Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 24
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Capítulo 24: Un Juego Perverso
“El juego es un diablo que susurra promesas y roba almas”
–Libe Gloze
Tanya
¿Qué esperas escuchar al despertar, sin la resaca de una pesadilla o la necesidad de la pastilla para dormir? ¿Una buena noticia? ¿El aroma de tu desayuno favorito? ¿O simplemente la confirmación de que esta vez, sí, lograste descansar, no solo dormir como las otras noches?
Pues para Tanya, el amanecer trajo consigo el estruendo crudo y desgarrador de los gritos de una empleada. Apenas los primeros hilos de luz se colaban por las ventanas cuando aquellas voces, cargadas de una desesperación palpable, la sacudieron sin piedad de un sueño que se había sentido, por fin, profundo. Se irguió en la cama, el corazón galopando como un tambor desbocado, los párpados ardiendo al abrirse de golpe, una punzada de ansiedad recorriéndole el cuerpo. Se dio cuenta de que no estaba sola en su despertar abrupto; Emmet también se había incorporado, sus ojos todavía empañados por el sueño, pero su rostro ya surcado por la confusión ante la cacofonía que se filtraba por las paredes. Él aún la rodeaba con sus brazos, uno en su cuello, el otro apretando su cintura, una posesión tierna y protectora. Sus brazos, acalambrados por las horas en la misma posición, no emitían queja alguna, solo la solidez de su presencia.
— ¡¿Qué pasa?! -fue lo primero que brotó de los labios de Emmet, su voz ronca por el sueño, mientras también se sentaba en la cama, viendo a Tanya deslizarse de sus brazos, como si una fuerza invisible la arrastrara al oír el séptimo grito, más agudo, más desesperado que los anteriores.
—No lo sé, pero quédate aquí -le ordenó Tanya, la voz apenas un susurro tenso mientras se ponía una de sus batas de seda, la tela fría contra su piel aún febril por la adrenalina. Luego, sin esperar respuesta, se lanzó hacia la puerta.
Corrió por los pasillos, apenas iluminados por los tibios rayos del sol que se colaban tímidamente. Unos pasos resonaron detrás de ella, rápidos y decididos. Miró por encima de su hombro y encontró a Emmet, con el cabello revuelto y la preocupación grabada en el rostro, pisándole los talones.
— ¡¿No te dije que te quedaras en la habitación?! -le recriminó Tanya, sin apartar la mirada del frente, doblando una esquina. Los gritos eran ahora más fuertes, más cercanos, el pánico palpable.
— ¡¿Y dejar que estés sola en medio del peligro?! ¡Eso jamás! -Emmet se puso a su lado, igualando su velocidad, su determinación inquebrantable. Su mano rozó la suya, un contacto fugaz pero lleno de una promesa tácita: protegerla, sin importar qué.
“¡¿Qué estaba pasando?! ¿Sería una emboscada brutal? ¿Alguien estaba buscando venganza, una deuda pendiente que se cobraba en la quietud del amanecer?”
Mientras la mente de Tanya corría a mil por hora, debatiéndose entre la posibilidad de una emboscada y la urgencia del momento, llegaron finalmente al origen de los gritos. Era el salón principal, el corazón de la mansión, por donde entraban y salían. Ya había algunos empleados allí, un par de ellos tratando en vano de calmar a la empleada que seguía horrorizada, señalando con un dedo tembloroso una caja roja abandonada en el suelo. Sus alaridos seguían resonando, arañando el aire con su desesperación.
— ¡¿Qué ha pasado?! -preguntó Tanya, su voz tensa y urgente, dirigiéndose a uno de los empleados que intentaba, con dificultad, tranquilizar a la mujer.
—N-No lo sabemos aún, señorita -respondió el empleado, su propio rostro pálido por la confusión y el miedo-. La escuchamos gritar y todavía no sabemos la causa de sus gritos ni su estado tan alterado.
Tanya escudriñó el lugar con una mirada casi felina, buscando cualquier señal de una emboscada. No había nada sospechoso; ni un solo ventanal roto, ni la puerta principal forzada. Todo parecía normal, inquietantemente normal, a excepción del correo desparramado por el suelo: sobres, las inmaculadas botellas de leche intactas gracias a la alfombra amortiguadora, y esa caja roja. Una caja que parecía gritar peligro en medio de la aparente calma.
Con pasos inseguros, casi como los de un sonámbulo atraído por una fuerza oscura, Tanya comenzó a acercarse a la caja.
“¿Una bomba? ¿Será una bomba? ¿Quién la dejó? ¿Un intento de asesinarme? ¿Por quién?” Los pensamientos se agolpaban en su mente, fríos y afilados.
Fue detenida por una mano que se cerró firme sobre la suya. Tanya volteó, encontrándose con la mirada de Emmet, sus ojos llenos de una preocupación que le perforó el alma.
—No te acerques a eso, deja que yo lo haga -dijo con voz firme y segura, dando un paso para interponerse entre ella y el objeto. Pero esta vez fue Tanya quien lo detuvo, aferrándose a su mano.
— ¿Estás loco? ¿Y si es una bomba? -Tanya estaba dividida entre el miedo gélido y una profunda preocupación por él. Jamás había imaginado un escenario así, su mente, acostumbrada a la estrategia y el control, no estaba preparada para una amenaza tan primitiva e incontrolable.
—Más razón para evitar que te acerques –Emmet tenía su voz teñida de una angustia palpable. Esas palabras, cargadas de su instinto protector, hicieron que el corazón de Tanya se acelerara de nuevo, pero esta vez con una determinación furiosa. Tiró de la mano de Emmet con una fuerza que lo hizo pasar detrás de ella.
—Nadie lo tocará -aseguró Tanya, alzando una de sus manos en un gesto de advertencia hacia la caja, su voz resonando con una autoridad inquebrantable, una barrera invisible entre el peligro y aquellos a quienes protegía.
La caja roja, desafiando toda lógica, empezó a levitar con una lentitud escalofriante. Tanya, con una mezcla de asombro y una determinación gélida, la giró cuidadosamente en el aire hasta colocarla en posición vertical, manteniendo la tapa en su lugar con una mano firme. Le dio una vuelta de trescientos sesenta grados, sus ojos escudriñando cada ángulo, buscando cualquier cable, cualquier mecanismo que confirmara sus peores temores: una bomba o algo aún más siniestro.
— ¡Todos atrás! -ordenó Noah, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas. Había llegado, aún en pijama, pero con su arma ya en mano, apuntando directamente a la caja.
Los empleados, cargando a la mujer aún paralizada por el terror, se retiraron a otro pasillo. Se mantuvieron cerca, sin embargo, como si la curiosidad o la lealtad los atara al umbral de la catástrofe.
— ¿Situación? -Noah se acercó a Tanya, quien, sin darse cuenta, seguía aferrando la mano de Emmet. Él, por su parte, escudriñaba el entorno con una intensidad febril, buscando cualquier sombra, cualquier mirada oculta que pudiera delatar al perpetrador.
—La empleada gritaba señalando esta caja -informó Tanya, comenzando a retirar la tapa con una lentitud agónica, como si temiera lo que encontraría dentro-. Sospecho que sea una bomba.
