Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 16
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 16: Emboscada pt2
“La confianza ciega puede ser la máscara más peligrosa de la inseguridad”
–Libe Gloze
Desconocido #2
“Jamás he estado en riesgo. Nunca he dejado pruebas de nada. Nadie sabe quién soy, y nadie lo sabrá. Pero ella. Es divertida y jugar con ella me podrá meter en problemas. Jamás he asesinado a alguien de este pueblo, pero ya es hora de hacerlo y ver cómo la linda alcaldesa Malka trata de atraparme.”
Es tarde, muy tarde. Lo bueno de caminar varias noches por las calles en construcción es que puedes culpar al sistema si pasa algo con la luz o con las cámaras de seguridad. El agresor se las arregló para amarrar el cable de corriente de un poste de luz específico con la rama de un árbol. Y gracias al viento, la rama se movía constantemente, logrando que la luz del poste fallara varias veces, parpadeando continuamente y sin iluminar con claridad aquella zona ciega, ya que las cámaras de seguridad no apuntaban a ese lugar.
—Está tardando más de lo esperado…
El agresor estaba escondido en una esquina oscura, evadiendo así las patrullas. La luz y las cámaras no lo detectaban. Estaba en una de las construcciones a medio empezar, donde no había nadie cerca y podían hablar con calma y sin el riesgo de que alguien los oyera. Necesitaba a una chica para empezar a jugar. Necesitaba a otra víctima. Ya habían descubierto el cuerpo de la otra chica que había dejado en el bosque; ya había puesto en alerta al pueblo. Pero necesitaba más víctimas para llegar a su objetivo final. Tenía que alterarla…
Unos pasos se escucharon a lo lejos, y una silueta femenina surgió de la oscuridad para posarse debajo de aquel poste de luz parpadeante. El agresor se puso alerta, jugando con su cuchillo dentro del suéter que tenía puesto, ya que el frío en aquel pueblo era infernal. Apenas era soportable.
— ¿Dónde estás? -preguntó la chica insegura. Fue entonces cuando el agresor mostró su silueta en las sombras, sin darle la oportunidad a la chica de saber quién era-. ¿Eres tú?
—Depende. ¿Quién eres tú? -bromeó el agresor, un tono que asustó un poco a la chica.
—El código… -murmuró la chica-. Soy Jessica Duvor, ¿y tú eres… el informante?
—Se puede decir que sí… -confirmó él en un tono burlesco.
—Dime tu nombre y muéstrate a la luz -ordenó ella, desconfiada, pero obviamente el agresor no le hizo caso-. Necesito verte para poder creer lo que me dirás.
El agresor estaba cubierto de pies a cabeza, tapando su cabello, su cuerpo hasta sus ojos con unos lentes de sol oscuros. Negó con la cabeza suavemente.
—Pero si ya lo viste, ¿no? El secreto de Jared -comentó el agresor con seriedad.
Jessica hizo una mueca repulsiva al recordar lo que vio ese día. Gracias a lo que había presenciado, seguía en una relación tóxica con Jared. Por alguna razón, sentía que tenía que ayudarlo, pero quería saber más. Quería saber el motivo de lo que había visto. Estaba más que claro que ni Jared ni su familia le dirían el porqué, así que se sorprendió al recibir una pequeña carta sin remitente, pero con las palabras: “Tengo las respuestas a tus preguntas”.
Claro que desconfió cuando recibió otra carta días después sobre dónde y a qué horas verse para hablar. Pero su curiosidad era más fuerte. Además, sabía que el secreto de Jared estaba mal, así que quería ayudarlo, salvarlo. Lo amaba en serio y quería liberarlo de eso.
— ¿Quién eres para saber eso?
—Digamos que me enteré de la misma forma que tú -argumentó el agresor-. Pero yo sí me quedé y los seguí para saber más. Sé más que tú.
— ¡Habla! -exigió Jessica. El agresor sonrió ante su exigencia; su plan estaba yendo de maravilla.
“Eso es, muerde el anzuelo.”
—Lo que viste ese día… es cierto. Tu cerebro no te engañó, no lo imaginaste o alteraste -aseguró el agresor con voz tensa.
Jessica se llevó las dos manos a la boca, asustada de que le confirmaran lo que vio. Rápidamente, empezó a sentir náuseas seguidas de arcadas, caminó a una pared cercana y vomitó toda su cena.
El agresor sintió pena por la escena, pero no podía acercarse a ella. No se arriesgaría a ser descubierto. Jessica terminó de vomitar y luego escupió lo último, dejándole un mal sabor de boca en varias formas.
