Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 11

  1. Inicio
  2. Proyecto: Almas Cosechadas
  3. Capítulo 11 - Capítulo 11: Poder
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 11: Poder

“El poder es un arma de doble filo que hiere tanto a quien lo ejerce como a quien lo sufre”

–Libe Gloze

Tanya

(Tres años después)

La ley de atracción. Hay quienes la llaman suerte, pero para Tanya, fue un milagro. Ese hombre, Ralph, le concedió un milagro y ni siquiera lo conocía. Además, ya estaba muerto y no podía agradecerle por todo.

“¿Debería hacerle una tumba como muestra de gratitud?”

Si bien recibió un milagro, Tanya sabía que todo tiene un precio. Ganó algo invaluable, sí, pero también tuvo que dar algo a cambio. Aun así, ella era de las que buscaban el lado positivo en todo, creyendo firmemente que siempre lo hay.

Tanya se aferró al lado positivo de lo que había sucedido. Deseó más libertad, sin especificar el sentido exacto en que la quería. Pero ahora, con la nueva orden de Dalia, sus límites eran menos asfixiantes, casi inexistentes. El nuevo personal no hacía más que alabarla, pero, como siempre ocurre, detrás de los susurros de admiración, también se tejían historias a sus espaldas. Siempre hay dos versiones.

La familia Malka sufrió un incidente devastador en la mansión, un mal acuerdo con el ex-esposo de Dalia que los dejó a todos heridos, marcados. Lograron salir de aquel infierno, pero nadie sabe cómo, y está rotundamente prohibido hablar de ese día por órdenes de Dalia, Noah y la misma Tanya. Pero el silencio sobre lo ocurrido no lograba silenciar los rumores. Se decía que la valentía inquebrantable de Noah, la mente astuta de la señora Dalia y la estrategia calculada de Tanya fueron lo que los salvó del abismo. Ahora, Tanya se hacía cargo de la mayoría de los negocios para aliviar la abrumadora carga de su madre.

“Una versión… aburrida, ¿verdad? Tan predecible.”

Pero la otra versión no era tan bella, ni tan fácil de olvidar. Se murmuraba de una gran matanza, del estado en que quedó el salón. Todo rojo, un carmesí tan intenso que se pegaba a la retina y se negaba a desaparecer, y un olor metálico tan denso que se incrustó en las paredes y adornos. Tardó tres días enteros en desvanecerse. Un hedor a tragedia que se negaba a abandonar el lugar. Se decía que tuvieron que remodelar el gran salón por completo; la sangre era tan persistente que se negó a irse, y las pérdidas materiales fueron cuantiosas. Que la brutal pelea nació de malos entendidos entre los ex-esposos, y que todos salieron heridos, pero que el lado ganador se deshizo fríamente de los testigos. Y que Dalia, al verse derrotada y humillada, decidió descargarle toda la carga a Tanya. Una pobre chica de catorce años que apenas podía con su propia vida, pero que, a pesar de todo, hacía el mejor intento posible.

“Esa es una versión… interesante, ¿no crees?”

Las dos versiones, la “oficial” y la de la “matanza”, recorrían los pasillos de la mansión como veneno, alimentadas por los susurros de los nuevos empleados. Pero los únicos que sabían la verdad de aquel día decidieron no aclarar nada. Al contrario, eligieron el silencio, sabiendo que, de otro modo, serían callados para siempre. Así evitarían una avalancha de preguntas y problemas futuros.

“Tres años. Tres eternos años habían pasado desde aquel incidente.”

Tanya escuchaba estos rumores, pero extrañamente, no le importaba lo que se dijera sobre ese día. Ella lo había borrado, para ella solo fue un día cualquiera. ¿Hubo heridos y pérdidas materiales? ¿Y qué más? No fue para tanto, al menos no para Tanya. Lo que pasó después, una vez que todos estuvieron estables, fue lo que realmente la marcó.

“Me ocupé de otras cosas… más importantes.”

Ordenaron limpiar la nueva decoración humana que ella misma había hecho en el gran salón. Además, su entrenamiento, tanto de poder como personal, solo fue en aumento, volviéndose más y más exigente. Varios secretos del negocio le fueron revelados, y las clases necesarias para este nuevo y abrumador puesto la asfixiaban. El peso en sus hombros comenzaba a cansarla, la estaba aplastando. Sentía que arrastraba cadenas pesadas, invisibles, que se adherían a su cuerpo, encadenándola.

Le asignaron una empleada personal a Tanya, no para vigilarla, sino más bien para ayudarla. Noah no podía estar todo el tiempo con ella cuando más lo necesitaba. Sí, estaba con ella algunas horas, pero también debía cuidar de Dalia. Aunque eso fue solo durante el primer año. Luego, lentamente, Noah empezó a estar más a disposición de Tanya, logrando finalmente dejarle una enfermera personal a Dalia.

Aun así, Noah trató de convencer a Dalia para que tomara el tratamiento y recuperara la sensibilidad de sus piernas para poder caminar de nuevo. Pero Dalia siempre se negó, con una obstinación fría. Poco a poco, ya no se le veía en su silla de ruedas por los pasillos; empezó a pasar más y más tiempo recluida en su habitación, como si el mundo exterior dejara de existir para ella. Hasta que se volvió normal; Dalia pasaba todo el tiempo posible en su habitación, y resultaba extraño y casi un shock verla fuera de ella.

