Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 14
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Capítulo 14: Planes Maestros
“Entre libros y agendas, tu nombre danza en mi mente”
–Libe Gloze
Tanya
Esa frase… resonaba en la mente de Tanya. “Jared… Jared… Jared…” No podía olvidar cómo él había rozado sus labios en su frente, la suavidad inesperada, el ligero escalofrío que le recorrió la espalda. Ni cómo había tomado su mano, un gesto tan simple que ahora sentía como una descarga eléctrica. Sabía que podía topárselo en el pueblo; fue con esa intención, sí, pero nunca esperó que todo funcionara tan rápido. Primero el abrazo en el funeral, la calidez inesperada. Ahora el roce de sus labios y el contacto entre sus manos.
“Sus labios…”
Estaba en su recámara, la medianoche hacía horas que había pasado. La chimenea crepitaba, sí, pero Tanya sentía un calor infernal que no provenía de las llamas. Incluso podía jurar que su cuerpo echaba humo, como si su propia carne se estuviera derritiendo con lo que hacía en ese momento. Su respiración, errática, se agitaba. Sus mejillas, enrojecidas, ardían sin control. Los dientes, mordiendo su labio inferior hasta el punto de sentir el sabor ferroso de su propia sangre, apenas eran suficientes para ahogar los sonidos que amenazaban con escapar.
“Su mano…”
Deslizó la suya por su pecho, la fina seda de su camisón para dormir apenas una barrera. El recorrido fue lento, tortuoso, cada milímetro un eco de la sensación de Jared. Su mano descendió por su abdomen, por el muslo, hasta llegar al borde inferior de la tela que se deslizaba sobre su piel.
“Su aroma… ¡Dios, su maldito aroma! Todavía lo sentía impregnado en mi piel, en mi memoria, un eco persistente que me vuelve loca de deseo.”
La sensación de los labios de Jared la empujaba al abismo, la volvía loca de deseo. Necesitaba más, ansiaba más. “Maldición, esto es ridículo… o no. No, no es ridículo.” Adentró su mano bajo el camisón, alzando levemente sus piernas para reposarlas en el colchón, un movimiento instintivo que le dio acceso más fácil al interior.
“Su determinación…”
Sus dedos llegaron a su ropa interior, sintiendo cómo la humedad las traspasaba sin piedad. Un gemido, una burbuja de aire caliente en su garganta, se formó. Hizo a un lado la tela húmeda, un obstáculo insignificante, y logró el contacto anhelado con su sexo. Mordió con más fuerza su labio inferior, sintiendo el leve punzazo, la única manera de evitar soltar el jadeo que pugnaba por liberarse.
“Jared, Jared, Jared… espérame. Pronto te tendré solo para mí. Y esta vez, no será solo un roce en la frente.”
(Dos años después)
Desde aquel día, Tanya pasó días y noches en vigilia constante, sumergida en sus nuevas y abrumadoras obligaciones. Pero, ¡ah!, también aprovechaba esas noches de insomnio para atender otras necesidades… las suyas. A su lado, Noah comenzaba, lentamente, a recuperarse de la pérdida de la antigua dueña.
Dos años. Dos años se deslizaron de esa manera, una amalgama de nuevas responsabilidades y, en la mente de Tanya, la presencia constante y persistente de Jared. Dos años llenos de noches interminables, donde el insomnio era su fiel compañero y las pesadillas, solo un preámbulo a sus fantasías despiertas. Dos años en las que podía compartir más tiempo con Jared. Platicas, risas, pequeñas insinuaciones que no pasaban desapercibidas para ninguno de los dos.
“¿Dos años? Pero si fue ayer que su mano rozó la mía por primera vez… o que fue el comienzo de algo completamente tentador y agradable”
Jared, para su sorpresa y alivio, cumplió con su palabra. Sus visitas eran irregulares, no diarias ni mensuales; más bien, eran apariciones casi espectrales, pero siempre bienvenidas, especialmente por Tanya. Con cada visita, Jared traía semillas de flores, un regalo silencioso por las invitaciones a la mansión. Era más que obvio que la mayoría de los ayudantes lo observaban con una curiosidad que rozaba lo indiscreto, susurrando entre ellos sobre qué clase de relación podrían tener.
Esto incomodaba un poco a Jared. La atención excesiva no era lo suyo, aunque sabía cómo manejar las miradas curiosas. Pero lo que no podía controlar, lo que le ponía la piel de gallina, eran las miradas asesinas que Noah le lanzaba cada vez que lo veía cerca de Tanya.
“Parece un gato, juro que lo está calculando para un ataque sorpresa.”, pensaba Tanya con una sonrisa forzada cada vez que Noah y ella hacían contacto visual en presencia de Jared
Tanya, por su parte, estaba más que encantada de recibirlo. Las noches de auto-complacencia aumentaron exponencialmente. El contacto físico era recurrente, casi premeditado: roces de manos que a veces duraban minutos, hombros que se rozaban al pasar juntos por el jardín, e incluso el largo cabello de Tanya que, con un movimiento intencionado de cabeza, golpeaba suavemente el rostro de Jared cuando se encontraban muy cerca del otro, como si buscara dejar una marca. Algo que Noah, por supuesto, no aceptaba. De hecho, Tanya le había ordenado, bajo amenaza de no más tés calmantes, no estar a más de cuatro metros de distancia cuando Jared estaba de visita.
“Ni que fuera un perro guardián, aunque a veces actúa como uno.”, musitaba Tanya con una sonrisa algo divertida por el comportamiento de Noah.
Y gracias a Jared, la mansión cambió. Ya no había tantos autorretratos de Dalia como antes. Ahora, cada esquina estaba adornada con flores frescas y vibrantes, un testamento al esfuerzo de Jared. El jardín trasero, antes dominado por hortensias, ahora compartía espacio con rosas. Rosas rojas y bellas, rosales que se entrelazaban con las hermosas hortensias. Las espinas de los tallos simulaban que lastimaban y ahogaban a las pobres hortensias, una metáfora visual de la lucha por el espacio. Pero los pétalos de estas, los de las hortensias, apenas dejaban que se visualizaran las rosas que crecían junto a ellas. Creando una imagen de una trampa mortal, hermosa e inofensiva a la vista.