— ¡¿Cómo es posible?! ¡Eso es algo…! -No supo cómo calificarlo; lo que vio ese día se repetía una y otra vez en su mente, provocándole más arcadas, pero sin nada más que vomitar.
—Enfermo -terminó la frase el agresor.
—Necesitamos hacer algo… Jared está enfermo, ¡¿Por qué haría algo así?! -Jessica miró la silueta del hombre aún en la oscuridad.
—No se puede -murmuró el agresor-. Créeme, esto es un tema legal. Con solo testimonios no harán nada. Puede ocultar las pruebas, y no sabemos si su familia o alguien más lo ayuda a guardar este secreto.
—Debemos contárselo a más personas… Y tenderles una trampa, solo así Jared, mi Jared, estará a salvo.
El agresor apretó el mango de su cuchillo que tenía dentro de su ropa al escucharla hablar y supo que ella no se quedaría callada. Debía callarla él mismo. El agresor se acercó a ella y le tapó la boca con una mano, mientras con la otra, el cuchillo en mano, lo puso en su cuello. Jessica se sorprendió mucho, pero al sentir el filo del arma en su cuello empezó a sollozar, y cuando trató de liberarse, el cuchillo terminó incrustado en su hombro izquierdo.
—Es mejor que te quedes callada, así haré todo más fácil.
— ¿Q-Qué no querías ayudar a Jared? -preguntó Jessica en un hilo de voz, sintiendo cómo su sangre salía de la herida y mojaba su ropa. El dolor era indescriptible para ella.
—Fíjate que me conviene más que siga como está. Además tengo que hacer cosas más interesantes. Todo iba bien pero cuando te vi mirando todo por la ventana, supe que no podía dejarte viva.
—N-No diré nada -empezó a sollozar aún más Jessica-. Lo juro… no diré una palabra de lo que vi y sobre esta noche, me lo llevaré a la tumba.
—Eso es lo que harás -afirmó el agresor y pasó el filo de su cuchillo por el cuello de Jessica, haciéndole un corte mortal que afectó venas de gran importancia.
La sangre comenzó a salir de su cuello, manchando su ropa de invierno. El agresor dejó caer el cuerpo agonizante de la chica al suelo. La sangre, tan dramática como siempre, empezó a hacer de las suyas.
—Sabes… hubiera sido mejor que ese día no hubieras llegado a la casa de él -El agresor sacó algo de su suéter, una botella-. Y que no escalaras aquel árbol que da a su ventana -abrió la botella y un olor fuerte a ácido salió de esta-. Y no hubieras visto aquella escena… cuando lo vi, yo también me sorprendí, pero… me conviene que no salga nada a la luz.
Jessica, en sus últimos momentos de vida, vio cómo aquel asesino frente a ella acercaba la botella a su rostro y dejaba caer un líquido sobre este. La sensación de ardor y dolor fue insoportable cuando el líquido estuvo en su rostro. Podía sentir cómo su piel e incluso sus huesos se derretían.
—Pero tuviste que ver todo…
El asesino vertió el ácido por todo su cuerpo, logrando que la vida de Jessica terminara en un dolor agonizante y tortuoso. El olor desagradable comenzó a hacer de las suyas. Era hora del otro paso. Guardó la botella en su suéter y ahora sacó una bolsa con un polvo blanco: cal.
Vació la bolsa de cal sobre el cadáver de la chica y, cuando la bolsa se vació por completo, la guardó en su suéter para no dejar evidencia. Miró por última vez el cuerpo de la chica, una mirada de lástima aún en su rostro, y luego, sin remordimiento, salió de aquella estructura en construcción para irse antes de que alguien notara algo.
Él la había vigilado muy bien; cayó rápido en sus mentiras. Pero al sentirle lástima, le confirmó lo que había visto ese día. Nadie jamás debe enterarse de ese secreto o las consecuencias serán muy, muy graves. Ahora debía hacer el papel de guardia de nuevo.
“No dejare que esto llegue a más personas, me encargare de cuidar el secreto y cuidarlos a ellos… a como dé lugar”
Tanya
La noche había caído, dándole a Tanya y Noah el tiempo suficiente para planificar cada escenario posible para su llegada a la mansión de Ashkenazi. Ambos sabían que los riesgos eran muchos, incluso mortales; un paso en falso podría tener resultados adversos. Listos, subieron al auto y emprendieron camino hacia la ubicación que les había dado el Búho. Poco a poco, las luces del pueblo quedaron atrás, asegurándose de que nadie los viera partir. Tanya, que hasta ese momento no había pronunciado palabra alguna desde que subieron al auto, rompió el silencio.
