Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 12
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 12: Conciencia
“La conciencia es el capitán, pero el inconsciente es el mar”
–Libe Gloze
Desconocido #1
— ¿Y bien? ¿Dónde está? Habías confirmado que sabías dónde estaba, ahora dilo, no tenemos mucho tiempo. ¿Cómo está? ¿Con quién? ¿Dónde? ¿Cuál es la situación? -Aquel hombre, listo para perder la paciencia, bombardeó de preguntas al hombre misterioso.
En aquel lugar lujoso, lleno de cabezas de animales disecadas mostradas en una de las paredes como si fueran trofeos, el hombre que lucía tranquilo a pesar de tener guardias apuntándole con armas a diferentes partes del cuerpo tomó un sorbo de su whisky. En cambio, el hombre frente a él, vestido con una camisa blanca, pantalones negros y una bata blanca pero sin identificación, no soportaba el suspenso del hombre sentado. Se levantó de su asiento y golpeó la mesa de madera frente a él con su puño, haciendo resonar el vaso con hielos (pero sin ninguna bebida) y moviendo ligeramente la botella de whisky por el impacto.
— ¡Habla, maldición! ¡No tenemos más tiempo! -La voz furiosa de ese hombre resonó por toda la habitación, logrando que sus guardias ahora marcaran con un láser rojo el cuerpo de aquel hombre, quien no se inmutó por su grito.
—Cálmate, Johan -Aquel hombre dejó su vaso en la mesa y permaneció sereno.
“No puedes matarme; sin mí, la perderás. Y lo sabes”, pensó con una seguridad inquebrantable.
—No digas mi nombre -pronunció severo aquel hombre-. Nos has estado manteniendo en círculos por tres malditos años… ya es suficiente, habla, a menos que quieras morir.
—Si lo haces, dile adiós a tu única oportunidad para salvar tu trasero -argumentó con diversión aquel hombre, logrando que el hombre al que llamó Johan rechinara los dientes de furia evidente-. Vuelve a sentarte y hablemos de negocios.
—No tenemos nada que negociar con gente como tú -murmuró iracundo Johan, volviendo a sentarse en la silla.
Aquel hombre entacuchado se levantó de su silla y caminó hacia una pared que contenía una gran ventana con vista a una ciudad bellísima, llena de luces de neón y vida nocturna.
—Lo tienen -afirmó el hombre, posándose frente a las ventanas.
—Pedirnos el diez por ciento de los ingresos, y que además, te salvemos el trasero en caso de un accidente no es un buen trato -Johan se sobó la frente desesperado con su mano derecha-. Ya dinos algo, has mantenido cerrada esa puta boca por tres años, ya nos hartamos de tener que esperar tus palabras.
“Tres años… el tiempo sí que pasa rápido”, pensó el hombre entacuchado, con una sonrisa interna.
—Les dije mis condiciones, acéptenlas y les diré lo que sé, además también nos beneficiamos los dos. Les doy de mi mercancía y ustedes me pagan por ello. Además…
—No, no te diremos de qué trata todo esto o por qué la necesitamos. Además, no te compraremos una mierda, sabemos dónde conseguir nuestras cosas.
El hombre entacuchado negó con la cabeza, fingiendo estar decepcionado. A Johan no le importó esto y solo tomó la botella de whisky, sirviéndose un poco en su vaso con los hielos ya algo derretidos. Tomó el vaso con enojo y lo llevó a sus labios, bebiendo el licor de una sola vez.
—Tres malditos años. Si no hubieras mostrado el chip de rastreo de ella, te hubiéramos asesinado -confesó Johan, sirviendo más whisky en su vaso-. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé muy bien, cada amiguito tuyo me lo ha recordado por tres años seguidos -contestó con evidente fastidio-. Pero no puedo solo entregártela así, necesito… beneficios
— ¡Te bañas en puto oro! ¿Qué más quieres? -Le reclamó Johan, incrédulo-. No solo mi vida está en juego, la vida de todos los involucrados está en juego. La tuya, la mía y la de todo aquel que escuche esta conversación o sepa algo del tema.
Los guardias que estaban detrás de Johan, aún apuntando al hombre misterioso frente a la ventana, titubearon. Algunos se miraron de reojo, sabiendo que estaban escuchando la conversación, sabiendo que eso ya condenaba sus vidas a una muerte segura.
—Mira, pediste hablar conmigo. Te costó un año y medio, amenazas de muerte y casi la vida de tu familia -se quejó Johan, estaba cansado de rogarle al hombre entacuchado que hablara-. Aquí estoy, llevo contigo un año y medio tratando de llegar a un puto acuerdo y tú no das tu brazo a torcer.
—Tengo mis motivos, debo asegurar el futuro de mi familia, y si es posible, de las siguientes tres generaciones -soltó con una risa ronca aquel hombre, volteándose finalmente para ver a Johan.