El rostro de Noah palideció ligeramente ante la cruda posibilidad. Aún así, mantuvo su arma firme, el cañón apuntando a la caja, listo para lo que fuera. Tanya sintió un apretón tranquilizador en su mano entrelazada con la de Emmet, y se dio cuenta de que, de nuevo, un ligero temblor la recorría. ¿Acaso tenía miedo? Sí, el miedo era un visitante helado, real. Podría perderlo todo en un falso movimiento: la mansión que era su fortaleza, a Noah, a Emmet, la vida que con tanto dolor y esfuerzo había construido. Emmet, como si leyera sus pensamientos, apretó su mano de nuevo, un sutil “Estoy aquí, pase lo que pase” que le infundió una confianza férrea. Eso fue todo lo que Tanya necesitó. Con un último aliento, retiró la tapa, revelando el interior.
Los tres quedaron impactados, un nudo de asco y horror revuelto en sus estómagos. Tanya dejó caer la caja al suelo, el sonido sordo apenas perceptible bajo el grito mudo de su propio espanto al ver que no había bomba alguna. Noah, con los ojos desorbitados, avanzó con pasos lentos y pesados hacia la caja. Emmet, con un instinto primordial, se colocó frente a Tanya, su cuerpo una barrera protectora en caso de que algo, cualquier cosa, saliera disparado de ese contenido macabro. Juntos, se acercaron a la caja, sus miradas fijas en lo que había dentro.
— ¿Acaso esos son…? -Tanya no pudo terminar la frase, las palabras se le atragantaron en la garganta, impactada, la mente negándose a procesar la imagen.
—Son corazones -terminó Noah, su voz grave, casi un susurro, mientras tocaba la superficie de uno de ellos con la punta de su arma-. Corazones humanos.
—Y son tres -confirmó Emmet, poniéndose en cuclillas para observar de cerca los corazones putrefactos en la caja, sin soltar la mano de Tanya. Su agarre era el ancla de ella en medio de la tormenta de pensamientos.
“¿Quién demonios había mandado esto? ¿Eran humanos, de verdad? ¿Significaba que tres personas estaban muertas? ¿Quiénes? ¿Conocidos? ¿Desconocidos? ¿Había sido el asesino serial que la había estado atormentando? ¿Un enemigo del pasado? ¿Los del laboratorio, con sus retorcidos experimentos?” La mente de Tanya era un torbellino de preguntas sin respuesta, cada una más heladora que la anterior.
Noah, al notar que no había peligro inminente en la caja en sí, guardó su arma en el pantalón de pijama, su rostro aún tenso. Luego, con cautela, tomó la tapa de la caja para examinarla.
—Está decorada concorazones de papel y dibujos de estrellas -murmuró, observándola con detalle, una mueca de asco apenas perceptible-. Además, tiene sangre seca por todos lados.
— ¿Será una advertencia de alguien? -preguntó Tanya, mirando los corazones con un asco casi físico. Los tres órganos se veían grisáceos y verdosos, una paleta de la muerte, y un vago, pero inconfundible, olor a putrefacción flotaba en el aire, pesado y nauseabundo.
—No parece una advertencia; no veo una nota o algo que nos indique la intención de esto -recalcó Noah, su voz ya con un matiz de alivio, aunque su expresión seguía siendo de profunda perturbación.
Emmet, aún en cuclillas, levantó la mirada hacia la tapa y, al observar su interior, notó algo.
—Tiene una nota dentro -señaló con el dedo, su voz una exclamación repentina.
Noah le dio la vuelta a la tapa, sus ojos encontrándose con la pequeña nota que Emmet había señalado. Tanya se colocó al lado de Noah, su aliento contenido, y Emmet se puso de pie, su mano todavía aferrada a la de ella, para observar también el contenido. Era una nota pequeña, un trozo de papel arrancado y rasgado, pegado descuidadamente con pegamento en el interior de la tapa de la caja.
La caligrafía, infantil y extrañamente inocente, contrastaba macabramente con el contenido de la caja. La nota decía:
“Hola terroncito, este es un regalo mío adelantado de san Valentín para ti, espero que te guste mucho ya que lo hice con cariño”
Los tres, al leer la nota, se quedaron absolutamente desconcertados y confusos. ¿”Terroncito”? ¿Un “regalo de San Valentín”? ¿Quién demonios había enviado algo así? Noah, Tanya y Emmet intercambiaron miradas, buscando en los ojos del otro alguna pista, alguna opción coherente que les permitiera dar sentido a la locura.
—No es una advertencia -argumentó Noah, con un matiz de alivio en su voz, aunque su rostro aún reflejaba el impacto. Era verdad, la nota no amenazaba, no exigía. Pero la implicación era aún más inquietante-. Pero tampoco es algo normal de recibir.
—Eso se supone que es un regalo. Así que no puede ser ningún narcotraficante, a menos que haya atacado a alguien familiar o conocido -opinó Tanya, la voz teñida de una extraña ponderación. La lógica, incluso en el caos, era su refugio.
—Parece un regalo… de un enamorado -sugirió Emmet, ganándose dos miradas confundidas, expectantes de una explicación a su audaz afirmación. Se ganó dos miradas confundidas, esperando una explicación a lo que acababa de decir.
—Vamos, la decoración lo delata: corazones, estrellas, además hay un corazón hecho con sangre seca -señaló Emmet, su dedo apuntando a la tapa exterior, donde la mancha oscura y coagulada confirmaba sus palabras-. Eso no lo puede enviar un enemigo, sino más bien un admirador.
“¿Qué demonios? ¿Esto es un regalo de un enamorado? ¿Para quién? ¿Para Emmet? ¿Para una empleada del lugar? ¿O para mí?”
La mente de Tanya se sumergió en un abismo de incredulidad. Si alguien enamorado había enviado un regalo como este, solo había dos opciones: esa persona conocía su ubicación exacta y, lo más perturbador, no estaba en sus facultades mentales.
Mientras tanto, otros empleados empezaban a llegar al salón, algunos aún en pijama, otros con artículos de limpieza en mano, y unos cuantos venían de donde se habían llevado a la empleada que había despertado a todos con sus gritos histéricos.
— ¿Dónde está Isabel? -preguntó Tanya al empleado más cercano. Él se asombró al escuchar que Tanya se sabía el nombre de la empleada, para luego reaccionar, sacudiendo levemente la cabeza.
—E-Está en la cocina, le preparamos un té para que se calmara -mencionó, mirando de reojo a Noah, quien, con una discreta sonrisa, parecía orgulloso de que su té ayudara a otros.
Tanya miró en dirección a la cocina, a punto de caminar, cuando alguien la tomó de la cintura, deteniéndola en seco. Un murmullo recorrió el salón. Todos en ese lugar quedaron asombrados al ver al valiente Emmet tocarla y retenerla. Algunos pensaron que Tanya iba a estallar en cólera y lo lanzaría lejos; otros miraron la escena con curiosidad malsana. Unos cuantos, molestos, entre ellos las empleadas que seguían prendadas de Emmet y Noah, a quien no le gustó para nada la cercanía ni el lugar donde Emmet posó sus manos.
Tanya, sorprendida, miró a Emmet.
—Espera un poco -le pidió, con voz calmada, casi un susurro. Emmet se quitó sus suaves zapatos de dormir y, con un gesto inesperado, se los entregó a Tanya-. Te resfriarás y te lastimarás. Póntelas.