“Jared… ¿Qué estarás haciendo ahora?”
— ¿Crees que estarán bien? -preguntó, tomando por sorpresa a Noah.
— ¿Duda de su plan? -Noah la miró de reojo mientras conducía por las oscuras carreteras.
—Nunca dudaré de mis planes -afirmó ella-. Me refería al pueblo.
— ¿Al pueblo o a Jared? -Tanya frunció el ceño ante su pregunta, pero sintió un leve ardor en sus mejillas al ser atrapada tan fácilmente.
—Ambos.
—Ha construido restaurantes, una biblioteca e incluso un vivero, y justo ahora está expandiendo aún más el pueblo. Añadiendo que aumento aun más la seguridad para tenerlos a salvo. Que yo sepa, el pueblo está más que contento con sus acciones. Las peticiones se fueron convirtiendo en comentarios positivos y de agradecimiento, todos la aman -comentó Noah con un dejo de diversión.
“Solo porque en este pueblo vive la familia de Jared, debo ganarme a mis suegros después de todo.”
—Ahora que su capital aumentará, habrá más fondos para expandir aún más el pueblo. Incluso podría convertirlo en una ciudad y hacerla notar en los mapas aún más, ya no solo como un punto perdido entre tanta naturaleza, sino una ciudad famosa que traiga más gente o posibles turistas extranjeros -Tanya asintió con la cabeza, de acuerdo con sus palabras.
Convertir el pueblo en una ciudad. No suena mal. Podría crear una mansión extra y regalársela a Jared como obsequio de cumpleaños o como agradecimiento por arreglar su jardín. Así él podría estar solo sin que nadie lo molestara, y ella podría incluso irse a vivir con él y dejarle esa mansión a Noah para que él logre crear una familia o algo. O podría pedir que le crearan una estatua de oro blanco de él. A él también le gusta la música. Podría crear una discoteca para él o una tienda que venda discos musicales, o mejor aún, crear un lugar especial para conciertos y traer a sus artistas favoritos para un concierto privado. Pero la idea de regalarle un observatorio no suena mal tampoco, así él podrá ver las estrellas que ella le regalará. O bien, ponerle su nombre a una estrella o a una galaxia; no existe ningún precio para nada cuando se trata de Jared. Estrellas, observatorio, Jared, pueblo. Esas palabras le dieron una idea.
“¡Eso es… soy una genio!”
—Noah, consígueme un telescopio terrestre, no preguntes para qué si ya sospechas para qué lo necesito -ordenó Tanya. Noah apretó levemente el volante en sus manos, pero lo relajó de inmediato.
—Entendido.
El camino siguió en completo silencio. El viaje fue algo largo, debido a que era cerca de la frontera. Pero ya estaban cerca. Estaban a punto de pasar por una curva que los llevaría directo a ese lugar.
—Detente y estaciona aquí -ordenó ella.
—Claro.
Noah acató la orden de Tanya. Se estacionó fuera de la carretera en un espacio libre. Ambos bajaron del auto. El lugar estaba completamente oscuro. El sonido de los grillos resonaba en aquel denso bosque. Parecía un mar completamente negro.
De pronto, Tanya empezó a sentir cómo su respiración se alteraba, como si su ropa cobrara vida y la estuviera ahorcando. Empezó a sudar a pesar de estar en pleno invierno, donde el frío era el ganador. Las pesadillas que la habían estado persiguiendo resurgieron de nuevo; esa noche en la que lo perdió todo regresó a ella. Tanya llevó una de sus manos a su pecho, tomando su blusa entre su mano y apretándola con fuerza. No le gustaba estar en el bosque de noche. El ataque de pánico comenzaba a aumentar. Le costaba respirar, apenas podía tragar saliva, sintió los ojos empezar a humedecerse, las voces en su cabeza no paraban. Era como si tuviera bocinas a los lados, repitiendo una y otra vez esa noche.
Una mano se posó en su hombro, regresándola a la realidad. Miró a la única persona a su lado. Pero ella vio por unos segundos el rostro de su hermano Ocho, pero no un rostro agradable, sino uno destrozado. Uno en estado de putrefacción donde la carne podrida se le despegaba del rostro y mostraba parte del cráneo.
Parpadeó varias veces para aclarar su vista y ahora vio a un Noah preocupado. Su mano en el hombro de ella se apretó aún más. No era la primera vez que Noah había presenciado ataques de pánico en ella. Él se preocupaba mucho por Tanya. Escucharla tener pesadillas, ya fuera en su habitación detrás de la puerta, en su oficina o porque alguna empleada la había escuchado, lo alteró, llevándolo a llamar a Víctor. Quien, al ser un profesional en su trabajo, le confesó que Tanya sufría de estrés post-traumático.
