Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 10
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Capítulo 10: Objetivo Definitivo
“La flor más bella puede ocultar espinas”
–Libe Gloze
Tanya
Esos ojos avellana, que se iluminaban gracias a los pocos rayos de luz que podían atravesar las inmensas nubes en el cielo. Ese cabello café claro ondulado, moviéndose ligeramente con el aire, y esa encantadora sonrisa que lo hacía lucir perfecto. Fue suficiente para que Tanya creara una sonrisa natural.
“Nos encontramos de nuevo, Jared…”
Al verlo, Tanya se sintió más liviana. Como si todas las responsabilidades que caían sobre sus hombros se disolvieran con la sonrisa de Jared. Un sentimiento de seguridad, de alivio, de tranquilidad. Eso era lo que Tanya sentía en aquellos momentos. Un sentimiento que, para ella, era difícil de conseguir. Además, al verlo y saber que estaban a tan solo unos metros de distancia, el sentimiento de vacío que la había acompañado esos ocho meses desapareció, como por arte de magia.
Tanya terminó de presentarse ante el pueblo, que la recibió con una cálida bienvenida. Las serpentinas estallaron, inundando aún más el pueblo de color. Y fue entonces cuando Tanya tuvo que interactuar con el pueblo. Tuvo que interactuar con Jared. Por segunda vez, iba a hablar con él.
Su corazón se alteró unos segundos al saber eso. Sintió que su ¿adrenalina? ¿La dopamina? aumentaba al pensar en que hablaría de nuevo con Jared.
Tanya pasó entre la multitud con una sonrisa que la hizo dudar si aún la seguía fingiendo o no. A su lado, Dalia también saludaba y estrechaba las manos de la gente de su pueblo. El contacto físico lo era todo en ese momento. Tanya no lo estaba soportando bien. No le gustaba que las personas pusieran sus manos sobre ella, como si estuvieran tocando algo sagrado y de buena suerte que al tocarlo se quedaría con ellos.
Manos ajenas tocaban sus manos, sus brazos, su espalda. Aunque era a través de la ropa, a Tanya le desagradaba un poco el hecho de que varias personas de dudosa higiene la tocaran. Niños, adultos, ancianos. Todos la saludaban y le daban agradables comentarios vacíos.
“¡Bienvenida!”, “¡Qué felicidad conocerla al fin!”, “Confiamos en usted” y varias palabras vacías más. ¿A quién le gusta que un extraño venga a su hogar y ahora tenga que convivir con esa persona? Exacto, a nadie. Tanya era la extraña en su pueblo.
“El pueblo parece un gran teatro, y la gente es el elenco, pero solo muy pocos son los actores.”
Esta era la primera vez que visitaba el pueblo físicamente, pero lo conocía como la palma de su mano gracias a las lecciones que había recibido en la mansión. Saludaba, comentaba cosas bellas, devolvía el afecto físico, sonreía y, además, se preocupaba por ellos. Esa era la gran actuación que todo el pueblo se estaba creyendo de Tanya, pero todos sabían muy bien que Tanya no estaba nada feliz de convivir con ellos, bueno, a excepción de una persona.
Siguió su camino entre la multitud hasta que su rabillo del ojo notó algo… desagradable. Jared estaba con su familia y con alguien más. Una chica. Una chica que estaba siendo rodeada de la cintura por el brazo de Jared. Tanya sintió asco ante la escena.
“¿Quién carajos es ella?”
Tanya tenía la vista en su pueblo, pero el rabillo de su ojo no abandonaba a Jared y a esa chica.
“¿Quién era? ¿Cuál era su relación? ¿Por qué estaba tan cerca de él?”
No había respuestas a sus preguntas. Ella, más que nadie, reconoció lo que sentía: enojo, incomodidad e ira. El sentimiento era claro. Celos. Estaba celosa de ver esa escena. Tanya, en su gran inocencia, pensó que la forma en que Jared la trató era solo para ella, pero ahora se dio cuenta de que eso no era cierto. Jamás hizo nada especial por ella, lo hacía con todas.
“¡Hombres…!”
Tanya, mientras más se enfocaba en ellos, notó algo: Jared había cambiado en ocho meses. Tal vez para los demás esto pasó desapercibido, pero a sus ojos, notaba cada cambio en él. El detalle de que su cabello se volvió un poco más voluminoso y le creció unos pocos centímetros, le encantó. Su musculatura aumentó, era algo considerable, se notaba el cambio. Además, su altura era diferente; había crecido.
“¿Tanto cambio en estos ocho meses? ¿Se puso a hacer ejercicio en exceso? ¿Eso es posible?”
Tanya quiso abofetearse a sí misma por tal pregunta. Claro que ocho meses eran más que suficientes para que una persona lograra cambiar de tal forma. Ella cambió… al igual que él, todos cambian. No se veía como aquel chico que vio en el río, se notaba más maduro. Su postura, su lenguaje corporal, su mirada. Había madurado más de lo que ya era en aquel entonces. Tanya sonrió de nuevo; estaba feliz por Jared. Estaba creciendo sanamente, sin ninguna dificultad o problema. Su presencia no lo afectó a él, como a ella.
“¿Él también ha pensado en estos ocho meses? ¿Siquiera me recuerda?”
De nuevo, el rabillo de su ojo notó cómo la chica que aún abrazaba a Jared subía sus dos brazos y rodeaba la cintura de Jared, cómo recostaba su cabeza en su pecho. Y lo que terminó de enojarla fue ver que Jared apretó su agarre en la cintura de aquella chica.
“Ya mucho tiempo abrazándolo, déjalo respirar. Lo asfixias. Esa debo ser yo. Él me salvó a mí.”
