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Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 5

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5: Nueva Vida 5: Nueva Vida “No todo lo nuevo es oro” -Libe Gloze A-12 Después de años encerrada, observando solo paredes o celdas, y en raras ocasiones césped y árboles a lo lejos, estando expuesta a varios químicos y personas con el mismo traje, su sorpresa fue inmensa al observar el mundo.

La habían creado con todo tipo de conocimientos: matemática avanzada, geografía, historia, economía, clases sociales, tecnología, química, biología, etcétera.

Su saber iba más allá del límite, pero nunca había visto nada de lo que le habían enseñado, ni siquiera una fotografía.

Siempre eran dibujos en una pizarra.

Sabía la forma y el funcionamiento de varias máquinas y cosas, pero jamás había visto una hasta ahora.

Casas llenas de color.

Locales con letreros de luz de diferentes tonalidades.

Automóviles, motocicletas e incluso una estación de tren.

Eran muchos sueños cumpliéndose en un solo momento.

Las personas eran otro tema: diferentes tamaños, cuerpos, estilos y colores de cabello.

La ropa, tanto de hombres como de mujeres, parecía sacada del vómito de un unicornio.

Color por doquier, pantalones cortos y largos, faldas, vestidos.

Maquillaje que les daba un toque de belleza a las personas.

Era un mundo completamente nuevo, como cuando se creó la codificación de colores y se implementó en la televisión, transformando un mundo en blanco y negro en uno lleno de color.

“Parece sacado de un libro…” Era embelesador.

Deseaba conocer más, probar nuevas cosas.

El auto tomó otro rumbo y entraron a un lugar muy extenso, con varios automóviles estacionados frente a él.

Doce lo sospechó, y luego de leer el letrero del lugar: “Comisaría”, supo que habían llegado.

“Debía pensar muy bien mis acciones y palabras.

Un paso en falso y algo podría desatarse” El auto se detuvo en un lugar vacío y todos empezaron a bajarse.

Del auto, Doce copió la acción de los demás.

La señora, al verla mirar asombrada el lugar, lo confundió con temor.

Al parecer, no era fácil leer sus expresiones; muy pocos monstruos lograban esto.

“¿Ahora es amable de nuevo?

Decídete, mujer, lo eres o no”.

Todos caminaron hacia el interior de la comisaría.

Primero los padres, luego Doce, y a sus espaldas, Jared.

Lo primero que la alcanzó fue un delicioso olor.

Provenía de un par de policías que sostenían tazas con un contenido negro, no, café, tal vez café oscuro.

Reconoció ese olor: era lo que los científicos tomaban a cada hora para mantenerse despiertos y experimentar con ellos por más tiempo.

“Café.

¿A qué sabrá?” Caminaron hasta la secretaria, una jovencita que los atendió con una sonrisa.

—Comisaría de The Land of Sun.

¿En qué podemos ayudarles?

—Hola, venimos por un caso.

Esta chica -Informo la madre de Jared, logrando que la mirada de la secretaria se posara en Doce-.

No sabemos de dónde viene o quién es, se estaba ahogando en el río Zen.

Mi esposo e hijo la salvaron.

“¿Esta chica?

Recuerdo haberle dado un nombre, señora” La secretaria escribió algo en lo que Doce sabía que era “una computadora”.

Mientras la chica seguía tecleando, Doce empezó a observar su entorno.

Varios guardias, no, oficiales.

Todos contaban con al menos un arma de fuego, sujetada a su cinturón.

Esposas, municiones, un radio en sus hombros para comunicarse.

Algunos tenían diferentes puestos, lo que se notaba en cómo actuaban con los demás y en sus uniformes.

Los pasillos de la comisaría llevaban a distintos lugares: celdas, habitaciones de interrogación, baños, comedor.

O eso era lo que se imaginaba de los planes que tuvo que aprenderse de memoria.

De algo servía todo lo que le habían enseñado.