—No podemos simplemente decirte la verdad y darte una cantidad grande de nuestros ingresos -confirmó Johan, apoyando sus codos en la mesa de madera.
“¿Por qué? ¿Qué esconden? ¿Por qué la necesitan con tanta urgencia?”, pensó el hombre entacuchado, su mente trabajando a mil por hora.
— ¿Qué te parece la mitad de la verdad y el cinco por ciento de los ingresos? -opinó el hombre caminando hacia una chimenea cercana para ver la leña arder lentamente.
— ¿En serio? -bufó Johan, molesto-. ¿Eso es lo mejor que pudiste bajarle a tu demanda de mierda?
—Es mi única y última oferta, tómala o déjala -Johan apretó sus manos en puños ante sus palabras. Sabía que lo decía en serio. Aquel hombre sonrió sin ver a Johan; sabía que lo estaba dudando-. Después de todo, si no aceptas, pagarás con tu sangre y con la de muchos inocentes.
—Estamos hablando de los fondos que nos proporciona los gobiernos… no podemos solo dártelo sin más -explicó Johan, ladeando la cabeza.
“Los gobiernos, el gobierno, por qué no me sorprende escucharlos detrás de ese desastre”, pensó el hombre entacuchado con una pizca de desdén.
Johan lo estaba dudando, a punto de aceptar, cuando de repente abrió los ojos y sonrió de lado. Algo se le había ocurrido.
—Te propongo otro trato -Johan llenó los dos vasos de whisky en la mesa, se levantó tomando los vasos en sus dos manos y caminó hacia aquel hombre.
—Este sería tu trato… Doscientos ochenta y siete, querido Johan -murmuró aquel hombre, visiblemente cansado.
Ambos estaban agotados de rechazar buenas propuestas. Solo uno de ellos ganaba al final de cada trato, algo que no le parecía justo al perdedor, y se habían pasado varios meses creando miles de tratos para que fueran equitativos, pero nada daba resultado. Pero Johan supo que este trato no podía negarlo.
—Pues este es el Doscientos ochenta y ocho -Johan, al estar a su lado, le ofreció el vaso de whisky que el hombre no rechazó y lo tomó-. Me dices dónde está la chica, y ambos la usamos a nuestro favor.
“Ahg, qué asco…”, pensó el hombre entacuchado con un rictus de disgusto.
—Te recuerdo que soy casado, no me gusta la infidelidad, debería considerarse un pecado capital -replicó aquel hombre, mirando de mala gana a Johan, quien solo estalló en una carcajada por sus palabras.
—Ya veo, no es de tu gusto, pero el mío sí -El hombre entacuchado frunció el ceño con disgusto ante esas palabras-. Pero no estaba hablando en ese sentido -Johan miró a sus guardias, lanzándoles una mirada de “Lo que pase en esta habitación, se queda en esta habitación”. Los guardias comprendieron y bajaron sus armas, dejando de apuntar al hombre misterioso-. Su sangre es especial. Con ella puedes crear más drogas con mejores efectos.
— ¿Especial? -La curiosidad del hombre se encendió como una llama y solo se fue avivando más-. Explícate.
—Su sangre lleva un mineral mutado por la radiación además de otros tipos de ADN de otras… criaturas, es compatible con todo compuesto -habló Johan, mirando también la chimenea-. Imagina las millonadas de dinero que recibirías al ser el único que puede fabricar nuevas drogas y que nadie más pueda replicarlas por no tenerla a ella.
“¿Su sangre está combinada con un mineral mutado por la radiación y ADN de otras criaturas? ¿Qué le pusieron, de un camaleón o algo parecido?”, la incredulidad, teñida de una oscura fascinación, cruzó por la mente del hombre entacuchado. “Imposible de creer que eso sea posible, pero si la buscan tan desesperadamente, debe ser cierto… en ese caso, no estaría mal aprovecharme de eso tampoco”.
— ¿Qué, no tienes a otro bueno, además de ella? -preguntó el hombre entacuchado, tratando de saber más en un último intento, pero Johan solo tensó la mandíbula.
—Cero comentarios hacia ese tema. Hablamos de Tanya en este momento, ¿qué dices?
—Bueno debo confesar que sí es de mi interés -confesó aquel hombre, mirando a Johan con una sonrisa de satisfacción que finalmente llegaba a sus ojos-. Creo que por fin hemos logrado llegar a algo.
Johan sonrió de la misma forma y extendió su vaso lleno de licor hacia él.
—La compartiremos a ella y a las ganancias -afirmó, pero eso hizo dudar al hombre entacuchado.
—Yo crearía las drogas -se defendió, su tono era firme.
—Pero yo la creé a ella junto con otra “amiga” para ella serian las ganancias por que si no me enterraría vivo si no conseguí nada para ella -confeso Johan, ensanchando su sonrisa, un golpe bajo que el otro no esperaba.