Tanya podía sentir cómo su ceño se fruncía en algunos momentos, cómo achicaba los ojos, molesta por lo que veía. Obviamente, no pasó desapercibido para la mujer que ahora es su madre. No debía actuar así, debía estar feliz, hacía un momento era feliz ¿Por qué estaba actuando molesta?
—Hija -llamó Dalia, tomándola del hombro ligeramente, pero creando la suficiente presión para que Tanya apretara la boca y evitara soltar un quejido de dolor-. ¿Qué sucede, pequeña?
Algunas personas del pueblo se enternecieron por la escena, una madre preocupada por su hija. ¡Qué hermosa escena!
—Nada, madre -contestó Tanya, fortaleciendo su actuación ante todos.
Dalia le lanzó una mirada asesina en advertencia y soltó su hombro. Tanya quiso aliviar el dolor haciendo unos movimientos ligeros, pero las personas seguían apareciendo. Así que, mejor, decidió tragarse el dolor y seguir con su actuación antes de una segunda advertencia. Tanya decidió alejarse de la multitud, acompañando a su “madre” a unas mesas donde había bebidas y comida. Noah, como siempre, se aseguraba de vigilar el lugar y, sobre todo, notar si había algún enemigo cerca que pusiera la vida de Dalia en peligro.
Tanya observó el lugar. Si eras muy buen observador, notarías que había personas algo alejadas de la multitud; en realidad, no eran del pueblo. Eran guardias de seguridad encubiertos. Estaban vigilando cada rincón. Actuaban y se veían como personas normales, pero Tanya lograba identificarlos sin problemas. La gente del pueblo los saludaba, incluso los invitaban a bailar gracias a las bocinas del escenario que transmitían música. Nadie sospechaba de ellos.
Al llegar a la mesa de comidas y bebidas, ligeramente escasa de buena comida, Tanya observó la otra mesa con desagrado disimulado. Había más bebidas alcohólicas que bebidas normales. También había niños en el pueblo. “¿Qué acaso no pensaban mucho en ellos o qué?” Ron, Vodka, Tequila, Vino, Sangría. Había de todo en esa mesa. Dalia tomó una copa vacía y se sirvió vino. La mujer notó la presencia de Tanya cerca de ella y, al verificar que estaban a una distancia segura de la gente, le habló sin formalidades, no como madre e hija, sino como jefa y empleada.
—No tomes nada de alcohol -le ordenó-. Estás aquí como mi hija, no como una tomadora. Si tienes sed, toma agua -señaló con su cabeza el final de la mesa donde se ubicaban botellas de plástico llenas de agua.
Tanya no dijo nada y tomó una de las muchas botellas. Era hipócrita de su parte decir que no tomara, cuando la había hecho probar todo tipo de cócteles en su mansión para crear una tolerancia alta al alcohol. Esa semana fue una pesadilla para Tanya; apenas podía retener algo en su estómago después de vomitar por tanto alcohol en su sistema. Y su límite era un poco mayor al promedio.
— ¿Qué es lo que ellos saben sobre usted? -preguntó Tanya, abriendo la botella y bebiendo un poco-. Sobre la verdad.
Dalia, con su copa de vino en la mano, se volvió para verla. Esa mirada fría y distante no la hirió; después de todo, los sentimientos eran mutuos. La mujer se acercó de nuevo a Tanya y, al tener la cercanía suficiente, se inclinó hacia ella y habló:
—Será mejor que dejes de hacer esas preguntas estúpidas.
—Entiendo -respondió Tanya ante la amenazante voz de Dalia.
La mujer se enderezó y bebió de su copa de vino, dándole un trago rápido.
—Será mejor que te acostumbres a esto. Como mi “hija”, esto será seguido. Así que más te vale seguir con esa encantadora actuación; no quiero darte una segunda advertencia.
Tanya asintió de nuevo. Ella no estaba de acuerdo con Dalia. No debía acostumbrarse a eso. No quería, no lo deseaba. La mujer se alejó fingiendo una sonrisa, uniéndose a un grupo de personas, dejando así a Tanya sola con su botella de agua en las manos.
Estaba en conflicto. Esto no es libertad, pero es mucho mejor que donde estaba. Dalia la obligó a hacerse pruebas arriesgadas y asquerosas. En el otro lugar era peor. Usa su poder a cada segundo. En el otro lugar, igual.
“¿Esto es mejor? ¿Un trato casi inhumano? ¿Estoy mejor o sigo igual?”
Limitada a muchas cosas y lugares, siendo usada como una herramienta o arma, Tanya no veía tantas diferencias. Estaba agradecida, pero esa no era la manera en la que quería vivir de ahora en adelante. Esa no fue la razón por la que escapó junto con sus hermanos.
Una persona se acercó a su lado y tomó una botella de agua. Un ligero olor a hortensias llegó a su nariz.
— ¡Hola! -escuchó una voz familiar.
Tanya miró a aquella persona a su lado y se olvidó de todo problema.
Era Jared.
—Hola -le devolvió el saludo de la mejor forma posible. Por alguna razón, se sintió algo nerviosa por su presencia, tanto que quería verlo de nuevo para ponerse nerviosa al final de todo.
—Un gusto conocerte, Tanya, me llamo Jared Hagen. Pero solo llámame Jared -le sonrió agradablemente, y el corazón de Tanya casi se detuvo.
“Tú no me… recuerdas.”
Tanya confirmó con esto que él no la recordaba. Algo le dolió. Tal vez fue uno de sus golpes por la sesión de defensa personal de esa mañana, o el entrenamiento doble. Pero no estaba segura. Fue algo más en su interior, algo más… emocional.
“¡Malditos sentimientos…! No comprendo por qué me altero cuando pienso en él y ahora es peor porque estoy a la par de él.”