La voz suave y protectora de Emmet arrancó suspiros y asombro de los que observaban la escena. Tanya bajó la mirada a sus pies descalzos; el gran salón no tenía alfombra, dejando las plantas de sus pies sobre una plataforma dura y fría. Emmet la jaló con suavidad de la cintura, y ella, sin otra opción, colocó sus pies sobre los zapatos que él le ofrecía. Solo entonces Emmet la soltó, retirando sus manos. Pero Tanya aún sentía la extraña sensación y el calor persistente de las manos de Emmet en su cintura.
—Gracias -le dijo, asintiendo ligeramente, y se dirigió a la cocina. Necesitaba hablar con Isabel y, de paso, alejarse de las miradas curiosas del salón.
Al llegar a la cocina, encontró a unas pocas empleadas terminando de calmar a Isabel, quien regulaba su respiración mientras sostenía una taza de té. Las demás empleadas, al ver a Tanya acercarse, comenzaron a darle espacio. Pero Tanya levantó una mano, indicándoles que no se alejaran de su amiga, que las necesitaba. Dejando a un lado su apellido y estatus social, se arrodilló para que la mirada de Isabel, que solo veía el suelo, se encontrara con la suya. Esto le valió el cariño, la confianza y la amabilidad de las empleadas, que admiraron su acción.
— ¿Isabel? -la llamó suavemente Tanya, logrando que la mujer temblara levemente-. Isabel -la llamó de nuevo, y la mujer la miró, sus ojos enrojecidos, sus manos temblorosas y el miedo aún en sus pupilas. Estaba muy afectada, y ¿quién no lo estaría?
—S-Señorita… -pronunció quedamente la empleada, como si hubiera encontrado a su salvadora y por fin estuviera fuera de peligro.
Tanya posó una de sus manos sobre las temblorosas manos de Isabel, transmitiéndole una calma que esperaba fuera contagiosa.
—Isabel, ¿quién te dio la caja roja?
Como si fuera un detonante, Isabel entró de nuevo en un pánico absoluto. Lanzó la taza de té con su contenido por los aires, al mismo tiempo que se levantaba de la silla y se llevaba las manos a la cabeza entre gritos aterrorizados. Tanya actuó con una velocidad asombrosa, alzando una de sus manos hacia la taza y su contenido, que volaban directamente hacia Noah y otro empleado. Ellos ya levantaban los brazos para evitar que el té caliente les quemara el rostro. La taza quedó suspendida en el aire, al igual que su contenido, a medio salir, como una escultura o una pintura inmóvil. Luego, Tanya alzó su mano en dirección a Isabel, quien se removía violentamente en los brazos de sus compañeras. Una fuerza invisible rodeó el cuerpo de Isabel, impidiéndole moverse bruscamente, y solo así sus compañeras lograron regresarla a la silla.
Tanya se aseguró de enviar la taza de té flotando hacia el fregadero, dejándola caer suavemente, mientras el contenido se desvanecía por el desagüe. Luego, volvió a mirar a Isabel, quien seguía gritando aterrorizada.
— ¡Corazones! ¡Humanos! ¡El asesino quiere a alguien! ¡Tendrá a alguien! ¡Y ese alguien morirá! -gritó, histérica-. ¡Ya no hay salvación! ¡Lo único que queda es morir!
“¿Qué? ¿Entonces esto es obra del asesino? ¿Él quiere a alguien de aquí?”
—Isabel, cálmate -pidió Tanya, manteniendo su poder sobre ella, pero no funcionó. Entonces, una persona detrás de Isabel la abrazó por la espalda, rodeando su cuello con sus brazos.
La primera reacción de Isabel fue estallar en otro ataque histérico, pero al notar una familiaridad en los brazos, comenzó a calmarse. Emmet la abrazó, susurrándole palabras tranquilizadoras al oído. Tanya, al ver esto, sintió un nudo en el estómago. ¿Qué era lo que sentía? No le había gustado nada ver a Emmet abrazar a otra chica. Le desagradó, pero se tragó sus palabras y observó la escena como los demás en la cocina. Gracias a Emmet, Isabel se calmó, logrando alcanzar un estado de seguridad y serenidad para poder hablar.
—Isabel -llamó su atención Tanya de nuevo, y tanto ella como los demás la miraron otra vez-. ¿Quién te dio la caja roja?
Isabel tomó aire y, al estar rodeada por los brazos de Emmet, no entró de nuevo en pánico. Habló con dificultad:
—N-No lo sé… Estaba justo en l-la subida a la mansión -reveló, intentando calmarse por completo.
— ¿En la subida de la mansión? -repitió Tanya, confundida-. ¿En qué parte? ¿Puedes ser más específica? -pidió Tanya con amabilidad.
—E-En una de las curvas -Isabel apretó la mano de su compañera cuando esta se la ofreció, logrando seguir hablando. Tanya se sorprendió de las palabras de ella: en una de las curvas de la mansión-. En donde se encuentra cerca del lago.
No estaba donde recibían el correo, ni tampoco donde dejaban las botellas de leche. Para empezar, solo había tres curvas para llegar a la mansión: dos miraban hacia el bosque sin final, y la otra curva miraba al oeste, justo donde había algo de bosque y luego llegaba al lago. Era la segunda curva, lo que significaba que el asesino había estado cerca de la mansión, increíblemente cerca. ¿Y los guardias? ¿Qué estaba haciendo la seguridad en ese momento? Tanto Noah como Tanya se lanzaron miradas rápidas, ambos con una preocupación palpable. Si el asesino podía burlar la seguridad y escapar de los guardias, significaba que no era un asesino común. Ellos mismos debían poner manos a la obra y ya no solo depender de los guardias.
—Bien, puedes descansar por estos días -finalizó la conversación Tanya mientras se ponía de pie y caminaba hacia la salida de la cocina, donde todos se habían amontonado para ver y escuchar el chisme. Noah la siguió, alcanzándola ahora en el salón vacío, donde la caja roja seguía en el mismo lugar.
—El asesino tiene un objetivo en esta mansión -afirmó Noah-. ¿Pero quién puede ser?
—Puede ser cualquier persona: tú, yo, Emmet, alguna empleada o empleado -recalcó Tanya, tomando la tapa de la caja y poniéndosela para luego cargarla.
—No debimos dejar al asesino con rienda suelta -Noah la vio caminar hacia un pasillo.
—Debemos ir al pueblo, empieza a alistarte. Si hay tres corazones, significa que hay tres cuerpos por todo el pueblo o el bosque -ordenó Tanya, desapareciendo del lugar.
Caminó con pasos apresurados para confirmar sus sospechas. Llegó a su oficina y dejó la caja en su escritorio. Luego, abrió una de las gavetas y sacó algunas notas que había recibido hacía poco. Comenzó a comparar la caligrafía: los contratos de los narcotraficantes, las notas de las personas del pueblo, hasta que se topó con las cartas que le había regalado Jared en sus pocas semanas de relación. Comparó las letras con el corazón en la boca, pero se alivió rápidamente al ver que las letras eran totalmente diferentes. Dejó sus cartas a un lado y llegó a la carta que no tenía remitente y que solo decía “Te Encontré”. Comparó las letras y también eran diferentes. Esto desconcertó a Tanya, pues la búsqueda de una respuesta clara se volvía cada vez más difusa.