Las pocas veces que Tanya la veía, notaba cómo ese día la había afectado hasta el tuétano. Estaba más delgada, más demacrada, su piel pálida por la falta de sol. Ya no se arreglaba como antes, su antigua vanidad había desaparecido por completo. Cuando Tanya entraba a su habitación, siempre la encontraba en la misma posición: o recostada en la cama, la mirada perdida por la ventana, o en su silla de ruedas, inmóvil frente a las puertas cerradas de cristal que daban al balcón, como si esperara algo que nunca llegaría y se cansaba de verla de esa forma.

Aun así, las cartas que recibía de Jared la distraían un poco. Habían iniciado una especie de amistad a larga distancia, si se podía llamar así. Las cartas la animaban, la sacaban por un instante de aquella realidad opresiva, pero cuando miraba a Dalia… el cruel presente regresaba con toda su fuerza.

Dalia ya no le dirigía la mirada. Apenas le respondía sus preguntas con monosílabos. Tanya siempre pensaba que podía hacer algo más productivo que perder el tiempo con una persona que la ignoraba por completo. Así que su actividad menos favorita era visitarla. Pero era obligada por Noah cuando no lo hacía con regularidad. “Lo haces para mantener la fachada de madre e hija”, le decía. La excusa de Tanya para no visitarla era “Tengo mucho trabajo”, y no era mentira.

“¿Qué puedes hacer o hablar cuando alguien te ignora todo el tiempo? Exacto, darle el mismo trato”

A veces, deseaba no haberse hecho cargo de la mayoría del negocio. Una parte considerable de su tiempo debía dedicarse al otro negocio en sí. Debía hablar y negociar con los vendedores; la venta de “los nuevos productos” no debía tener problema alguno, ni siquiera el más mínimo contratiempo. Los contratistas eran otra historia. Al cambiar de proveedor, la desconfianza aumentó drásticamente, elevando cada vez más la tasa acordada en los acuerdos. Algo que irritaba profundamente a Tanya, pero debió acceder a esos precios exorbitantes. Solo así logró mantener a la mayoría de contratistas de su parte. Pero algunos pocos aún le eran fieles a Dalia; al ver a una simple chica de catorce años hacerse cargo de un negocio de tal magnitud, ¿quién le tendría confianza? Exacto, nadie.

“Son gente sin vista de un futuro asegurado bajo mi mando… Yo no los pierdo, ellos me perdieron” se decía Tanya con una mezcla de frustración y determinación.

El camino, sin embargo, no era nada fácil. Los fabricantes de droga fueron otro problema grave. La mayoría de ellos habían estado presentes el día del incidente, perdiendo la vida en el caos. Los pocos que sobrevivieron, al verse con una carga de trabajo aún mayor, exigieron un aumento desorbitado en sus pagos, convirtiéndolo en una negación colectiva. Dalia tuvo que interferir en este caso, una clara señal de su debilidad. “Si no hay fabricantes, no hay producto. Y sin producto, no hay negocio. Y sin negocio, no hay dinero…”, entendió Tanya con una fría claridad. Pero a escondidas de Dalia, Tanya actuó conforme a su propio beneficio. No les pagó más a los fabricantes; en cambio, los amenazó. Contrató a personas de mucho peligro para vigilar a cada una de las familias de esos “pobres” fabricantes. Sí, sicarios. Ella no estaba para cumplir los caprichos de nadie más que no fueran los suyos.

“Los sicarios me salieron más baratos que los salarios que estaban exigiendo de esos fabricantes”, se dijo a sí misma en voz baja Tanya con una sonrisa cínica que nadie vio.

Solo así la demanda de aumento desapareció por arte de magia y el negocio siguió su curso. Tanya observó que la mujer a la que debía llamar madre era algo blanda con las personas. Dalia hacía algunas excepciones con sus trabajadores por cualquier tontería. Le recordó a cómo era ella antes de tener la identidad de Tanya, y se recordó a sí misma como Doce. Pero Tanya empezó a trabajar desde las sombras. Vigilando a cada empleado en la mansión y, poco a poco, comenzó a vigilar a cada persona relacionada con el negocio: contratistas, vendedores, fabricantes. Y, por supuesto, aplicó aún más vigilancia a los distribuidores.

Todo esto la estaba consumiendo, tanto que ni siquiera tenía tiempo para visitar el pueblo para nada. Por ende, no podía ver a Jared, bueno, esa era una pequeña mentira ¿Las cartas podían contar como verlo? No lo creo. Además, Dalia le dejó un trabajo a Noah, un trabajo que no quiso que Tanya se enterara. Pero eso no la detuvo; escuchó a escondidas. Dalia lo había llamado a su habitación y le pidió que buscara a los “compañeros” que la habían traicionado o habían pensado traicionarla junto con Ralph. Querían mantener todo en secreto, pero lo que no sabían era que Tanya ya tenía sus sospechas. Se molestó un poco. Ella era la encargada del negocio ahora. Era ella, no Noah. Ella comprendía que Noah era leal, pasara lo que pasara. Pero ella también lo era, ¿o no? “¿Por qué confiaba más en Noah que en ella? ¿Por qué? ¿Le tenía miedo? ¿La odiaba? ¿Aún no la consideraba digna de algunas tareas?”, estas preguntas hirieron muchísimo el orgullo de Tanya, además de hacerla sentir algo inútil, una pieza prescindible en un juego que creía dominar.