Debido a los pocos cambios que Tanya se permitió realizar en la mansión, todo fue, en última instancia, opción de Jared. Ahora, la gran casa se veía indudablemente más elegante, llena de un color que antes le era ajeno. Pero en los días en que Jared no llegaba —que eran, con toda franqueza, hace poco se volvieron la mayoría—, la mansión se transformaba a un hermoso paisaje
Se tornaba lúgubre, un mausoleo gigante adornado con flores, cada pétalo un recordatorio de su ausencia. Apenas quedaban unos pocos empleados en esa vasta propiedad. La mayoría habían sido despedidos por Tanya, bajo la justificación de que “su tiempo de trabajar en este lugar había terminado”.
“Un eufemismo, claro.”, pensaba Tanya con una sonrisa interna, “En realidad fue un plan maestro de Noah y yo para reducir el peligro de un topo, tal como sucedió con Dalia.” “¡Sabio de nuestra parte!”, pensó para sí misma. “Yo, por ejemplo, opiné que lo más práctico era enterrarlos directamente en el jardín, ¿para qué tanto drama? Pero a Noah, a ese gato engreído, parece no haberle gustado esa idea tan… orgánica. Así que acepté la suya: dejarlos ir con vida, pero con una pequeña y contundente amenaza. Un pequeño ‘recuerdo’ para que no volvieran a meter sus narices donde no debían.”
El trabajo, a pesar de todo, era estresante, algo a lo que ya se había acostumbrado con los años. Pero lo que no esperaba, lo que la mantenía en vilo, era que los informes sobre los cadáveres en el bosque hubieran aumentado un alarmante dos por ciento en esos dos años. Una sombra inquietante. Algo que ya había empezado a investigar, sin éxito.
“Maldición, ¿quién sea este asesino o asesina? Es terriblemente bueno.”
Quienquiera que fuera, lo hacía a la perfección; no dejaba huella alguna. Los cuerpos eran encontrados en un estado de putrefacción tan avanzado que era imposible obtener cualquier tipo de ADN o pista para dar con el responsable. El tema con el otro trabajo era algo tedioso, quería expandirse algo que Noah considero peligroso, pero Tanya ya había intentado extenderse por cuenta propia a otros lugares en el extranjero: Rusia, Italia, USA, Guatemala, Colombia, Austria. Había mandado un sinfín de cartas, buscando alianzas con otras “entidades”. Solo dos habían aceptado hasta ahora; las demás, permanecían en espera, una frustrante pausa.
Por otro lado, el pueblo, ese sí, estaba ahora lleno de colores, rebosante de una energía casi febril. Los lugares más concurridos eran aquellos restaurantes con temática retro que Tanya había mandado a construir: desde locales de comida rápida y temática deportiva, hasta elegantes restaurantes de comida extranjera. Además, otro punto de encuentro popular era aquel gran vivero donde se podía conseguir toda clase de vegetación, un lugar particularmente visitado por Jared. Tenía unas ventas formidables y, cada mes, se pedían más y más tipos de plantas para abastecer la creciente demanda. Y el último lugar concurrido, y no por ello menos importante, era la gran biblioteca de Hidetown. Su estilo gótico-barroco, imponente y misterioso, albergaba cientos de estanterías llenas de diversos libros que ocupaban tres de los cuatro pisos existentes. El último piso, donde residía la bibliotecaria y había mesas para leer en el mismo lugar, era la sensación entre los estudiantes y los amantes de la literatura.
“Gracias, Jared… como siempre, tuviste razón.”
Las primeras peticiones para el pueblo ya estaban resueltas. Tanya se había encargado, aunque ahora cumplía las demás sin darles mucha importancia. El tema del pueblo estaba zanjado. Había color, energía y hasta una biblioteca que era la envidia de la región. ¿De qué se quejan? Ahora tienen hasta restaurantes retro. Pero el negocio del narcotráfico, ese, ni de cerca estaba resuelto.
Tras la muerte de su “madre”, Dalia, muchos decidieron romper contratos o simplemente no renovarlos. Esto le costó a Tanya y Noah incontables horas de trabajo y una sangría de dinero para estabilizar el negocio. Fue un ascenso lento, una tortuga arrastrándose cuesta arriba, pero poco a poco, lograron sobrepasar la gloria de Dalia. Tanya mantenía todo increíblemente exitoso. Excepto por aquellos tres hombres que fingían demencia ante sus cartas, ignorando cada misiva como si fueran simples volantes publicitarios. En esos dos malditos años, se negaron rotundamente a renovar con ella. Esto la molestaba profundamente, la hacía hervir. Los necesitaba sí o sí para expandirse a más territorio extranjero.
Sabía que ella era la causa del problema. “¿Cómo una niña de diecinueve años podría manejar un negocio completo ella sola? ¿Quién se cree que es para exigirnos algo?” Podía oír sus pensamientos, sentir sus miradas condescendientes a través de kilómetros. Si tan solo la hubieran visto en esos tres años, ocupándose de la mayor parte del negocio, no tendrían tales dudas o comentarios. “¡Si tan solo hubieran visto lo que tuve que hacer para levantar esto de las cenizas!” Pero no, ella no se quedaría de brazos cruzados. Ya no más. Era ella quien mandaba a aquellos hombres. No ellos a ella.
“Que se jodan… literalmente.”
—Noah -lo llamó Tanya, su voz cortante, desde su escritorio, que desaparecía bajo torres de papeles por revisar.
Noah, quien estaba en una esquina de su oficina, ayudándola a ordenar algunos documentos ya resueltos, levantó su rostro de los papeles y la miró; se veía algo cansado.
“No sé por qué le gusta tanto trabajar en las esquinas. Parece un gato esperando un ratón.”, pensó Tanya con una leve mueca.
— ¿Sí? -respondió Noah, la voz rasposa.
—Necesito hacer una cena. Aquí, en la mansión. Necesito hablar con ellos.
Noah dejó los papeles a un lado y le dio toda su atención a Tanya, aunque había una evidente duda en su rostro. Sabía perfectamente a quiénes se refería cuando decía “ellos”.
—Eso no será nada fácil, señorita. Pondrán mil excusas con tal de no venir.
—Usa lo que quieren. “El negocio, mi negocio”. Es una cena en la cual se hablará acerca del futuro del negocio bajo el apellido Malka. -Tanya espetó, su voz un hilo de seda cubriendo el acero. Noah alzó una ceja, curioso.