Al fin, estaba dando sus frutos.

“¿Quién lo diría?

Al fin estudiar mucho me servirá de algo para evitar la muerte” —Bien, si puede llenar estos espacios con sus datos, nos ayudaría -La secretaria ofreció unas hojas a los padres de Jared.

Antes de que la mujer tomara la pluma, la mano del hombre la tomó primero y empezó a llenar los espacios correspondientes.

El rostro serio y con ligeros rasgos de impaciencia de aquel hombre no lo hacían ver como un padre de familia agradable.

La mirada de Doce se posó en el rostro de Jared.

Su sonrisa ya no adornaba su rostro; es más, lucía serio, como si estuviera alerta.

Doce dio unos ligeros pasos hacia él, llamando su atención.

—Jared, gracias por todo -agradeció.

Fue el único que no fingió su amabilidad hacia ella y respetó su silencio.

Jared alzó un poco las cejas debido a las palabras de Doce; la había sorprendido.

—No hay de qué, espero que encuentren a tu familia, Thea -Las comisuras de sus labios se arquearon, creando una ligera sonrisa-.

Cuando puedas, visítanos.

Vivimos en Hidetown, no es un lugar tan conocido; es más, podría decir que nadie lo conoce.

Sus palabras la relajaron un poco.

Al menos, ahora sabía dónde vivía para devolverle el favor algún día.

Pero… una sensación de vacío se instaló en ella.

“¿Y esto qué es?” La despedida no duró casi nada.

Los padres de Jared se lo llevaron con constantes llamados.

Lo último que Doce vio fue cómo Jared le dedicaba una última sonrisa antes de desaparecer por la salida de la comisaría.

Sintió cómo la sensación de vacío se instalaba y crecía en su pecho.

Jamás había sentido algo de esta manera.

“¿Tenía que ver con el despertar?” —Bien, ¿a quién tenemos aquí?

-preguntó un oficial, acercándose a ella y mirándola de arriba abajo con una sonrisa amigable y, a la vez, preocupada.

La secretaria le entregó los papeles correspondientes.

La sonrisa del oficial se desvanecía a medida que leía lo que los padres de Jared habían escrito en las hojas.

Amablemente, el oficial llevó a Doce hacia un pasillo, justo donde se encontraban diversas habitaciones de interrogación.

“Lo sabía… escapar de aquí será un reto, pero no es imposible” Le abrió la puerta y la dejó pasar.

Doce observó lo que ya esperaba: una habitación iluminada por una luz en el techo, tres paredes blancas y la cuarta con la puerta y un vidrio espejo rectangular.

Una mesa y dos sillas.

El sentimiento de familiaridad la invadió, pero no logró reemplazar aquel vacío que aún sentía desde que Jared se fue; no era una buena señal.

Ver la habitación la hizo sentirse encerrada de nuevo, algo que la molestaba demasiado.

“No volveré a estar encerrada, no de nuevo” —Toma asiento, por favor -señaló el oficial una de las sillas.

Doce acató la orden-.

Bien, señorita Thea, fue encontrada por la familia Hagen, en el área libre para acampar al norte de The Land of Sun.

Estaba ahogándose en el río Zen y fue salvada por el señor Hagen y su hijo Jared.

¿Eso es cierto?

—Sí, lo es -confirmó ella con voz firme.

—Bien -El oficial dejó los papeles a un lado y sacó su libreta junto con su pluma-.

Dime tu nombre completo.

—Solo soy Thea -El oficial anotó algo en su libreta.

— ¿Cuántos años tienes?

—Catorce años -El oficial anotaba todo lo que Doce le respondía.

— ¿Cómo llegaste al río Zen?

—Resbalé por una orilla y caí.

— ¿Estaba alguien más contigo?

¿Tu familia?

¿Amigos?

¿Conocidos?

Doce empezó a cansarse de las preguntas.

Miró el lugar buscando una salida, pero la única era la puerta.

