Proyecto: Almas Cosechadas - Capítulo 7
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7: Alianza 7: Alianza “El que se junta con lobos, a aullar se le enseña” –Libe Gloze A-12 El dolor era una constante punzada, latía sin cesar alrededor de la sutura en el abdomen de Doce.
Por fortuna, la hemorragia había cesado; su palidez era un recordatorio del peligro inminente que ya había pasado.
Ahora, solo le quedaba soportar los mareos, la somnolencia y un persistente vacío que se aferraba a ella.
La señora Dalia, al notar que la chica en sus piernas se había estabilizado, y tras un rápido vistazo a las cicatrices apenas visibles en su abdomen, la apartó.
La ignoró por completo.
Una acción que Doce agradeció y detestó a partes iguales.
¿Quién te crees?
Te odio, pero estoy agradecida El hecho de que Dalia la ignorara le permitía mantener su identidad en secreto.
Sin embargo, aquella mujer era un enigma.
¿A qué se dedicaba realmente?
¿Por qué hablaba con esos hombres en la casa del bosque?
¿De qué trataba aquel negocio, aquella “mercancía”?
Su curiosidad era insaciable, pero una parte de ella sentía alivio.
Se dirigían a Hidetown, su objetivo principal.
Quizás allí encontraría la respuesta a ese impulso, a esa sensación de vacío.
Pero primero, tenía que salir de ese auto.
¿Cómo?
Estaba débil, casi al borde de la muerte, con hambre y sed, y ahora, una sutura que debía proteger de la infección.
Decidió descansar un poco.
Por la ventana, solo se veían árboles, nada más.
Pero sintió cómo el auto serpenteaba, ascendiendo poco a poco.
Los árboles empezaron a desaparecer, revelando un cielo gris.
“Veo que jamás tendré un cielo azul en mi vida, no por ahora.” Finalmente, el coche se detuvo.
Noah volteó la mirada hacia los asientos traseros.
Observó a Doce en silencio.
Un atisbo de preocupación cruzó sus ojos, pero la desconfianza era, sin duda, lo que más predominaba.
Luego, la vista de Noah se posó en la mujer, quien observaba por la ventana, con una tristeza melancólica, aquel lugar al que habían llegado le afectaba de alguna manera.
Noah sacudió la cabeza levemente; iba a decir algo, pero prefirió guardar silencio.
Bajó del auto y abrió la puerta para la señora, quien, con lentitud, dejó la cabeza de Doce sobre el asiento antes de salir por completo del vehículo.
—Llama a Víctor y dile que venga ahora -ordenó la mujer, cerrando la puerta del auto-.
Y desháganse de este coche, compren uno nuevo, más espacioso.
“¿Qué demonios le pasa a aquella mujer?” pensó Doce.
Había una chica con una herida grave en los asientos traseros, que había estado al borde de la muerte, ¿y la dejaba sola en el auto?
“Genial.
¿Con qué lunáticos se habrá topado esta vez?” No esperó mucho antes de que alguien más abriera la puerta.
Se encontró con la mirada de varias chicas, todas con el mismo uniforme.
Doce lo supo al instante: eran las empleadas domésticas.
“¿Acaso esa mujer, Dalia, es una ricachona?
¡Claro que lo es!
Con lo que dijo del auto y ahora estas chicas… de seguro se baña en dinero.” La bajaron cuidadosamente del auto y la subieron a una camilla.
Mientras era recostada, Doce no pudo evitar observar el entorno.
Su vista se posó en la casa, aunque “casa” no era el término adecuado para aquel hogar.
Era una gran mansión de estilo gótico victoriano.
Torres puntiagudas, pináculos y un arco apuntando creaban un perfil ascendente y majestuoso.
Predominaban los tonos oscuros: negro, gris, marrón oscuro y, sobre todo, borgoña.
Estos colores le daban una atmósfera solemne y misteriosa, aunque también parecía aterradora y solitaria.
“Debo decir que es una belleza.” La camilla comenzó a moverse hacia el interior de la mansión, permitiéndole detallarla aún más.
Piedras, madera y ladrillo eran los materiales que podía distinguir mientras avanzaba.
Aun así, algo captó su atención en la cima de la mansión: una gárgola.
Era sumamente extravagante para su gusto, pero al mismo tiempo le resultaba fascinante.