“Aunque a veces pensaba que tal vez eso le hubiera dado más trabajo del que ya tenía”, se decía Tanya con una mueca, “pero aun así, le hubiera encantado jugar a buscar los pequeños ‘topos’ que pensaron cavarles ese hoyo de trampa”. Pero decidió moverse por cuenta propia. Buscaría y confirmaría sus sospechas sin ayuda de nadie, a pura investigación antigua y las pocas palabras de Noah. Además, no podía usar la computadora; hacerlo era arriesgarse demasiado.

Pero no había logrado investigar mucho. El negocio la mantenía completamente atrapada. Amenazar y chantajear era algo estratégico, sí, pero agotador. Debía buscar más beneficios propios que para los demás, además de crear puntos ciegos en los contratos para aprovecharse de esto, y por si fuera poco, rastrear a los deudores que cada vez eran más. “Gente que compra droga y nunca paga, ¿qué sigue? ¿Que el perro se coma la tarea?”, se burlaba para sí misma. Era un problema más, pero nunca perdía el dinero. Siempre encontraba una forma, por retorcida que fuera, de recuperar ese dinero que creía perdido.

El negocio era una cosa, ahora la otra parte que la mantenía ocupada era el pueblo. Era un problema mediano. ¡Pedían demasiadas cosas!

El pueblo no estaba enterado del incidente de Dalia, obviamente. Solo informaron que ella había tenido un “ligero accidente” que la había dejado en cama. El pueblo, en un gesto de apoyo que a Tanya le parecía, cuanto menos, ridículo, empezó a mandar flores. Rosas, margaritas, amapolas, girasoles, tulipanes, orquídeas, flor de loto y, por supuesto, hortensias, las flores que predominaban en ese lugar.

Al ser Tanya la que estaba a cargo ahora, ella recibía primero las flores. Venían acompañadas de cartas de apoyo escritas por la gente del pueblo. Pero ella las recibía buscando el tan ansiado apellido: Hagen. Seguía buscando, y buscando, esperando y esperando a que llegara cada día. Hasta que finalmente un día las recibió. Una sonrisa se formó en sus labios, una sonrisa que rara vez aparecía, al acertar una sospecha que tenía. El día en que se presentó al pueblo como Tanya, había sentido un ligero olor en Jared, un inconfundible aroma a hortensias. Y el ramo que había recibido ese día era, efectivamente, un hermoso ramo de hortensias, con su respectiva tarjeta y el apellido Hagen.

Dejó los otros ramos a las demás empleadas. Dalia, por supuesto, no aceptaba ningún ramo de los demás; su reclusión era absoluta. Tanya se llevó el ramo de hortensias a su “nueva oficina”, que antes le pertenecía a Dalia. Se acercó a un florero que contenía unas hermosas orquídeas que, hasta ese momento, habían reinado en el espacio. Las tomó, sacándolas sin piedad del florero, y caminó al gran ventanal que tenía detrás de su escritorio. Abrió uno de ellos y lanzó las orquídeas al vacío. “Estas flores no tienen futuro”, pensó con una frialdad que no era propia de una chica de catorce años. Pero ella no era normal así que daba igual que podía hacer o decir.

Con toda su emoción al límite, colocó el ramo de hortensias en el florero. Tomó la tarjeta que lo acompañaba y la leyó. Una pequeña molestia, una punzada, pasó por su cabeza al pensar que esas flores, al fin y al cabo, no eran para ella. “Pero no importa”, se dijo al instante. La había mandado la familia de Jared. Y con eso, le bastaba para sonreír nuevamente, una sonrisa que no todos tenían el privilegio de ver.

Para: Dalia Malka

De: La familia Hagen

Esperamos que se recupere pronto, queremos que sepa que estamos con usted en cada paso de su recuperación. La admiramos por su valentía y sabemos que pronto se recuperará por completo.

El corazón de Tanya se alteró, dando un vuelco inesperado. Cerró los ojos e imaginó que Jared le había escrito aquella tarjeta, como las cartas que le mandaba cada semana. Lo imaginó sentado en un escritorio, concentrado en trazar cada letra para que fuera clara y legible. Pensando cuidadosamente qué palabra poner, eligiendo cada frase. Su cabeza reprodujo su suave y melodiosa risa. Recordó su hermoso rostro, ese cabello suave que la invitaba a tocarlo, y su hermosa sonrisa. Inhaló el aroma de las hortensias, acercando su nariz a los pétalos. El recuerdo de Jared la invadió por completo.

El recuerdo de Jared la invadió de una forma que, últimamente, la había estado… animando por las noches. Sabía que era algo “asqueroso o enfermo”, un secreto inconfesable, pero en las noches en que el insomnio la consumía, no podía evitar pensar en que Jared la abrazaba y le hacía sentir cosas muy íntimas y personales. Pensaba tanto en eso que algunas noches podía sentir cómo entre sus piernas se ponía húmedo, y no le quedaba de otra que tomar la botella, aún llena del agua de Jared de hace tres años, junto con su otra mano y “hacer un trabajo ahí abajo”. La invadían sensaciones raras pero extrañamente satisfactorias. Luego, al día siguiente, despertaba con dolor en sus manos y los labios algo hinchados por morderlos, un intento desesperado por evitar hacer el menor ruido.