Noah supo que la vida de Tanya no fue fácil antes y después de conocerla. Pero de una forma retorcida y terrorífica, ella había logrado seguir adelante. Sin embargo, le había pasado factura: pesadillas, insomnio, sed de sangre, problemas de sueño. Él trató de que tomara tratamiento con Víctor, pero ella se negó, aunque aceptó el medicamento para dormir, no lo tomaba seguido.
Noah no dijo nada ante el ataque de pánico, solo le dio apoyo apretando una vez más su hombro. Tanya asintió, lista para seguir adelante. Él quitó su mano de su hombro suavemente, y Tanya empezó a adentrarse en aquel bosque, enmascarando su miedo y ansiedad con valentía. Él solo la siguió como su guardián. Las hojas secas y ramas en el suelo crujían bajo sus pies con cada paso que daban. A medida que avanzaban, algunas luces de una mansión comenzaron a ser evidentes al final de aquel bosque.
“No fue una caminata larga, lo agradezco… o de lo contrario le hubiera pedido a Noah que me guiara hasta el final…”
—Noah, prométeme que si algo llega a salir mal, saldrás de aquí y te harás cargo del negocio del narcotráfico y el pueblo.
El nombrado abrió los ojos como platos ante la petición de Tanya. El miedo y pánico amenazaban con tomar el control en él, y esta vez no traía su termo donde guardaba su té.
—No prometeré una cosa así. Usted sabe que mi lealtad es inquebrantable. Mi vida está al servicio de la suya. No permitiré que nada le suceda -Tanya le dedicó una sonrisa amable ante sus palabras.
—Lo sé, pero esta vez es diferente. No quiero que te conviertas en una víctima más de mi ambición. -Las palabras de Tanya eran honestas; veía a Noah como un padre, una mano derecha y su único amigo.
—No me considere una víctima, señorita. Soy su escudo, su sombra. Mi lugar está a su lado, enfrentando cualquier peligro que se le presente -Noah se ubicó a su lado para poder hablarle cara a cara-. Me quedaré a su lado hasta el final, es como si fuera una hija mía.
El corazón de Tanya se ablandó un poco. Había verificado que los sentimientos de padre e hija eran mutuos entre ellos, a pesar de no tener ninguna relación, ni sanguínea ni legal. Aunque no pudo evitar sentir curiosidad por saber cómo había llegado a ese puesto.
— ¿No tienes hijos o una familia que cuidar, Noah? -La pregunta fue lanzada con suavidad y cero intenciones de insultar o manipular. Era solo de curiosidad y algo de tristeza.
—Tuve un padre y una madre, pero fui separado de ellos desde muy temprana edad. Era tan joven que no logro recordar sus rostros o sus voces -relató con nostalgia-. Estuve de orfanato en orfanato hasta que cumplí la mayoría de edad, y empecé con trabajos de medio tiempo.
Aunque a Tanya le aburría casi todo, la vida de Noah le llamó la atención. Él tampoco solía hablar de su vida personal. Ella notó que se estaba abriendo a ella, algo que agradeció en silencio.
—Trabajé en todos los oficios que pude. Llegué a este pueblo buscando una mejor oportunidad laboral con la experiencia que había adquirido en esos años. Recibí un volante que decía que en la mansión Malka necesitaban un empleado de aseo. Fui a postularme y logré quedar entre los candidatos elegidos. Dalia, quien en ese entonces tenía mi misma edad, fue quien me entrevistó después de quedar entre los demás y me puso a prueba con muchas situaciones hipotéticas y preguntas trampa; era muy cuidadosa -Noah sonrió amargamente mientras seguía relatando su pasado-. Poco a poco me contó sobre el verdadero trabajo al que se dedicaba, y no tenía nada que perder en seguir trabajando. Con el tiempo, me gané su confianza y, sin darme cuenta, me convertí en su mano derecha en todo.
Tanya, que había escuchado todo, se conmovió con la historia.
—Desde entonces, jamás me he dedicado a crear mi propia familia o algo por el estilo. Me dediqué por completo a mi trabajo hasta que usted llegó esa noche y ambos la criamos como si fuéramos sus padres. Por eso ella decidió cuidarla como una hija adoptiva de algún modo.