Sin embargo, no pudo apreciarla por mucho tiempo más, ya que la introdujeron al interior de la mansión.
Solo alcanzó a observar algunos muebles, ventanales y numerosas decoraciones.
Pero su atención se volvió de nuevo a la voz de la mujer.
—No la lleven a la enfermería, llévenla a una habitación de visita.
Las empleadas se detuvieron en seco, como si la orden fuera algo alucinante y extraño.
Noah reaccionó de la misma manera al escuchar las palabras de Dalia, pero no dijo una palabra.
Solo asintió en dirección a la empleada que guiaba la camilla, indicando que debía acatar la orden sin replicar.
“Ja, yo gano, viejo,” pensó Doce con una punzada de satisfacción.
La camilla tomó otro camino, avanzando por algunos pasillos hasta llegar a una habitación algo apartada.
Una de las empleadas abrió la puerta, mientras la otra ingresaba la camilla en la estancia.
Numerosos objetos lujosos y cuidadosamente dispuestos en la habitación capturaron la atención de Doce.
Un candelabro, una chimenea y una puerta de cristal con acceso a un balcón fueron lo que más le llamó la atención.
Las empleadas la movieron hacia la espaciosa y suave cama de caoba oscura.
La acomodaron como si se tratara de alguien importante y, lentamente, se dirigieron a la salida de la habitación sin decir una palabra, dejando a Doce a solas.
“Esto me da mala espina.” Doce observó con atención cada esquina de la habitación.
No esperaba que hubiera alguien espiándola o algo con lo que pudiera protegerse, pero tampoco debía fiarse tan rápido solo porque la hubieran traído a su “hogar”.
La puerta se abrió lentamente, revelando a la dueña de la mansión.
La señora Dalia estaba de pie, recostada en el marco de la puerta, mirándola fijamente.
Pero luego, alguien más entró en la habitación: un señor.
Llevaba una bata blanca sobre un traje y un maletín grande en su mano derecha.
—Muy bien, la revisaré rápido y me iré -anunció el hombre, acercando la silla del escritorio a la cama y sentándose.
No dijo nada más.
Solo retiró las mantas que cubrían el cuerpo de Doce y luego levantó la camisa, aún manchada con sangre fresca.
Sus ojos se abrieron ligeramente ante lo que veía.
—Dios -susurró, llevándose una mano a la boca, visiblemente conmocionado.
— ¿Morirá?
-preguntó Dalia, dando pasos lentos pero firmes hacia ellos.
—No lo creo, la sutura está bastante bien hecha.
Pero debo hacerle la revisión adecuada -Dalia puso los ojos en blanco ante las palabras del hombre.
“¿Qué?
¿Te arruiné la diversión?
¿Enojada porque no moriré?
Ja, mucha suerte si me quieres muerta, mujer.” El hombre abrió su maletín y sacó varias cosas.
Venía preparado para cualquier eventualidad.
Su maletín se dividía en secciones: una parecía un botiquín, otra contenía pequeños instrumentos quirúrgicos, lo necesario para una operación de emergencia menor.
Vendas, guantes y mascarillas ocupaban otra sección.
Doce no pudo observar más, pues el doctor ya había sacado lo necesario para curar su herida.
—Bien, mira, te quitaré esta sutura y te haré una nueva -explicó, mientras se ponía los guantes y una mascarilla-.
Intenta soportar el dolor y no te muevas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo -respondió Doce, con la boca reseca, rompiendo un largo silencio.
El dolor comenzó a intensificarse con cada movimiento de los instrumentos.
Doce trató de distraer su mente para evitar pensar en la punzada, y miró a Dalia.
La mujer solo la observaba fijamente, con esa mirada fría y calculadora que ya conocía.
Sin embargo, un pequeño brillo de curiosidad y asombro se asomaba lentamente en sus ojos.
“¿Qué está pasando por su mente?
No, esa pregunta es fácil de responder: me está estudiando.
La pregunta real es: ¿me liberará después de todo esto?” — ¿Cómo te llamas, chica?
-preguntó la mujer, cruzándose de brazos sobre el pecho.
“Genial, aquí vamos de nuevo”.
—Me llamo…
-Su vista se posó en el maletín del hombre, la “autora” o “creadora” de ese maletín le gustó.
Era el momento para un nombre-.