Ella rápidamente encontró otro punto de vista. O no la reconocía o no la recordaba. ¿Eso es lo mismo? Puede ser que sí o no, pero le dolió de igual forma. Apretó disimuladamente la botella en sus manos y le devolvió la sonrisa. Jared la observaba detenidamente, ni siquiera trataba de ser disimulado, y Tanya se sintió más nerviosa por esto. Ser vista detenidamente por Jared logró hacer que sintiera algo de calor en sus mejillas.
Sus ojos, parecidos al color de las avellanas, brillaban con la calidez del sol de otoño, tan preciosos como un tesoro escondido.
—Luces algo joven para empezar a cuidar al pueblo, ¿Cuál es tu edad? -preguntó Jared, algo curioso mientras abría la botella de agua y bebía sin quitarle la mirada de encima.
Ver los labios de Jared en la botella llamó la atención de Tanya. Se veían carnosos, rojizos. Se veían tan… tentadores. Tanya tragó duro, haciendo a un lado sus pensamientos sin sentido en el momento de la conversación.
—Tengo catorce años -respondió con normalidad, una ventaja es que sabía ocultar sus emociones-. Dentro de poco cumpliré quince.
—Wow, sí que eres joven -rió suavemente Jared, alejando la botella de sus labios. Tanya guardó el sonido de su risa en su memoria-. Soy un año mayor que tú. Así que más bien soy yo el que debería cuidar de ti y no al revés. Y también es mi caso, mi cumpleaños está cerca, así que cumpliré dieciséis.
Tanya sintió la inmensa necesidad de apartar su mirada de Jared, salir corriendo de aquel lugar y gritar todas las emociones que estaba sintiendo. Eran tantas que no sabía cómo manejarlas, se estaba agobiando. Pero no era asfixiante ni en el mal sentido; es más, sentía que estaba emocionada y alegre de escuchar esas palabras.
“¿Qué es lo que siento? ¿Existe algún nombre para eso?”
Trató de manejar sus emociones mientras aplastaba la botella de agua, el sonido era amortiguado por la música. Sintió que necesitaba apoyarse en algo para no caer a un lado, así que dejó su botella de agua en la mesa. Se sorprendió al ver a Jared copiar su acción, ocultando sus manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Lo creas o no, puedo cuidar de todos ustedes -soltó Tanya, sorprendiéndose de decir las palabras antes de pensarlas o procesarlas.
Jared agrandó su sonrisa, mirándola de reojo.
—Tanya, a partir de ahora tienes un hermano mayor -bromeó Jared-. Te estaré cuidando.
Tanya se sintió embriagada por las sensaciones una vez más. El sonido que escuchó viniendo de Jared, el sonido de su nombre salir de esos labios que tenía que dejar de ver a menos que quisiera ser descubierta. Su corazón empezó a latir tan fuerte que llegó a sus oídos. Podía sentir cómo un sentimiento de calidez la rodeaba.
—Cuento contigo entonces, Jared -le sonrió Tanya, una sonrisa sincera y amable.
— ¡Jared! -se escuchó una voz femenina a lo lejos.
Ambos voltearon a ver cómo la madre de él agitaba su mano, haciendo notar su presencia. Si lo había llamado, era por algo.
—Creo que, lastimosamente, tengo que irme -se lamento Jared con algo de molestia en su voz-. Si tienes problemas con algo, aquí estoy yo para ayudarte, Tanya -se despidió, empezando a alejarse de ella y caminar hacia su madre.
“No te vayas, no otra vez. No me dejes sola. No me dejes con estos sentimientos sin poder controlar, hazte responsable del efecto que tienes en mí.”
Tanya observó cada paso de Jared: cómo se movía su cabello, cómo su tez algo bronceada hacía juego con su ropa. Ropa que le quedaba perfectamente. Y de nuevo, Tanya fue acompañada por la soledad y ese sentimiento de vacío que se instaló en su interior, como si ahora ese fuera su lugar. Perdió a Jared entre la multitud que empezaba a estar más suelta en el ambiente bajo los efectos del alcohol. El pensamiento de que él ya se iba, por alguna razón, atacó la mente de Tanya.
“¿Era por su hermana pequeña? ¿Por su madre? ¿Por su padre? ¿Un familiar? ¿Comida? ¿Sed? ¿Aquella chica?”
Su sonrisa se borró de golpe. Recordó cómo la cintura de Jared había sido “manchada” por la calidez y el olor de esa chica.
“¿Quién era ella? ¿Qué relación tenía con Jared? No, no, no. No debo pensar en eso, mi trabajo aún no acaba.”
Tanya se dio la vuelta, lista para tomar su botella de agua. Pero se dio cuenta de que había una cerca de la suya: la botella de Jared. La había olvidado. La había dejado. Tanya cambió la dirección de su mano y tomó la botella de Jared.
Su respiración empezó a complicarse levemente. Sintió su cuerpo empezar a subir de calor. Su estómago comenzó a revolverse. Apretó levemente la botella en su mano y la llevó a su pecho. La abrazó. Podía sentir que Jared estaba con ella. Sentir su olor a hortensias. Su calidez. Sonrió de nuevo. Tenía algo de Jared. Algo que puede guardar eternamente. Solo para ella. Algo que nadie le puede quitar.
Caminó de regreso hacia Dalia, quien estaba sonriente, y ella siguió con su trabajo. Cada vez que se sentía cansada o irritada, apretaba la botella de agua en su mano y el recuerdo de Jared la invadía. Ese recuerdo le daba fuerzas. La hacía sentir bien, la hacía sentir segura. Como paz después de una tormenta
Ella cuidaría del pueblo. Cuidaría de Jared. Y le devolvería el favor de haberla salvado, bueno, de haberla intentado salvar del río. Y una sonrisa nueva, que fingía ser sincera, se asomó en sus labios.