Ahora Tanya había confirmado por qué Noah le había servido tan fielmente a Dalia durante tantos años. Ambos desarrollaron sentimientos entre ellos, pero jamás lo hablaron y ahora ella estaba muerta. Se suponía que nunca le había hablado sobre sus sentimientos, ¿o sí? Y por la forma en que había reaccionado cuando le contaron sobre su muerte, la forma en que había tratado a la empleada y cómo lloró en el funeral… Era algo ya evidente, pero hasta ahora lo había confirmado. Sin embargo, no logró removerle nada en ese corazón de piedra. No sintió culpa ni nada por el estilo al haberle quitado a su amor platónico.
—Vaya historia -se escuchó una tercera voz.
Noah se ubicó delante de Tanya para protegerla de quienquiera que haya hablado en ese momento. Metió la mano en el interior de su saco, donde guardaba su arma, y apuntó sin miedo ni duda hacia donde había provenido la voz. Pero Tanya tocó su hombro.
—No te asustes, es el búho. Le pedí que ya no viniera a la mansión, sino que más bien le pagaría en este lugar para asegurarme de que no fuera una trampa -aclaró Tanya, y una risa se escuchó arriba de ellos.
Ambos miraron hacia el cielo y vieron a un hombre sentado en una rama. Gracias a la luna, notaron la silueta de aquel hombre. Este, al notar que lo habían encontrado, comenzó a descender de manera elegante y rápida por las ramas de los grandes árboles, y aterrizó delante de aquellos dos.
—Señorita iceberg, señor Noah -saludó el hombre con diversión.
Vestía ropa negra para camuflarse en la oscuridad de la noche: un gorro que ocultaba su cabello rizado negro, una mochila en su espalda y sus rasgos asiáticos que ocultaban sus ojos al sonreír en ese momento.
Tanya solo alzó una ceja, sin aceptar el apodo que le había dado. Aquel hombre, tan solo cinco años mayor que ella, le extendió su mano. Tanya comprendió el movimiento y del interior de su suéter sacó un sobre considerablemente lleno de dinero. El Búho lo tomó en sus manos y lo contó dentro del sobre, sonriendo una vez más al notar que había un cargo extra.
— ¿Andamos generosos esta noche? -preguntó con voz maliciosa.
—Es por el cambio de ubicación de última hora -explicó Tanya-. Mantén la línea intacta por si necesito contratarte de nuevo, Búho.
Aquel hombre hizo una reverencia hacia Tanya, quien con gusto la aceptó. Noah miró de pies a cabeza al Búho, atento a cualquier movimiento; en todo ese momento no había dejado de apuntar su arma discretamente hacia él.
—Estaré esperando ansioso tu llamada en ese caso -y con estas palabras, el Búho caminó hacia la salida de aquel bosque, tarareando suavemente mientras guardaba su pago en su pantalón.
Noah y Tanya siguieron con la vista al Búho hasta que lo perdieron en la oscuridad de aquel bosque. Noah ya no guardó su arma, sabía que tenía que utilizarla. Ambos siguieron su camino hacia la mansión. Tanya llevó su mano derecha a su falda en la parte trasera y sacó un arma; se aseguró de quitarle el seguro para luego apuntar al guardia más cercano.
—Estaremos bien -aseguró Tanya, viendo a Noah-. No te alejes de mí y nada te pasará, solo atacaremos a aquellos que están en la superficie para evitar que noten nuestro punto ciego.
Noah asintió ante la orden de Tanya y cambió la dirección de su arma hacia el techo de la mansión y disparó rápidamente dando en el blanco, junto con Tanya. Tres guardias cayeron del techo hacia el suelo. Esto, claramente, alarmó a los demás guardias que estaban cerca; todos con sus armas de fuego apuntando hacia ellos dos cuando se hicieron notar al salir del bosque. Noah tragó duro y pidió a Dios que los protegiera.
Tanya alzó su otra mano libre cuando empezaron los disparos hacia ellos. No se detuvo en su caminar. Noah, quien seguía a su lado, observó impresionado cómo las balas parecían chocar contra una pared invisible delante de ellos, aunque eso no le quitara la angustia de que una bala los alcanzara.
Las balas se aplastaban al impacto contra el poder de Tanya y caían al suelo como si nada. Los guardias desconcertados, pidieron más refuerzos. Si sus armas se quedaban sin balas, recargaban sin dudar y volvían a disparar. Tanya, quien empezó a sentir la adrenalina y tensión en su mano, atrajo hacia ella las armas de los antiguos guardias que había acabado Noah. Y se las ofreció a él, quien sonriente de poder manejar un arma de alto calibre también disparó hacia los guardias. En cambio, ella seguía con su arma y disparaba a la cabeza de algunos guardias más que seguían disparándoles.