“Vamos… un chico que te escribe cada semana sin falta. Como que si me llego a afectar de alguna forma no tan… sana”

Tanya estaba tan inmersa en sus recuerdos, tan lejos de la realidad, que solo salió de ellos cuando unas empleadas le hablaron desde la puerta de su oficina. Le dijeron que nuevos pedidos llegaban de parte del pueblo, peticiones para cambiar algunas cosas. Tanya leía muchas de esas peticiones; eran de diferentes áreas, pero todas con el mismo objetivo: ayudar al pueblo. Mejoramiento de los caminos, más instalaciones de sistema de agua potable, más electrificación del pueblo, creación de caminos a diferentes ciudades, construcciones de casas y más locales diversos, apoyo a la agricultura. La lista era interminable.

Pero hubo una petición que, más que ninguna otra, le llamó la atención. Una petición que pedía la construcción de más restaurantes, una pequeña librería y, además, un pequeño vivero para tener más variedad de flores.

Una sonrisa divertida, casi irónica, asomó a sus labios. La persona que había hecho ese pedido no era otro que Jared. El mismo Jared que la volvía loca, que invadía sus sueños y sus pensamientos. ¿Cómo lo sabía? La letra era idéntica a la de la tarjeta que venía con el ramo de hortensias. Además, él le había mencionado en sus cartas su gusto por la lectura y el cuidado de su jardín. Tanya buscó en su escritorio, abriendo su gaveta preferida, la última, donde guardaba un palo vacío de paleta, una envoltura vacía y rota de frutas, la tarjeta del ramo y las pocas cartas que Jared le había enviado a la mansión. Las demás las tenía escondidas en su habitación, entre los colchones, su tesoro más íntimo.

¿Por qué aquella gaveta tenía esas cosas tan triviales? Porque esas cosas, aparentemente insignificantes, las había tocado Jared. Sus manos, su boca, habían estado en contacto con ellas. ¿Cómo las consiguió? Bueno, se podría decir que fue “casualidad”. En las pocas veces que Tanya había visitado el pueblo para su “visita” mensual obligatoria, había visto a Jared a la lejanía. Él, por supuesto, no la vio a ella. Y tratando de ser disimulada, lo seguía. Lo observaba. No podía evitar hacerse varias preguntas que ardía en deseos de plantearle sobre su día. “¿Cómo estaba? ¿Se encontraba bien? ¿Cómo le iba en su estudio? ¿Necesitaba algo? ¿Comida? ¿Ropa? ¿Dinero?”. “Ella le daría hasta la misma mansión en la cual vivía si él se lo pidiera”, pensaba con una ferocidad que solo sentía por él.

En sus escasas visitas al pueblo durante esos tres años, había seguido a Jared si lograba verlo y evitar ser vista. No entendía por qué ansiaba verlo y, a la vez, evitar que la descubriera. Gracias a eso, había descubierto dónde estaba su casa. Aunque ya no lo había visto con aquella chica, no tan cerca o pegados como aquella vez, la muchacha seguía revoloteando a su alrededor como una mosca. “Era molesta y asquerosa”, sentenciaba Tanya, “y solo quiero alejarla de Jared. Para siempre”.

En su oficina, con la gaveta abierta, tomó una de las muchas cartas y comparó la letra. Era la misma. Era de él. Pero… ¿Restaurantes? ¿Una librería? ¿Un vivero? “¿Eso es lo que Jared quiere? ¿Tan poco?”, la frustración la invadió. “¿Por qué no pidió más?”. Tanya había visto las peticiones anteriores de los demás durante los últimos tres años. Y ningún otro había pedido algo tan… mundano.

“Si eso quieres, Jared. Te haré tus pedidos realidad”, se prometió Tanya a sí misma, una chispa de determinación salvaje encendiéndose en sus ojos.

Tanya sabía que Dalia no daría su aprobación para algo así. Apenas aceptaba cumplir con algunas peticiones del pueblo y casi no la dejaba ir allí. Así que, en su mente, empezó a repetir un plan algo… divertido, que había estado ideando desde hacía tres años. Un plan que, hasta ahora, solo era un juego en su cabeza.

Tanya estaba ahogada en varios papeles, sumergida en esa oficina como lo había estado últimamente. Una oficina espaciosa donde el escritorio se encontraba en el centro de la habitación. Detrás de ella, un hermoso ventanal que daba al extenso jardín trasero. Otra pared estaba ocupada por una gran estantería con todo tipo de libros, la mayoría ocultando algunos informes de sus “trabajos” personales relacionados con el negocio. Otra pared tenía una hermosa chimenea, y sobre su superficie descansaban las hortensias, logrando que la habitación se impregnara de ese aroma tranquilizante y agradable. “Si cierro los ojos e inhalo el aroma, Jared aparece aún más en mi cabeza”, pensaba, dejando que el perfume la arrastrara.

La otra pared tenía un tablero de corcho lleno de varias tareas pendientes. La oficina no era así hace tres años. Antes estaba más llena de cosas innecesarias, cosas que Dalia había quitado y guardado en su propia habitación, además de algunos sillones y mesas pequeñas.

Tres años… todo cambia en tres años. Llevaba tres años siendo Tanya Malka, y se había acostumbrado a ese tipo de vida. Con diecisiete años de edad, era toda una profesional en lo que se propusiera. Su físico había cambiado, bueno, en realidad mucho más. Había crecido un poco más, algo que la emocionó; no fue mucho, pero era algo. Pero no solo ella ganó un cambio. Jared también. En las veces en que lo había “seguido”, lo había detallado con una precisión casi obsesiva. E incluso había intentado dibujarlo, aunque muchos de esos bocetos permanecían inacabados.