Primero, debe empezar por tener más… libertad.
El trabajo de Dalia, Tanya y Noah terminó cuando las personas del pueblo empezaron a arrastrar las palabras y los pasos debido al alcohol, y el sol se ocultaba para dar paso a la oscuridad. Dalia dio luz verde para irse, y ahora estaban de nuevo frente a la mansión. Dalia seguía pasándose un trapo húmedo por las manos; muchas personas la habían tocado, así que era normal que actuara de esa manera.
Al llegar a la mansión y bajarse del auto, todo se tornó algo… extraño.
“¿Qué pasa aquí? ¿Por qué hay tanto silencio?”
— ¿Lo siente? -le preguntó Noah a Dalia. Los hombros de Noah estaban tensos, estaba demasiado alerta.
—Sí, lo puedo sentir -Dalia tiró el trapo húmedo a un lado y se ubicó entre Noah y Tanya, creando una especie de fortaleza para ella.
Aunque no le preguntaron a Tanya, ella notó a qué se referían. Cada vez que llegaban a la mansión, las empleadas ya tenían las puertas abiertas. Pero la puerta principal estaba cerrada y desolada. No había señales de que hubiera alguien cerca, o más bien, de que hubiera alguien hacía tiempo en la puerta. Sin embargo, las luces de la casa estaban encendidas, pero no había nadie dentro.
“Algo ha pasado, debo estar alerta.”
Eso se dijo a sí misma, pero su mente solo podía recordarle su interacción con Jared y cómo, después, le recordaba a esa chica aferrada a él, logrando ponerla de mal humor.
El entorno en la mansión estaba silencioso, tan silencioso que se podía escuchar el chocar de las hojas de los árboles gracias al viento y la música del pueblo que aún seguía, y muy probablemente seguiría hasta la noche. Noah llevó sus manos a su saco, lo abrió levemente y sacó un arma. Con pasos muy seguros pero lentos, avanzaron hacia la puerta. Esto no sería raro si hubieran dado la orden de que nadie los esperara, pero no había una sola alma cerca de ellos.
Tanya se puso alerta, agudizó sus sentidos y recordó las clases de defensa personal que había recibido. Era hora de hacer su verdadero trabajo: cuidar de Dalia. Noah trató de observar por los ventanales algo en el interior, algún movimiento sospechoso, pero no logró ver nada. Noah y Tanya estaban tan atentos y listos para actuar de cualquier forma que cualquier sonido los pondría con los pelos de punta.
—Noah -llamó Dalia, haciendo sobresaltar a aquellos dos. Noah la miró por encima de su hombro-. Cuida a Tanya.
“¿Qué?”
Su voz sonó más como una orden que como un favor. Noah y Tanya se extrañaron por su orden. ¿Por qué? Esto no era parte del trato. Noah vaciló por unos segundos pero, aun así, moviendo su cabeza hacia un lado, acató la orden. Rápidamente se ubicó delante de Tanya para servirle de escudo en caso de un ataque, dejando indefensa a Dalia.
Ellos se ubicaron delante de la puerta y Noah la abrió. Silencio absoluto. No había un solo ruido en la mansión. Dieron unos pocos pasos hasta que todos se congelaron por una voz. Los otros dos la reconocieron rápidamente, pero Tanya la desconoció por completo.
—Veo que nunca lanzaste esas pinturas -habló una voz masculina, que provenía de un pasillo. Luego, unos pasos empezaron a escucharse.
“¿Quién? ¿Un ladrón? ¿Un negociante insatisfecho? ¿Un sicario? ¡¿Quién es carajo?!”
Los pasos resonaron por el pasillo hasta llegar a ellos, dejando al descubierto quién era. Dalia se sorprendió levemente, aquella persona logró que ella tensara todos sus músculos. Noah, por su parte, apuntó a aquel hombre, sus manos apretaban el mango del arma con tanta fuerza por la rabia que sentía por aquel hombre, que sus nudillos se volvieron blancos.
Ese hombre. Su ropa, su cabello, su forma de hablar y la manera en que los dos actuaron, lograron que Tanya comprendiera rápidamente quién era. Es el ex-esposo de Dalia.
— ¡Ralph! -bufó Dalia, hostil.
“Sí que es él, no se parece al hombre que tenían en la foto del expediente.”
—Aún me amas tanto que no puedes tirar aquellas pinturas, ¿cierto? -sonrió Ralph, burlesco, al obtener la reacción que quería de ellos dos: enojo.
Noah iba a dar una advertencia, pero no pudo. Muchos hombres con armas de fuego más peligrosas que la de Noah entraron al salón. Estos ingresaron por los pasillos y por la puerta principal de la mansión. Los tenían rodeados.
“Él ya sabía que nos iríamos de la mansión el día de hoy, ya lo tenía planeado. ¿Desde hace cuánto?”
El cuerpo de Noah se pegó más al de Tanya; quería protegerla de todas las direcciones en las que apuntaban las armas. El movimiento sorprendió un poco a aquel hombre que vestía pieles. Tanya podía sentir su mirada sobre ella.
—Veo que has complicado mis planes, querida -mencionó Ralph, observando a Tanya de pies a cabeza. Noah trató de tapar a Tanya con su cuerpo sin éxito.
— ¿Qué quieres, Ralph? -preguntó Dalia con voz arisca. Apretó sus manos, volviéndolas puños; estaba más que furiosa.
—No sé de dónde sacaste a esa mocosa, pero no arruinará mis planes -refutó Ralph, ignorando la pregunta de Dalia-. Sabes a qué he venido.