Los dos lograron acertar a la mayoría de guardias; algunos cayeron sin vida en el suelo. Otros, en cuanto sintieron los impactos de bala en su cuerpo, se quitaron del camino con quejidos de dolor. Y unos pocos que lograron evitar las balas se escondieron con las columnas de decoración y soporte de la entrada, algunos arbustos e incluso los ahora cadáveres de sus antiguos compañeros. Tanya respiró hondo y aumentó su poder. Podía sentir su cerebro trabajar por segundo. El dolor en su cabeza daba vueltas; eran muchos ángulos que cubrir y ahora varias ratas que sacar de su escondite. Logró sacar uno por uno de su escondite y Noah, a quien le sobraban las armas ahora, podía escoger la que quería y acabar con los guardias restantes.
Los guardias del frente estaban todos derrotados; el movimiento dentro de la mansión era mucho. Una alarma provenía del interior. Ya habían avisado que estaban allí. Noah, quien se llenó de armas y recargas, asintió hacia Tanya, avisando que estaba listo para otra ronda.
Tanya tomó un leve respiro, intentando calmar el lento pero creciente dolor de cabeza. Hacía años que no usaba su poder de esta manera. Era mucho que cubrir, no solo a ella, sino también a Noah. Y esto era solo el comienzo. Una vez dentro de la mansión, no habría vuelta atrás. Noah, quien seguía revisando algunos de los guardias caídos en el suelo, encontró algo fascinante: una granada.
— ¿Le damos un regalo? -preguntó ansioso, su edad pareció olvidada.
—Por qué no -le sonrió Tanya, totalmente de acuerdo con la idea.
Noah se acercó a una ventana y, antes de asomarse por completo, quitó el seguro de la granada y la lanzó al interior de la mansión, rompiendo uno de los ventanales. Luego, a paso apurado, se acercó a Tanya, quien estaba lista para detener el impacto de la explosión. Todos gritaron alarmados que había una granada dentro, pero a los segundos estalló. Las grandes puertas de la entrada se abrieron por completo, casi cayendo sobre Tanya y Noah. Los ventanales se hicieron añicos, las paredes e incluso parte del techo se rajaron por la explosión. Tanya, quien siguió usando su poder a pesar de la molestia del dolor de cabeza, logró evitar que las puertas cayeran encima de ellos. El humo salía por las nuevas aberturas creadas por la explosión. Quejidos y gritos los recibieron al poner los pies dentro de la mansión. Noah se encargó de eliminar a los pocos que aún seguían con vida.
“La victoria es lo mejor. Ahora solo necesito llenar mi estómago con algo y a festejar…”
La granada no bastó; más y más guardias seguían llegando a la entrada y comenzaron a abrir fuego de nuevo. Sí que parecía una cárcel de máxima seguridad. Tanya ayudó a Noah a acabar con la vida de estas pobres personas inocentes que solo hacían su trabajo. Pedazos de techo, de pared, de decoración cercana, muebles, vidrios, todo salía volando hacia aquellos hombres. No se podía escuchar nada más que gritos de dolor y disparos en aquel lugar. La sangre empezó a hacer acto de presencia. Las balas caían. El olor a pólvora y hierro inundó el lugar. Pero ellos seguían intactos, salvo por las gotas de sangre que caían en sus ropas. Los guardias caían poco a poco. No importaba si creaban barricadas o si iban a contraatacar. Nada funcionaba.
El silencio descendió sobre la mansión, ahora un campo de batalla desolado. Tanya dejó que su poder se disipara, dejando a su paso una migraña casi insoportable que disimuló para no preocupar a Noah. La luz tenue del lugar revelaba una escena grotesca y aterradora. De repente, un sollozo ahogado rompió la quietud. Tanya, con un movimiento rápido, apartó un mueble derribado, revelando a una empleada. La mujer estaba boca abajo, en estado de shock, y manchada con sangre. Tanya le lanzó una mirada rápida a Noah, quien entendió la señal y se acercó a la mujer. Al voltearla, la empleada soltó un grito aterrorizado.
— ¡No me maten! ¡Les diré todo! -sus labios temblaban, las lágrimas brotaban sin cesar. Tanya le ofreció una sonrisa, lo que solo asustó aún más a la mujer. Una chica cubierta de sangre sonriendo, y un hombre mayor, igualmente manchado y cargado de armas, no era precisamente una imagen tranquilizadora. Pero, aun así, la cortesía persistía.
—Tranquila -pidió Tanya, acercándose lentamente-. ¿Puedes decirme dónde se encuentra el señor Ashkenazi?
La voz suave de Tanya provocó un escalofrío en la pobre mujer, quien asintió frenéticamente y señaló un pasillo de la mansión.