“Entonces, ¿Puede que haya más de una persona detrás de mí? ¿Son dos? ¿Dos qué? ¿Asesinos? ¿Narcotraficantes? ¿Son del personal del laboratorio? Dos personas vienen por mí, y seguro me quieren muerta… o eso creo.”
—No te quedarás con ese regalo, ¿o sí? -Emmet interrumpió su batalla mental. Estaba parado frente al escritorio, a solo unos centímetros de ella. ¿Cómo llegó allí sin hacer ruido? Tanya se dio cuenta de que le había dado sus zapatos, y la alfombra había amortiguado sus pasos, volviéndolo una sombra silenciosa.
—No -contestó ella, dejando caer las cartas y notas sobre el escritorio. Estaba algo alterada al comprender que dos personas desconocidas le habían enviado mensajes tan sospechosos.
—Gracias a Dios, porque yo puedo conseguirte mejores regalos que esos -comentó Emmet con un aire arrogante.
Tanya lo miró y notó su aspecto, desordenado y atractivo. Esa camisa de pijama resaltaba la musculatura de su torso y brazos, ajustada lo suficiente para acentuar su físico sin incomodarlo. Desvió la mirada rápidamente.
—Esto no puede ser un regalo -ladeó la cabeza Tanya-. Un regalo se hace con la intención de demostrar tu amor, cariño y admiración a una persona.
Emmet sonrió de lado y se acercó aún más a ella, quedando a centímetros de su cuerpo, aún en pijama y bata.
—Me halaga que describas mi regalo de esa forma -dijo en un tono bajo y ronco-. Y no será el único regalo que te daré. Te colmaré de todos los regalos que te dé hasta que no me quede nada más que regalarte la maldita galaxia.
Tanya sintió de nuevo el vuelco en su corazón tras esas palabras, luchando por evitar que sus mejillas se encendieran. Señaló la caja roja con su dedo.
— ¿Tienes alguna idea de quién pudo haber mandado eso? -La voz de Tanya sonó firme, ocultando el hecho de que la cercanía y las palabras de Emmet la afectaban cada vez más.
—Claro que tengo una idea -Sus palabras sorprendieron a Tanya, quien le hizo un ademán para que dijera quién era-. Mi rival por tu amor.
Tanya lo miró estoica, sin creer sus palabras. ¿En serio? ¿Hacía bromas así en un momento como este? Al menos su chiste la ayudó un poco a dejar de sobre pensar en la nota y en quién podría haberla mandado. Emmet decidió cerrar la distancia entre ellos. Tomó entre sus manos el suave rostro de Tanya y la acercó al suyo. Tanya se sorprendió por su acción y, al ver que la acercaba a su rostro, supo lo que iba a hacer. Estuvo a punto de detenerlo, pero el rostro de Emmet se desvió ligeramente y sus labios besaron la frente de Tanya. Un beso suave, cálido, seguro. La desconcertó por unos segundos; no se esperaba ese lado, ¿dulce?, de Emmet. Él se separó después de besar su frente por unos segundos y, sin soltar su rostro, la obligó a verlo a los ojos, sus rostros a centímetros de distancia.
—Que quede claro que no me rendiré tan fácil por ti. Quien sea que haya mandado esto es un claro mensaje de que te quiere a ti y una declaración de guerra para mí.
Y con esas palabras, Emmet soltó su rostro y caminó, aún descalzo, hacia la puerta de su oficina, cruzándola sin voltear a verla. Tanya no comprendía muy bien qué había pasado; la había tomado con la guardia baja. ¿Guardia baja? ¿En qué momento ella había bajado su guardia con Emmet? ¿Cuándo empezó a hacer bromas con ella? ¿Cuándo la cuidó de su resaca? ¿Cuándo le declaró su atracción hacia ella mientras entrenaban? ¿Cuándo casi la besa aquella vez en su oficina? ¿Cuándo le dio el peluche en Nochebuena? ¿Cuándo se quedó a cuidarla anoche? ¿Cuando le dio sus zapatos de pijama porque ella salió descalza? ¿O ahora que le dio un beso en su frente?
El corazón de Tanya revoloteó con fuerza; su estómago se estremeció. Aquello no era nada profesional. Ya no lo eran. No se dio cuenta de cómo Emmet se había metido en su vida privada, como el aire. A veces estaba y a veces no. Pero siempre la cuidaba, dondequiera que estuviera. ¿Cómo sucedió esto?
Si llegaba a corresponderle un beso o algún coqueteo, Emmet captaría el mensaje erróneo. Ella no lo amaba…
Tanya esbozó una sonrisa amarga. ¿Amar? No podía verse amando algo o a alguien. Todo lo que había amado ahora estaba muerto y abandonado en un bosque: sus hermanos y hermanas. ¿Amar? ¿Podía tener ese derecho? ¿De amar a alguien? Pero, ¿a quién? ¿Jared o Emmet?
Ella misma se sorprendió al verse en duda, no sobre si podía amar o no, sino sobre los dos nombres que había pensado. Jared. Emmet. Ella siempre ponía a Jared ante todo, ¿verdad? Ella lo amaba y él a ella, ¿verdad? Tanya empezó a sentir su furia removerse. No. Si Jared la amara, no le hubiera sido infiel con Elizabeth. Caminar junto a una chica ya era algo, abrazarla era otra cosa, pero dejar que lo besara pasaba el límite. Y no lo había hecho una vez, lo había hecho dos veces, y no dejaría que pasara una tercera. Estaba decidida a acabar con Elizabeth cuando quisiera, pero… aun si acababa con ella, ¿Jared dejaría de engañarla? ¿Sería engaño? ¿Jared de verdad la engañó o tenía sus razones para estar con dos chicas a la vez?
Y Emmet. Él dejó de estar con las empleadas para mostrarle que de verdad quería estar con ella, la cuidaba, velaba su sueño y era cariñoso.
¿A quién debía…?
— ¡Señorita! llamó una empleada a la puerta de su oficina, abriéndola rápidamente, con un notorio estado de alarma.
— ¿Qué pasa? preguntó Tanya, dejando todo a un lado de inmediato.
—Es la policía -aclaró la empleada-. Quieren hablar con usted.
Tanya no esperó más. Dejó todo en su oficina y fue primero a su habitación para ponerse algo decente y no mostrarse en pijama frente a las autoridades. Después de solo ponerse una falda y blusa, sin su ligero maquillaje o peinarse, salió disparada hacia la puerta principal de su mansión, donde un Noah, vestido a medias, y el Sheriff la esperaban.
—Señorita Tanya, buenos días -saludó el Sheriff, quitándose por unos segundos el sombrero.
—Buenos días, Sheriff -habló Tanya, algo agitada por haberse vestido tan rápido y corrido por los pasillos-. ¿A qué se debe su visita?
El Sheriff miró de un lado a otro. Tanya, por encima del hombro del hombre, vio a muchos oficiales caminando alrededor de la mansión, todos en alerta.
—Hoy, a altas horas de la madrugada, se encontró un torso femenino en medio del bosque… cerca de su mansión -La voz algo acusadora del Sheriff hizo que Tanya frunciera el ceño.
— ¿Acaso sospecha que tuvimos algo que ver con el asesinato de una chica? -Tanya se mantuvo firme, con la cabeza en alto, a pesar de que el Sheriff era más alto que ella. No se intimidó en lo absoluto y lo confrontó con la mirada.
El Sheriff se quedó algo asombrado por la valentía de Tanya al confrontarlo. Pero este solo suspiró y negó con la cabeza.
—No, claro que no. Estamos aquí porque no solo se encontró el torso de una chica. Este torso que encontramos tenía el pecho abierto y le falta un órgano -explicó el Sheriff, sacando unas fotografías de su camisa y extendiéndoselas a Tanya, quien las tomó y las revisó. Noah se puso a su lado para también poder verlas.
En las fotos, se podía observar que, al ser un entorno con poca luz natural, usaron luz artificial para tomar con mejor calidad la imagen. Gracias a que estaban a color, todo se podía observar con claridad. En las fotos se veía un torso femenino, la camisa a medio poner, llena de sangre algo ¿fresca? Al igual que el sujetador, que estaba cortado a la mitad, dejando el pecho de la chica, aún desconocida, al descubierto. El tórax estaba abierto con un corte muy específico y con mucha experiencia. Se podía ver el interior del cuerpo: piel, carne, órganos ya grisáceos, pero con la falta de un órgano importante, justo como dijo el Sheriff. El corazón.
Tanya siguió pasando las fotos, observando cómo claramente era solo un torso. No había cabeza. No había brazos ni piernas. ¿Dónde estaría el resto del cuerpo? ¿Qué chica era? ¿Extranjera? ¿Del pueblo?
—Por ahora solo hemos encontrado el torso de una de las víctimas -anunció el Sheriff. Tanya se hizo la sorprendida.
— ¿Una de las víctimas? ¿Hay más? -Actuó tan bien que Noah pensó que tal vez se le había olvidado que ella misma había dicho que había tres víctimas. El Sheriff asintió con la cabeza, con pesar.
—Son tres chicas. Encontramos otros dos cuerpos no tan lejos de donde hallamos el torso de la tercera víctima -De su camisa sacó otras fotografías y se las extendió a Tanya. Ella le devolvió las fotos anteriores y tomó las nuevas.
Comenzó a verlas con detenimiento. En efecto, las víctimas eran chicas. Pero la única diferencia era que estas dos víctimas sí tenían el cuerpo completo, salvo que también tenían el tórax abierto y les faltaba el corazón.
“Maldición, quien quiera que fuera, me causó un gran problema. Si la policía no se va de inmediato y pide revisar la mansión, encontrarán los corazones en mi oficina. Y eso les dará motivos para pedir una orden de registro de propiedad y tenemos muchas pruebas que revelarían nuestra relación con el narcotráfico. Caeremos de un solo golpe si entran ahora.”
— ¿Ya fueron identificadas las otras dos víctimas? -preguntó Tanya, tragándose su nerviosismo.
—Ya, una de ellas es identificada como June Collins y la otra chica se llamaba Madelyn Stuart, ambas extranjeras -Tanya le devolvió las fotografías.
“Más extranjeras, al menos no es nadie del pueblo. Por ahora…”
—Por ahora me gustaría revisar el interior de su mansión, si es que no le molesta -El Sheriff quiso adentrarse en la mansión, y de pronto, todo se detuvo para Tanya.
Todo se acabó. Si él llegaba a su oficina, encontraría todo. Los corazones, las pruebas. Se acababa todo por un descuido. Este era su fin. Solo le quedaba negarse y levantar sospechas. Noah, quien también había captado la gravedad de la situación, se mostró demasiado preocupado sin saber qué hacer. Hasta que…
—Sheriff -se escuchó por el radio del oficial. Él se detuvo rápidamente, con un pie dentro de la mansión y el otro fuera.
—Adelante -dio luz verde para que le informaran de algo nuevo, mientras Noah y Tanya tenían el corazón en la mano, deseando que fuera algo lo suficientemente importante como para que el Sheriff se fuera y les diera tiempo de ocultar todo.
—Encontramos una pierna mutilada en el norte de la Mansión, a unos seiscientos metros de donde encontramos el torso -El informe dejó impactados a los tres que lo escucharon-. Tiene que venir a ver esto, hay una nota sospechosa.
—Quédate ahí, iré ahora mismo -avisó rápidamente el Sheriff, dándose vuelta y comenzando a trotar.
Tanya tomó el hombro de Noah y le habló en voz baja y rápida, aprovechando que ya nadie podía escucharlos.
—Oculta todo y esconde los corazones. Si regresa, de seguro entrará a la mansión de nuevo y será nuestro fin -Su voz sonaba cargada de preocupación-. Que Emmet y los demás te ayuden a ocultar todo, ahora.
Dada esta orden, Tanya se alejó de Noah y corrió detrás del Sheriff, quien ya se adentraba en el bosque. Lo retrasó, levantando hojas y tierra cuando el viento llegaba a él, ganando una pequeña ventaja para llegar a unos metros de él. El Sheriff no se dio cuenta de que ella lo seguía y siguió corriendo hasta que llegó al lugar que le habían indicado. Algunos oficiales ya estaban allí, colocando la cinta amarilla. Tanya, al llegar, tuvo que apoyarse en sus piernas para recuperar el aliento. Correr seiscientos metros de golpe sin detenerse a tomar aire no era algo que hubiera hecho en años. Pero logró llegar al mismo tiempo que él. Ambos estaban cansados, agitados y tratando de mantener su alma en el cuerpo para no derrumbarse en medio del bosque.
El Sheriff se acercó a la escena, donde algunos médicos forenses ya tomaban fotos de la pierna en el suelo. Tanya, con las piernas doliéndole un poco y los pulmones ardiendo por el esfuerzo, también caminó hacia el lugar. Apreció con sus propios ojos una pierna aúndentro de la tela del pantalón, tirada en medio del monte. Había mucha sangre ahora seca alrededor de ella y en la tela de la ropa. Una escena grotesca y repulsiva.
— ¡Alcaldesa! -saludó un oficial, asombrado por la presencia de Tanya en el lugar. Solo entonces el Sheriff se dio cuenta de que ella lo había seguido.
— ¡¿Qué hace aquí, señorita?! -reprochó el Sheriff al verla-. ¡Esto no es algo que usted deba ver! ¡Debió quedarse en su hogar!
Tanya negó con la cabeza y, con el dorso de su mano, limpió el sudor de su frente. Con pasos firmes, se acercó a la pierna mutilada que yacía en medio de la vegetación. Aceptó que, aunque la escena fuera bizarra y grotesca, la combinación de la vegetación verde y algunas flores moradas, manchadas por la sangre ahora seca, creaba una extraña belleza. Era grotesco y, a la vez, de una forma retorcida… bello.
—Es mi deber estar al pendiente de todo lo que pasa. Soy la alcaldesa de Hidetown y pienso ver y saber todo para que mi pueblo esté seguro -declaró Tanya, ganándose varias miradas de admiración de parte de los oficiales y médicos forenses.
“Sí, además, debo descubrir más sobre esta persona que hizo esto y tener un ojo en el Sheriff para evitar que entre a la mansión por otro lugar. La vida de muchos está en juego con esto.”
Nadie dijo nada ante las palabras de Tanya. Era ella quien también mandaba en el lugar, así que no les quedó de otra que obedecer y mostrarle toda la escena. El oficial que había informado del hallazgo al Sheriff le mostró una nota que estaba clavada en la pierna mutilada. Cuando pasó a manos de Tanya, ella quedó tan desconcertada como los demás.
La nota decía: “Tu nombre, un conjuro que me esclaviza.”
“¿Qué demonios? ¿Qué quiere decir? ¿Qué significa esta nota? ¿A quién va dirigida?”
El sonido de alguien vomitando hizo que regresara su vista a un oficial. Se veía muy joven, probablemente era un novato. Fue una escena fuerte para él, ¿y para quién no? Literalmente había una pierna en medio del bosque cerca de su mansión.
—Esto es algo morboso -concluyó el Sheriff, caminando un poco más cerca de la pierna mutilada. Estas palabras llamaron la atención de Tanya, quien lo miró inconmovible.
— ¿A qué se refiere con morboso, Sheriff? -Ella también se acercó tanto a la escena como al Sheriff para devolverle la nota.
—Si alguien quiere matar a cierta persona, en la mayoría de los casos de asesinatos, hay tres posibles motivos para hacerlo -El Sheriff tomó la nota y se la pasó a un médico forense para que la guardara en una bolsa de evidencia-. La primera puede ser para silenciar a alguien, y las muertes son rápidas. El segundo motivo puede ser por venganza. Las muertes pueden ser tortuosas y algo despiadadas, pero este caso… -El Sheriff pasó su mano por su rostro, con algo de incredulidad.
— ¿Y el tercer motivo cuál puede ser? -Tanya miró a su alrededor, deseando que nadie de ese grupo se alejara lo suficiente como para colarse a su mansión.
—Diversión. El tipo de asesino que hizo esto lo hizo por diversión. ¿Por qué razón mutilaría el cuerpo de una chica de esta manera y, de paso, dejar una nota en esta? -El Sheriff hizo contacto visual con ella-. En la nota no hay signos de que esto fuera por venganza o para callarla. Él se divirtió con la víctima y luego le dio este final.
“¿Juega con sus víctimas?”
— ¿Cómo fueron encontradas las antiguas víctimas en las últimas semanas de este presente año? -El Sheriff alzó un poco sus cejas por la pregunta de Tanya; no se esperaba esa pregunta y lo tomó con la guardia baja.
—La autopsia no se pudo realizar en algunas debido al estado del cadáver; la putrefacción estaba muy avanzada. Pero en las pocas víctimas, el forense declaró que todas tenían en común heridas por un arma blanca -A medida que él iba relatando la información, fue abriendo aún más los ojos, captando el punto de vista de Tanya.
—Las antiguas víctimas fueron asesinadas por cuchilladas de un arma blanca o punzocortante, pero este caso es diferente -Tanya volvió a mirar la pierna mutilada en la tierra.
“Sí, el asesino original que llegó antes aquí asesinaba a las chicas con un arma blanca y las abandonaba en el bosque. Pero en este caso, mutiló a una y les robó los corazones. Quería hacerse notar. Hay uno más…”
— ¡Maldición! ¡Eso quiere decir que hay dos asesinos en el pueblo! -El Sheriff alzó su voz, llamando la atención de todos en el lugar-. ¡La seguridad debe ser reforzada!
—Jefe -se escuchó otra voz provenir del radio del Sheriff. Este dio luz verde para que le hablara—. Encontramos un brazo mutilado al noreste de la mansión Malka, a unos cuatrocientos metros. El brazo tiene una nota a su lado.
El Sheriff quedó pasmado ante las palabras de su colega. Miró de reojo a Tanya y esta asintió: lo seguiría al nuevo lugar de la escena del crimen.
—Vamos para allá, quédate en el lugar y asegúrate de no perder la nota -ordenó el Sheriff.
Tanya y él empezaron a andar por el bosque en dirección al noreste, lo cual no estaba nada lejos, ya que se encontraban en el norte de su mansión. En el camino, Tanya empezó a tratar de crear un plan o sospechar de quién podía ser el segundo asesino en su tranquilo pueblo. Estaba alterando su paz y dándole más trabajo del que ya tenía. No necesitaba acumular más estrés del que ya tenía.
Ambos llegaron a la escena del crimen, la cual ya tenía la cinta amarilla, médicos forenses tomando fotos y oficiales buscando en los alrededores alguna parte del cuerpo cerca o alguna pista para saber quién fue el desquiciado que hizo tal cosa. Escucharon el informe de los oficiales y leyeron la nota. Su contenido era igual de confuso y extraño que la anterior:
“Celos rastreros, una sombra que me sigue,”
Pero eso no terminó ahí. Con el paso del tiempo, el Sheriff siguió recibiendo más y más llamadas de sus colegas y médicos forenses sobre más partes del cuerpo de las víctimas. Todas estaban ubicadas a los lados de su mansión, rodeándola. Sur. Sureste. Suroeste. Oeste. Este. Noroeste. Tanya notó que estaban siguiendo el juego del asesino. Estaban armando el rompecabezas que había dejado alrededor de su mansión. Pero en este caso, estaban armando el cuerpo.
El rompecabezas macabro que el asesino estaba armando era el propio cuerpo de la víctima. Brazos, la otra pierna, pies y, finalmente, la pieza crucial para identificarla: la cabeza. Sin embargo, la escena donde hallaron la cabeza fue la más grotesca, logrando revolver el estómago de todos, e incluso el de Tanya. La encontraron clavada en una lanza de madera enterrada en la tierra, adornada con flores manchadas de sangre. La imagen era la de un tótem o un altar para alguien desquiciado.
Los médicos forenses recogieron las partes del cuerpo de la víctima, aún no identificada, ya que nadie la reconocía. Eso les hizo creer Tanya, porque en realidad, cuando vio la escena del crimen de la cabeza, reconoció ese cabello castaño quemado, sucio, enredado y lleno de sangre.
Elizabeth…
El cuerpo de la chica fue metido en una sola bolsa para cadáver para evitar perder alguna parte. Finalmente, los oficiales escoltaron a Tanya de regreso a su mansión. No podía creerlo. Quienquiera que le hubiera hecho esto a Elizabeth, le estaba agradecida, pero a la vez sentía una curiosidad punzante. ¿Por qué le había hecho eso solo al cuerpo de Elizabeth? ¿Tenía motivos específicos para hacerlo? ¿Intentaba callarla de alguna manera?
—Señorita Tanya… tendré que reanudar la investigación del interior de su hogar -El Sheriff se detuvo junto a ella en la puerta, que comenzaba a abrirse, revelando a Noah y Emmet esperándolos.
—Con todo gusto, aunque me ofende que sospeche de mí o de algún empleado mío -Tanya fingió ser glacial y se acercó a las dos personas que la esperaban, mientras el Sheriff y más oficiales entraban a la mansión.
La ansiedad comenzó a abrumar a Tanya. Deseaba con todo su ser que Noah y los demás hubieran ocultado todo lo relacionado con el narcotráfico y los corazones.
— ¿Lo ocultaron todo? -susurró Tanya, ya frente a ellos, alternando la vista entre Noah y Emmet.
—Todo, no encontrarán nada -aseguró Noah.
— ¿Isabel? -Tanya observaba cómo los oficiales revisaban cada habitación y pasillo, adentrándose con sus linternas a pesar de que el sol de la mañana iluminaba cada rincón.
—La mandamos al pueblo para que despeje su mente -Emmet respondió, y agregó, con una sonrisa pícara al ver la reacción de Tanya-. Le pedí que comprara una flor para ti de mi parte.
Tanya puso los ojos en blanco, pero Emmet solo sonrió. Los tres se dividieron para seguir a los grupos de oficiales que entraron a la mansión. Emmet siguió al grupo uno, que se dirigió al ala oeste. Noah siguió al grupo dos, hacia el ala este. Tanya, por su parte, siguió al grupo principal, donde estaba el Sheriff, dirigiéndose al norte de su mansión. Caminaba tranquila, como si no tuviera nada que ocultar. El Sheriff y su grupo entraron en algunas habitaciones sin usar, en baños e incluso en su sala de entrenamiento. Claramente no encontraron nada que los hiciera sospechar.
Pero cuando ella los escoltaba de regreso a la salida, el Sheriff se detuvo abruptamente en el pasillo, haciendo que todo su escuadrón se detuviera con él. Tanya notó esto y también se detuvo, unos pasos delante de ellos. Observó que el Sheriff miraba una habitación aún no explorada: suoficina.
—Será rápido -avisó él, caminando hacia la oficina de Tanya. Ella mordió el interior de su mejilla, deseando que no encontrara nada: ni los documentos, ni los corazones. Nada debía ser descubierto. Pero si todo salía mal… ella tendría que deshacerse del hombre en ese mismo instante, junto con todos los demás.
—Claro -Tanya le dedicó una cálida sonrisa cuando él ya había entrado en su oficina. Algunos oficiales más siguieron a su jefe al interior, y ella también entró.
El Sheriff fue directo al escritorio de Tanya. Ella se sintió aliviada cuando la caja roja no estaba; las notas y contratos que había antes tampoco. Parecía un escritorio normal, con ordenadores, uno que otro adorno y, detrás, el gran ventanal que ofrecía la luz natural del sol. Tanya caminó hacia uno de los sillones de su oficina y se sentó, quedando a un lado de su estantería, donde uno de los oficiales estaba tomando algunos libros. Eso la alertó. Si llegaran a encontrar la cubierta de libros falsos que ocultaba su walkie-talkie, se vería comprometida a confesar ciertas cosas.
— ¿Tanto sospecha de mí, Sheriff? -Tanya usó su don para hacer caer uno de los libros de la estantería, justo el que el otro oficial había tocado.
La pregunta de Tanya y el ruido del libro al chocar contra el suelo fueron suficientes para que el Sheriff dejara el escritorio en paz y le dedicara una mirada severa a su colega, quien solo recogió el libro del suelo y salió del lugar.
—No es que sospeche de usted, señorita -aclaró el hombre, lanzándole una mirada fugaz-. Es solo que… me preocupo por la seguridad del pueblo y la suya.
—Esa es una suave excusa de que usted sospecha que yo tengo algo que ver en todo esto -Tanya cruzó las piernas y dejó uno de sus brazos en el reposabrazos del sillón; debía parecer tranquila, pero tampoco no tan tranquila si acababa de ver un cuerpo. Debía lucir tranquila pero perturbada-. Mi deber es velar por el bien de mi pueblo, no por su mal.
—Lo sabemos muy bien y lo apreciamos mucho. Pero necesitaba revisar su hogar; había una cierta probabilidad de que uno de sus empleados fuera el posible asesino.
— ¿Lo dice porque encontró el cuerpo alrededor de mi mansión? Por favor… yo nunca haría algo como eso -El Sheriff miró a sus demás compañeros. Estos, al notar la mirada de su jefe, entendieron todo. Cada uno salió de la habitación, dejando la puerta abierta.
—No la estamos acusando de nada, solo lo hago como una medida de seguridad. Eso es todo -aseguró el Sheriff, caminando a pasos lentos hacia ella-. Gracias a este caso, hemos aclarado que hay dos asesinos en el pueblo, no debemos dejar que esto se sepa… por ahora. -Tanya asintió, estando de acuerdo con sus palabras.
—No servirá de nada decir que hay otro asesino en el pueblo. Solo ayudará a que todos entren en pánico y eso alarme a los dos asesinos para que se escondan por un tiempo. Si hacen eso, no habrá pistas o algo para seguirles el rastro -El Sheriff se detuvo a su lado, estando de pie.
—Desde ahora la seguridad será reforzada en el pueblo -Tanya miró de reojo el chaleco del Sheriff. Se podía ver la bolsa de evidencia que contenía las cartas que había dejado el asesino en el cuerpo mutilado de Elizabeth-. Necesitaremos su autorización en muchas cosas.
—Estaré de acuerdo en firmar y autorizar cualquier cosa para ayudar y asegurar al pueblo -Tanya usó su don, comenzando a alzar la bolsa de evidencia del chaleco del Sheriff, lentamente y sin movimientos bruscos.
—Muchas gracias por entender la gravedad de la situación, y me disculpo si la hice dudar de mi confianza en usted. Ha hecho mucho por el pueblo, más que sus antepasados, y le estoy muy agradecido por eso. Mi hija tendrá un mejor futuro gracias a usted.
“¿Está tratando de usar la manipulación y la adulación para evitar que me enoje con él? Es una buena jugada. Entró a la mansión sin una orden o una razón legalmente justificada. Así que, técnicamente, invadió mi propiedad y abusó de su puesto de Sheriff. Eso puede darle ciertos problemas legales, más porque yo soy la dueña del pueblo.”
—Está bien, ya pueden retirarse. Ya revisó mi hogar y se aseguró de que todo estaba en orden -Tanya se levantó del sillón y el hombre se tensó un poco por sus palabras.
Ella le dio una palmada en el hombro, logrando que el Sheriff entrecerrara los ojos. Fue entonces cuando Tanya terminó de quitarle por completo la bolsa de evidencia. Se hizo a un lado para que él pudiera caminar hacia la puerta, lo cual hizo rápidamente. Tanya guardó la bolsa de evidencia en sus ropas.
Los dos salieron de la habitación, encontrándose con los demás oficiales en el pasillo. El Sheriff les informó que debían retirarse del lugar y caminaron hacia la salida. En el camino, se toparon con los otros dos grupos de oficiales, quienes al ver a su jefe, negaron con la cabeza. Tanya suprimió una sonrisa. No habían encontrado nada en su contra, y podría usar esa oportunidad para chantajear al Sheriff en un futuro.
Todos en la mansión despidieron a los oficiales y, cuando la puerta se cerró, Tanya borró su encantadora sonrisa y volteó a ver a todos sus empleados.
— ¡Informes, ya! -exigió.
—Entraron a su habitación, también a la mía -informó Noah, llevando una mano a su hombro izquierdo y masajeándolo ligeramente para aliviar la tensión-. Evité que abrieran ciertas gavetas con mentiras y persuasión.
—Casi descubren la puerta al laboratorio -Emmet se acercó a Tanya y sacó una llave de su camisa-. Por suerte, la cerré antes de que llegaran y, cuando me pidieron abrirla, les dije que yo no tenía las llaves, sino usted. Con eso ya no insistieron más.
Tanya sintió el estrés golpearla por todo su cuerpo, especialmente sus hombros, que ardían con cada movimiento. Los otros empleados informaron dónde habían entrado los oficiales y dónde no, qué vieron y qué tocaron. Pero lo único realmente peligroso fue lo que informaron Noah y Emmet.
—Bien, todos regresen a sus labores. La policía no volverá a poner un pie aquí a menos que tengan una orden en sus manos. De lo contrario, los echarán. ¿Entendido? -Todos asintieron ante su nueva orden-. Noah, Emmet, síganme.
Los dos nombrados siguieron a Tanya, quien caminó por los pasillos de su mansión hasta llegar a su oficina. Ella sacó de su ropa la bolsa de evidencia y los dos, detrás de ella, se quedaron asombrados.
—El cuerpo mutilado fue dejado alrededor de la mansión con estas notas, cada parte del cuerpo contenía una. Haciendo un total de ocho notas.
Ella sacó las notas de la bolsa y las lanzó al aire. Estas quedaron suspendidas, como si algo las sostuviera firmemente para que pudieran ser manipuladas. Noah y Emmet leyeron y tomaron algunas notas para verificar detalles, luego las dejaron de nuevo en el aire, donde permanecieron suspendidas.
—No tienen ningún mensaje en clave -contestó Noah, dejando de ver las notas en el aire-. Tampoco hay una amenaza o un lugar de encuentro en clave, no hay ningún mensaje oculto para usted.
—Eso sospeché -Tanya pasó una de sus manos por su cabello, moviendo sus largos mechones hacia atrás-. No tiene sentido alguno.
— ¿Reconoció a la víctima? -Noah miró de reojo a Emmet, quien leía con detenimiento cada nota en el aire.
—Sí, era Elizabeth -Emmet alzó la vista de las notas para mirar a Tanya.
— ¿Esa Elizabeth? ¿La que conocimos en el colegio para el funeral de la otra chica? -Tanya asintió. Emmet pasó una mano por su mentón, pensativo.
Continuaron discutiendo hasta que tocaron el tema de la ubicación de los cuerpos. Tanya tomó algunas plumas y utensilios de su escritorio, haciéndolos levitar en el aire para usarlos como referencia.
—El torso fue encontrado en el suroeste -una pluma se ubicó en el aire, quedando estática en el lugar donde Tanya la colocó-. Las dos piernas fueron encontradas en diferentes lugares, una al noreste de la mansión y la otra al sur -dos plumas se movieron a sus lugares.
Tanya continuó diciendo la ubicación de cada parte del cuerpo y las plumas se movían, dejando un total de ocho plumas estáticas en el aire en diferentes puntos. Luego, las notas que aún levitaban se movieron a su pluma correspondiente, justo a la parte del cuerpo a la que estaban unidas cuando las encontraron.
Noah y Emmet miraron las plumas y notas pensativos, hasta que Emmet abrió los ojos de golpe y señaló las plumas y las notas.
—Un corazón -murmuró Emmet. Noah lo volteó a ver, al igual que Tanya, ambos confundidos-. Las ubicaciones y las notas, si las unen, hacen la forma de un corazón.
Noah y Tanya pusieron a prueba sus palabras. Tanya miró las plumas y notas juntas, levitando sin moverse. Creó líneas imaginarias uniendo los puntos y abrió los ojos, atónita, pues Emmet tenía razón. Si unían los puntos así en el aire, o no importaba dónde lo hicieran, si los dibujaban en un papel y los unían con líneas, daría la forma de un corazón.
— ¡Es cierto! -Noah señaló las cosas flotantes en el aire y con su mano dibujó la forma de un corazón en el aire, siguiendo cada punto que las notas y plumas hacían de referencia-. Hacen la forma de un corazón.
Emmet infló un poco el pecho, orgulloso de haberse dado cuenta de ese detalle. Tanya quedó algo confundida. Si formaba un corazón al unir los puntos, y si tomaban su mansión como referencia, esta quedaba en el centro del corazón, algo que la perturbó un poco.
— ¿Y las notas? -Tanya miró a los dos. Ahora debían dar sentido a las notas que le había robado al Sheriff.
Los tres se quedaron en silencio de nuevo. Noah, con su mano enguantada, tomó una nota y la acercó para leerla mejor. Tanya las repasó una y otra vez en su cabeza, sin encontrarles significado. Si no había un segundo mensaje para ella, una amenaza o algo similar, ¿por qué las había dejado el asesino?
—Las notas… parece que están escritas en versos -señaló Emmet, leyendo la nota más cercana. Fue entonces cuando Noah alzó la vista hacia él, como si Emmet hubiera ayudado a aclarar un pensamiento vago en su mente.
— ¿Un poema? -Noah le dedicó a Tanya una mirada confusa.
— ¿Un poema? ¿Las notas que dejó el asesino son un poema? -La voz de Tanya sonó incrédula. ¿Cómo sería posible eso?
Emmet hizo contacto visual con Noah, y ambos se pusieron manos a la obra. Tomaron las notas y dejaron las plumas en el aire. Tanya hizo a un lado las plumas para darles más espacio, aunque las notas también levitarían. Emmet y Noah intentaron darle sentido al poema, debían ordenarlas como un rompecabezas. Con el tiempo, las fueron dejando en el aire en orden, de arriba abajo, una debajo de la otra, consecutivamente. Hasta que ahí estaban las notas en orden descendente. Tanya se ubicó delante de estas y recitó el poema en voz alta:
—”Tus ojos, abismos donde me ahogo, Un laberinto sin salida, un tormento. Celos rastreros, una sombra que me sigue, Envenenando cada pensamiento. Tu nombre, un conjuro que me esclaviza, Un mantra repetido hasta la locura. Prisionero de un amor que me desgarra, Atado a ti, en esta oscura figura.”
Los tres sintieron un escalofrío recorrer la habitación. Ambos tenían razón, era un poema escrito en versos.
—Te enviaron los tres corazones de las víctimas. Te hizo jugar al rompecabezas dos veces: uno para recolectar las notas y el cuerpo, y ahora al ordenar las notas para dejarnos escuchar este poema tan retorcido -Emmet esbozó una sonrisa retorcida, mirando las notas y las plumas en el aire, que seguían en su posición sin moverse-. La persona que hizo esto está loco de amor por ti, Tanya.
—Esto no puede llamarse amor. Esto es algo enfermo, supera los límites. Esto ya es una obsesión con la señorita -Noah sonó preocupado.
“Me dio un juego, me dio corazones y me dio un poema. ¿Esto se le puede considerar romántico?”
Tanya sintió su corazón latir, una punzada de nerviosismo por la persona que había orquestado todo aquello para ella. No le podían gustar este tipo de cosas, pero… se sentía extrañamente halagada. Asesinó a chicas para robarles el corazón, mutiló a una y dejó su cuerpo en puntos específicos para formar un corazón. Y no solo eso, sino que había dejado esas notas para que las uniera y diera como resultado ese poema retorcido. Una pequeña sonrisa sádica apareció en los labios de Tanya. El asesino le había dado regalos, pero también la había puesto en peligro con la policía. No lo dejaría pasar tan fácil, pero a la vez, quería agradecerle por sus regalos tan… únicos.
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