“Mierda… eso sí es cierto”, pensó el hombre entacuchado, reconociendo la verdad detrás de la cruda afirmación de Johan.
Aquel hombre entacuchado lo pensó varias veces. Si les decía lo que sabía, había una pequeña probabilidad de que lo asesinaran para callarlo, pero tampoco era sabio meterse con alguien que también estaba relacionado con el gobierno. Todos pondrían su pellejo en juego. Una ruleta rusa donde quien dijera alguna palabra sería silenciado inmediatamente.
Si lograban tenerla a ella, ambos se beneficiarían. Johan había hablado con la verdad, quien saldría más beneficiado sería él. Tener algo que nadie más pudiera replicar aseguraría más de tres generaciones si pensaba en las ganancias. Miró el vaso aún extendido de Johan; hacer el brindis sería cerrar aquel trato. Pero si lo rechazaba, había una gran probabilidad de que no llegaran a nada de nuevo y pasaran los años en que nadie se beneficiara.
“Recuerdo aquel día en el cual los conocí a todos”, el pensamiento trajo consigo un eco de un pasado que estaba a punto de cambiarlo todo.
Aquel día era lluvioso, alguien entró a su gloriosa mansión asustando a su familia. Pero luego, se dieron cuenta de que no podían matarlo, ya que necesitaban la información que él poseía, lo que había visto aquella noche en el bosque. Primero fueron guardias quienes le ofrecieron varios tratos, los cuales rechazó sin arrepentimiento. Luego llegaron abogados y gente con más poder. Pero él quería al encargado, al mandamás, al jefe, al sujeto que le daría una salida fácil. Sin embargo, terminó con más preguntas que respuestas; todo era confidencial, no podían hacer tratos con información. Lo querían fuera. Pero decidió darles información falsa, en las cuales todos cayeron, logrando colmarles la paciencia. Y al encontrarse con Johan, las cosas fueron más difíciles.
“Me dio varios nombres falsos, pero aun así me dijo su nombre… Johan, algo aburrido”, pensó el hombre entacuchado, una sonrisa sutil en sus labios.
Varios tratos rechazados, varias palabras y promesas vacías, hasta ahora, tuvo que soportar tres años, hasta ahora con un trato completamente emocionante, curioso y beneficioso. Aquel hombre entacuchado chocó su vaso con el vaso de Johan, el sonido del cristal resonó por la habitación. Ambos hombres se llevaron su vaso a los labios y bebieron el contenido. El fin de una guerra y el inicio de una tregua.
—Bien, socio -pronunció Johan con diversión, probablemente el whisky ya estaba haciendo efecto. -Primero necesito mostrarte algunos amigos que te ayudarán en tu deber, eso sí, debes decir lo que sabes.
—Oh, querido Johan, estoy listo para hacer negocios.
“Descubriré la verdad de todo. Y cuando sea el momento, los asesinaré a todos. Y la tendré solo para mí. Pero primero debo confirmar que sea cierto”, la mente del hombre entacuchado ya trabajaba, fría y calculadora.
—Señor -se escuchó una voz femenina al otro lado de las puertas cerradas de madera. Los guardias levantaron sus armas de nuevo, apuntando a las puertas cerradas. Johan le restó importancia.
—Adelante -dio luz verde para que entrara su empleada, quien con todo el temor del mundo abrió las puertas y miró asustada a los hombres armados apuntándoles con las armas-. ¿A qué se debe la interrupción?
—L-Le llegó una invitación -susurró asustada la pobre mujer, mirando a su alrededor con pavor. Extendió su mano, donde sostenía una carta.
Aquel hombre tomó la carta en sus manos y la leyó. Una sonrisa arrogante adornó su rostro. Johan notó esto.
— ¿Ahora qué?
—Debo prepararme para una cena importante, negocios, querido -le restó importancia el hombre, sin quitar la vista de la carta.
“Una cena, en su casa. No la veo desde hace tres años. Veamos qué tanto has cambiado, chica… serás un juego muy entretenido”, la oscura anticipación llenó sus pensamientos.
Desconocido #2
Los días pasaban, uno tras otro. Todo iba bien hasta que la noticia de la muerte de Dalia Malka había sido, como era de esperar, un revuelo. “Accidente, suicidio”, las palabras se repetían en los murmullos de la gente, pero él sabía la verdad. Una verdad que, por ahora, debía guardar en lo más profundo de su ser.
Había estado observando. Siempre observando. Desde la distancia, desde las sombras, desde la lejanía del pueblo. No era una tarea sencilla. Mantenerse oculto, no levantar sospechas, ser una mera sombra. Pero era necesario. Necesario para su objetivo, necesario para la misión que lo había consumido durante años.
La llegada de Tanya al poder había sido, cuanto menos, interesante. Una chica, una marioneta al principio, pero que rápidamente había mostrado dientes afilados y una astucia innegable. Algo que había capturado su curiosidad. Había visto cómo se movía, cómo manipulaba, cómo deshacía a sus enemigos con una frialdad que helaba la sangre. Dalia no era su única víctima; muchos otros habían caído bajo su control, o peor, habían desaparecido.