Así que decidió mentirle al oficial.

—Estaba escapando de unos hombres que me habían secuestrado -El oficial, asombrado por su respuesta, la escribió en la libreta.

— ¿Recuerdas cómo eran esos hombres?

-Doce negó con la cabeza.

—No, me cubrieron la cabeza con un saco.

No pude ver nada.

— ¿Dónde estabas cuando te secuestraron?

“Bien, se la está creyendo” —No lo recuerdo, no recuerdo muchas cosas de cuando me secuestraron.

La conversación siguió tranquilamente.

Cuando el oficial preguntaba algo, Doce evitaba responder directamente, mentía o daba otras respuestas.

El oficial le pidió que tratara de recordar, pero Doce fingió no poder hacerlo.

“Es fácil mentir cuando te haces pasar por alguien inocente” El oficial le pidió que lo esperara por unos minutos.

En ese lapso, otro oficial entró dándole una toalla seca, comida y café.

Gracias a la toalla, el frío había pasado, pero la ropa húmeda le provocaba una incomodidad persistente.

Doce miró con sorpresa y ansia la comida: una dona y un café caliente.

Primero quiso probar el café.

Lo sopló un poco y, con cuidado de no quemarse, lo probó.

Un sabor amargo la invadió; su primer reflejo fue quejarse de la amargura del café.

Pero, después de dejarlo pasar por unos segundos, el sabor no fue tan malo.

Al contrario, era esa rara mezcla que no podía dejar de probar.

Así que lo tomó poco a poco hasta que no quedó ni una sola gota en el vaso.

“No estaba tan mal” Luego miró la dona, redonda, cubierta de un glaseado rosa y chispas de colores.

Primero le dio un leve mordisco, y el sabor dulce la invadió.

Era lo contrario al café: dulce, delicioso.

No dudó en devorarla rápidamente.

Estaba encantada por los sabores.

Y vagamente feliz; estaba probando cosas nuevas, pero ¿A qué costo?

Minutos después, la puerta se abrió de nuevo.

Era el oficial que la había interrogado.

—Acompáñame, por favor, señorita Thea.

Doce se levantó de la silla y siguió al oficial, quien la guio de nuevo hacia la secretaria de la comisaría.

En el camino, el oficial le explicó la decisión que habían tomado: dado que aún era menor de edad y no lograban encontrar a su familia, la llevarían a un orfanato mientras buscaban tanto a los culpables de su secuestro como a sus parientes.

“Le deseo suerte, oficial.

El gobierno se deshará de usted en cuanto sepan lo que está buscando” Se detuvieron momentáneamente para que el oficial llenara unos papeles en la secretaría.

La chica de la recepción solo miraba a Doce de pies a cabeza.

Doce podía leer lo que decía la mirada de la secretaria: pena.

Sentía lástima por Doce.

¿Y quién no lo haría?

Sin conocer el trasfondo de la historia, era solo una chica de catorce años que había sido secuestrada y alejada de su familia, no recordaba nada antes de eso, casi se ahoga en un río y, para colmo, la llevarían a un orfanato donde, con suerte, podría ser adoptada.

Aunque Doce sabía muy bien que era poco probable que la adoptaran al ser ya “algo grande”.

Después de que el oficial terminara de llenar los papeles, se dirigieron a la salida de la comisaría y hacia un auto.

Subieron y emprendieron camino.

De camino al orfanato, Doce volvió a mirar el exterior.

Parecía una niña pequeña ansiosa por explorar nuevos lugares.

Pero no era pequeña físicamente, ni se diga sobre su edad mental o su habilidad para asesinar y encubrir pistas, que era otro tema.

La vista de Doce se posó en la estación de trenes, algo vacía debido a que eran altas horas de la mañana, casi se podía apreciar el amanecer.

Notó que había letreros con los horarios de los trenes, sus destinos, horas de llegada y salida.

Pero ninguno con dirección a Hidetown.

“Hidetown.

¿Dónde quedará ese lugar?

No está en la estación de trenes.

Según Jared, era un lugar no tan conocido.

¿Qué tan escondido está ese lugar como para no aparecer en la estación de trenes?” “¿Estará al Sur?

¿Al Norte?

¿Al Oeste?

¿O al Este?” No podía preguntarle a aquel oficial que ahora silbaba la melodía de la canción que provenía de la pequeña radio del auto.

Si le preguntara, levantaría sospechas.

Algo que Doce no estaba dispuesta a arriesgarse.

“¿Por qué quiero saber dónde queda?

¡Maldición!

¿Por qué aún sigo con esta sensación de vacío?

Está empezando a desesperarme” El rumbo que tomó el automóvil no fue a un lugar tan… bello, en comparación con la calle principal.

Estaba algo sucio; Doce veía a una que otra persona durmiendo en la calle con botellas a su lado.

Bueno, su visión de un “Mundo Bello” terminó ahí.

Ahora conocía la otra cara de la moneda.

Todo siempre conservaba otra cara: los lugares, las personas, las intenciones.

Estaba muy consciente de eso.

Incluso ella misma tenía más de dos caras, pero prefería mostrar una por ahora… a menos que fuera necesario enseñar las demás.

El auto se detuvo frente a un gran edificio.

Por fuera, se veía… no había palabras para describirlo.

Se podría decir que era estable, esa era la mejor palabra para aquel edificio viejo y que entraba en la etapa de ruinas.

Ambos bajaron del automóvil y caminaron al interior de aquel lugar.

Doce aspiró el aire de aquel entorno.

“Pobreza, muerte y humedad.

A eso huele este lugar” El interior era peor que el exterior.

Como el edificio era en su totalidad de madera, esta estaba agrietada por todos lados, goteando, creando un sonido espeluznante.

Además, desprendía un horrible olor a humedad.

Había madera agrietada e incluso pedazos rotos.

Zonas mohosas que intentaron tapar con pintura.

Una luz tan débil que apenas se podía observar el interior.

No era el mejor lugar y, obviamente, Doce no quería permanecer ahí.

El oficial habló con un chico que trabajaba como secretario, en un pequeño pero agradable lugar donde el moho era escaso.

El oficial miró a Doce y luego le dedicó una sonrisa, tratando de ocultar la tristeza y pena que sentía por ella, algo que molestó de nuevo a Doce.

—Mira, Thea, estarás en este orfanato hasta que encontremos a tu familia o algún pariente cercano.

Pero también tendrás la oportunidad de que otra familia te adopte y te cuide mucho mejor.

Porque la familia que dejó que esto pasara, no te quiere de verdad.

El corazón de Doce dolió.

Su familia la amaba, la amaba tanto, que murieron por ella.

Ella solo apretó sus manos en puños y los escondió detrás de sí.

“Será mejor que no digas lo mismo otra vez, ni siquiera por accidente.

Ya me agradas, oficial.

No me gustaría hacerle entender quién es el débil aquí.” —Entiendo -fue lo único que respondió Doce a esas frías y filosas palabras de aquel oficial.

El secretario le dio la espalda, dejando cosas en algún lugar para poder salir de aquel minúsculo espacio.

El oficial, por su parte, se dio la vuelta en dirección a la salida de aquel orfanato.

Doce miró la libreta en su cinturón, la misma que contenía información sobre ella.

Alzó su mano hacia la libreta, y esta salió del cinturón del oficial, dirigiéndose a sus manos.

Doce, al tenerla, la guardó en sus ropas aún un poco húmedas, pero al menos así se deshacía un poco de sus datos.

“No dejar evidencia… y en un futuro, testigos”.

—Por favor, Thea, acompáñame -pidió amablemente el chico al salir de su “recepción”.

Doce siguió a aquel chico por los deteriorados pasillos del orfanato; cada vez que se adentraba en el lugar, era peor.

Miró algunas fotos y dibujos en la pared.

Las fotos eran de años pasados, y en ellas se podía observar cómo, con el tiempo, había cada vez menos niños.

¿Eso era bueno?

No le importaba.

Solo quería salir de ese lugar.

“Debo ver por mí primero.

No por nadie más.” El chico llegó a una puerta que suponía antes era blanca, porque ahora tenía diferentes colores menos blanco.

Abrió la puerta, mostrando su interior, y dio un leve empujón a Doce para que entrara en ese lugar, algo que desagradó por completo a Doce.

El interior estaba algo libre del olor a humedad y moho.

Las paredes viejas estaban cubiertas por un sinfín de dibujos, tanto antiguos como nuevos.

La habitación constaba de pocas ventanas abiertas con rejas en su exterior, lo que impedía cualquier salida.

Había camas amontonadas por doquier y, por supuesto, niños y adolescentes en su totalidad.

Doce miró a cada uno de los niños con claro desagrado.

Recibió miradas similares a cambio: disgusto, emoción, curiosidad, fastidio.

Sí, en definitiva, ese no era su lugar.

Y saldría para jamás regresar.

“Mi hermano Seis hacía mejores sonrisas falsas…” —Chicos, les traigo una nueva hermana.

Ella es Thea, tiene catorce años -anunció el chico, sonriente, aunque su sonrisa era claramente forzada.

El chico no duró mucho tiempo en ese lugar y, después de anunciar la llegada de Doce, salió de aquella habitación.

Nadie se quiso acercar a Doce.

¿Será por miedo?

¿Una mala vibra?

No lo sabía.

Pero Doce lo agradecía.

No quiso hablar, no quería gastar voz con personas que solo vería una vez.

Caminó con toda su seguridad y confianza hacia las ventanas para verificar si de verdad no había salida alguna.

—Lo más cortés es presentarse, ¿no crees?

-una voz masculina resonó en la habitación.

Doce no respondió a eso.

Más bien, se subió a una cama para llegar a la ventana y, en su verificación, encontró que aquellas rejas estaban soldadas contra la pared.

“Bien, escapar por ese lugar no es una opción” Varios murmullos se escucharon, todos negativos.

Unos pasos resonaron en la habitación.

Un grupo de chicos, mayores que Doce, se acercó a ella.

Doce miró a cada uno.

Cuatro chicos, tratando de lucir intimidantes.

Para ser un lugar de mala muerte, aquellos niños se veían completamente sanos.

— ¿Saben dónde queda Hidetown?

-preguntó, fría y sin dejar que la imitación de intimidación de aquellos chicos le afectara.

—Ahora hablas -protestó uno de los del grupo.

—No lo repetiré de nuevo -Doce miró a los chicos, cansada y fastidiada, pero estos solo se sorprendieron por su audacia.

—Veo que no has entendido nada -habló otro de ellos-.

Aquí, mandamos nosotros.

¿Entiendes?

Doce se quedó callada, mirándolos con incredulidad.

“¿En serio?

¿Ellos?

¿Esto es lo mejor que pueden ser?” —Eso es, mira, así son las cosas.

Nos obedeces y no te golpearemos -rió bajo el tercero-.

Así de fácil.

Doce siguió en silencio, pero no se sentía intimidada ni asustada.

Es más, quería reírse de ese nivel de amenazas.

Sus hermanos y hermanas lo hacían mejor que ese tonto que se creía un matón.

— ¿Tienen algún mapa o algo con lo que pueda ubicarlo?

-preguntó Doce, ignorando por completo las inútiles advertencias de los supuestos matones.

El grupo de chicos se sorprendió nuevamente por las palabras de Doce.

No sabían de dónde sacaba la valentía para ignorarlos y preguntarles algo directamente.

Nuevos murmullos se escucharon en la habitación, pero ahora con el ligero cambio de que ya no eran negativos; eran de asombro, respeto y algo de miedo hacia Doce.

—Tráelo -habló el principal de ese grupo.

Su ceño fruncido y su cuerpo tenso intimidaron a los demás en aquella habitación, a excepción de Doce.

Uno de su grupo acató la orden y caminó al fondo de la habitación.

Segundos después, regresó con un bate.

Los demás niños, a pesar de ser adolescentes, mayores en altura o edad que aquellos chicos, empezaron a asustarse.

Pensaban que ya no habría salvación para la pobre Thea.

“Los más débiles se unen en grupo para atacar…” —Escucha bien, “Thea” -soltó con amargura el principal, quien tomó el bate en sus manos y señaló a Doce con él-.

Estás colmando mi paciencia, y ahora te ordeno callarte, o si no, te golpearemos -amenazó.

—Bien, lo buscaré por mi misma -contestó Doce, llegando cerca de su límite de paciencia.

El líder de aquel grupo abrió ligeramente los ojos, sorprendido una vez más por la audacia de Doce.

Apretó la mano alrededor del bate, volviendo sus nudillos blancos.

Alzó el brazo con el bate y lo dirigió hacia Doce.

Esta lo miró sin ninguna expresión en su rostro y, al contrario, solo levantó una de sus manos con tranquilidad.

Una fuerza invisible detuvo a aquel chico con el bate alzado.

La habitación quedó en silencio.

Todos los que presenciaban ese momento se sorprendieron.

Esa misteriosa chica, que logró rebelarse contra los opresores del lugar, había detenido un golpe con solo levantar la mano, y ni siquiera estaba en contacto con el bate o la muñeca de aquel opresor.

—Deja de molestar, eres irritante -Y con solo mover un dedo, el chico salió volando por el aire.

Su cuerpo impactó en el suelo, creando un sonido satisfactorio para Doce.

El bate cayó lejos del opresor.

Todos miraban completamente aterrados a Doce.

Nadie había visto algo igual.

Los murmullos de los niños empezaron a llamarla de diferentes formas: Heroína, Bruja, poderosa, malvada y muchos más que no le importó escuchar.

Doce caminó con pasos seguros hacia el opresor que había lanzado lejos.

Los demás del grupo de opresores se hicieron a un lado, dejándole el camino libre.

Doce se inclinó ligeramente para ver al chico en el suelo.

—Te preguntaré una vez más: ¿Sabes dónde puedo conseguir un mapa o indicaciones para llegar a Hidetown?

-Su voz, gélida y amenazante, hizo que aquel chico sintiera terror hasta en sus huesos.

—Hay un mapa en la oficina de la educadora -contestó una voz femenina.

Doce volteó a ver a la portadora de esa voz.

Estaba en lo alto de una cama, observándolo todo.

Abrazaba una almohada contra su pecho; su mirada demostraba miedo y algo de respeto hacia Doce.

—Lo guarda en su escritorio, pero por la hora, seguro que ya está en su oficina.

—Gracias -le agradeció rápidamente.

Doce caminó hacia la puerta y, sin voltear a ver atrás, salió de aquella habitación.

Ya tenía algo que la ayudaría a saber dónde estaba aquel lugar, pero ¿por qué quería ir allí?

No tenía nada en Hidetown, pero algo la impulsaba a ir a ese pueblo.

Algo que, incluso para ella misma, resultaba completamente extraño.

Doce exploró el lugar, abriendo algunas puertas hasta que se topó con algo de ropa aceptable para su gusto.

Se cambió y siguió su camino por los deplorables pasillos de aquel orfanato.

Finalmente, leyó en una de las puertas: “Educadora Clara”.

Era bastante obvio que era ese lugar.

Tocó la puerta y esperó el llamado.

Tardó unos minutos en recibir la luz verde para entrar, algo que no le gustó a Doce.

La paciencia no era una de sus virtudes.

“Nunca lo fue, solo con mis hermanos y hermanas…” Doce entró a aquella oficina y notó el gran cambio.

El cuarto lucía bastante decente en comparación con el resto del orfanato.

Las paredes estaban limpias y con pintura nueva.

Pequeños cuadros adornaban las paredes.

La luz del techo era clara e iluminaba toda la habitación.

Podía sentir un agradable aroma a cítricos.

No había rastro de humedad o moho.

El lugar era ordenado.

Y en el centro de la habitación estaba la educadora, con un escritorio en perfecto estado y varias cosas que lo adornaban, todo nuevo.

“Ahora sé dónde van las donaciones o el dinero de todos” — ¿Qué pasa, pequeña?

¿Eres nueva?

-La señora levantó el rostro de su escritorio al no escuchar nada.

Era joven, con ropa limpia, maquillaje, peinado y joyas finas.

—Disculpe la interrupción, ¿pero podría, por favor, prestarme por unos segundos su mapa?

-Doce usó su tono más gentil y amigable, ofreciendo su mejor sonrisa.

La joven “Clara” solo le sonrió de vuelta.

— ¿Acaso alguien te ha molestado?

—No, no se preocupe por eso, todo está bajo control.

Solo quiero verificar un lugar.

— ¿Oh, en serio?

Veo que nos trajeron a una chica problemática -usó un tono gracioso y burlón.

“¿Problemática?

¿Qué demonios está diciendo?” Doce se cruzó de brazos y arrugó ligeramente la nariz.

No le agradó en absoluto el tono que usaba esa joven con ella, ni lo que decía.

—Se podría decir que sí, pero por favor.

Se lo pido, présteme el mapa y solo verifico algo rápidamente -El tono amable de Doce empezó a disminuir, algo que no pasó desapercibido por la educadora.

—Es muy temprano aún, vuelve a la habitación y luego hablaremos sobre este tema -fingió amabilidad, su rostro tenso tras la sonrisa fingida.

—Necesito el mapa -ordenó Doce.

La educadora, de un rostro amable a una amabilidad forzada, pasó ahora a uno serio y hasta enojado.

—No pasaré por alto esa falta de respeto, regresa a la habitación -advirtió por primera vez.

—No me iré sin ese mapa -Doce se acercó al escritorio.

—Sigue con esa actitud y te quedarás sin comer por todo el día.

Sé como los demás y sé obediente.

Doce ignoró la segunda advertencia y acercó sus manos al escritorio.

Una acción que la educadora no toleró.

De una esquina de su oficina sacó una regla.

Esta regla… contenía sangre seca.

—No me provoques, niña -Su tono arisco no sorprendió a Doce, pero lo que sí la sorprendió fue que la educadora la tomara de la muñeca, alejando su mano del escritorio-.

Solo estás aquí porque nadie quiere cuidarte, no creas que estemos felices de tenerte aquí.

No nos agrada tener más carga de la necesaria.

—Qué coincidencia, yo tampoco quiero estar aquí.

El sentimiento es mutuo -comentó Doce, alzando los hombros.

La educadora no soportó más su actitud y alzó la regla en dirección a la muñeca que sostenía.

Pero el impacto jamás llegó a ella.

Es más, no podía moverse —Nunca volverás a tocarme.

No me agrada que alguien ajeno me toque sin que yo lo quiera o necesite -Una vez que Doce dejara inmóvil a la educadora, comenzó a revisar el escritorio en busca de ese mapa.

Había papeles del gobierno declarando que recibirían ayuda económica por cada niño que llegara al orfanato.

“Bueno, eso explica muchas cosas.” Más documentos de mantenimiento, demandas de parte de algunas personas por el estado del orfanato, además de actas de defunción de muchos niños.

La causa de muerte: desnutrición, infecciones pulmonares, alergias no detectadas a tiempo.

“Pobres niños…” Doce miró a la mujer de reojo.