Su musculatura había aumentado considerablemente. Su altura era máxima, imponente. Su cabello necesitaba cambios cada seis meses, ya que su crecimiento era mucho más rápido que el de ella. “¿Acaso entrenaba o tenía algún secreto?”, se preguntaba, con una curiosidad que rayaba en la desesperación. “Quiero saberlo”. Había cambiado el estilo de su ropa, luciendo mucho más varonil y atractivo. Algo que no pasó desapercibido para ella. Le gustaba la nueva versión de Jared. Es más, le encantaba todo de él. Había aumentado discretamente la ropa que Jared usaba en todas las tiendas posibles. Así podría verlo con diferentes prendas que la hacían enloquecer.

“Eso aumenta aún más mis fantasías nocturnas…”, el pensamiento era crudo, casi vergonzoso, pero innegable.

Pero lo malo era que Jared no solo había llamado la atención de Tanya, sino también la de las demás chicas. Se apegaban a él como si fueran amigos de toda la vida. Eso la molestaba y la enojaba a Tanya hasta el tuétano. No le gustaba que lo tocaran, que lo “ensuciaran” con su sola presencia.

Se sentía celosa cuando otras chicas se acercaban a Jared, o incluso si tan solo lo miraban. Guardó de nuevo la carta en la gaveta, pensando en él a cada segundo posible, y tratar de cumplir sus peticiones era algo que no pasaba desapercibido para ella misma. “¿Jared se pondría alegre cuando sus peticiones se cumplan?”. Esto que sentía por él no era normal, lo sabía. Pero no podía retenerlo; salía de ella misma sin control. Era algo que la abrumaba y la controlaba. Como si fuera otra persona.

“Algo que está fuera de mis manos y dejo que me controle sin poner peros”, aceptó con una extraña resignación.

El rechinar de algo fuera del pasillo sacó a Tanya de sus pensamientos. Dejó los papeles a un lado y recostó su espalda en el respaldo de su cómoda silla. Miró la esquina de su escritorio, donde había un pequeño calendario. Ubicó el día que era. Una sonrisa cruel adornó sus labios.

“Hace años que planeaba esto. Con sumo cuidado calculé cada detalle de este plan. No debo fallar. No lo haré. No debe por qué fallar el plan, lo hice yo”, la confianza resonó en su mente como un eco frío.

Tanya se levantó de su silla y se estiró un poco. Tenía el cuerpo muy rígido de estar casi todo el tiempo sentada. Se dio media vuelta y miró a través de su gran ventanal. El día estaba nublado, como casi siempre. Era perfecto. Miró un reloj cerca de ella. Era la hora de que apareciera.

Un movimiento fuera del ventanal llamó su atención. Gracias a que estaba en un segundo piso, tenía una vista perfecta del jardín trasero. Allí se encontraban dos personas: la enfermera personal contratada para cuidar con sumo esmero a Dalia, y Dalia misma. La enfermera empujaba lentamente la silla de ruedas en la que estaba postrada la mujer, cuya mirada estaba perdida en la lejanía. Estaba físicamente sentada en esa silla, pero Tanya sabía muy bien que su madre estaba perdida en sus propios pensamientos. Y, cruelmente, sabía la razón.

Días antes, la mujer le preguntó a Víctor en uno de sus chequeos semanales si aún podía cambiar de elección. Y Víctor le respondió que ya era muy tarde. Tanya sabía que no le preguntaba por su estado físico, sino por su vida. “¿Aun puede cambiar la vida que tomó?”, pensó Tanya con un matiz de desdén. “Claro que no”.

Tanya conocía el sucio secreto de esa mujer. Nadie más lo sabía o lo había entendido, ni siquiera el mismo Noah. Tanya no quería hacer sentir más miserable a esa pobre mujer confesándole que sabía la verdad y que ella misma había tenido la culpa de todo. Todo por un capricho.

“¿Qué le costaba decir, no?”, la pregunta flotó en su mente, llena de ironía y desprecio apenas contenido.

Tanya unió todas las pistas acerca del estado de la mujer: infértil. Muchos creerían que todo fue un accidente, pero no fue así. Dalia se volvió infértil a propósito.

La obligaron a casarse con alguien a quien no quería, y la única solución que encontró fue volverse infértil. Se expuso a químicos peligrosos sin ningún tipo de seguridad para no tener un hijo de ese hombre. Seguramente, ella pensó que eso no tendría consecuencias graves. Pues las tuvo. Se quedó sola. Sin alguien que tomara el mando del negocio después de ella. Su ex-esposo le pidió el divorcio y, finalmente, le disparó, dejándola en una silla eternamente.

Todo eso pasó porque no lo amó. Porque no quiso seguir la vida que le tocaba vivir. Ahora estaba pagando las consecuencias de su decisión, y vaya que las estaba pagando caras. No tomó el tratamiento porque pensó que ese era su castigo por tal decisión.

“Pero tranquila, yo te ayudaré a liberarte”

Tanya había estudiado el horario de la enfermera personal de Dalia. Y según su rutina, había un paseo al jardín dos veces a la semana. Esta era la segunda vez.