Me llamo Tanya -respondió Doce, su voz revelaba la lucha contra el dolor.
— ¿Cuál es tu edad?
-preguntó Dalia de nuevo.
—Tengo catorce años.
Dalia no hizo más preguntas, algo que sorprendió a Doce.
Había esperado una sesión de interrogatorio, similar a la que le hicieron los padres de Jared y el oficial.
Pero la señora simplemente dejó de hablarle.
—Listo -el doctor llamó su atención.
Con la mano enguantada, aún con rastros de sangre fresca, se bajó la mascarilla y miró a Dalia-.
Puede pasarme la pastilla que le comenté.
La mujer asintió y sacó una pastilla de su abrigo.
El doctor la tomó y la examinó, luego miró de reojo a Dalia, quien asintió en respuesta a algo que solo ella comprendió.
El doctor sacó una pequeña botella de agua de su maletín y se la ofreció a Doce junto con la pastilla.
“¿Qué tanto tiene en ese maletín?
¿De casualidad no tiene la cura del cáncer?” Doce tomó la pastilla con desconfianza, observándola en busca de alguna alteración o algo extraño, pero parecía normal.
Abrió la botella de agua, se llevó la pastilla a la boca y la tragó con ayuda del líquido.
“Tal vez es un calmante para el dolor.” El doctor retiró la botella de la mano de Doce y miró a la mujer.
—Hice lo que me pidió, ella vivirá.
No hay de qué preocuparse.
Si hay alguna complicación con la herida, solo llámeme de nuevo.
—Gracias, Víctor, puedes irte.
El doctor guardó sus cosas, cerró el maletín, se levantó de la silla y salió de la habitación, dejándolas solas.
Dalia se acercó a la silla y le dedicó una sonrisa amable.
Doce sabía que era falsa, pero la mujer era tan hábil que parecía genuina.
—Solo quiero que respondas a algo -dijo, tomando las sábanas y cubriendo de nuevo el cuerpo de Doce-.
¿Conoces a una persona con el apellido Ashkenazi?
Doce negó con la cabeza.
“No lo conozco, pero sí los he visto, junto con usted.” — ¿A alguien con el apellido Stern?
-preguntó Dalia de nuevo, acomodándose en la silla.
Doce volvió a negar-.
¿El apellido Shahar?
—No conozco a nadie con esos apellidos, señora -respondió Doce, soltando un bostezo.
¿La estaba venciendo la falta de sueño?
Claramente, había mentido.
Ella los había escuchado; eran los apellidos de los hombres que estaban con Dalia en la casa del bosque.
—Comprendo, solo diré algo más -Doce empezó a sentir cómo su mirada se distorsionaba-.
La pastilla no siempre es lo que te deja consciente -dijo Dalia, manteniendo su sonrisa.
“¿Que la pastilla no es lo que te deja inconsciente?
¿Qué más?
¡Oh, maldición, el agua!” Doce supo que Dalia le había dado la orden al doctor de echarle algo a la botella de agua que le había ofrecido.
La había drogado.
Sus extremidades ya no le respondían.
Su visión comenzó a oscurecerse y lo último que vio fue la sonrisa de la mujer a su lado.
No debió confiarse tan rápido.
“Bien jugado, mujer… bien jugado.” Doce estaba en medio de un bosque.
Llevaba la misma ropa con la que escapó de aquel lugar, pero ahora estaba cubierta de sangre seca.
A su alrededor, solo se veían árboles, y la oscuridad caía con una velocidad alarmante, sumiéndola en una penumbra inquietante.
“¿Qué hago aquí?
¿Dónde están todos?
¿De quién es esta sangre?” —A-12, oh más bien, mi querida A-12 -se escuchó una voz detrás de ella.
Doce se giró asustada.
Solo “esas” personas la llamaban así-.
Estás mal, te descontrolas fácilmente.
Era un hombre joven, vestido con una bata blanca sobre una camisa celeste y pantalones negros.
Sus lentes le daban un aire intimidante.
“¿Qué hace él aquí?” —A-12, contesta -su tono de voz era demasiado alto, resonando en sus tímpanos-.
¿Por qué dices que no eres perfecta?
—Yo…
-No supo qué contestar.
¿Qué se responde a eso?
—A-12, no lo eres.
De todos tus hermanos y hermanas, tú eras la que más sobresalía.