—Olvídalo, siempre me negaré a tus pedidos sin sentido -declaró Dalia, firme.
—Eso no es lo que pensaron tus amigos del trabajo -confesó Ralph. Hizo una seña con la mano y un guardia se acercó a Noah y le quitó el arma.
“¿Amigos del trabajo? ¿Quiénes? ¿Quiénes ahora son los traidores?”
Las palabras de Ralph hicieron que Dalia comprendiera algo, y ahora le habló, alzando la voz, totalmente furiosa.
— ¡¿Fuiste tú?! -preguntó exaltada.
—Eso no tengo por qué decírselo a un cadáver -habló Ralph sin culpa, y tomó el arma que le ofreció el guardia, que era el arma de Noah-. Solo debo callarte, fingir que fue un accidente y ya tengo todo para mí.
Noah miraba hacia todos lados disimuladamente, buscando una salida. En cambio, Tanya sentía que podía asfixiarse con el olor de la colonia de Noah al estar tan cerca de ella. Era agradable, pero tenerlo tanto tiempo cerca la estaba asfixiando.
“Si saben que con solo mover uno de mis dedos, se acaba todo. Pero necesito la orden; sin orden, a la que le va a ir peor es a mí. Si desobedezco una orden, me irá mal, pero… para mí es mejor si se deshacen de Dalia, es innecesaria para mi plan.”
De nuevo, las imágenes de Jared junto a esa chica desconocida lograron desconcentrarla del momento. Aunque muchas armas le apuntaban en ese instante, ya estaba acostumbrada, pero no a que su mente la traicionara mostrándole esos momentos una y otra vez.
—Seré el dueño completo del negocio y del pueblo -una sonrisa torcida se asomó en los labios de Ralph, pero una risa burlona llamó su atención.
— ¿De dónde te salieron los huevos para enfrentarte a mí después de todo? -se rió Dalia, burlona; su risa resonaba por el gran salón-. ¿Después de que te eché de la mansión? ¿Después de que te gané en la corte? ¿Después de que evité tus intentos de asesinarme?
La risa de Dalia sonaba entre sincera y forzada. Noah la miró suplicando que se callara o las cosas se pondrían peor. Pero Dalia siguió riendo, entonces Ralph sonrió también.
—Fue después de haberte disparado -soltó.
En un ágil movimiento, sonaron dos disparos. Ralph había presionado el gatillo dos veces y disparó hacia Dalia, pero no le dio en un lugar de gran importancia, sino en sus piernas. La mujer cayó de inmediato al suelo quejándose del dolor. Solo en ese momento, Noah dejó a Tanya a solas y corrió hacia la mujer que empezaba a sangrar por las heridas de bala.
“Tsk, maldito Ralph, siempre apunta a la cabeza ¡¡Carajo!!”
— ¡¿Qué ha hecho, malnacido?! -le gritó Noah con odio a Ralph, el hombre de pieles. Se quitó su saco, lo rompió creando vendas temporales y las puso en las piernas ensangrentadas de Dalia.
— ¿Sabes cuántas humillaciones me hiciste pasar, Dalia? -Ralph ignoró los gritos y maldiciones de Noah-. Primero, no tuvimos sexo en la luna de miel, segundo no puedes quedar embarazada y tercero me echas de la mansión. ¿Sabes cuántas risas y humillaciones he tenido que soportar gracias a ti? ¡¿Sabes cuántas?!
“¿Tengo cara de que me interesa saber?”
Tanya, al ser ignorada por completo, llegó incluso a aburrirse de toda la escena que estaba pasando frente a ella. Ralph empezó a exaltarse; con cada palabra que salía de su boca, su enojo iba en aumento. Dalia estaba tan concentrada en intentar tapar sus heridas con el abrigo de Noah que ignoró las palabras de Ralph. Noah, a su vez, no lo ignoró, sino que le lanzó una mirada asesina. Ralph, respirando completamente exaltado, apuntó su arma a Tanya, quien permanecía de pie observando la escena.
“¿Ahora sí me nota? Pues gracias.”
— ¡¿Y tú quién putas eres?! -escupió la palabra.
—Su hija -respondió Tanya tranquila, alternando la vista entre el hombre y los dos en el suelo.
Ralph rio por las palabras de Tanya, se rascó su cabeza con el arma y miró a Dalia.
— ¿No te quedó de otra que adoptar a una mocosa? Eres tan inútil que ni siquiera pudiste quedar embarazada. ¡¿Pues sabes qué?! ¡Yo no soy un inútil! ¡Embaracé a la primera mujer que encontré luego que me echaste! ¡Ella carga a mi hijo! ¡Mi hijo de sangre! ¡El heredero del apellido Malka!
— ¡Tu maldito! -le gritó Noah, y estaba listo para correr hacia él, pero Ralph se defendió disparando a la mano de Noah.
Noah se quejó por el impacto y se quedó arrodillado en el suelo, llevando su mano sana a revisar la herida. La sangre caía en el suelo de cuadros blancos y negros.
“Noah… Con Noah no te metas. A la mierda con las reglas y castigos.”
Tanya, al ver que había lastimado a Noah, no se quedó quieta. Alzó su mano derecha hacia Ralph, y este salió volando lejos de ellos, lanzando el arma que tenía en su mano. Los guardias se sorprendieron por lo que había pasado y apuntaron todos con sus armas a Tanya.
Ella empezó a respirar levemente, pero algo cayó a sus pies. Miró rápidamente y vio la botella deJared en el suelo. Se le había caído. No, ellos habían logrado que ella botara la botella. Algo sagrado. Donde Jared puso sus labios. Imágenes de Jared siendo abrazado por la chica, y está rodeando su cintura, llegaron a ella nuevamente, cansándola, llevándola a un límite. El sentimiento de enojo y malestar regresó.