— ¿A qué se refiere? ¿Tiene algo en mente además de la junta? La conozco muy bien y siempre hay un plan oculto detrás del plan original.
—Tengo muchas cosas en mente, la verdad. -Tanya se permitió una sonrisa ladeada, una promesa velada-. Pero ya lo tengo todo planeado. Solo necesito que vengan aquí. Además, busca a esos “Búhos” que conocimos la otra vez.
— ¿Quiere hacer un trato con los “Búhos”?
—El dinero no es un problema como lo fue antes; nos va bien, pero nos irá mejor con ellos bajo mi mano. No te preocupes. Yo me haré cargo de darles las instrucciones a detalle a los Búhos. Tu trabajo es buscarlos para mí.
— ¿Qué es lo que hará? -preguntó Noah desde aquella esquina, mirando a Tanya con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Solucionar los últimos problemas para nuestro éxito asegurado -contestó Tanya, recostándose con suficiencia en el respaldo de su silla.
La relación de Noah y Tanya había dado un paso gigantesco, o eso deseaba Tanya que fuera verdad. De ser su vigilante, pasó a ser su guardia y, ahora, era su mano derecha. Ya no le guardaba secretos de nada. Seguía regañándola de vez en cuando, más si se trataba de Jared, pero Tanya podía sentir cómo aún había cierta duda en Noah hacia ella. Él trataba de confiar en ella plenamente. Y Tanya, necesitaba su lealtad sin límites. Así que este plan, este que estaba a punto de desatarse, le ayudaría a completar este último paso que era crucial. Un fiel ayudante, alguien que no discute la palabra y acata órdenes sin poner en duda a su amo y señor. En este caso, ella.
Noah siguió las órdenes de Tanya sin chistar. Escribió las invitaciones para aquellos hombres, pidiéndoles que se reunieran con ellos en la mansión de Hidetown, la imponente Mansión Malka. Le sorprendió a Noah, pero no a Tanya, recibir las cartas de respuesta solo dos días después de mandar la invitación, asegurando que con gusto asistirían. Una sonrisa fría se extendió por el rostro de Tanya. La junta se haría tal y como ella lo deseaba. Ella estaba lista para lo que se venía esa noche.
Tanya cuidó cada detalle de los dos planes, cada pieza encajando a la perfección. Los nervios la carcomían, no por ella, sino por Jared. Deseaba que no visitara la mansión esa semana. Su presencia, su inocente presencia, sería un obstáculo.
“Que el universo me haga un favor y lo mantenga lejos, solo por estos días.”
Luego llegó la ansiada cena en la mansión. Seis hombres en total. Todos vestidos con una elegancia tan pulcra como la suya, cada uno flanqueado por un guardia silencioso. Hablaban cómodamente entre ellos, como los viejos conocidos que eran. Tanya los observaba desde las sombras del pasillo, a través de un ventanal. Sus ojos, llenos de un odio gélido, siguieron cada uno de sus pasos hasta que desaparecieron en el interior de la mansión.
“Ya los tengo.”
Una presencia familiar apareció detrás de ella, en silencio. Con varios años conviviendo con esa persona, Tanya ya se había acostumbrado a su forma de ser y de trabajar.
—Supongo que sabe que ya llegaron nuestros invitados. -La voz grave de Noah resonó suavemente.
Tanya asintió, mirando los coches de los invitados estacionados frente a la entrada, observándolos a través del gran ventanal.
—Noah -Tanya se volteó para verlo, la decisión brillando en sus ojos-. Gracias por todo esto, por apoyarme en mis ideas y ayudarme en este camino.
—Es mi deber, señorita -respondió él, dando una ligera inclinación en señal de respeto, sus ojos fijos en los de ella.
“Vamos a poner el plan en marcha.”
Ambos caminaron hacia el comedor, con el plan firmemente arraigado en sus mentes, listo para ser ejecutado. Noah aceleró el paso para acercarse a la gran puerta del comedor, cerrada para dar privacidad a los invitados y para que Tanya hiciera su gran entrada.
“Me gusta llamar la atención.”
Una repentina curiosidad picó a Tanya. Alzó una de sus manos en dirección a las puertas del comedor, justo a tiempo para impedir que Noah las abriera. Al notar esto, él frunció el ceño en señal de confusión, pero Tanya se acercó silenciosamente y ubicó su dedo índice frente a sus labios, pidiendo el silencio de Noah. Sus ojos brillaron con una astucia anticipatoria.
Noah entendió la silenciosa orden de Tanya. Le dio espacio, cada uno de ellos a un lado de las imponentes puertas, pegando lentamente un oído a la madera pulida. Las voces amortiguadas desde el interior del comedor comenzaron a filtrarse.
— ¿Qué pasará con esta parte del negocio? -preguntó el primer hombre, su voz un murmullo grave.
—Me he tomado la libertad de buscar a más negociantes dispuestos a tomar este tipo de responsabilidad -respondió el tercer hombre, su tono resbaladizo.
—De seguro no se comparan con los beneficios que tendremos en este momento -comentó el cuarto hombre, una nota de avaricia en su voz.
—Por supuesto que no. Este lugar es el mejor para hacer todo el trabajo ilegal. Pero de seguro este negocio ya cayó en la quiebra -resopló el segundo hombre, un desprecio despectivo audible incluso a través de la puerta.
— ¿No han logrado saber algo sobre las cuentas bancarias de la fallecida Dalia? -inquirió el sexto hombre, su voz afilada con curiosidad.
—No hay nada. Es como si de un día para el otro ese dinero se esfumara. No quedó nada para poder tomarlo -contestó el quinto hombre, la frustración tiñendo sus palabras.
Un breve y tenso silencio se instaló dentro del comedor.
“Así que querían quitarme mi adorada herencia. Pues no, pequeños… jamás sucederá eso.” Los pensamientos de Tanya eran fríos y afilados.
—No perderemos nada ofreciéndole el contrato. Es una niña. Está acorralada por las deudas; si el dinero desapareció, caerá de seguro.
—Será fácil de manipular, tiene más o menos la edad de nuestros hijos, será un trabajo fácil. Y después de esta junta dividiremos los bienes y el capital.