Ellas dos siguieron su camino en el jardín hasta detenerse en un gran muro de arbustos que señalaban el límite. Si traspasabas ese muro, encontrarías un acantilado. “¿Quién construyó la mansión de esa manera? Ni idea, pero me dio una gran idea”, pensó Tanya, una sonrisa peligrosa asomándose a sus labios mientras la enfermera y Dalia se acercaban al fatídico punto.

Unos pasos resonaron por los pasillos, acercándose a su oficina. Tanya fingió caminar hacia su estantería y tomó un libro al azar, justo en el momento en que Noah entró.

— ¿Me buscaba, señorita? -preguntó Noah. Tanya lo miró de reojo, como siempre hacía.

—Sí, tengo que pedirte algo -respondió ella con total calma.

—Estoy a sus órdenes.

—Quiero que me traigas los archivos de información sobre las “apariciones de cuerpos cerca de Hidetown”. Puede que esto tenga conexión con el negocio de distribución y proveedores de los suministros -Tanya fue clara y directa en su orden.

Noah juntó sus manos delante de él; ya sabía lo que venía a continuación.

— ¿Conexión con el negocio? ¿Por qué lo dice?

Tanya estaba algo cansada de que Noah siempre la cuestionara sobre sus peticiones y actos. Pero lo necesitaba ocupado.

—Creo que los cuerpos que han aparecido a lo largo de los años están relacionados con el narcotráfico de uno de los “supuestos” aliados que trabajan con nosotros -Noah siguió dudando, y Tanya sintió la irritación-. Si logro dar con quién puede ser, los tomaré como futuros traidores para el negocio. Tengo que evitar que hagan algo antes de que sea tarde y sigan apareciendo más cuerpos antes de que alguien del pueblo lo sepa.

—Entendido -respondió Noah con un suspiro, y abandonó la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Tanya no mintió en querer buscar la conexión. Ella se había enterado de que, alrededor de 13 años atrás, habían aparecido cuerpos al azar que no pertenecían al pueblo, y que nadie sabía el origen ni quién era el responsable de esto. “¿Será una advertencia? ¿Drogadictos muriendo en el camino por sobredosis?”, se preguntó. No lo sabía, pero lo que sí sabía era que ese tipo de archivos estaban resguardados en una habitación segura. Una habitación sin ventanas y con una sola puerta de entrada y salida, diseñada para evitar que alguien robara los papeles y fuera atrapado en el acto. Por lo tanto, Noah no tendría vista al jardín ni escucharía nada.

Tanya caminó con toda la tranquilidad del mundo hacia su ventanal de nuevo. Observó que aquellas dos mujeres estaban justo donde las quería. Ella, días antes, le había pedido a esa enfermera que le mostrara las flores que estaban creciendo en el muro de arbustos. Todo era parte de un plan. Tanya había plantado esas flores con la idea de este momento, esperando cinco meses para que florecieran. Las flores que plantó eran crisantemos, blancos y hermosos, pareciendo copos de nieve en ese gran muro verde oscuro.

La enfermera detuvo la silla de ruedas justo frente a esas flores, empezó a señalarlas y a cortar algunas para colocarlas en el regazo de la mujer. Pero no hubo respuesta de Dalia. Parecía más un maniquí que una persona. La empleada se rindió y tomó de nuevo la silla. Y era ahora cuando el plan de Tanya comenzaría.

Tanya alzó una mano hacia el ventanal frente a ella, señalando directamente a la pobre chica que sostenía la silla. La enfermera se quedó estática, congelada en su lugar. Una sonrisa desalmada apareció en el rostro de Tanya. Lentamente, movió su mano en dirección a aquel intenso muro de vegetación. Cuando la silla de ruedas topó contra este, la mujer en la silla despertó de golpe de su ensoñación.

“Gracias por entrenarme a usar mi poder desde una gran distancia, Dalia, y como agradecimiento te daré tu libertad del infierno en el que estás viviendo”, pensó Tanya con una frialdad escalofriante.

Tanya observaba cómo Dalia le reclamaba a la pobre empleada sobre sus acciones, pero la enfermera empezó a negar con la cabeza, errática, sin poder moverse. Tanya aplicó más presión. La silla empezó a ser tragada, junto con la mujer sentada en ella, por aquel muro de vegetación. Los gritos, algo lejanos, de la enfermera empezaron a escucharse hasta la mansión. Pero nadie salía a su ayuda; estaban demasiado lejos para llegar a tiempo, aunque eso era exactamente lo que Tanya quería: que las escucharan.

“De igual forma, nadie llegaría a tiempo para evitar la tragedia”, una voz helada se afirmó en su mente.

La mujer en la silla llevaba medio cuerpo siendo tragado por el muro. Ubicó sus manos en las dos ruedas, tratando de evitar que la silla siguiera avanzando, pero no lograba nada, solo le dolían las manos. Su vista se posó justo en la habitación donde se encontraba Tanya. Ambas hicieron contacto visual, o eso pensaba Tanya; estaban demasiado lejos para saber si realmente se miraban a los ojos o si solo era una ilusión.

Pero algo era seguro: aquella mujer la estaba viendo por última vez. Los gritos desesperados de Dalia comenzaron a intensificarse. Estaba a punto de ser completamente tragada por aquel inmenso muro y caer por el acantilado. Tanya no lo estaba haciendo lento, le estaba costando. La distancia y el grosor del muro eran sus principales problemas. Pero eso no impidió que lograra completar su cruel plan. Dalia, sentada en la silla, comenzó a golpear y arañar los brazos de su enfermera, pidiendo a gritos desesperados que se detuviera. Pero no funcionó para nada.