— ¡Al suelo! ¡Ahora! -ordenó a gritos uno de los hombres que apuntaba a Tanya.
Otros guardias dejaron su puesto para levantar a Ralph del suelo. Este se veía asombrado e incrédulo por lo que había pasado. El sonido de un cristal agrietándose resonó por el lugar, pero nadie se tomó la molestia de buscar qué fue.
Ver a los guardias armados y escuchar la orden le recordó su pesadilla a Tanya: la noche en que perdió a sus hermanos y hermanas. Esto aumentó aún más sus emociones negativas: enojo, rabia, venganza, culpa.
“¿Por qué mi mente es mi enemiga ahora? ¿Por qué ahora?”
Tanya miró por segunda vez a las dos personas en el suelo. Dalia asintió con la cabeza, y luego Noah, quien sostenía su mano de donde aún salía sangre, también asintió. Tanya dejó que sus emociones tomaran el control de la situación.
Miró detrás de ella, la puerta abierta donde los guardias estaban. Pero ella no vio a los guardias, vio que solo le quedaban minutos de sol. Minutos de luz que debía aprovechar. Algo salió volando hacia el candelabro que iluminaba la gran sala. El choque logró que la luz empezara a parpadear y que algunos cristales cayeran hacia todos. Noah cubrió con su cuerpo a Dalia, protegiéndola de todo peligro, algo que Dalia le reclamó pidiendo que también se preocupara por sí mismo. Algunos guardias cubrieron a Ralph y la mayoría se cubrió con su antebrazo.
La oscuridad fue absoluta por varios segundos; apenas se podía ver gracias a los últimos rayos de sol y la luz parpadeante. Todos se pusieron alerta.
— ¡Aler- -se escuchó cómo el grito del guardia era interrumpido por sus propias gárgaras, ahogándose con un líquido.
“¿Por qué? ¿Por qué Jared no me recuerda? ¿No fui importante en su vida? ¿Por qué debo ser yo la que siempre piense en él?”
Tanya había tomado uno de los cristales y lo había manipulado con su poder para cortar la garganta de aquel hombre. Luego, el arma del ahora cadáver fue enviada por el poder de Tanya hacia sus manos. Ella no se contuvo y empezó a disparar sin parar. Muchos soldados lograron salvarse usándose como escudos los unos a los otros o tirando muebles para crear barricadas. Pero eso no detuvo a Tanya, y con su poder levantó las barricadas y siguió disparando hasta que se quedó sin balas. Entonces, empezó a atacar cuerpo a cuerpo, y su arma eran los cristales rotos de los candelabros.
“¿Por qué estás con esa chica? ¿Es mi reemplazo? ¿Soy alguien reemplazable?”
En el ataque que estaba dando Tanya, estaba teniendo una batalla con sus propias emociones a la vez. Noah metió sus brazos bajo los hombros de la señora Dalia y la arrastró por el suelo hasta una de las habitaciones cercanas. Rompió una cortina y empezó a crear torniquetes en las piernas de la mujer. Pero Dalia observaba aterrada la escena que estaba sucediendo en su gran salón; su supuesta hija estaba acabando con todos en movimientos rápidos y ágiles, sin piedad, pensando que el entrenamiento sí dio sus frutos.
Apenas era visible el lugar en la oscuridad, el dolor que Dalia sentía era agobiante. Pero su visión era opacada por lo que podía observar gracias a la puerta abierta. El olor metálico la invadió por completo. La luz parpadeante iluminaba ciertos segundos, segundos en los que apreció la escena, aterrada y a la vez asombrada.
Su gran salón, antes impecable y grande, ahora era adornado por el color rojo de la sangre de aquellos pobres hombres. Salían volando a cualquier lado. Piernas. Brazos. Cabezas. Torsos. Sangre. Tripas. No había ni un lugar en el que no hubiera algo humano adornando. A Dalia le asustaba de lo que era capaz de hacer Tanya; no parecía nada humana. Parecía un monstruo sin frenos, atacando y destrozando. Pero supo que, con ella, ganaría miles de cosas más.
En cambio, para la visión de Ralph, era una total pesadilla. Según su plan, asesinaría a Dalia luego de decirle sus verdades y qué tan dolido estaba. Luego, no dejaría testigos para que sospecharan de él. Tomaría el negocio y aseguraría a su amante y su futuro hijo. Y tendría la vida a la que siempre fue criado.
Pero todo había cambiado cuando salió volando por el aire. ¿Cómo pasó? ¿Fue por lo que tomó antes de hacer todo esto? No lo sabía, carajo, ni siquiera podía pensar en algo. El candelabro explotó de la nada, la luz parpadeaba. Disparos de sus guardias empezaron a sonar. Lo tiraron al suelo para protegerlo, pero sintió cómo algo invisible los quitaba de encima de él.
Lo único que podía observar en esos momentos era cómo una niña asesinaba a sangre fría a sus guardias. Cómo la sangre mojaba su ropa, su cabello, su rostro. Sintió cómo algo cayó a sus piernas. Lo tomó rápidamente y la luz regresó por segundos, y observó que no era más que la cabeza de uno de sus guardias. Asustado, lanzó la cabeza lejos mientras sus gritos de terror eran amortiguados por el sonido de la matanza que sucedía enfrente de él. Intentó levantarse y huir del lugar, pero al levantarse, cayó de golpe al suelo. Sus piernas estaban inmóviles, estaba congelado del terror.
Luego de unos segundos, no hubo más ruido. Todo quedó en silencio y lo único que se podía escuchar era cómo algo caía en forma de gotas. En medio de la luz parpadeante, en el centro de esa matanza, estaba Tanya.