—Es una rata cualquiera, no la compares con mis hijos. Dalia jamás tuvo descendencia, Ralph nos contó todo, él mismo nos contó cuando los vio él en el bosque aquella noche después de la junta en donde se la llevaron -Las palabras, cargadas de veneno, hicieron que Noah apretara los puños. No era el único enfurecido -Esa chica será comida fresca para los otros “tipos”, será perfecta para uno de ellos.
— ¿Tráfico de órganos? ¿Esclava sexual?
—Cualquiera, al menos sacaremos algo de ella de esa manera -se rió aquel hombre, la crueldad descarada en su voz.
Tanya apartó su oído de la puerta. Ya no quería seguir escuchando aquellas palabras y los viles planes que tenían para ella. Noah también se separó de la puerta, sus manos todavía apretadas en puños, la ira apenas contenida. Ella asintió hacia Noah, una señal clara, y él entendió. Posó sus manos en los dos pomos de las puertas y las empujó con fuerza hacia adentro.
Los hombres se quedaron callados al instante, volteando sus cabezas hacia la puerta. Tanya posó su mirada en cada uno de ellos. Reconoció a tres de los seis sentados en la mesa.
“En total, seis hombres sentados y seis guardias cerca de los ventanales cerrados. No es problema alguno.”
Nadie se levantó en señal de respeto. La falta de deferencia llevó a Tanya al límite de su paciencia. Pero no podía matarlos. Los necesitaba vivos… por ahora. Noah caminó hacia el asiento principal vacío y apartó la silla de la mesa. Tanya avanzó hacia su lugar en silencio, bajo las miradas de los demás. Se sentó cómodamente, gracias a la ayuda de Noah, quien se quedó a su lado, asesinando con la mirada a cada hombre. Ellos, sin embargo, no se intimidaron.
—Muy buenas noches, caballeros. Lamento la espera -habló Tanya, su voz firme y fuerte, sin una pizca de vacilación.
Algunas empleadas entraron al lugar con botellas de vino en manos. Cada una sirvió una cantidad adecuada en cada copa. Tanya tomó la suya, la meneó un poco, observando el líquido oscuro, y luego tomó un pequeño sorbo. Le encantaba el vino, sobre todo cuando lo acompañaba un buen plan.
—Un gusto conocerlos, soy Tanya Malka.
Después de unos minutos de silencio. Con todas las miradas clavadas en ella, la cena llegó a la mesa. Una ensalada gourmet de entrada. Pato asado a la naranja como plato fuerte. Verduras al vapor como acompañamiento. Y de bebida, un vino tinto del cuarenta y cinco.
Tanya tomaba cada cubierto correcto para cada plato, un detalle que enorgullecía a Noah. Él le había dado clases de etiqueta, y además, ya llevaba años comiendo de esa manera, así que era normal que supiera qué cubierto iba con cada comida. Con una elegancia innata, cortaba pequeños pedazos de pato, calculando el tamaño del bocado, y luego lo llevaba lentamente a su boca. Después, pasaba una servilleta suavemente por sus labios para quitar cualquier rastro de comida.
Todos la observaban comer. Luego, cada hombre compartió miradas discretas con su compañero de enfrente y al lado, y comenzaron a comer también. Después de todo, la comida olía, se veía y sabía delicioso. El choque de cubiertos y el sonido de la masticación eran lo único que se escuchaba en el comedor. Algunas empleadas permanecían cerca de la pared, listas para atender a cualquier invitado, ya fuera llenando su copa de vino o entregándoles una servilleta nueva. Lejos, los guardias miraban la comida con evidente hambre.
—He recibido sus cartas, cada uno negándose a renovar el contrato conmigo -Tanya habló, captando de inmediato la atención de los seis hombres, tres a cada lado de la mesa-. ¿Puedo saber cuál es la razón? ¿Han tenido problemas con los distribuidores? ¿Los suministros de los productos han cambiado de proveedor?
Algunos hombres alzaron las cejas, asombrados por la precisión de sus preguntas. Habían asumido que ella haría preguntas sin sentido, balbucearían incoherencias. Un hombre, para nada sorprendido, carraspeó.
“Ashkenazi”, pensó Tanya, identificándolo de inmediato.
—Pequeña -Tanya frunció levemente las cejas, una señal de su creciente enfado por el apodo-. Sabemos que tu madre murió a causa de las complicaciones de un accidente -Pocos hombres sonrieron disimuladamente ante ese comentario, un gesto frío y calculador-. Y nuestro más grande pésame por la partida de Dalia.
Noah tensó la mandíbula, conteniéndose de hacer cualquier comentario. Tanya, en cambio, asintió con la cabeza, aceptando aquel falso pésame. El hombre que habló no se presentó a propósito. Creían que, como ella no los conocía pero ellos tenían una “amistad” con su madre, bastaría para ganarse su confianza. Pero Tanya no necesitaba que se presentaran; los conocía a cada uno. Ese hombre tenía un apellido que ella había memorizado bien: Ashkenazi.
“Los investigué a cada uno… y eso me dará la ventaja.”
—Sabemos que este negocio es una gran carga para ti. No puedes manejarlo completamente bien y todos sus detalles. Así que te proponemos un nuevo contrato -Ashkenazi soltó, su voz untuosa. Tanya alzó una ceja; eso había llamado su atención. Él miró a su compañero de enfrente.
“¿Se refieren a “ese” contrato que mencionaron antes de que yo entrara?”
—No queremos sonar groseros. Sé que haces lo que puedes con este negocio -se sumó a la plática otro hombre, Stern, su tono condescendiente-. Pero creemos que tus capacidades no son las adecuadas para seguir con este tipo de negocios. Usted tendrá tiempo de poder adaptarse a este negocio al cien por ciento, mientras tanto… nosotros nos haremos encargados de diferentes aspectos de su negocio.
Tanya quiso soltar una carcajada, fuerte y descarada. ¿Tan bajo la tenían en cuenta? ¿En serio creían que iba a aceptar? ¿Pensaban que ella estaba desesperada por ayuda?
“¿Creen que soy una tonta que cayó del cielo? ¡Por favor!”
—Perdónenme, caballeros, pero tendré que negarme ante este contrato.
—Piénsalo con más cuidado, es una oferta única. Los demás se aprovecharían de esta situación -pidió ahora Shahar, su voz con un toque de falsa preocupación.