—S-Se encuentra en el sótano con su familia. Sigan el pasillo, crucen a la derecha y verán la puerta al sótano.
— ¿Y la oficina? -preguntó esta vez Noah, sacando un pañuelo de su saco y ofreciéndoselo a la mujer, quien, asustada, lo aceptó.
—Pasillo a la derecha, segundo piso, es la última puerta del fondo -respondió, secando sus lágrimas con el pañuelo.
—Bien, ¿cuál es tu nombre? -preguntó Tanya, ahora más cerca de ella.
—Abigail -respondió la mujer, aún con la voz temblorosa.
—Bien, Abigail, ¿Sabes dónde está la ama de llaves? -la mujer tragó duro.
—Soy yo -y sin decir más, les ofreció todas las llaves que tenía en su poder.
— ¿Hay más guardias en la mansión? -preguntó Noah, recargando una que otra arma.
—L-La mayoría estaban aquí, pero quedan algunos en el segundo piso -contestó la mujer. Tanya acercó su mano a su cabello y ubicó uno de sus mechones detrás de su oreja, un acto que heló la sangre de la mujer.
—Puedes irte. Si queda alguien más, llévatela contigo, ya que nadie más saldrá vivo de aquí -anunció Tanya con su sonrisa encantadora.
La mujer, sin dudarlo, se levantó de golpe del suelo, deslizándose por la sangre, pero logró correr por los pasillos gritando el nombre de algunos empleados.
—Pensé que no la iba a dejar ir -habló Noah, mirando de reojo a Tanya.
—Lo haré, pero no sé si podrán sobrevivir a los lobos hambrientos que hay afuera en el bosque -la frialdad de las palabras de Tanya no sorprendió a Noah; se estaba acostumbrando a su personalidad fría y retorcida.
Noah y Tanya emprendieron camino hacia el sótano. Aparecía uno que otro guardia vivo; Tanya los protegía de las balas y Noah los acababa. “Joder, qué buen dúo.” Llegaron a una puerta blanca y la abrieron, topándose con escaleras que los llevaban a un pasillo oscuro. Descendieron por las escaleras y caminaron por ese pasillo desconocido hasta toparse con una puerta de acero aleado y, al lado, una caja con números: un panel de acceso. Pedía contraseña para abrir la puerta.
—Un búnker, qué listo -comentó Tanya y tocó la puerta-. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? -Noah rodeó los ojos por la personalidad ahora divertida de Tanya. Se ubicó frente al panel de acceso e intentó muchas contraseñas posibles.
— ¡Largo de aquí! -se escuchó la voz de Ashkenazi a través de la puerta-. ¡No abriré la maldita puerta!
—Ashkenazi, has violado el acuerdo quince de nuestro contrato. Así que el acuerdo número diecinueve se ha puesto en marcha -informó Tanya, ganándose varios insultos del nombrado.
“Logré acorralarte, Ashkenazi. ¿Quién es el que tiene más huevos ahora?”
Tanya logró escuchar, además de los insultos del hombre, tres voces más: una voz femenina y dos voces chillantes. “¿Tres más? Su esposa y sus dos hijos pequeños, a juzgar por su tono de voz. Pero ¿dónde está el otro?”
— ¡¿Con cuántos has venido?! ¡¿Un ejército completo?! -preguntó incrédulo el hombre.
—Lo crea o no, señor, solo mi leal compañero Noah y yo -confesó Tanya con una sonrisa-. ¿Puede salir, por favor, y hablar conmigo cara a cara?
— ¡Ni loco! ¡Nunca saldré de aquí mientras tú, maldita bruja, sigas viva!
—Está bien, si eso es lo que dice, se hará realidad -Tanya miró a Noah, pero este negó con la cabeza; no se sabía la contraseña-. Atáscala -ordenó, fría.
Noah tomó una de sus muchas armas y disparó hacia el panel. Este empezó a sacar chispas y humo por el impacto de bala, haciendo un cortocircuito. Y claramente dejó de funcionar. Unos sonidos del otro lado llamaron la atención de los dos. El hombre estaba intentando abrir la puerta desde su lado al sospechar lo que habían hecho, pero la puerta no se movía para nada. Ahora parecía una pared de concreto.
— ¡¿Qué demonios hiciste?! -la voz del hombre sonaba desesperada mientras el código salía denegado desde su lado, donde el panel seguía en curso, pero no por mucho tiempo.
—Hice su deseo realidad: nunca saldrá de aquí -Tanya soltó una risa maquiavélica y se dio media vuelta para salir de aquel lugar con Noah detrás de ella. Salieron de allí escuchando los gritos desesperados del hombre, además de los sollozos de su esposa y sus hijos.