Respirando profundamente, tratando de tranquilizarse. No había asesinado a una persona a ese nivel desde antes de salir de aquel laboratorio. Estaba algo impresionada de sí misma, pero tampoco había salido del todo ilesa. Golpes y raspones de bala estaban en su cuerpo. Pero nada grave. Caminó haciendo resonar sus tacones en charcos de sangre. Tomó algo humano en sus manos y lo lanzó de nuevo al candelabro, arreglándolo. La luz se volvió fija de nuevo y todos lograron apreciar con total claridad aquella escena macabra.
Tanya estaba llena de sangre y algunas heridas. El salón, destrozado. Muebles rotos en el suelo. La sangre adornaba cada lugar. Piso, paredes, techo, decoración. Los pocos cuerpos que estaban completos, en el piso. Las demás partes, colgando del candelabro, en las paredes, en los muebles. La sangre goteaba, deslizándose por las paredes, y algunas en el techo, cayendo al suelo, creando el sonido de algo goteando. Tanya, quien miraba el candelabro en estado de shock tratando de controlarse, volteó su cabeza en un solo movimiento y miró a Ralph, quien estaba muriendo de miedo en el piso.
“¿Todos los hombres son iguales? ¿Jared será como este hombre? No, no dejaré que sea como ese hombre.”
Tanya caminó hacia él lentamente. Ralph empezó a arrastrarse por el suelo al ver que sus piernas no le respondían. Tanya alzó la mano y Ralph, por más que movía los brazos, no lograba moverse de donde estaba. Tanya lo retenía sin problemas. Tanya se puso frente a él, aún con su mano alzada. Ralph, en una súplica desesperada, le rogó que lo dejara vivir.
Pero Tanya no veía a Ralph; a quien veía en el suelo era a aquella chica que estuvo abrazando a Jared. La miraba tirada, manchada de sangre, muerta de miedo. Tanya le dedicó una risa sádica. Eso veía ella. La veía suplicar, pedir su perdón, que le perdonara la vida. Tanya estaba fuera de sí. Ella solo quería acabar con esa chica, así no estaría cerca de Jared. No lo tocaría como lo hizo. No lo ensuciaría como lo hizo. Ella no es digna de estar con él.
— ¡Tanya! -fue llamada.
Tanya salió de su ensoñación. No era la chica; era Ralph quien rogaba por su vida. Ella volteó su vista a una de las habitaciones cercanas y miró en el suelo a Dalia, con sus piernas rodeadas por las cortinas rotas que hacían de torniquete. Noah había salido de la habitación, impactado por la escena. Su mano ya estaba vendada con la misma cortina que rodeaba las piernas de Dalia.
“Ella sigue viva, genial…”
—Tráelo -ordenó Dalia, con voz cansada y dolorosa.
Tanya se acercó a Ralph, lo tomó por uno de sus tobillos y lo arrastró por el salón hasta dejarlo en la puerta, justo a la misma altura que Dalia. Noah se acercó a Dalia y le ofreció su arma, la misma con la que Ralph le había disparado a ella. Estaba cargada. Dalia la tomó sin dudar y miró a Ralph, apuntando el arma a su cabeza.
Él seguía llorando, suplicando en un hilo de voz que lo perdonara. Pero en los ojos de Dalia solo había seguridad y decisión.
—Jamás debiste volver aquí, Ralph -habló Dalia, fría y cortante.
Ralph reaccionó rápido y juntó sus manos en forma de súplica. Pero Dalia, sin dudarlo, apretó el gatillo. La sangre no se hizo esperar. Dalia tiró el arma lejos y soltó un suspiro. Estaba agotada y adolorida. Noah se fue de nuevo. Y ahora Tanya estaba de pie, mirando a la mujer sentada en el suelo recostándose en la puerta. Ahora ella se desangraba frente a ella. Como un Déjà vu. Pero Tanya estaba molesta porque Dalia seguía viva. La quería muerta.
“Puedo acabar con su sufrimiento ahora mismo.”
Tanya observaba con lástima y odio a Dalia. Sola, sin nadie a su lado, desangrándose. Observó la herida en sus piernas y sintió aún más lástima que odio ahora. Ya sabía cuál era el diagnóstico, pero no sería ella quien se lo diera.
—Tanya… bien hecho -la felicitó Dalia, forzando una sonrisa.
Eso no logró que la lástima que sentía Tanya hacia la mujer desapareciera. Pasos apresurados se acercaron con el ruido de algo con ruedas. Noah regresó apresurado con una camilla.
—Ya llame a Víctor, vendrá en tan solo unos minutos, las cámaras de seguridad están destrozadas, todas, habrá que reemplazarla por unas nuevas -Aviso deteniendo la camilla a la par de la puerta-. Tanya ayúdame
Tanya ayudo a Noah a subir rápidamente pero a la vez con suavidad a la mujer a la camilla. Noah no espero o dio orden alguna. Llevo a Dalia en la camilla al interior de los pasillos hasta que desapareció. Tanya miro su obra maestra en el salón, y decidió caminar tranquilamente por los pasillos. Sabia donde estaba la enfermería. Así que camino por los pasillos dejando gotear algo de sangre por la alfombra. Al llegar vio como Noah cuidaba de Dalia, a pesar que él tenía la mano aun sangrando a través de la cortina que simulaba ser la venda.
— ¿Situación…? -Pregunto Dalia, Noah se sentó a una silla a su lado
—Asesino a todo el personal. La cocina, algunas habitaciones de invitados. Ahí se encuentran sus cadáveres. La empleada que cuidaba las llaves estaba en el jardín trasero. La vi por la ventana, supongo que ella los ayudo a entrar por ahí
—Maldita traidora -Se quejo Dalia
¿Hay una salida por el jardín? Eso es bueno saberlo
Unos pasos apresurados llegaron a la sala de enfermería. Era Víctor. Estaba hiperventilando, de seguro por correr demasiado. Su rostro estaba pálido. Y se volvió aun más pálido al ver a Tanya cubierta de sangre.
—Víctor… -Susurro Noah dándole espacio
Víctor no espero más y empezó a hacerle varios chequeos a Dalia. Noah observaba todo desde la pared. Tanya se acerco a él y miro su mano. Noah oculto su mano para que no lo viera y le dio una sonrisa tranquilizadora a Tanya.
—Estoy… muy orgulloso, Tanya -Sus palabras fueron un balde fría para Tanya
Nadie nunca jamás la había elogiado por asesinar a alguien bien. Sonaba tétrico y a la vez lindo. Se sintió orgullosa de sí misma.
Al fin alguien lo reconoce, lo de Dalia no cuenta. Lo de Noah si
—Noah -lo llamó Dalia-. Quiero que… los busques. A todos, su esposa, sus padres, todos. Asesínalos.
Tanya se sorprendió levemente por la orden de Dalia. Estaba tan llena de ira que iba a acabar con todos los familiares de Ralph. Sintió algo de respeto por la mujer, ya que era algo que ella misma haría.
“Es algo que yo también haría, lo admito.”
Noah asintió ante su orden, y el silencio reinó en la sala de enfermería, a excepción de los quejidos de los pacientes. Primero revisó a Dalia, pero no dio su diagnóstico; la mujer se lo impidió y le ordenó que revisara a Noah y luego a Tanya.
Víctor acató la orden y curó la mano de Noah, quien se quejó. No perdió ningún dedo. La bala no atravesó la mano, pero le dejará cicatriz. En cuanto a Tanya, nada más que raspones y golpes, no le dejarán marcas. Noah le pidió a Víctor que dijera cuál era la situación de Dalia. Víctor, con pesar, les confesó lo inevitable.
—La bala lesionó los nervios, además de lesionar los ligamentos principales -Víctor tomó aire-. Es un traumatismo severo junto con pérdida de función en las dos piernas.
Noah, apretando su mandíbula, habló con voz queda. En cambio, Tanya celebraba en su interior: había vivido un infierno ocho meses por culpa de ella, y al fin estaba recibiendo un castigo divino y merecido.
—Eso quiere decir que… -Víctor asintió ante su afirmación.
—Vivirá, pero no volverá a caminar-anunció.
Noah sobó su frente con su mano sana. Víctor empezó a guardar sus cosas en su maleta y buscaba algo de medicina especial para Dalia.
—Les recomendaría conseguir una silla de ruedas -comentó Víctor, administrándole medicina a Dalia.
— ¿Hay más opciones? -preguntó Noah, mirando suplicante a Víctor.
—La fisioterapia es una opción, pero…
—No -habló Dalia-. No recibiré ese tipo de tratamientos, jamás caeré en algo tan bajo como eso.
—Reconsidéralo, por favor -le suplicó Noah-. Puedes caminar, aún puedes hacerlo. Hay posibilidades…
“No, no las hay. Se quedó sin caminar. ¿Ahora podemos cenar? Tengo hambre.”
Dalia ignoró las palabras de Noah. Su orgullo y ego no le permitían aceptar esas opciones; sería humillante. Miró a Tanya con una mirada sin vida, una mirada perdida, sin esperanza, como si aceptara su final.
—Espero que recuerdes todo lo que te enseñé. Porque ahora empezarás tú. Tomarás mi cargo tanto en el negocio como en el pueblo.
Noah y Víctor miraron a Dalia, ambos consternados por sus palabras, y luego ambos observaron a Tanya.
—Estás herida, Dalia, no muerta -le recordó Noah, acercándose a la camilla.
—Puedo dar órdenes desde mi cama o desde… la silla de ruedas, pero… esto es una oportunidad -Noah la miró extrañado por sus palabras.
— ¿Una oportunidad? ¿Oportunidad para qué?
—Para descubrir quiénes son los que me traicionaron –Dalia al fin hablo tan filosa como una daga, mirando al techo algo aliviada; la medicina ya hacía efecto-. Y ya tengo mis sospechas de quiénes fueron.
“Yo igual, pero debo darle las gracias por darte ese final. Te lo mereces.”
Noah comprendió sus palabras. Le costó demasiado aceptar su nueva orden. Todo estaba tan normal, y ahora… pasó esto, todo cambió en tan solo minutos. Y él no pudo hacer nada para evitarlo. ¿O sí podía haberlo evitado?
—Quieres que Tanya sea el rostro del negocio, pero tú seguirás siendo la mente maestra -concluyó Noah, rendido.
“¿Qué? Eso no, me quedo con el mismo nivel de libertad, solo que ahora tendré más trabajo y responsabilidades.”
—Exacto -Dalia la ve de nuevo-. Todo es tuyo: el dinero, el pueblo, la mansión. Ahora eres la encargada del negocio a unas alturas.
“Esta no es la libertad que deseaba; quiero más, la quiero toda y la tendré.”
Tanya asiente con la cabeza, escuchando sus palabras. Todo es suyo, menos el negocio completo, claro, pero ya todo lo demás le pertenece. Sintió una calidez en su interior, además de la furia por no tener su libertad tan deseada, ya que ella solo pensó en una cosa. No pensó en el pueblo, no le importó que ella no tuviera el control completo del negocio. Ella pensó en que, en el pueblo hay alguien, en una persona en particular. En Jared. Si el pueblo es suyo. Él es suyo, ¿Verdad?
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