Faltan hacer unos cambios más, solo así funcionará el proyecto ALETHIA.
El cuerpo de Doce empezó a doler.
Se miró a sí misma: las cicatrices que tenia por su cuerpo, se estaban abriendo, todas al mismo tiempo.
—A-12, necesitamos que refuerces tu estabilidad -se escuchó otra voz detrás de ella.
Se giró, era el mismo chico-.
Necesitamos mejorías.
De su bata blanca sacó una barra de metal, y de la punta de esta salían pequeños rayos.
“No, no, no otra vez.” Doce empezó a correr.
La sangre resbalaba por su cuerpo; las cicatrices se habían convertido en heridas abiertas de nuevo.
Su respiración se alteró, los latidos de su corazón aumentaron a un nivel alarmante.
“Miedo, tengo miedo.
Estoy aterrada.
¡¿Hermanos?!
¡¿Hermanas?!
¡¿Dónde están?!” Aunque las piernas de Doce se movían con desesperación, no avanzaba casi nada.
La desesperación se apoderó de ella.
Doce miraba de reojo al hombre que caminaba lentamente hacia ella, mientras los rayos de aquella barra de metal crepitaban con más intensidad.
—A-12, ¿Estás escuchándonos?
-El hombre volvió a aparecer, pero Doce lo dejó atrás al correr.
Veía otra figura a lo lejos, supo quién era, pero no quería hacer nada más que escapar-.
Tenía grandes expectativas de ti -La voz del hombre resonó de nuevo, ahora mucho más cerca.
—No hemos logrado ningún avance -Otra voz retumbó en el bosque una femenina, haciendo que los árboles se sacudieran como en un terremoto.
El hombre con el palo de metal se acercaba más y más, su figura volviéndose cada vez más imponente.
— ¿Qué hacemos con ellos?
-La voz masculina del chico se escuchó detrás de ella.
Doce miró hacia atrás y vio a un equipo de guardias que la seguía.
Con cada árbol que pasaba, aquel chico aparecía a solo centímetros de ella.
—Sabes bien lo que tenemos que hacer.
-Respondió la voz femenina.
De pronto, todo se volvió silencioso.
Doce gritó, pero no tenía voz.
El mundo se puso en mute, no había un solo sonido en aquel lugar.
Siguió corriendo, intentando gritar para que alguien la salvara, aunque ningún sonido saliera de ella.
Por más que se esforzaba, los guardias y el hombre se acercaban.
Doce empezó a llorar, estaba asustada, desesperada.
El bosque se oscureció por completo.
No veía nada, corría a ciegas.
Entonces, aparecieron linternas, apuntando a lugares específicos en el pasto.
Eran cuerpos, y los reconoció: sus hermanos y hermanas en el suelo, sin signos de vida, iluminados por los guardias.
Delante de ella apareció el cuerpo de Ocho, su hermano mayor.
Sin vida, herido en una pierna y con un orificio en el pecho, justo en el corazón.
Pero de pronto, el cuerpo de Ocho se movió y la miró.
—Me abandonaste, Doce -su tono era agresivo y rencoroso, atravesándola con una mirada asesina y triste Doce intentó hablar, pero no lograba emitir sonido alguno.
Ninguna palabra salía de ella, por más que gritara y forzara la garganta.
Puso sus brazos sobre los hombros de Ocho y lo abrazó, seguía tratando de hablar, pero Ocho solo seguía hablando.
—Me dejaste morir -soltó Ocho con una voz feroz.
De pronto, Doce sintió algo clavarse en su estómago y miró lentamente.
Era una regla.
Levantó la vista hacia quien creía abrazar: no era Ocho, sino aquella mujer que asesinó en el orfanato.
Tenía un gran agujero en el cuello del que brotaba sangre, al igual que de su boca.
La mujer le sonrió, una sonrisa que le heló el cuerpo entero.
— ¿Encontraste lo que querías?
-preguntó, y luego empujó el cuerpo de Doce a un lado.
Al caer, Doce se dio cuenta de que estaba cayendo desde la misma altura de donde saltó para llegar al río.
Cayó duramente en el agua fría.
Intentó nadar, pero no lograba subir a la superficie.
Por más que trataba de nadar, parecía hundirse más.
El aire comenzó a faltarle.
Luego, sintió una mano aferrarse a su tobillo; era oscura como la noche, provenía del fondo del río, justo donde acechaba la oscuridad.