Esos eran los apellidos de aquellos tres hombres que siempre le dieron problemas a Dalia en vida: Ashkenazi, Stern y Shahar. Pero ese no sería el caso de Tanya.
—No llegarás tan lejos sin nuestra ayuda, acepta, y nosotros te cuidaremos con todas las comodidades, como una hija nuestra -añadió otro hombre, este sin importancia, ya que no era el mayor peligro en esa mesa.
—Eres aún muy joven para hacerte cargo de un negocio de esta magnitud. Un paso en falso y eso nos afectaría a todos. Será mejor que te concentres en aprender todo a detalle y así… te regresaremos tu negocio.
Shahar sacó de su saco una hoja de papel que era ese contrato del que habían hablado, desplegándola sobre la mesa. Stern sacó una pluma elegante y la dejó junto a la hoja. En realidad, no era un contrato; era una trampa. Todos miraban con atención a Tanya y, a veces, a Noah, quien lucía genuinamente preocupado.
—Fuimos buenos amigos de tu madre, pequeña -Ashkenazi usó un tono amable, uno tan falso que enfureció a Noah.
—Tú… -murmuró Noah, la voz cargada de molestia.
Tanya alzó una mano, y Noah cesó de hablar al instante. No debía dejarse llevar por sus emociones. Era claro que usarían ese tema a su favor. Los hombres se sorprendieron de nuevo ante el poder que Tanya ejercía sobre Noah. Ella volvió a negar con la cabeza.
—Nos preocupamos por ti, pequeña -añadió otro hombre-. Siendo tan joven y frágil, no durarás mucho en este mundo sin protección de nadie más.
“¿Pequeña? Sé que soy una traga años, pero por favor… Hermanos y hermanas, denme fuerzas para no matarlos ahora mismo.”
Tanya tenía que darle el ejemplo a Noah de no dejarse llevar por las emociones. Pero desde que los había escuchado hablar a escondidas, ella ya estaba en su límite de paciencia. Sus comentarios estaban agotando la escasa calma de Tanya. Con un gesto apenas perceptible, hizo una seña a las empleadas para que abandonaran el comedor. Así lo hicieron, su rápida salida puso en alerta a los guardias, quienes escuchaban y veían todo con atención.
—Nos haremos cargo del pueblo y de sus habitantes para quitarle un peso de tus hombros -mencionó otro hombre.
“¿Qué dijo este cerote?”
Y esa fue la palabra que agotó la paciencia de Tanya. La habían insultado. La estaban tratando de manipular. Le estaban mintiendo en su propia cara. Y, lo peor de todo, le querían quitar a Jared. Nadie se metía con su Jared. Jamás. Nunca se lo quitarían. Él era de ella. Y solo de ella.
Las copas de vino sobre la mesa empezaron a temblar ferozmente, el cristal vibrando con una intensidad sobrenatural, para luego estallar en mil pedazos. Los hombres se cubrieron sus rostros, asustados por el repentino caos. Las copas se habían roto de la nada frente a ellos. Solo significaba una cosa: era un ataque sorpresa. Los hombres se levantaron abruptamente de la mesa, lanzando algunas sillas al suelo. No tardaron en correr hacia la puerta, tratando de sacar sus armas de sus sacos, mientras los guardias apuntaban a Tanya con rapidez, buscando resguardar a sus “señores”.
Algunos de los hombres intentaron abrir la puerta, pero esta no cedió. Los otros observaban a Tanya con odio, entrando en un pánico creciente. Apuntaron sus armas hacia ella, pero estas salieron volando sin previo aviso, impactándose contra la pared detrás de su espalda. Dejaron a los hombres y guardias completamente desarmados. Esto asustó aún más a los poderosos líderes del narcotráfico. En cambio, Tanya estaba tranquila, sentada en su lugar. Noah, por su parte, lucía algo desconcertado por el momento de descontrol de Tanya y llevó su mano al interior de su saco, palpando su arma, en caso de que la necesitara.
— ¡¿Así es como harás las cosas?! ¡¿Nos asesinarás uno por uno?! -preguntó un alterado Shahar, siendo protegido por su guardia, quien sacó un arma blanca, una daga.
—Será mejor que cuiden sus bocas, caballeros -demandó Tanya, mirando a cada uno. Podía ver el miedo en sus rostros, el pánico y la desesperación-. Para ustedes soy señorita Malka, no “pequeña”. No tolero las faltas de respeto.
Tanya vio a través de una copa rota, gracias a su reflejo algo distorsionado, una sonrisa de orgullo en el rostro de Noah. Estaba orgulloso del espectáculo que estaba presenciando.
—No aceptaré jamás este tipo de contratos. Es un insulto que me lo propusiera. Debemos seguir tal y como estamos: ustedes renovarán el contrato y seguirán trabajando “para mí”.
“Como los buenos perros que son.”
— ¡¿Crees que le haremos caso a una rata como tú?! -Un tic apareció en el ojo de Tanya, la furia se desbordaba.
“Ya me parezco a Noah, pero en cambio mi tic es de odio.”
—Es mejor que lo reconsideren y piensen con cuidado -una sonrisa malévola se implantó en el rostro de Tanya.
Ella alzó su mano hacia los ventanales que se encontraban al lado derecho del comedor. Estos se abrieron rápidamente, dejando que la brisa nocturna moviera las cortinas con ferocidad. Esto solo aterró tanto a los hombres como a sus guardias, quienes estaban desconcertados. ¿Por qué se habían abierto así los ventanales si el aire no era nada fuerte? Nadie comprendía qué estaba pasando frente a ellos. Los malditos ventanales se abrieron, todos al mismo tiempo, cuando ella alzó su mano hacia ellos. ¿Qué estaba sucediendo? ¿La comida tenía alucinógenos? ¿Era algún tipo de droga desconocida?
—Si no quieren aceptar el trato, está bien por mí. Pero tendrán que salir por los ventanales -declaró Tanya, su voz gélida.
Unos guardias se acercaron a estos, listos para dar luz verde y saltar, pero al asomarse al borde, voltearon a ver asustados a sus señores.
—Es un salto de diez metros -mencionó, aterrado, un guardia.
— ¡¿Cómo?! -Stern se acercó a la ventana para tratar de confirmar eso.