“Hasta aquí llegaste, Dalia Malka, yo me encargaré de todo tal y como me pediste hace tres años…”, sentenció Tanya en su mente, observando impasible.

El cuerpo de la mujer desapareció en aquel muro verde al igual que la silla de ruedas. Tanya dejó de usar su poder en el cuerpo de la enfermera, y esta cayó de espaldas al pasto, aterrorizada. Sus piernas apenas le ayudaban a caminar hacia la mansión, completamente paralizadas por el terror que había experimentado. A medida que se acercaba a la mansión, sus gritos se escucharon aún más fuertes, aunque eran inentendibles.

“Funcionó perfectamente”, pensó Tanya con una fría satisfacción.

Tanya no sintió remordimiento ni nada por el estilo. Solo se sintió aliviada y muy, pero muy feliz.

“Un problema menos”, la idea le trajo una sensación de ligereza.

Tanya se sentó tranquilamente en su silla de nuevo, escuchando cómo los gritos de la mujer iban en aumento a medida que se acercaba a la mansión. Unos pasos se acercaron a la oficina y, al entrar, se topó con Noah. Él entró con el ceño fruncido y con carpetas en la mano. Iba a decir algo, pero Tanya le ganó la palabra.

— ¿Qué es ese escándalo? -preguntó fingiendo confusión.

“Debería dedicarme a la actuación”, pensó con una pizca de humor negro.

—Eso es lo que yo le iba a preguntar -respondió Noah, visiblemente desconcertado por los gritos de la enfermera.

—Deberíamos ver qué está pasando, no puedo trabajar con tanto ruido -Tanya se levantó de su silla, actuando la perfecta empleada exasperada.

Noah dejó los papeles en su escritorio y ambos estaban listos para salir, pero entonces llegó una empleada. Estaba alterada, su pecho subía y bajaba por las respiraciones erráticas.

— ¿Qué sucede? -preguntó Noah, preocupado por la reacción de la empleada.

—E-Es… La señora… -Y con esas simples palabras, Noah comprendió todo.

Él fue el primero en salir de la habitación, una ráfaga de movimiento y pánico. Luego le siguió Tanya, copiando a la perfección la preocupación y el horror que Noah mostraba. Sus pasos acelerados resonaban un poco por el pasillo, gracias a que la alfombra los amortiguaba. Las respiraciones de ambos empezaron a acelerarse lentamente por el esfuerzo que hacían al empezar a trotar.

La empleada los seguía por detrás con la misma velocidad, sus jadeos ahogados. Un llanto femenino se escuchaba cada vez más alto. Se estaban dirigiendo hacia la causante del llanto, y se toparon con una escena preocupante.

La enfermera personal de Dalia tenía varios rasguños serios en sus brazos y manos, que sangraban un poco más de lo esperado. Estaba llorando en estado de shock, otras empleadas empezaron a atenderla para calmarla. Su uniforme estaba algo sucio por la tierra del pasto, un testimonio silencioso de la lucha.

— ¿Un ataque? -preguntó Tanya, mirando hacia el jardín desolado, como si buscara respuestas en el vacío.

—No, nos habrían atacado a todos si fuera un ataque -El pánico se notaba, crudo y evidente, en la voz de Noah. Él miró a la enfermera-. ¿Dónde está la señora?

La enfermera quiso hablar, pero las palabras no le salían. Su maquillaje se había corrido por las lágrimas y otros fluidos desagradables. Noah se puso de rodillas frente a ella, estaba a nada de perder el control.

— ¿Dónde está? -Repitió, su voz temblaba, pero no hubo una respuesta clara-. ¡¿Dónde está la señora?! ¡¿Dónde está Dalia?! -preguntó alzando la voz en un grito desesperado, el pánico ya desbordado.

“Lo sabes Noah, o más bien lo sospechas”, pensó Tanya con una frialdad perturbadora. “Entrar en pánico no la regresará gracias a Dios”.

La enfermera, temblorosa y con las manos ensangrentadas, señalaba el jardín. Noah la tomó por los hombros, el pánico ya descontrolado.

— ¡¿DÓNDE ESTÁ DALIA?! ¡¡HABLA MALDICIÓN!!

El grito de Noah asustó a los demás empleados, pero sorprendió a Tanya. Jamás lo había visto perder sus estribos de esa manera. Se puso a su lado y tomó su hombro. Podía sentir la tensión, casi como una vibración, en su cuerpo.

—Noah, cálmate -Tanya fingió una calma que no sentía. Debía convencer a todos de que estaba igual de preocupada que él. Para darle más credibilidad, hizo temblar sutilmente la mano que tenía sobre el hombro de Noah.

Él sintió el temblor y soltó a la empleada, quien seguía en silencio, aterrada.

—Respira y habla -pidió Noah, su voz ahora un hilo de angustia, desesperado.

La mujer le hizo caso, dio respiraciones profundas y luego habló entre sollozos, las palabras apenas audibles.

—L-La tiraron… por el acantilado -respondió con voz temblorosa.

Noah dio un último respiro y se quedó congelado. Tanya copió su acción, llevando sus manos a la boca. Muchos pensarían que era por el impacto de la noticia, pero en realidad, era porque no podía contener una pequeña sonrisa de triunfo.

