!
Solde.
Se levantó sin apuro y tomó su mano con naturalidad, besándola.
—C’est une belle matin avec toi.
Ella soltó una risa, tapándose la boca con los dedos.
—¿Qué estás diciendo ahora?
—¡CORVEN!
—rugió Vulgrar—.
¡Deja a mi hija!
Kaellid alzó las manos con una sonrisa tranquila.
—¿Qué tiene de malo saludar a una hermosa damisela en una hermosa mañana?
Vulgrar resopló con fastidio y volvió a los papeles.
—Agggh…
volviendo al tema.
Guardó silencio unos segundos.
Kaellid no dijo nada, solo lo observó, sin presionarlo.
—No soy bueno con las palabras —admitió finalmente—.
Pero no te fallaré.
Haré crecer tu local y le daré hasta los mejores recuerdos de lo que tu taberna lo hacía.
Kaellid sonrió.
Esa sonrisa corta, sincera.
—Confío en ti.
Se giro y camino hacia la puerta sin prisa.
—Adiós.
Padre e hija lo observaron salir.
No dijeron nada, pero ambos sabían que aquella oportunidad no era poca cosa…
y que el humano que conocían desde hacía años acababa de cambiar sus vidas.
Ulvar Brenn, hijo de humildes mineros de carbón, despertó más temprano de lo habitual tal como el día anterior.
El cielo apenas comenzaba a aclarar cuando se incorporó, todavía pesado por una noche inquieta.
Se acercó al pequeño espejo de su habitación y observó su reflejo: ojeras suaves, el rostro aún joven, el cabello corto completamente desordenado.
Se lavó la cara con agua fría e intentó, sin mucho éxito, darle algo de forma a su pelo.
Como siempre, siguió la rutina y se dirigió a la mesa familiar.
Al entrar, encontró a su padre y a su hermana charlando en voz baja.
Argana fue la primera en notarlo y alzó la voz con entusiasmo.
—¡Ya se levantó Ulvar!
Desde la cocina se escucharon pasos rápidos.
Él, aún con los ojos medio cerrados, murmuró: —Gracias, Argana…
Su madre apareció con una sonrisa cálida, sirviéndole el desayuno con un cuidado casi ceremonial.
En su mirada había orgullo…
y algo de melancolía.
Ulvar lo notó, aunque fingió no hacerlo.
Su padre lo observó un instante más de lo normal.
—¿Sueños pesados?
Ulvar soltó una risa breve, forzada.
—Algo así.
Sobrepensamientos, ya sabes…
herencia familiar.
La madre se sentó a su lado y apoyó una mano sobre la suya.
—¿Y cómo te sientes ahora?
Después de contarnos todo…
—dudó un segundo—.
Tal vez no nos guste la magia, ni ese mundo en el que vas a entrar, pero sabes que te apoyaríamos igual.
Tú no cambiarías para mal.
Ulvar bajó la mirada al plato.
—¿Y si tengo miedo al momento de ayudar o pelear?
—dijo al fin—.
¿Y si algo le pasa a Kaellid…
o a mí…
o a ustedes?
Nunca pensé que meternos en esto significaba conflictos.
Peleas.
Guerras.
Su padre se levantó lentamente y se colocó detrás de él, apoyando con firmeza las manos en sus hombros.
—Chico —dijo con voz grave—, nosotros no te criamos para dudar de decisiones que ya tomaste.
Pensar demasiado puede volverte ciego.
A veces uno cree que está bien…
y aun así la vida lo golpea.
Ulvar apretó los labios.
—Cuando te pase algo injusto —continuó— y te preguntes “¿por qué a mí?“, no busques una condena.
Pregúntate qué te abrió.
Qué te enseñó.
Qué puedes reconstruir.
Lo malo siempre llega…
pero nunca es eterno.
Le revolvió el cabello con una sonrisa cansada.
—Confía en ti.
Incluso Kaellid confía en tu fuerza.
Y recuerda esto: algunos no soportan ver a alguien subir desde abajo.
Luego añadió, riendo: —Además, quiero presumir algún día que soy el padre del gran Ulvar Brenn, el gran mago de los Nueve Reinos.
La tensión se rompió.
Argana rió, la madre negó con la cabeza entre risas, y Ulvar sintió por primera vez esa mañana que el aire le pesaba un poco menos.
La charla continuó, ahora sobre cosas simples del día.
Pero el miedo seguía ahí, silencioso…
Entre las horas familiares y los preparativos, el tiempo avanzó hasta el mediodía.
Ulvar se alistaba para la reunión con el noble que les había dado su voto de confianza, aquel a quien representarían en la academia.
Era, en términos de jerarquía, uno de los más insignificantes entre los nobles; sin embargo, en los suburbios y callejones su nombre tenía peso.
Varde Yester, conocido comoel Altruista.
El camino hacia su “humilde” residencia era largo y atravesaba un bosque artificial, creado con suficiente dinero y magia como para imitar la naturaleza sin llegar a pertenecerle.
Ulvar vestía ropa casual y llevaba consigo un bastón que resultaba significativo para cualquiera que supiera leer los símbolos del poder arcano.
Había sido un regalo de Agnes: un bastón con un cristal inducido a la magia y, además, con una modificación especial pensada únicamente para él.
Aún a la distancia, antes de llegar, una idea cruzó su mente:Me pregunto si Kaellid ya habrá llegado.
Al aproximarse al portón —magnífico, de tonos verdes y blancos, adornado con plantas y flores cuidadosamente dispuestas— notó la presencia de alguien en la entrada.
No era Kaellid.
Aquel sujeto era robusto, enorme, de cabello corto, casi militar.
Cuando giró el rostro hacia Ulvar, su expresión bastó para inquietarlo; parecía un malhechor más que un invitado.
Aun así, Ulvar avanzó.
Se colocó a su lado y lo saludó con un simple “Buenas”.
La respuesta fue igual de escueta, pronunciada con una voz gruesa.
La conversación murió ahí.
La incomodidad se instaló de inmediato.
Ulvar deseó que alguien —cualquiera— lo sacara de ese momento incómodo.
Cerró los ojos por un instante, casi como una súplica silenciosa, y entonces escuchó un grito que reconoció al instante.
Giró y sonrió.Kaellid.
El muchacho de tez trigueña y cabello largo recogido corría hacia ellos, llegando justo a tiempo.
Ulvar no pudo evitar pensar, con alivio, que alguien —Dios o los dioses— había escuchado su ruego.
—¡Hey!
Ulvar, ¿qué tal?
Pero de inmediato Kaellid también saludó al grandulón que estaba junto a Ulvar, notablemente más alto que él.
—Buenas tardes, señor.
—B-buenas tardes —respondió el tipo, con una risa nerviosa.
—¿Es tu primer día o trabajas aquí desde hace algún tiempo?
—preguntó Kaellid—.
Es que nunca te había visto y me mata la curiosidad.
—Yo no trabajo aquí —respondió el hombre, rascándose la nuca, aún incómodo.
Kaellid estaba a punto de preguntar algo más cuando fue interrumpido por el sonido de las puertas abriéndose.
Quien apareció entonces fue Varde Yester.
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