Esta solo intentaba moverse o zafarse de lo que fuera que la detenía, pero no lo lograba y, en su desesperación, empezaba a sollozar en silencio.

La vista de Doce volvió a posarse en el escritorio, revisando ahora las gavetas.

Artículos de escritorio.

Cosas de valor.

Y varios artículos para “adultos”.

El estómago de Doce se revolvió al imaginar lo que pasaba en esa habitación.

Siguió buscando hasta encontrar el tan ansiado mapa.

Lo abrió y buscó con sus ojos el pueblo.

Fue difícil encontrarlo, pero lo logró.

Estaba escondido entre un bosque, cerca del gran lago, al noreste.

Hizo cuentas mentalmente.

Estaba algo lejos de donde se suponía que había estado encarcelada con sus hermanos.

Es más, donde debería estar la gran base, en el mapa no había nada.

Era solo bosque.

Tomó una pequeña pluma y unas tijeras, guardándolas también.

Dobló el mapa y lo guardó en el pequeño bolsillo de su pantalón desgastado, al igual que la pluma y las tijeras.

Luego, tranquilamente, caminó hacia la puerta.

— ¡¿Adónde crees que vas?!

¡Ayúdame!

-exigió entre quejidos la educadora.

Doce volteó a verla.

—Bien, lo haré -Alzó su mano y la regla fue lo que llegó a su mano-.

Te ayudaré a liberarte, además de librarte de todas las demandas -y tranquilamente lanzó la regla con una velocidad y fuerza sobrehumana, y esta impactó en el cuello de la educadora.

Doce salió de aquella habitación escuchando detrás de ella el gorgoteo de la educadora.

Caminó tranquilamente por los pasillos impregnados del olor a humedad y moho.

Se escondió del secretario, quien leía una revista entretenido, y salió del orfanato sin problema.

Dio un gran respiro al sentir el aire libre de las calles y emprendió su camino.

Mientras caminaba por las calles ya iluminadas por el sol mañanero, observó cómo las personas salían a trabajar, a pie, en sus automóviles o en transportes públicos.

Su curiosidad hacia los diferentes puestos no pasó desapercibida para ella misma.

Pero hizo caso omiso a sus deseos y siguió caminando, recibiendo claramente miradas de curiosidad y preocupación de las personas al verla en tal estado.

El sonido de un claxon demasiado fuerte llamó la atención de Doce: eran los trenes, listos para partir.

Doce sacó de nuevo el mapa y observó los caminos.

Por suerte, si tomaba el tren correcto, estaría cerca de Hidetown, aunque aun así no se libraría de caminar.

“Será un camino algo largo… pero aquí vamos” Guardó el mapa de nuevo y se acercó a la estación de trenes.

No tenía dinero, pero no lo necesitaba.

Caminó por los bordes tratando de evitar todas las miradas, especialmente la de los oficiales que rondaban el lugar.

Observó el tren y su fascinación creció.

Se subiría a un tren; lo haría.

Observó cómo algunos se despedían de familiares y trató de mezclarse entre ellos hasta llegar al final del tren, donde había un pequeño espacio al aire libre con unos barandales como única seguridad.

Esperó el momento indicado y, cuando el tren empezó su marcha, subió a este pequeño espacio.

Se aferró fuertemente a los barandales.

No era miedo a caerse; era solo que estaba tan emocionada de estar en un tren que sentía que no era real y solo era un sueño.

Quería aferrarse a algo y saber que esto era completamente real.

Miró por última vez cómo aquella pequeña ciudad desaparecía en la distancia.

El aire le alborotaba el cabello y comenzaba a congelarle el cuerpo.

Pero nada de eso la detuvo; solo quería seguir su impulso de llegar a Hidetown.

Miró el cielo con el hermoso sol.

La última vez que vio el amanecer fue con sus hermanos, y ahora lo estaba haciendo sola.

Pero libre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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