— ¿Q-Quién? ¿Quién la lanzó? -preguntó Noah en un hilo de voz, casi inaudible.

—Y-Yo no podía… no lograba detenerme -confesó la empleada entre sollozos, su mirada perdida.

“Bingo”, pensó Tanya, un destello de victoria en sus ojos.

Noah se tensó aún más y apretó sus manos, convirtiéndolas en puños. Apretó los dientes, tensando la mandíbula, tratando desesperadamente de contener sus emociones.

— ¿Qué?

—No podía moverme… era como si…

— ¿Dijiste que no podías detenerte? -La interrumpió Tanya, y luego frunció el ceño, mirando con toda la furia que podía simular a la empleada-. ¡¡LA LANZASTE!!

La enfermera empezó a negar con su cabeza, tratando de hablar, pero Tanya la interrumpió de nuevo. No debía dejarla explicarse o su teatro se vendría abajo.

— ¡Tú fuiste la única que estaba con ella! ¡¿Por qué lo hiciste?! -Tanya intensificó su actuación, tomando el cuello del uniforme de la enfermera-. ¡Responde! ¡¿Por qué?! ¡¿Alguien te pagó?! ¡¿Te aliaste con alguien y nos traicionaste?!

Noah estaba en blanco, seguía de rodillas. Permanecía en silencio, mirando un punto fijo, luchando con sus propias emociones. Todos los empleados estaban impactados por lo que Tanya estaba diciendo.

— ¡N-NO! ¡Y-Yo no fui! ¡Ella estaba-!

— ¡¿Te pidió que lo hicieras?! -preguntó Tanya, interrumpiéndola de nuevo, su voz resonando con falsa indignación.

Un murmullo de incredulidad se extendió entre los empleados, todos mirando a la enfermera como si fuera la culpable. Noah tomó la muñeca de Tanya. Era un agarre débil, casi sin fuerza. Fingía estar bien cuando por dentro estaba destrozado. Tan destrozado que lágrimas empezaron a salir de sus ojos café oscuro.

“¡Qué buena jugada tengo esta vez. ¡Wuju!”, pensó Tanya, saboreando su victoria.

— ¿Ella te pidió que lo hicieras? -preguntó Noah con la voz rota, sus lágrimas deslizándose por sus mejillas y juntándose en su mentón, cayendo hacia su uniforme y el suelo.

—N-No, yo… yo no hice… nada -La enfermera empezó a llorar inconsolablemente.

—No mientas -pidió Tanya, obligándose a llorar para crear una escena perfecta-. No mientas más…

Noah soltó el agarre de la muñeca de Tanya y empezó a correr hacia el jardín. Tanya no esperaba esa acción. Ella miró a los demás empleados.

— ¡Deténganlo! ¡Ahora! -ordenó Tanya, logrando que una sola lágrima se deslizara por su mejilla mientras la enfermera seguía en un llanto sin fin.

Varios empleados fueron tras Noah, quien corría a toda velocidad hacia el jardín, gritando el nombre de Dalia. Los gritos desgarradores de Noah lograron que Tanya sintiera una pizca de tristeza. No por lo que había hecho, sino por Noah. Verlo gritando y llorando desconsoladamente en los brazos de los demás empleados le produjo una extraña sensación de pesar. Tanya no se dejó llevar por los sentimientos ajenos. Al contrario, usó la situación a su favor. Todos culparon a la enfermera, alegando que había ayudado a Dalia en su último plan suicida, una mujer diagnosticada con depresión persistente. Y Noah se encargó de deshacerse de la enfermera, silenciándola para siempre. Todos se creyeron la actuación de Tanya: desolada, triste, devastada.

Pero Tanya ya estaba tejiendo diversos planes, delineando los primeros cambios que haría en la mansión y el pueblo. Dalia la había dejado a cargo del negocio. Era su hija adoptiva legalmente, y ahora todo el negocio le pertenecía por derecho. El pueblo entero era suyo. La mansión era suya. Los empleados… Hidetown era completamente suyo.

Tanya mandó a buscar el cuerpo de Dalia alrededor del acantilado, pero solo encontraron la silla de ruedas. Destrozada y llena de sangre seca. Eso fue lo único que pudieron recuperar de ella. Y Noah fue quien se encargó de traerla a la mansión.

Tanya pidió las cosas más exclusivas: el ataúd y la lápida. Todo con oro blanco en los bordes, y orquídeas fantasmas para su tumba, evocando una belleza etérea y letal. Todos en la mansión acudieron al pequeño mausoleo que se encontraba al final de aquel inmenso jardín. Allí enterraron el ataúd que contenía la silla de ruedas. Noah lloraba desconsoladamente, algunos empleados lamentaban la pérdida de la mujer, y Tanya, también lloraba.

Aunque sus lágrimas no eran de tristeza en realidad. Ella pensaba en todo lo que tuvo que pasar para llegar hasta ese punto. Tres años y ocho meses. Tres años y ocho meses bajo la sombra de esa mujer, bajo el control de todos. Bajo las asfixiantes horas de trabajo duro, todo para este momento. Y valió cada maldito segundo.

Tanya pidió quedarse unos segundos más frente a aquella tumba vacía. Todos la dejaron, incluido el destrozado Noah. Ella limpió sus lágrimas y sonrió a la tumba. Y le dio las gracias, porque ahora, finalmente, ella haría lo que quisiera.

“Gracias, Dalia… Ahora es mi turno de mandar.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo