Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 6
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6: Confusión 6: Confusión “La confusión es el laberinto que conduce a la verdad” -Libe Gloze A-12 El frío era algo soportable, el hambre no tanto.
De vez en cuando, Doce miraba a través de la ventana de la puerta para observar el interior.
Su curiosidad seguía intacta.
Un pasillo algo estrecho, a ambos lados, dos filas de asientos tapizados de un color verde oscuro.
Encima de los asientos, una línea ancha de barrotes donde descansaba la mayoría del equipaje de los pasajeros.
Observó a los pocos pasajeros que se levantaban de sus asientos para desaparecer de aquel vagón o para tomar su equipaje.
Ropa casual; no había lujos en ningún lado.
Supo rápidamente que no era primera clase.
Al menos, nadie la molestaba en su lugar.
“Comida y algo para soportar el frío… esto es lo mejor” Pasaron una o dos horas de viaje.
Doce, cada media hora, sacaba el mapa del bolsillo de su pantalón y lo extendía en el pequeño piso donde estaba.
Lo detenía con sus manos, ya que el aire podría arrebatárselo en cualquier segundo.
La pluma que había guardado en su bolsillo salió flotando y levitaba encima del mapa con toda la facilidad y cuidado del mundo.
Doce se sorprendió por eso; pensó que le costaría controlar la pluma por los fuertes vientos.
Pero no fue el caso.
“¿Tendrá que ver con el despertar?” La pluma trazaba el camino que recorrían las vías del tren y calculó dónde y cuándo debía saltar para seguir su camino.
El despertar, Jared, Hidetown.
Seguía sin comprender por qué tomó ese impulso de ir a ese lugar o por qué la sensación de vacío seguía en su interior.
No había nada en ese lugar para ella.
Pero algo la esperanzaba, ansiaba algo, lo necesitaba, como si precisara de algo para poder seguir viviendo tranquila.
La hacía sentir extraña y a la vez incómoda.
No sabía por qué sentía todo eso.
Le molestaba no tener el control de esas sensaciones.
Guardó la pluma de regreso en su bolsillo y luego miró el mapa por última vez, guardándolo rápidamente en su bolsillo.
“Cosas sin resolver, pero no por mucho” En la siguiente curva, debía saltar.
No le aterraba el hecho de tener que saltar de un tren en movimiento a cien kilómetros por hora.
Sin embargo, sus probabilidades de salir ilesa eran nulas, y las de quedar lastimada, demasiado altas.
“La vida es un riesgo…” Aun así, se armó de valor.
Tomó todo el aire que pudo en sus pulmones y esperó la curva.
El tren comenzó a curvarse rápidamente con los primeros vagones.
Cuando el último vagón, donde ella iba, giró, saltó.
Sintió que todo pasaba en cámara lenta.
Saltó y el pensamiento de que lo lograría se aferró a ella.
Sus pies tocaron el pasto, pero no contó con que el césped estaría húmedo y resbaladizo.
Así que se deslizó y, gracias a la velocidad que llevaba, rodó por una ligera bajada.
Sentía cómo algunas rocas la golpeaban mientras caía.
Levantó las manos unos segundos y se detuvo de golpe.
Se aferró a la tierra, enterrando sus dedos en ella, y luego se estabilizó.
Respiró pesadamente; no fue lo mejor, pero pudo ser peor.
Se quedó acostada en el pasto unos segundos hasta que su corazón se calmó por completo.
Se puso de pie con cuidado de no caer de nuevo.
Lo primero que hizo fue revisar si aún conservaba el mapa, la pluma y las tijeras.
Pero solo podía sentir la pluma y el mapa en los bolsillos de su pantalón.
Miró a su alrededor tratando de buscar las tijeras, pero era más que seguro que no las encontraría.
Sintió algo deslizarse por su brazo.
Lo primero que pensó fue agua, pues el pasto estaba húmedo y la había mojado.
Pero esa idea no tenía lógica.
Lo segundo que pensó fue un insecto.
Un escalofrío le recorrió la espalda por completo.
Podía soportar varias cosas, pero todo tiene un límite.
Miró con cuidado su brazo.
Suspiro de alivio al no ver ningún insecto y, en su lugar, vio una gota de sangre deslizarse por su brazo.
Solo era eso: sangre.
“Uff, solo es sangre, no es un insecto… es solo sangre.” Siguió con la mirada la línea roja en su brazo y llegó hasta la herida causante.
Un corte pequeño, superficial.
Nada de qué preocuparse.
¿Se lo hizo cuando cayó?
¿Cuando se golpeó con las rocas?
Se encogió de hombros.
Restándole importancia, no se estaba muriendo, ni tampoco se le estaba cayendo el brazo.
Además, lo podía mover sin ningún problema.
“He pasado peores…” Doce sacó el mapa magullado de su pantalón algo húmedo.
Lo extendió y visualizó un camino imaginario para llegar al pueblo.
Tenía que atravesar el bosque.
“¿Qué podría salir mal?” Guardó el mapa de nuevo en su pantalón y emprendió camino hacia el bosque.
Bajó con cuidado de aquella cuesta; su cuerpo dolía un poco, pero no era nada en comparación con todo lo que había pasado, y estaba muy segura de que no sería la última vez que ella sangrara o se lastimara.
No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba caminando.
Sus pies dolían demasiado.
Pero al menos el hambre no era un problema; había diversidad de frutos y hongos.
De nuevo, las enseñanzas de supervivencia de aquellos momentos le habían salvado la vida.
“Bueno, fui creada para ser un arma humana; la supervivencia era una obligación” Pero lo que empezó a desesperarla un poco fue el calor.
Debido a que el ambiente era húmedo, el calor comenzó a ser una molestia, aunque soportable.
Eso la ayudaba a no morir de hipotermia.
Sin embargo, lo que sí fue un gran problema fue la falta de luz natural.
Era de noche, y al estar dentro de un bosque, la luz era casi nula.
Además, le recordaba a cuando huyó de aquel lugar y solo ella sobrevivió.
Náuseas empezaron a invadirla; se llevó una mano a la boca para evitar devolver lo que había comido hacía poco.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
El sonido de un disparo resonó por el lugar, dejando a Doce congelada en su sitio.
“¿Me encontraron?
¿Después de alejarme tantos kilómetros?
¿Aquí moriré?” Doce empezó a hiperventilar, pero no volvió a escuchar otro disparo.
Al contrario, sus oídos comenzaron a percibir un pitido que empezó a lastimar sus tímpanos.
Llevó su otra mano libre a uno de sus oídos, intentando mitigar el dolor.
¡Atrápenlos!
Doce escuchó perfectamente la voz de uno de los guardias.
Miró a todas partes para identificar de dónde venía, pero no encontró a nadie.
No había una sola alma en ese bosque más que la suya.
“¿Me estoy volviendo loca?” Trató de ignorar lo que sea que hubiera escuchado.
Sacó el mapa de su pantalón y trató de ver el camino que debía seguir, pero no podía ver nada.
Tenía un poder o don, pero ese no era ver en la oscuridad.
Ese era el don de Diez.
Siguió caminando, intentando ver el mapa, pero luego sintió cómo se resbalaba hacia adelante.
Soltó el mapa y, por reflejo, se aferró a los troncos de los árboles a su alrededor.
Llegó a un acantilado, o más bien, el final de su camino, ya que delante de ella había una caída de posiblemente catorce o dieciséis metros de altura.
Observó cómo lentamente el mapa caía con ayuda del viento y se perdía entre los demás árboles que estaban en el suelo.
“Genial, ahora solo tengo una maldita pluma” Dio unos pasos atrás y palmeó el bolsillo donde estaba la pluma.
Pero al tocarlo, lo sintió ¿tieso?
“¿El bolsillo está tieso?” Metió su mano en el bolsillo, pero al sacar la pluma, sintió cómo esta se partía en dos.
Se había roto por la mitad durante la caída y la tinta había salido, manchando su pantalón.
Además, ahora tenía una pluma rota.
“¿Esto no puede empeorar?” Todo iba mal.
Saltó de un tren, perdió las tijeras, dejó caer el mapa y ahora la pluma estaba rota desde hacía horas.
Doce se sentó, recostando su espalda contra el tronco del árbol.
Estaba cansada de todo.
Tal vez dormir la ayudaría Trató de acomodarse entre las raíces de aquel árbol y buscó las estrellas, pero las hojas de los árboles bloqueaban su vista.
Mejor decidió juntar las piernas a su pecho y acostarse de lado.
Por unos segundos, se sintió… vacía y sola.
No había necesidad de ir a ese pueblo, estaba bien donde la habían dejado.
Pero aún seguía sin entender por qué razón quería llegar a ese lugar.
¿Acaso el destino le estaba guardando algo?
No lo sabía, solo sabía que extrañaba a su familia.
“Hermanos… hermanas… los extraño más que nunca” Cerró los ojos y se puso a reflexionar.
Creados para el gobierno como armas biológicas.
La ciencia se trata de prueba y error, y en este caso, fue un error.
Aun así, los científicos intentaron por catorce años usarlos de la mejor manera.
Pero incluso con todas las pruebas, inyecciones, operaciones… ¿Operaciones?
“¡Operaciones!
¡Joder!
¡Claro!” Doce se sentó de golpe y levantó su blusa, dejando ver su estómago.
Se distinguían ligeras cicatrices, pero prestó más atención, pasando su mano por ellas y aplicando una leve presión.
Y lo vio.
Luz.
Una maldita luz parpadeaba en su estómago, era tenue, pero allí estaba.
Lo había olvidado, todo por estar embelesada con el tren lo olvidó.
Tomó las tijeras para eso.
Y cuando las perdió, se le olvidó de nuevo.
Su defecto es ignorar cosas que no ve pero que sí la afectan.
“El chip de control.
¿También puede ser de rastreo?
¿Qué hago ahora?
¿Cómo lo quito?
Perdí las malditas tijeras…” Pensó en varias opciones, pero todas llevaban a la muerte, la mayoría por desangrado.
Gracias a esto, el cansancio se esfumó.
Se acercó a la orilla de aquel pequeño acantilado y observó el lugar.
Todo silencioso, la luna llena alumbrando el hermoso paisaje.
Era una vista hermosa, pero eso no calmaba su ansiedad.
Aún tenía el riesgo de ser encontrada.
Observó el lugar tratando de encontrar una salida fácil que no provocara su muerte.
Mientras buscaba una opción no mortal, observó el bosque bajo sus pies.
Había un lugar más oscuro que la mayoría.
Y de pronto, una luz.
Doce se levantó rápidamente de su lugar, asustada, pensando que eran grupos de guardias, pero la luz no volvió a aparecer.
Caminó por la orilla y, al cambiar de perspectiva, la vio de nuevo.
No era blanca como la de las linternas; más bien roja o anaranjada, como el fuego.
¿Una fogata?
¿Un campamento?
“Si hay fuego, quiere decir que hay personas cerca.
Entonces no me perdí en el bosque”.
Eso la alivió demasiado.
Decidió bajar aquella montaña y no perder de vista aquel lugar oscuro con una leve luz de fuego.
Cuando logró bajar la montaña y caminó por los bosques en esa dirección, se dio cuenta de que no era un campamento.
Era una casa.
“¿Qué demonios?
¿Una casa en medio del bosque?
Esto me huele a asesinato y a libros de terror” Se sorprendió un poco, pero se mantuvo alerta por si aparecía alguna amenaza.
Una casa, probablemente de madera, abandonada en medio del bosque.
La mejor opción era alejarse, pero este no era su caso.
Vio luz, había alguien dentro.
Y ella investigaría de qué se trataba.
Evitó pisar ramas y hojas secas para no hacer ruido y alertar a quien sea que estuviera en ese lugar.
Podría ser un asesino.
Un indigente.
Una persona rebelde que huyó de casa.
O simplemente estoy alucinando por el estrés.
Cualquier opción es aceptable.
Pero a medida que se acercaba, escuchaba murmullos.
Esto la extrañó por completo; no era una sola persona, o dos… eran varios murmullos.
Los reflejos de la luz empezaron a indicarle el camino, la luz sobresalía de una ventana, justo donde provenían los murmullos.
“¿Una secta?” Esta vez, al estar a tan solo pocos metros de esa casa, dejó de respirar para pasar inadvertida.
Dio pasos ágiles y rápidos hasta que se ubicó debajo de una ventana que daba justo al interior, de donde había visto aquella luz.
Diferentes voces comenzaron a escucharse; era una conversación entre personas muy sospechosas.
—Entonces, ¿qué podemos hacer?
-Una voz masculina, algo grave, proveniente de un hombre con una cicatriz en la mejilla-.
Sabemos que usted tuvo unos inconvenientes con su ahora ex-esposo, pero eso nos está afectando a todos.
La mercancía se ha estado estancando por meses.
Hubo un pequeño silencio entre aquellas personas.
—Sabemos que su familia es la que siempre ha llevado el negocio principal, pero… -comentó otra voz masculina, está un poco más aguda.
El hombre tenía un peinado impecable hacia atrás, dejando su frente al descubierto-.
Esto nos ha afectado a todos, y respeto mucho a sus difuntos padres; siempre tendrán mi respeto.
Pero esto jamás hubiera pasado si su difunto padre tuviera el mando.
Pero usted… “¿Quiénes demonios son estas personas?
¿Qué tipo de mercancía?
” — ¿Pero yo?
¿Yo no lo hago bien por el simple hecho de ser una mujer?
¿Eso es lo que quería decir, señor Ashkenazi?
-contestó una voz femenina.
—No quise ofenderla, Malka, pero su padre era el que estaba a cargo del negocio, pero solo pudo tener un heredero antes de… -El hombre se quedó callado unos segundos- … de que falleciera en esa emboscada.
La mujer que llamaron Malka se tensó ante las crudas y frías palabras de ese hombre Ashkenazi, quien le dedicó una falsa sonrisa.
Tan falsa que hasta parecía un muñeco de plástico mal fabricado.
—Su ex-esposo está saboteando el cargamento -comentó un hombre, por su tono de voz, diría que era alguien de tercera edad.
La luz de la vela lograba mostrar su barba oscura, pero su cabello ya algo canoso-.
Arregle eso, y todo volverá a como era antes, aunque, ese solo es mi caso.
“Esto da mala espina.
¿Quiénes son ellos?
¿Por qué se juntan en este lugar a altas horas de la noche?” Doce no quiso seguir escuchando la conversación.
Se movió ligeramente por las paredes de aquella casa y encontró la entrada, no había nadie.
Así que se adentró poco a poco.
Aún podía escuchar la conversación de aquellas personas en la habitación iluminada solo por una vela.
—Cambiando de tema, señora Malka, he escuchado rumores de que su ex-esposo ya ha tenido un heredero, varón -La conversación era más clara; podía escucharla mucho mejor-.
Pero usted no parece… disculpe mi atrevimiento, haber dado a luz a un heredero o heredera todavía -El hombre de la cicatriz en la mejilla habló de nuevo, frío y distante, pero se podía notar un leve tono de burla en sus palabras.
Doce observó la casa gracias a los reflejos de la luz de aquella habitación.
No había nada; estaba vacía, ni siquiera había muebles.
No quiso aventurarse más; la casa era de madera, podía rechinar en cualquier segundo y eso alertaría a todos.
Pero se ocultó entre las sombras; aunque odiaba la oscuridad, tenía sus momentos en donde la ayudaba.
—Shahar, ¿está insinuando que mi ex-esposo me engañó durante nuestro matrimonio y que por eso yo no he tenido al tan esperado heredero?
-habló de nuevo la señora a la que llamaban Malka.
Doce observó el interior de aquella habitación con cuidado de no ser descubierta.
Varios hombres, vestidos de una manera muy diferente a la que había visto antes.
Joyas, ropa fina; podría decir que era ropa demasiado costosa.
Se veían completamente sanos, y además, solo había hombres en el interior de aquella habitación, a excepción de aquella mujer.
“Hombres adinerados y una mujer adinerada… los demás solo portan trajes del mismo tono, negro y blanco.