La preocupación por Dalia, esa farsa bien orquestada, no lo engañaba. Había sido un acto de teatro, un montaje cruel que solo servía para consolidar el poder de Tanya. Él sabía quién era el verdadero responsable de la “muerte” de Dalia, y no era la enfermera, ni la depresión, ni mucho menos un accidente.
Pero tenía un objetivo que cumplir, mucho más complejo. Tenía que acercarse. Tenía que entender la magnitud del cambio que Tanya representaba. La forma en que manejaba el negocio, la expansión, las nuevas drogas… todo era parte de un juego peligroso, y él necesitaba estar dentro. Aun que… también debía divertirse para no aburrirse solo con el trabajo. Y justo eso hacía en ese momento en medio del bosque solitario y oscuro.
“Es un baile frenético, una danza de la desesperación. Pero todo final tiene su ritmo, y el suyo está a punto de acabar.”
Eso era lo que pensaba aquel agresor que sacó un cuchillo de la nada mientras la chica frente a él, después de hacerle un “trabajo personal” abajo, empezó a correr por el bosque.
— ¡No huirás de mí, pequeña chica! -gritó con un tono burlón aquel misterioso agresor.
— ¡Me mentiste! ¡¿Qué carajos, Francis?! -le respondió con gritos desesperados la pobre chica que huía de él.
— ¡Sé honesta! ¿Cuál de mis dos armas te asustó más? -le preguntó, hilarante, mientras empezaba a cerrar su pantalón y corrió tras la chica con cuchillo en mano-. ¿Fue la que chupaste o la que tengo en mi mano?
Obviamente, la chica no le respondió. Estaba en estado de shock, procesando cómo un momento íntimo y caliente con aquel extraño se había transformado en algo sacado de una película de terror. Corría desesperada por el bosque, pero no tenía orientación. Todo había pasado muy rápido. Lo conoció desde hace días, esa noche le invitó a una bebida y luego le insinuó tener algo “especial” en el bosque. Cuando llegaron, él le sacó plática; era muy amigable, incluso bailaron. Algo mágico y sacado de un cuento de hadas. Pero ahora era una pesadilla de la cual debía escapar si quería seguir con vida. Solo le quedaba gritar desesperadamente y, en un ataque de pánico, pedir ayuda. Deseaba que alguien la salvara.
“Se entero, ella saber sobre el secreto… y debo callarla”
Su agresor le seguía pisándole los talones; era más alto que ella, así que era normal que la alcanzaría rápido. La chica sabía que la alcanzaría tarde o temprano, pero se le ocurrió una idea: atacarlo. Mientras seguía corriendo y sentía cómo le faltaba el aire y le ardía la garganta y los pulmones, se agachó tomando una piedra del suelo y siguió corriendo mientras sentía que la desesperación se apoderaba de ella. Estaba perdida, no sabía si su plan iba a funcionar o no. No le quedaban opciones, es más, no tenía. Aquella roca que apretó contra su pecho era su única salvación. Debía funcionar o de lo contrario, terminaría muerta.
— ¡Verónica! -Nombró el agresor cuando la alcanzó y tomó uno de sus brazos para detenerla-. ¡Te tengo, hermosa!
La chica, la cual se llamaba Verónica, ahogó un grito cuando sintió la mano helada de él tomándola del brazo. Luego puso en marcha su plan de salvación, deseando con todas sus fuerzas que funcionara. Apretó la roca en su mano y la lanzó con todas sus fuerzas hacia la cabeza de su agresor. Iba a golpearlo y dejarlo noqueado o débil para darle tiempo de seguir corriendo, llegar a la ciudad o a la carretera y pedir ayuda. Pero lo que no se esperó es que su agresor hiciera la cabeza a un lado, evitando el golpe, pero recibiendo el impacto en el lado izquierdo de su pecho. El agresor juntó por unos segundos sus cejas en señal de dolor al recibir la piedra.
“Maldición, eso dejará una marca por días…”, pensó “Francis” con un resoplido de molestia.
El agresor no dudó ni por un segundo en alzar su mano con el cuchillo y clavarlo al costado de la chica, quien gritó de dolor. Sacó el cuchillo, provocando más quejidos de dolor de parte de ella, dejándole una herida mortal de la cual empezó a salir sangre en grandes cantidades. Ella llevó una de sus manos a su herida, tratando de evitar que la sangre saliera mucho más, pero sus ojos se abrieron como platos cuando su agresor alzó de nuevo el cuchillo. Sabiendo lo que seguiría, cerró los ojos, aceptando su inevitable final.
El agresor empezó a acuchillar su cuerpo sin piedad: brazos, piernas, manos. Con cada puñalada, rastros de sangre salían volando hacia él, manchando su rostro y ropa en el proceso. Finalmente, dio una estocada final en su estómago. A Verónica no le quedaron más fuerzas para gritar o quejarse del dolor; no se sentía estable para seguir de pie. La gravedad hizo su trabajo y, al inclinarse hacia atrás, cayó duramente contra el suelo, quedando boca arriba mientras empezaba a desangrarse.
—F-Fran…cis… ¿P-Por… qué? -soltó Verónica en un hilo de voz, apenas audible.
“Ese no es mi nombre… qué horror”, pensó él con una mueca de desdén,
El calor de la sangre en sus manos como dos guantes rojos en la noche helada del bosque era reconfortante. Él estaba de pie entre tanto monte, mirando hacia el suelo a su víctima. Lo que antes había sido una linda chica con sueños y esperanzas, yacía ahora desangrándose por las puñaladas que él le había infligido. Se quedó de pie recuperando el aire que había gastado persiguiéndola. Había que admitirlo, le había dado una buena carrera.
Ambos sabían que a ella no le quedaba mucho tiempo. Verónica podía sentir cómo sus extremidades se entumecían. “¿Será por el frío? ¿Será por la pérdida de sangre? ¿O será porque corrió como loca por el bosque desolado pidiendo ayuda a gritos?”.
—Así te ves más linda, ¿sabes? -comentó su agresor con una cálida sonrisa en su rostro ensangrentado.
La chica intentó hablar nuevamente, pero la voz no le salía. La fuerza la abandonaba con cada segundo. Su agresor se acostó a su lado en el gran monte, ambos boca arriba, mirando entre los árboles el cielo nocturno, hermoso y con la luna llena.
—Sabes… me gustó cómo la chupaste, debo admitirlo, tenías un buen futuro si vendías tu cuerpo -confesó su agresor, jugando con el cuchillo ensangrentado en sus manos-. Pero empezaste a revisar mi ropa en aquel bar y… ¿Es que tus padres nunca te advirtieron sobre no revisar la ropa y no seguir a los extraños a un bosque en medio de la noche, o al menos no aceptar tan rápido a las insinuaciones?
La chica empezó a llorar de nuevo; sabía que iba a morir en aquel bosque y que muy posiblemente nadie la encontraría. Ni sus padres, ni sus amigos, nadie jamás sabría adónde fue o con quién, para terminar asesinada. Entre su llanto, miró de reojo a su agresor, quien, al notar su mirada, ensanchó su sonrisa amigable. Parecía un ángel, un ángel de la muerte. Lo había conocido en la ciudad hace días. Platicaron, la invitó a comer y conocerse mejor, y finalmente, su relación (si es al menos hubo una) daría un gran paso esa noche. Estaba más sobria que ebria; sabía lo que hacía, sabía lo que decía. Le pareció extraño que aquel chico hermoso no la llevara a un hotel cercano y que diera como opción el bosque.
No le importó mucho, supo cómo manipularla, jugó bien sus cartas, pero ella fue la perdedora de aquella partida. Le mintió, la engañó, la corrió por todo el bosque pidiendo a gritos ayuda, pero finalmente logró atraparla y clavar el cuchillo varias veces en su cuerpo. Pero eso sí, evitó lo más que pudo los órganos vitales, para así poder darle una muerte lenta y dolorosa. Ese chico era un monstruo. Y ella había sido su presa.
Su agresor se apoyó en su brazo izquierdo para poder verla mejor. Pasó el filo del cuchillo por su rostro, logrando crearle otro corte a lo largo de su mejilla; pequeños hilos de sangre salían de esta nueva herida.
—Me preguntaste por qué hice lo que hice, y este es el momento en el que saco a relucir mis traumas y el porqué de mis acciones… pero aunque te lo cuente, morirás a media historia, así que mejor no empiezo porque no escucharás el final.
Aquel misterioso agresor se levantó del suelo y se acercó a un árbol, trepándolo con gran agilidad y detenimiento, usando el cuchillo y sus manos para escalar hasta llegar a un hueco donde sacó una bolsa de tela. La bolsa estaba hecha a mano, con diferentes tipos de tela, color y textura. Luego de tener la bolsa en su mano, no se lo pensó dos veces y saltó desde una altura muy grande y hasta peligrosa, probablemente de cuatro metros y medio de alto, pero para aquel agresor no fue nada. Dio un salto seguro, sin miedo, sin dudas, confiando plenamente en su fuerza física y en su certeza de dónde aterrizar. Cuando sus pies tocaron el suelo, mandó todo su peso a estos, poniéndose de cuclillas rápidamente para no sufrir algún accidente o herida.
“Ya he hecho esto muchas veces, y sé muy bien que no serán las últimas… porque esto es divertido, pero me gustaría mas si no fuera un encargo”, pensó con una sonrisa macabra mientras se enderezaba.
La chica en el suelo empezó a tener su visión nublada. Ya era su hora, tal y como había dicho su agresor. Lentamente y con el sentimiento de culpa, Verónica fue cerrando sus ojos mientras daba su último aliento al cielo. Se culpaba por lo que había pasado: él la invitó y le había dicho que estaba bien si lo rechazaba. Pero fue ella quien aceptó, fue ella misma quien cayó en su trampa, y cómo se arrepentía de haber sido tan ingenua, tan tonta por creerle las mentiras que le decía. Cayó rápidamente por su trato amable y encantador, pero ahora mismo se había vuelto una pesadilla, alguien sádico y con sed de sangre la había asesinado.
Su agresor se quedó callado, observando con una sonrisa demasiado alegre cómo su víctima moría frente a él. Cómo la vida abandonaba ese cuerpo maltratado y lleno de sangre para dar paso a una segunda vida sin preocupaciones, sin miedos, sin responsabilidades.
“Qué fácil es ser un fantasma…”, pensó él
El agresor se acercó al cadáver de su víctima, tomó una de las manos ahora frías y llenas de una mezcla de tierra y sangre, para besarla suavemente, como si ahora el cuerpo fuera de porcelana y cualquier movimiento pudiera romperla. Lentamente, dejó la mano en su lugar, en el suelo frío donde la tierra empezaría a tragársela si no es que la encontraran. Como a las demás.
—Tanta belleza en un solo lugar -Susurró para sí mismo.
El agresor dejó que de su ojo derecho saliera una sola lágrima, que recorrió su mejilla para finalmente deslizarse y llegar al mentón, donde cayó hasta desaparecer en la tierra al ser absorbida. Pero no salió otra lágrima, solo fue una. No había tristeza en aquel chico, ¿o sí? Todos sabemos cómo son los monstruos, pero ¿sabemos cómo se crean los monstruos?
Para él, la muerte era como una liberación. Tal vez para algunas personas, la muerte representa el fin del sufrimiento y el dolor. Es vista como una liberación de las ataduras de la vida, como un descanso eterno. Pero ese agresor, esa persona que miraba el cadáver con admiración y cariño, veía cómo la muerte podía considerarse como un estado de paz y tranquilidad. Como si la vida fuera un ciclo, en donde la vida y la muerte son parte de un ciclo natural.
Donde la muerte es necesaria para dar paso a una nueva vida, una libre de sentimientos negativos, sin responsabilidades, sin dolor. Ese agresor lo comparaba con las estaciones del año: la vida tiene sus altibajos, sus momentos de alegría y de tristeza, pero no siempre puede ser bello o malo, no hay punto medio. Algunos tienen privilegios donde no ven cosas malas, pero la mayoría de personas no tienen esos privilegios y deciden tomar medidas más drásticas… como él.
“Yo creo que la belleza es efímera, la conciencia de la muerte puede hacernos apreciar más la vida. Al saber que nuestra existencia es limitada, podemos valorar cada momento y encontrar belleza en las cosas simples.”
Pero nadie toma en serio la vida cuando pierde algo. Él ha perdido mucho, pero le queda algo que proteger. Sin embargo, no podía seguir; estaba muy inestable en muchos sentidos y luego, un día, lo hizo. Asesinó, y sintió cómo la culpa y la responsabilidad se soltaban de sus hombros. Y así siguió por años, soltando todos sus sentimientos reprimidos, logrando estar algo estable.
“La cordura es una prisión, y la locura, es un pasaporte a la libertad.”
Así ha sido su vida por años, pero eso cambiará. Ya no tendrá que ocultar su verdadero ser, tendrá paz y seguridad. Y para eso la necesita a ella. Solo a ella. Ella es la solución, su boleto de viaje a una paz eterna.
Aquel agresor sacó de esa bolsa de tela ropa limpia. La dejó a un lado, encima de la bolsa, para no ensuciarla con la tierra y la naturaleza, dejando también el cuchillo ensangrentado a un lado. Luego de dejar las cosas, se miró a sí mismo, lleno de sangre, sus músculos algo tensos por el frío. Negó rápidamente con la cabeza mientras empezaba a desnudarse en aquel bosque vacío.
“Debo evitar manchar menos mi ropa o alguien empezará a sospechar que no hago bien mi trabajo”, pensó.
Miró su lado izquierdo del pecho, donde un moretón se había hecho visible rápidamente. Le había golpeado duro, tenía una fuerza decente, pero no la suficiente para derrumbarlo y vencerlo. Nadie había logrado vencerlo o escapar de él. Y siempre será así, porque él se aseguraría de mantenerlo de esa manera. Terminó de desvestirse para tomar la ropa limpia y empezar a vestirse de nuevo. El frío del bosque le había provocado un escalofrío.
Después de terminar de arreglarse, él tomó la ropa llena de sangre y la metió en la bolsa de tela para luego empezar a introducir algunas rocas, logrando que pesara bastante. Cerró la bolsa lo más fuerte que pudo. Tomó en su otra mano el cuchillo aún ensangrentado y caminó hacia otro lado, dejando el cadáver de Verónica en ese lugar como si fuera nada.
Caminó unos minutos, silbando una melodía pegadiza, hasta que llegó a su objetivo: el lago. Se inclinó un poco y, con sus manos juntas, las metió dentro del agua. El agua helada logró hacer que se quejara nuevamente, pero limpió sus manos, deshaciéndose de la sangre, y luego empezó a limpiar su rostro en el agua, quedando perfectamente limpio y sin ninguna prueba de lo que había hecho. La luz de la luna iluminó el lago. Él la miró con una leve sonrisa.
—Tú eres mi cómplice de crimen, siempre lo has sido y siempre lo serás.
Aquel chico, después de decirle esas palabras a la luna, tiró la bolsa de tela al lago. Gracias a las rocas que había metido dentro, se hundió, desapareciendo en la oscuridad de la profundidad. Observó cómo la bolsa desaparecía; hacía eso tantas veces que ya había olvidado cuántas bolsas de tela había ocultado en el lago. Pero luego su mirada subió por una de las montañas que daba al lago y dio paso a una hermosa mansión que era iluminada por la luz de la luna. Una sonrisa malévola se formó en su rostro.
“Ella, ella será mi siguiente víctima. ¿Caerá fácil conmigo como las demás? ¿Con regalos? ¿Con palabras bonitas? ¿Con sexo? Estoy abierto a todo tipo de cosas.”
—Debo prepararme para dar lo mejor de mí
Desconocido #3
Era un lugar demasiado helado, tanto que si salías a la calle sin nada que te cubriera, morirías de hipotermia. Ese joven estaba en la biblioteca. Debía llenarse de información para ser de ayuda. Estaba en el segundo piso, y en el primero, su padre, ya algo mayor. Aunque él no lo había notado para nada. Solo había llegado para sentarse en los cómodos sillones, beber algo de vino y leer un libro de suspenso.
“No juzgo, bien podría hacer lo mismo”, pensó el chico, observando a su padre desde la distancia.
La chimenea crepitaba, el chasquido de la leña quebrándose por las altas llamas resonó por la biblioteca. Había paz en ese lugar: silenciosa, cálida y segura. Todo sería lindo y de ensueño si no fuera porque su padre tenía una colección de armas arriba de la chimenea. Armas de fuego reales, de todo tipo y, además, estaban cargadas.
“Creo que le falta un tornillo a mi padre, pero es un buen tipo”, se dijo a sí mismo, con una mezcla de afecto y resignación.
Su padre era un hombre respetable, temido por la mayoría de las personas. Era alguien sin tanta cordura o algo que lo estabilizara. La colección de armas no fue lo que sorprendió a aquel chico, sino que en otra habitación, más en específico, la sala de juntas de su padre, tenía en una pared trofeos… humanos. Tal vez a muchas personas les gustaba cazar animales y tener sus cabezas como trofeos y disecarlas para exhibirlas con orgullo. Pero ese no era el caso de su padre. Se podía ver como alguien amigable y amistoso, pero la pared de trofeos de la sala de juntas decía lo contrario. La mayoría de premios que tenía en esa pared eran cabezas humanas, algunas solo eran ya un cráneo con algunos que otros pelos. Otros premios eran ojos de personas totalmente conservados con sumo cuidado. Y los que más recordaba eran manos putrefactas o incluso manos esqueléticas con anillos de familias poderosas en ellas.
“Si… esos eran los trofeos de mi padre. Y yo le he ayudado a conseguirlas.”
La paz de la biblioteca se esfumó cuando un par de tacones resonaron por el lugar, dejando a la vista a una señora algo mayor. Su madre. Serena y tranquila, amable y cariñosa. Esa era su madre, quien mantenía controlado a su padre. Ella caminó hasta sentarse en las piernas de su esposo, haciéndose notar. Su esposo, al verla, dejó el libro a un lado, llevó sus manos a los zapatos de tacón de su esposa y la acomodó mejor en sus piernas. La atrajo hacia él y la rodeó con sus brazos, besando su cabello, que era una mezcla de café claro y canas. Y así se quedaron, abrazados en ese sillón frente a la chimenea, en silencio. Al chico, que estaba en el segundo piso de la biblioteca, se le llenó el corazón de cariño al ver la escena.
— ¿Qué te tiene intranquila, querida? -preguntó el hombre suavemente, su voz una caricia.
—Esa chica… mandó de nuevo sus cartas de invitación y negocios -suspiró suavemente la mujer, sintiéndose cómoda en los brazos de su esposo.
— ¿De nuevo? Qué persistente… -se quejó el hombre en voz baja, aunque una chispa de admiración brilló en sus ojos-. Aun así, debo confesar que admiro su perseverancia; después de todo, así fue como logré enamorarte.
La mujer sonrió ante las palabras de su esposo y, en su mano, contenía un sobre blanco, que le pasó a su esposo. El chico de arriba notó esto y se acercó a las escaleras para poder escuchar mejor la conversación y observar el contenido del sobre.
—Quiere hacer negocios y convertirnos en socios, pero no me da tanta confianza. Esa chica es muy joven, además de que es extranjera -comentó la mujer con imparcialidad-. No me inspira confianza.
El hombre soltó a su esposa de sus brazos y abrió el sobre. Tomó una carta que estaba en su interior, la desdobló y la leyó en silencio. Al terminar de leerla, arqueó una ceja, pensativo.
—Ofrece buenos tratos, esta chica es buena convenciendo a la gente.
— ¿Aceptarás? -preguntó su mujer, insegura.
— ¿Tú quieres que acepte? -le devolvió la pregunta su esposo-. Yo aceptaré lo que digas, querida; no aceptarla no quiere decir que habrá diferencias a como estamos ahora.
El chico, ahora sentado en las escaleras, logró ver la letra de la carta, pero no pudo leer o entender lo que decía. Pero por alguna razón, se atrevió a hablar.
—Déjalo en mis manos, padre -habló, haciendo notar su presencia. Sus padres voltearon a verlo con sorpresa-. Me encargaré de este caso yo mismo.
— ¿Estás seguro de poder manejarlo? Son personas poderosas en su país -argumentó su padre-. Si lo tomas, no podré meter mis manos.
—Lo tomaré para mostrarte que tus enseñanzas no fueron en vano, padre -pronunció seguro.
Sus dos padres voltearon a verse el uno al otro, hablando con la mirada. No estaban seguros. Esa chica había mandado cartas por montones desde hacía unos días. La investigaron y supieron que ella era la que quedó como jefa del narcotráfico en Ozel. Había muchos más, pero era su negocio el que tenía las mejores reseñas y opiniones de otras personas de poder. Pero no les agradaba su insistencia en tener un contrato y volverse socios. Les daba mala espina.
—No lo sé, hijo -murmuró su madre, mirándolo con preocupación-. ¿Estás listo para volver a ese mundo?
—Más que listo, madre -respondió decidido el chico.
—Bien -respondió su padre. Su esposa lo miró dudosa, pero él la calmó besando su mejilla-. Ya está lo suficientemente grande para tomar las responsabilidades y consecuencias de lo que hace.
—Sí, pero…
—Han pasado años -recordó su esposo, interrumpiéndola-. Créeme, estará bien. Confiemos en él, es nuestro hijo después de todo.
La mujer, luego de meditarlo por unos minutos, asintió con la cabeza en señal de que estaba de acuerdo con la decisión de su esposo e hijo. El chico agradeció la aceptación y el permiso de sus padres. Su padre le ofreció la carta y pudo leer el contenido de esta.
Hidetown, Ozel 4 de diciembre de 1991
Moscú, Rusia
Estimado colega, Zar:
Le escribo desde las sombras de este pueblo, donde la ambición y la avaricia son moneda corriente. Mi nombre es Tanya Malka, y llevo años labrando mi propio camino en este negocio.
He oído hablar mucho de ti y de tu organización. Tu reputación precede a tu llegada, y es por eso que te escribo. Admiro tu audacia y tu habilidad para mover grandes cantidades de mercancía sin levantar sospechas.
Creo que juntos podríamos crear un imperio, una red que se extienda más allá de nuestras fronteras actuales. Imagina las posibilidades: nuevos mercados, rutas más seguras y ganancias que sobrepasen nuestros sueños más salvajes.
Propongo una alianza estratégica. Tú aportas tu experiencia y tus contactos internacionales, y yo me encargo de manejar las operaciones locales. Juntos, podríamos controlar el mercado y dejar a nuestros competidores en el polvo.
Adjunto a esta carta encontrarás una propuesta más detallada, con cifras y proyecciones. Estoy segura de que te interesará.
Espero tu respuesta con ansias.
Atentamente,
Tanya Malka
El chico frunció el ceño al terminar de leer la carta.
“¿Hidetown? ¿Ozel?”, pensó.
No le agradaba eso para nada; incluso pensó en una posible trampa. Pero leyó de nuevo la carta y se fijó en la letra. Algo dentro de él se avivó. Dobló de nuevo la hoja y la metió en el sobre bajo la atenta mirada de sus padres.
—Bien, lo tengo controlado, padres. Con su permiso, me retiro -pronunció suavemente las palabras y con pasos ligeros caminó hacia la salida de la biblioteca. Empezó a crear miles de planes y más propuestas para aquella chica que insistía persistentemente en crear una alianza con ellos. Pero el chico, al salir de la biblioteca y caminar por los pasillos, sonrió. No una sonrisa tranquila o algo. Una sonrisa retorcida adornó su rostro.
—Tanya Malka, será un gusto juntarme contigo…
…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com