— ¿No intentará entrar? -preguntó Noah, mirando con cuidado los pasillos desiertos.
—No, encuentro esto divertido e interesante. La comida se les acabará en algún momento, al igual que el oxígeno. Me pregunto qué será primero: ¿canibalismo o muerte por falta de oxígeno?
Al notar que la ahora mansión vacía lucía segura, se quedaron en un pasillo para poder hablar unos segundos.
—Noah, ve y trae los papeles que necesitamos; están, de seguro, en su oficina -ordenó Tanya.
—No la dejaré sola -repitió Noah, firme, pero Tanya negó con la cabeza.
—Te gritaré si pasa algo, ahora ve y trae los papeles -Tanya le dio las llaves a Noah para facilitarle el trabajo. Él, dubitativo, se quedó de pie unos segundos, pero al notar la seguridad en los ojos de Tanya, dio media vuelta y desapareció por los pasillos.
Tanya se quedó observando todo y caminó por los pasillos, examinando las puertas. Tenía que buscarlo, no podía haber escapado. Al menos se desharía de uno de ellos. En su camino, una puerta llamó su atención. Tenía varios seguros y un candado. Tanya estaba totalmente segura de que la persona que buscaba estaba ahí dentro. Movió sus manos y concentró su poder en quitar los seguros. Cuando el candado cayó al suelo, abrió la puerta lentamente.
“¿Estás aquí, chico?”
Lo primero que vio fue una habitación elegante, pero sin ventanas, y solo contenía una puerta en su interior, suponiendo que era un baño. Al entrar por completo a la habitación, observó a su presa. Un chico en una esquina de la habitación. El chico, sin miedo, tomó una silla de madera cercana y se la lanzó a ella. Tanya solo movió uno de sus dedos y la silla salió con gran fuerza y velocidad hacia una pared, destrozándose por el impacto. Este movimiento asustó más a aquel chico, aunque parecía querer ocultar su miedo y vulnerabilidad. Tanya observó al chico y le dedicó una sonrisa.
— ¿Emmet, cierto? -habló suavemente, sin querer asustarlo, aunque su apariencia en ese momento no la ayudaba en nada.
El chico, ahora confundido, miraba de pies a cabeza a Tanya. La analizaba para verificar si era una amiga o enemiga. La vista de Tanya se posó en los pies del muchacho: uno de sus tobillos estaba rodeado por una cadena asegurada a una de las patas de la cama cercana. Tanya sintió pena por aquel muchacho, y sus ideas de asesinarlo le parecieron algo injustas. Se acercó a la cama y rompió la pata de esta, logrando zafar la cadena del lugar. El chico, con ambos ojos abiertos, permaneció en silencio, dubitativo sobre qué decir o hacer. Tanya le extendió una de sus manos.
“Es… lindo. Como la cría de un tigre, asustado pero listo para sacar sus garras y colmillos”
—Soy Tanya Malka, un gusto -se presentó, pero Emmet siguió vacilando, sus ojos fijos en ella.
— ¿Qué pasó con mi familia? -preguntó cauteloso, su voz apenas un susurro.
—Tu padre rompió un acuerdo del contrato que hice con él, así que solo hice lo que decía el contrato -Tanya detalló la escena a Emmet con una frialdad que contrastaba con la suavidad de su voz.
Emmet vestía un pijama fino de seda, su cabello rubio desordenado, alto, pero su rostro, oh, su rostro… estaba magullado, con claros signos de violencia. Este chico había sido brutalmente golpeado. Aquella imagen logró estrujarle el corazón a Tanya, pero mientras lo detallaba, algo más la golpeó: le pareció atractivo, encantador, como si hubiera salido de una pintura hecha por un ángel que quería una ayuda desesperada. Una idea, tan repentina como audaz, se deslizó por la mente de Tanya.
— ¿Vas a matarme? -preguntó Emmet, aceptando su destino, pero Tanya negó con la cabeza, una sonrisa perversa se dibujaba en sus labios.
—No, al contrario, te quiero proponer un trato -su voz se volvió un susurro seductor, acercándose un poco más, pero manteniendo una distancia que no lo hiciera sentir amenazado.
— ¿Qué trato? -la curiosidad, teñida de desesperación, se apoderó de Emmet.
—Trabaja para mí y a cambio serás libre -soltó Tanya, su sonrisa se ensanchó, llena de una promesa peligrosa y una autoridad innegable. La habitación, antes un refugio, ahora se convertía en el escenario de una nueva jaula, o quizás, una salvación.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com