Ese era el primer piso. ¿Cómo era posible que fuera un salto de diez metros? Sí, sí era el primer piso. Pero ahora había un hoyo de unos cincuenta metros de largo, treinta metros de ancho y diez metros de profundidad. Tanya había creado ese hoyo hacía dos semanas, aprovechando las ausencias de Jared, y lo había tapado con tierra falsa solo en la superficie. Los empleados la habían quitado justo cuando Tanya abrió los ventanales.
“Qué buen plan, me merezco un elogio por eso.”
—¡¡TÚ!! -gritó un hombre, con odio y terror en su voz.
—Ingenioso, ¿no? -La sonrisa de Tanya se ensanchó, una promesa de peligro-. Adelante, si no quieren renovar el contrato, son libres de saltar. Eso sí, no creo que logren salir ilesos de aquí.
Los hombres y guardias, dubitativos, se miraban entre ellos y luego miraban fuera del ventanal. Era una caída dura y mortal. Obviamente no lo iban a hacer. No sobrevivirían; era un suicidio. Pero también seguir a esa chica lo era.
—Siéntense -ordenó Tanya al ver que los tenía atrapados. Las sillas que estaban en el suelo se levantaron de golpe, asustando aún más a los hombres y guardias, quienes se quedaron estáticos junto a sus señores.
“Parece que ya se cagaron del miedo.”
Tanya observó su comida y, al verificar que no tenía vidrio, siguió comiendo tranquilamente. Noah, por otro lado, estaba más que fascinado por el momento. Ella, una chica de diecinueve años, había acorralado a doce hombres peligrosos.
Noah tuvo miedo de que Tanya estuviera sola con esos seis hombres peligrosos, e insistió en quedarse a su lado para protegerla. Pero en un instante, su confusión se disipó: Tanya era el verdadero peligro allí. Nunca fueron los hombres; siempre fue ella. Ella no estaba encerrada con ellos; ellos estaban encerrados con ella.
Los pasos de los hombres fueron indecisos, asustadizos y temerosos. Pero finalmente, hicieron caso a la orden de Tanya y volvieron a sentarse en sus lugares con ayuda de sus guardias. Aun así, permanecían listos para defenderse, usando las sillas y las copas rotas como escudos improvisados en caso de que ella atacara.
—Verán, caballeros, este negocio me fue heredado. He manejado este negocio por cinco años, sé muy bien cómo hacerlo -señaló Tanya, limpiándose la boca con la servilleta-. A sus ojos, mi edad y apariencia no dan una buena impresión de madurez. Tal como sus hijos e hijas. Muy jóvenes para manejar un negocio de esta magnitud.
El viento nocturno movía las cortinas con una ferocidad inusual, logrando que el entorno se volviera aún más frío y aterrador de lo que ya era. Los doce hombres, aterrorizados, no tenían voz para interrumpir a Tanya. No podían mover un solo músculo; la fuerza los estaba abandonando, especialmente a los guardias, cuyas vidas no valían nada en ese momento. Además, sospechaban que sus señores podían abandonarlos o usarlos como escudos humanos cuando quisieran. Debían guardar sus pocas fuerzas por si a ella se le ocurría lastimarlos físicamente.
—No se confundan conmigo, caballeros. No de nuevo -afirmó Tanya, mirando a cada uno, sintiéndose completamente poderosa al tenerlos casi en la palma de su mano. El plan iba de maravilla-. No soy como los demás comerciantes con los que han tratado, pero tampoco soy como mi madre.
Algunos hombres reprimieron una queja; se los podía notar angustiados y desesperados por intervenir. Pero si lo hacían, no sabrían cómo reaccionaría Tanya, además de que, quizás, la próxima cosa que estallara fuera su propia cabeza con esas “balas invisibles” que todos creían que existían. Todos, excepto uno.
—Yo no soportaré chantajes, juegos y mucho menos cambios que no me beneficien. Yo mantendré un orden estricto, les guste o no. Así que les daré dos opciones. Uno, renuevan contrato o dos, renuevan contrato -exigió ella sin pelos en la lengua, su voz resonando con autoridad.
Ashkenazi, con una vena resaltada en el cuello por la furia, estampó su puño en la mesa. El golpe resonó, haciendo chocar los cubiertos y los cristales rotos, sobresaltando a todos, incluido Noah. Todos, menos a Tanya. Ella sabía que él era quien se oponía a todo lo que no fuera como él quisiera. Pero sus deseos, bajo su mando, no se cumplirían. Una nueva era comenzaba con ella al control, y no permitiría esas cosas.
—¡¡Escucha muy bien, bruja!! -gritó Ashkenazi, la ira desbordándose. Tanya arqueó una ceja, divertida por el nuevo apodo. -¡¡No sé qué clase de magia negra estás utilizando para asustarnos!! ¡¡No me importa si una bala impactara en mi cabeza ahora mismo!! ¡¡Nunca aceptaré renovar un contrato con amenazas!!
Tanya tuvo que pasar al último paso de su plan. Se había saltado muchos, no sabía que su estrategia de miedo funcionaría tan bien, llevándolos directamente al punto final. Mejor para ella; así podría dormir temprano. Lentamente, se levantó de su silla, empujándola unos centímetros hacia atrás. Este movimiento puso a todos en alerta, especialmente a los guardias. Pero Ashkenazi no se inmutó.
“Tiene huevos, hay que admitirlo.”
Él mantenía la vista fija en Tanya, su mano, aún hecha puño, se había vuelto blanca en los nudillos por la fuerza con la que trataba de controlar su ira. Estaba listo para atacar en cualquier momento, junto con su guardia. Esto tranquilizaba a los demás de cierta manera. Si Tanya lo derrotaba a él, los derrotaba a todos.
El cabello de Tanya, arreglado en una trenza en cascada que dejaba la mayoría de su melena suelta, se movía ligeramente gracias a la brisa que se colaba por los ventanales abiertos. Al igual que su ropa, elegante y suave al tacto. Tanya rodeó la mesa, observando a cada hombre, un gesto que los puso visiblemente nerviosos. Noah se encargó de apuntar su arma a los guardias, logrando que le dieran paso para caminar alrededor de la mesa.
Pero uno de ellos no soportó la tensión y el terror del momento. Decidió que saltaría por ese ventanal, aunque le costara la vida. Sin embargo, cuando intentó caminar hacia la apertura, sintió como si una fuerza invisible lo encadenara al suelo. Su rostro palideció, y trató con todas sus fuerzas de moverse de aquel lugar donde sus pies estaban plantados. Pero solo podía mover las manos y la cabeza con libertad. Su cuerpo parecía estar pegado a ese sitio y a esa pose; ni siquiera podía mover su muñeca.
Los otros hombres, al ver a su compañero luchar contra algo invisible, intentaron acercarse a él. Pensaron que la comida estaba envenenada y que el efecto apenas comenzaba. Pero cuando intentaron levantarse de sus asientos, la duda, el peligro y el terror hicieron que se quedaran con el corazón en la boca. No podían moverse para nada. Tanto los que estaban sentados como los guardias ahora estaban petrificados.
Ashkenazi ahora sí sentía el verdadero terror al no poder mover ninguna de sus extremidades. Estaba pensando en tantas cosas que estaba seguro de que esto era magia negra o algún tipo de droga nueva. Que Tanya era una bruja y que los desaparecería de este mundo con solo chasquear los dedos. Un sudor frío recorrió las espaldas, manos y frentes de los hombres. Estaban presenciando algo imposible de creer. Algo, algo invisible, los tenía inmovilizados en su silla. Ahora, la idea de que la comida tuviera alucinógenos era mucho más probable que el veneno. O tal vez les dio un paralizante. Eso era mejor que creer las palabras de Ashkenazi y pensar que esa chica era una bruja o algo peor.
—Tranquilícense, caballeros -pidió Tanya con un tono divertido, casi melódico-. No los asesinaré y mucho menos los amenazaré.
— ¡¿Qué es lo que quieres entonces?! -preguntó desesperadamente otro hombre, su voz un hilo de pánico.
—Solo quiero que acepten renovar el contrato conmigo -respondió Tanya tranquilamente, mirando de reojo a Noah.
Noah notó la mirada de Tanya, era la señal. Introdujo su mano en el interior de su saco, guardando su arma y sacando una carpeta. Se acercó al primer invitado, que estaba más cerca, quitó algunos vidrios rotos de la mesa y luego colocó suavemente una hoja frente al invitado. Junto a la hoja dejó una pluma elegante. Noah repitió esto cinco veces más, dejando una hoja frente a cada hombre con su respectiva pluma. Después de entregarle a cada uno una hoja, se acercó a Tanya, quien aún seguía de pie, mirándolos a todos y caminando lentamente alrededor de la mesa. Le dio la última hoja a ella y regresó a su lugar, guardando la carpeta vacía dentro de su saco.
—Para no hacerles el cuento largo, les daré un resumen del nuevo contrato -Tanya observó su propio contrato, sin perder la compostura-. Es una renovación del antiguo contrato, pero con unos acuerdos extra. Primero que todo, si alguno de ustedes hace un movimiento que logre hacerme sospechar, tomaré acciones legales.
— ¿Movimiento sospechoso de qué forma? -preguntaron a coro, pero Tanya los ignoró.
—Si piensan crear un nuevo producto o buscar nuevos proveedores, debo tener un informe completo sobre los datos de esa persona, el porqué harán ese cambio y sobre todo qué tipo de suministro pedirán y para qué.
—Espere un momento…
—Las reuniones que se hagan sin un horario específico, se tendrán que hacer en la Mansión Malka, ubicada en el pueblo de Hidetown.
Tanya siguió ignorando las preguntas y pedidos desesperados de aquellos hombres mientras mencionaba otros puntos cruciales del contrato que estaba leyendo.
—Y también, caballeros, todo esto se aplica a mí. No solo a ustedes. Debemos ser justos.
—A la mierda… -se escuchó un susurro furioso de Ashkenazi-. No firmaré este estúpido contrato, tiene varios puntos ciegos y de seguro, tú, maldita perra, tomarás ventaja de eso.
—Entonces, ¿no vas a firmar? -Tanya ladeó la cabeza, una sonrisa de depredador asomándose. Se ubicó detrás de la silla de Ashkenazi.
“Es momento de darle final a este show.”
—Sobre mi cadáver.
—Piénsalo mejor -Tanya se recostó sobre la silla de Ashkenazi y posó sus manos en sus hombros, una caricia helada y amenazante-. No debe apresurarse a tomar una decisión que no aceptaré.
Los vidrios rotos en la mesa empezaron a temblar. Los demás voltearon el rostro, esperando una nueva explosión. Pero al abrir los ojos de nuevo, al no escuchar ningún estallido, se toparon con una escena aterradora e imposible de creer.
Tanya tenía una copa rota con una punta muy afilada en su mano, y la sostenía sobre el cuello de Ashkenazi, quien parecía que su alma lo había abandonado. Tanya se veía tan amenazante, tan aterradora y tan segura de su acción. En sus ojos no había más que confianza y seguridad, nada de inquietud o duda en lo que estaba haciendo. El hombre empezó a removerse de nuevo en su asiento, sin lograr mover ningún músculo que no fueran sus manos o cabeza. Pero al mover la cabeza, sintió el filo de la copa en su cuello, justo encima de aquella vena de vital importancia, por lo que dejó de moverse, salvo por su pecho que se movía erráticamente por sus respiraciones de pánico.
—Tenga cuidado, señor Ashkenazi, mi paciencia ya ha dejado su límite hace unos minutos -informó Tanya, su tono de voz ya no tenía esa pizca de diversión. Era seria, amenazante y fría.
Todos los hombres observaban la escena con temor y pánico. ¿Lo mataría? ¿Quién seguiría después? ¿Si firmaban el papel los dejaría ir? ¿Debieron lanzarse por el ventanal cuando tuvieron la oportunidad?
—No pongan en duda todo lo que he aprendido de experiencia en estos cinco años, caballeros. No puedo asegurarles nada si no firma este contrato. Algo podría pasarles a ustedes, a su familia o incluso a su propio negocio.
Tanya se alejó de Ashkenazi con la copa de vidrio rota en su mano y volvió a caminar alrededor de todos ellos. La única diferencia ahora era que tenía su mano izquierda alzada en dirección a la mesa. Nuevamente, todos los vidrios rotos temblaron, y lentamente, empezaron a levitar. Aquellos hombres, casi se les salían los ojos de tanto que los abrieron al observar la escena. Miraban de reojo a sus guardias petrificados, quienes también estaban siendo amenazados con estos vidrios rotos. Los apenas audibles gritos de terror se quedaron atorados en las gargantas de aquellos hombres al notar cómo varios vidrios rotos, con diferentes formas, filos y tamaños, se acercaban a ellos lentamente. A ellos y a sus guardias.
Los hombres, en un intento desesperado por protegerse, alzaron los brazos y notaron que los tenían libres de aquella opresión invisible. Sin embargo, de la cadera para abajo, aún no podían moverse. “¿El paralizante está perdiendo efecto? ¿El alucinógeno estaba aumentando? ¿Es algún tipo de nueva droga?” Fuera lo que fuese, no podían encontrar lógica a aquellos vidrios levitando frente a ellos, acercándose con la clara intención de hacerles daño.
— ¿Tiene algo que decir antes de firmar el contrato? -preguntó Tanya, deteniéndose en su asiento de nuevo. Aquella sonrisa malévola adornaba su rostro mientras observaba la escena.
Un gran silencio se cernió ante la pregunta de Tanya. Cada hombre observó con esperanza sus brazos libres, pero el terror no los abandonaba al notar los vidrios acercándose, algunos a tan solo centímetros de sus rostros.
Tanya, al notar que nadie tenía la intención de firmar el contrato aún, comenzó a nombrar a cada hombre. Dijo el nombre de su familia, el negocio que tenían en su poder, el de familiares lejanos, el lugar donde vivían e incluso los nombres de algunas de sus amantes. Luego, tomó su decisión final: asesinar a los guardias. Enterró los vidrios en diferentes partes del cuerpo, con o sin protección. Esto no los salvó. Los cuerpos de los guardias cayeron al suelo inertes, comenzando a mancharlo de sangre. Esto fue lo último para que los hombres perdieran todo tipo de cordura y pensamiento.
Uno de los hombres tomó la pluma, la abrió y firmó el contrato sin detenerse a leerlo o a pensarlo una última vez.
La hoja, ya firmada, voló hacia las manos de Tanya. Los vidrios que los habían estado amenazando cayeron de nuevo sobre la mesa o al suelo, creando un sonido fuerte y terminando de romper los cristales de gran tamaño. El hombre logró levantarse de la silla, sintiéndose liberado de la atadura invisible, y corrió hacia la puerta sin mirar a los demás ni despedirse de Tanya. Las puertas del comedor se abrieron de par en par y lo dejaron salir de aquel lugar. Los demás hombres observaron cómo se iba sin ningún problema después de firmar el contrato y, uno a uno, empezaron a firmar sin dudarlo. Los vidrios caían, ellos se levantaban y salían huyendo de aquel lugar. Stern, Shahar, los otros dos hombres… todos salieron ya de aquel sitio después de firmar el contrato. Solo quedó Ashkenazi, quien miró por última vez a Tanya y Noah antes de firmar. Después de salir del comedor, ya en el pasillo, se volteó para verlos.
—Espero que no lo eches a perder, señorita Malka, o tomaré cartas en el asunto -comentó Ashkenazi, su voz cargada de una mezcla de impotencia y amenaza. Luego, siguió su camino con prisa, desapareciendo por los pasillos.
El sonido de los autos encendiéndose y alejándose a toda velocidad fue lo último que se escuchó. Noah, quien había estado nervioso y tenso durante todo el espectáculo, soltó un suspiro de alivio y movió su cabeza de un lado a otro, acompañada por el crujido de sus huesos. Tanya, quien revisaba las hojas firmadas y verificaba que todas las firmas estuvieran en orden, miró a Noah.
—Puedes retirarte. Me encargaré de todo esto yo sola -anunció Tanya, caminando hacia la salida del comedor-. Dile a alguien que limpie todo esto -Señaló la mesa y el suelo, sucios por pequeños pedazos de vidrio, manchas de vino y, por supuesto, los cuerpos inertes de los guardias y la abundante sangre.
“No era necesario eso, pero funcionó.”
—Perdóneme -soltó él de repente, atrayendo la atención de Tanya. Ella detuvo su caminar y se volteó a verlo.
— ¿Por qué te disculpas?
Ella ya lo sabía; tenerlo a su lado en esa cena era una señal de que Noah nunca había confiado plenamente en ella. Así que lo escucharía. Además, había notado aquella luz lejana al abrir los ventanales.
—Pensé que fallaría en algún detalle y que caería en la manipulación de esos hombres -Noah respiró profundamente-. Había contratado un francotirador por si las cosas se ponían tensas y atentaban contra su vida.
“Sí, lo había notado. Sentía una mirada fija encima de mí.”
—Pero me equivoqué -siguió con su disculpa, la voz cargada de una sinceridad evidente-. Estoy… orgulloso de usted. Supo manejar cada insulto y pasó cada prueba de paciencia. Algo que yo no pude controlar muy bien.
Una sonrisa sincera apareció en el rostro de Tanya, una rareza que Noah atesoraría. Asintió con la cabeza, aceptando sus disculpas sin una palabra más.
—Está bien, Noah -dijo Tanya, reanudando su camino hacia la salida del comedor-. Trabajaré hasta tarde.
Tanya dejó a un Noah orgulloso y algo avergonzado por sus dudas, inmerso en el comedor y ayudando a los empleados a limpiar el desastre. Mientras tanto, Tanya llegó a su oficina. Dejó los contratos firmados sobre su escritorio y miró a través de su gran ventanal. La luna llena iluminaba el jardín trasero, ahora más vivo y rebosante de flores que nunca. Cerró los ojos e inhaló profundamente el dulce aroma que inundaba su oficina: el perfume de las hortensias.
En su mente apareció Jared. Lo había estado vigilando muy poco últimamente, pero él siempre estaba presente en sus pensamientos. Lo imaginaba feliz con su familia, cenando en los restaurantes que ella había construido pensando en él. Imaginaba si estaba comprando diferentes tipos de flores para adornar su jardín en aquel gran vivero que también había mandado a construir para él. O si estaba leyendo libros en la gran biblioteca, a la que había llamado “Redaj”, un juego de letras con su nombre. Porque lo había construido por él.
“Ya falta poco, Jared. Ya falta poco.”
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