¿Serán guardias de aquellas personas?” —Díganos, Malka, ¿ya tiene un heredero?
Si ya lo tiene, eso haría más fácil los derechos de aquel recién nacido.
Aunque posiblemente no sea de su sangre.
Su ex-esposo le puso su apellido; por consiguiente, ese niño sería el heredero de su negocio -El hombre de barba negra y pelo canoso habló en un tono arrogante y burlesco.
Aquella mujer se tensó, además de fruncir el ceño ante aquella aclaración.
—Jamás reconoceré a ese niño como el heredero de este negocio, Stern, jamás.
— ¿Entonces a quién?
-Habló de nuevo el señor Ashkenazi-.
No nos ha contado cómo le va en su salud; será mejor que piense bien las cosas antes de que… algo indeseado suceda.
Doce frunció el ceño ante las palabras de aquel hombre.
Los demás miraron con sorpresa al hombre; todos supieron que esas palabras no eran de preocupación.
—Tenga cuidado con lo que dice, señor Ashkenazi, podría tomarlo como una amenaza -La mujer solo se cruzó de brazos y lanzó una mirada amenazante a aquel hombre.
“Es una amenaza, clara y sutil” —No lo decía para ofenderla, por favor discúlpeme.
Pero… —Hasta aquí termina la junta de hoy.
Los volveré a llamar cuando se dé la ocasión para terminar esta plática y asuntos pendientes -anunció la señora, irritada.
Esa fue la luz verde para Doce; debía irse de esa casa.
Salió silenciosamente, arrastrándose por las sombras.
Al salir de la casa, se lanzó por encima de los arbustos, evitando hacer ruido.
Esperó unos segundos, y solo una de las pocas personas salió primero de aquella cabaña.
“¿Solo uno?” Aunque solo hablaron tres personas, había más en esa habitación.
Después de contar el tiempo, treinta minutos, salió otro de los hombres acompañado de su supuesto guardia.
Y cada uno caminaba por el bosque.
“¿Caminan hacia algún lugar?
¿Viven en el bosque?
¿Viven cerca de aquí?
Si eso es posible entonces…” Una idea muy arriesgada pasó por la mente de Doce.
Ladeó la cabeza, tratando de pensar en otra opción.
Pero cada vez que veía pasar a los hombres, se dio cuenta de que esa era su última oportunidad; una última que posiblemente sería su muerte o su nueva vida.
Las probabilidades eran muchas en diferentes perspectivas, pero tenía que arriesgarse.
No podía quedarse en ese bosque para siempre.
“Si muero en este plan… quedaré como alguien idiota” Tomó el valor suficiente y se levantó de donde estaba.
Buscó en su bolsillo la mitad de la pluma que contenía la punta filosa.
La miró atentamente; no quedaba de otra.
Levantó su camisa y la sostuvo entre su boca, dejando a la vista su estómago.
De nuevo buscó aquella luz del chip, y cuando lo tuvo a la vista, dejó de dudar cuando levantó su mirada y se topó con la luna llena encima de ella.
“Luna… por favor, no dejes que muera aquí” Alzó su mano con la punta de la pluma.
Tomó todo el aire que pudo, mordió su camisa con la mayor fuerza posible y deseó no dañar ningún órgano vital.
La punta de la pluma impactó justo en su estómago; el dolor la invadió por completo.
Mordió mucho más fuerte la camisa, tan fuerte que pensó que podría arrancar aquel pedazo de tela.
Respiró nuevamente y movió la punta de la pluma hacia un lado, creando una herida más grande y posiblemente mortal.
Quitó la pluma de su estómago y la lanzó lejos.
Podía sentir cómo la sangre abría un camino desde su estómago hasta su pantalón, empapándolo rápidamente y creando una gran mancha roja.
Se concentró rápidamente, tratando de ignorar todo el dolor posible.
El sudor frío empezó a resbalarse por su frente, espalda y manos.
Alzó su mano temblorosa sobre su herida y luego sintió cómo algo en su interior se removía.
La desesperación crecía a cada segundo y, en un movimiento rápido, sacó el chip de su interior con demasiada fuerza, haciendo que la herida se hiciera más grave de lo que era y la sangre saliera a borbotones.
“¡Mierda… los malditos cálculos de dimensiones!” La sangre se deslizaba por su pie.
Sentía que podía desmayarse en cualquier segundo.
Soltó la camisa de sus labios, y esta se pegó al instante a su cuerpo debido a la sangre.
Puso sus dos manos sobre la herida; el dolor era insoportable.
La herida era mortal.
No calculó por completo la dimensión del chip y el impacto que tendría al salir por la herida.
Escuchó dos voces acercándose a la salida de la casa.
Era ahora o nunca.
Dio unos pasos lentos y dolorosos hacia los arbustos.
Empezó a sentir arcadas debido al dolor.
Solo una vez sintió tal dolor en su vida, y no fue una buena experiencia.
Pero gracias a ese recuerdo, supo que no iba a morir… aún.
Con cada paso que daba, sentía que su vista la traicionaba; se sentía mareada, además de que la pérdida de sangre empezaba a helarle el cuerpo.
Trataba de mantener los ojos completamente abiertos para no caer con cualquier cosa en ese lugar.
Pero se detuvo unos segundos y miró atrás.
La luz tenue del chip era visible entre el pasto ensangrentado.
Alzó su mano temblorosa y bañada en sangre hacia una roca.
Costó que la roca levitara, pero lo logró, y la envió encima del chip.
Y dejó de prestar atención, ya que el dolor de la herida le recordó que debía ser atendida urgentemente.
Lo último que escuchó antes de poner su plan en marcha fue cómo el chip se rompía gracias a la roca.
Dio los últimos pasos hacia los arbustos, pero vio que las dos figuras ya estaban pasando frente a ella.
Debía alcanzarlos, pero su pie le jugó una mala pasada y cayó en los arbustos, creando un sonido escalofriante.
— ¿Qué fue eso?
-se escuchó la voz de la mujer.
—Iré a investigar, usted quédese detrás de mí -ordenó un hombre.
Los pasos de ambas personas quebraban ramas y hojas secas, alertando a Doce, pero desde que cayó al suelo, no había podido moverse.
Deshidratada, algo hambrienta, con demasiadas horas de sueño perdidas, y una herida mortal que la desangraba a cada segundo: ese era su límite.
“No puedo quedar como una idiota y morir aquí, mis hermanos y hermanas se burlarían” Luego, una luz la cegó.
Ella cerró los ojos con fuerza, tratando de minimizar el dolor.
Pero no ayudó en nada.
— ¿Qué demonios?
-habló el hombre.
—Es solo un cuerpo -concluyó la mujer-.
¿O sigue viva?
Aquel hombre se arrodilló, quedando casi a la altura de Doce.
Una mano tocó el hombro de Doce y esta abrió los ojos, mirándolos.
Era la misma mujer que estaba dentro de aquella casa abandonada, Malka.
Pero a este hombre no lo había visto antes; era algo mayor debido a las pocas canas en su cabello y algunas arrugas en su rostro, además de que su bigote era algo largo y negro.
Vestía un traje oscuro, y en su otra mano tenía la linterna con la que alumbraba el cuerpo de Doce.
—Esta herida que tiene en el abdomen es grave, no durará mucho tiempo -anunció aquel hombre.
“Sí, eso lo sé, genio.
Dime algo que no sepa.
Joder.
El dolor es insoportable” Doce observó a aquella mujer y utilizó su última carta en la jugada.
Alzó una de sus manos ensangrentadas hacia ella y, en un débil susurro, habló: —A-Ayuda… La mujer se arrodilló a la par de aquel hombre y observó fijamente a Doce en total silencio.
Su mirada era fría, calculadora.
Estaba pensando algo.
Doce solo le pedía, a través de su mirada, que la ayudara.
Al menos a salir de aquel bosque y curar su herida.
Quería ayuda.
De verdad la necesitaba; no era una farsa, o sí.
Ya no lo sabía, solo quería vivir.
Aquella mujer la siguió observando, al igual que aquel hombre.
Ambos, observándola.
¿Acaso la dejarían morir?
¿Solo se quedarían viendo cómo se desangraba?
Qué cruel.
“La vida es cruel” Tal vez era su karma, por todas las veces que había asesinado, no solo animales.
Había cometido muchos pecados en su vida.
Demasiados para contarlos y clasificarlos.
Así que tal vez ahora era su momento de expiar sus pecados con su muerte.
—Noah -la voz de aquella mujer la sacó de sus pensamientos-.
Tráela con nosotros.
Aquel hombre, cuyo nombre era Noah, la volteó a ver rápidamente.
Su ceño fruncido y nariz arrugada decían claramente cuál era su opinión ante esas palabras.
—Señora Dalia, con todo respeto.
No acataré su orden.
La mujer lo miró alzando una ceja y sonrió ligeramente.
— ¿Te estás rebelando, Noah?
No crees que ya sea algo tarde para eso.
—Nunca.
Pero lo que me pide es algo que no haré.
“Maldición, cállate y hazle caso” — ¿Por qué?
-preguntó tranquilamente la mujer, como si no hubiera nadie delante de ella que se estuviera muriendo.
—Puede ser otra trampa, no muchos se fueron felices hace unos minutos.
¿Qué nos asegura que esto no es algo que ellos planearon?
—Noah, ellos no son tan estúpidos y crueles para atentar algo en contra mía.
Saben muy bien que terminarán perdiendo -Noah dudó ante sus palabras-.
Esta chica no tiene nada que ver con ellos, y además, tengo una idea.
“¿Ya me pueden salvar?” —Señora Dalia… —Tráela, Noah.
Morirá si no la salvamos ahora.
Aquella mujer se levantó y luego siguió su camino, adentrándose en el bosque.
Noah, quien solo miró con asco y desagrado a Doce, la tomó en sus brazos y empezó a caminar al lado de la mujer.
Doce se sentía entre la vida y la muerte.
El dolor no la dejaba pensar con claridad; fue un movimiento demasiado arriesgado y casi no funcionó.
Ellos podían haber elegido no llevarla, y así ese bosque sería su tumba.
Pero eligieron llevarla.
¿Por qué?
¿Para qué propósito?
¿Fue la mejor elección?
“Claro que lo fue.
No quedaba de otra; era hacer esto, o ser encontrada y luego asesinada por aquella organización.” Cada movimiento era una queja de dolor.
Sus ojos se cerraban fuertemente y se abrían a paso de tortuga; no tardaría nada en caer desmayada.
La fuerza abandonó su cuerpo.
Pero no moriría en ese lugar; moriría algún día.
Pero ese día no era hoy, ni mañana, ni ningún momento cercano.
No hasta saciar su curiosidad de por qué eligió hacer esto por un maldito impulso que no comprendía.
—Dámela, la llevaré atrás conmigo para cerrarle la herida.
—Eso sí que no, señora -se volvió a negar el hombre.
“¡Qué desconfiado!” —Es eso o chocamos con el automóvil porque soy yo la que conduce -Noah se quedó en silencio unos segundos.
—Le pasaré el botiquín para que le haga una sutura -habló Noah en un tono derrotado.
Un olor extraño invadió las fosas nasales de Doce, pero logró reconocerlo: un auto.
Luego, movimientos feroces y salvajes la introdujeron en el interior de este.
Su cabeza reposó en algo suave.
Abrió lentamente los ojos, viendo que se encontraba acostada en los muslos de aquella mujer.
Luego, observó cómo ella recibía una caja de primeros auxilios y comenzaba a sacar lo necesario para ayudarla a sobrevivir.
El auto se puso en movimiento; era rápido, pero el interior permanecía en calma, permitiendo que la mujer ubicara rápidamente la aguja y el hilo sobre su herida.
—Respira profundo -ordenó y, sin previo aviso, insertó la aguja en su herida.
Un dolor punzante invadió el torso de Doce.
Ella trató de respirar tal y como lo ordenó aquella mujer.
Pero con cada vez que la aguja salía y entraba de su costado, se le escapaba un quejido de dolor.
Apretó los bordes de aquel sillón; quería mitigar el dolor, pero no lo lograba.
Incluso su cabeza empezó a doler también.
El dolor fue rápido, pero aun así no abandonó del todo el cuerpo de Doce.
Cuando la mujer terminó la sutura, se quedó observando a Doce.
En la distorsión de su vista gracias al dolor, no comprendió a dónde veía.
Hasta que sintió unos dedos húmedos y tibios en su estómago, trazando algunas líneas cerca de la sutura.
Lo comprendió al instante: aquella mujer estaba tocando las líneas de sus cicatrices.
Sentía la garganta seca y su cuerpo muy débil; no quiso gastar sus últimas energías en una charla en ese momento y mejor las guardó para seguir despierta.
— ¿Adónde nos dirigimos, señora Dalia?
-preguntó Noah, mirando a la mujer por el retrovisor-.
¿Al hospital?
La “señora Dalia” seguía absorta observando el cuerpo de Doce, sus dedos, manchados en la sangre de Doce, seguían aquellas líneas casi invisibles a la vista.
Pero solo respondió rápidamente, mientras las comisuras de su boca se alzaban —Vamos a Hidetown.
Desconocido “No me considero alguien lleno de paciencia, pero tengo que ser más poderoso.
El poder es la clave del éxito” El bosque quedó en silencio después de todo el drama.
Él los vio salir, pero su plan se vio interferido cuando los vio regresar por sus pasos.
Se quedaron unos minutos mirando algo en los arbustos y luego se marcharon con una chica desconocida y medio muerta en los brazos del otro.
Pasaron los minutos mientras él, junto con sus hombres, permanecían escondidos.
Quería asegurarse de que solo él fuera el único que había visto eso.
“¿Quién demonios era esa maldita chica?
¿Por qué se la llevaron con ellos?
¡Maldición!
Mi plan hubiera salido exitoso si hubieran caminado con normalidad al salir de aquel bosque.” Aquel hombre desconocido apretó sus manos en forma de puños.
Su furia estaba desbordada.
Su plan, que había ideado hace meses, se había frustrado de la peor forma por alguien a quien nunca tomó en cuenta y que jamás pensó que saldría de la nada.
Pero sabía que debía irse; su familia debía estar esperándolo para dormir, o lo que quedaba de horas de sueño.
—Señor -habló uno de sus guardias, acercándose a él con pasos dudosos al verlo molesto.
— ¿Encontraron algo?
-Él se dio la vuelta para verlo y observó cómo su guardia le entregaba algo.
Frunció el ceño al ver lo que tenía en su mano-.
¿Qué carajos es esto?
—Es un chip -le respondió su guardia, limpiando su mano con una toalla, quitando los restos de lo que parecía ser sangre fresca proveniente de aquel chip.
—Sé lo que es un chip, no soy estúpido -se molestó aún más aquel misterioso hombre-.
A lo que me refiero es, ¿dónde lo encontraron?
—Estaba tirado en el suelo cerca de una roca, alguien trató de deshacerse de esta evidencia -aseguró el guardia, señalando el lugar donde antes estaban aquellos dos levantando a la chica moribunda.
“¿Esto está conectado con ellos?
¿Ese es su punto débil?
¿Aquella misteriosa chica?
No, no tiene sentido” El hombre misterioso miró el chip en su mano.
Rastros de sangre fresca aún lo manchaban, tiñendo su mano con la sangre.
Y la luz parpadeante amarilla seguía funcionando, emitiendo aún la señal a algo o alguien.
—Emite una señal, pero no sabemos a quién o qué -agregó otro guardia.
“Esto es mi ficha para ganar, lo tengo” —Vámonos -ordenó el hombre, comenzando a salir del bosque con el chip en su mano.
— ¿Qué piensa hacer con el chip, señor?
-preguntó uno de sus guardias, haciendo una señal para reunir a todos los demás guardias y marcharse.
El hombre misterioso solo sonrió, una sonrisa maliciosa y malévola, logrando helar la sangre del guardia a su lado.
—Esperaré a quienes rastrean este chip, que lleguen a mí.
Tengo un plan.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com