“No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no.
¡¡SUÉLTENME!!” Más manos surgieron del fondo del río y se aferraron a su cuerpo: pies, tobillos, piernas, cintura, brazos, manos, cuello y, por último, su rostro, siendo tapado por una de esas manos que la arrastraba hacia la oscuridad.
Pero en la superficie, vio a alguien ingresar al agua.
No lo reconoció, no supo quién era, pero percibió que era alguien que quería salvarla.
“Ayúdame…” Pero no llegó al fondo del río ni supo quién intentó salvarla, ya que se despertó alterada.
Todo había sido una pesadilla, una que logró aterrarla demasiado.
Una mano tocaba su frente sudada.
Doce observó de quién provenía: era Dalia.
Estaba sentada en la misma silla donde la vio por última vez.
Pero ahora no sonreía; lucía preocupada, con las cejas juntas y los ojos entrecerrados.
Doce sintió cómo su propia respiración comenzaba a tranquilizarse.
“Fue una pesadilla, fue una pesadilla…” —Venía a ver la herida, pero parecía que estabas teniendo una pesadilla, así que te desperté -explicó Dalia, retirando su mano de la frente de Doce.
Doce intentó enderezarse en la cama, pero el dolor en su estómago le recordó por qué seguía acostada.
Rendida, soltó un largo suspiro y se dejó caer en aquellas almohadas sumamente suaves.
“Tanta comodidad, después de dormir en el suelo…
Al fin sé lo que es dormir en una cama.
Hermanos, hermanas, es el mismo cielo.” Miró de reojo la habitación.
El candelabro estaba encendido, lo que solo significaba una cosa: ya había anochecido.
Si se había dormido por la mañana, ¿cuántas horas llevaba inconsciente?
—Tanya -llamó Dalia-.
¿Quién eres en realidad?
La pregunta no sorprendió a Doce en lo absoluto.
Desde que Dalia no la interrogó la vez pasada, sospechó que lo haría en otro momento, pero no esperaba que fuera justo ahora.
“Acabo de despertar de una pesadilla y esta empieza con sus pendejas preguntas.” —Yo soy Tanya, y tuve un accidente automovilístico con mis padres.
Ellos no…
-Doce fingió evitar llorar-.
Solo yo logré salir de aquel accidente y luego los vi a ustedes cerca y…
Dalia la observaba, no estaba nada convencida de aquella historia.
Era como si supiera que le estaba mintiendo.
Se cruzó de piernas y soltó un suspiro.
—Deja de mentir.
Si vas a mentir, haz que sea más realista y conmovedor -soltó, mirándola seria.
La preocupación había desaparecido por completo de su rostro-.
Dime la verdad.
—Pero…
yo no miento -intentó salvar la mentira.
—No hubo ningún accidente automovilístico en una distancia de treinta kilómetros.
Así que dime la verdad: ¿Quién eres?
¿Quién te envió?
Y pensaré en dejarte ir en una sola pieza.
Los hombros de Doce se tensaron.
Jugó con sus manos, consciente de que, dijera o no la verdad, aquella mujer no la dejaría salir viva de la mansión.
Esta era su última jugada en un juego llamado “Vida”.
Si decía algo incorrecto, perdía.
Si lograba convencerla, seguiría en el juego.
Pero, como dicen algunos, no siempre se gana todo en esta vida.
—Bien, le diré la verdad -Doce tomó el aire que pudo y la miró, estableciendo contacto visual-.
Mi nombre real es A-12.
Fui creada como un arma biológica para el gobierno, en caso de una cuarta guerra mundial.
Desconozco el paradero exacto de donde fui creada, pero no era la única; tenía once hermanos y hermanas mayores.
Fuimos un experimento fallido, y debido a eso, fuimos asesinados mientras huíamos por un bosque.
Fui la única que logró escapar.
Salté a un río y la corriente me arrastró.
Nadé a la orilla y me salvé -Doce se detuvo unos segundos para tomar aire y, a la vez, omitir cierta información-.
Llegué cerca de ese bosque donde nos topamos gracias a un tren, y luego me hice una herida para quitarme un chip que había en mi interior.
Dalia se quedó en completo silencio.
Sus ojos, totalmente abiertos; sus labios, ligeramente entreabiertos; las cejas alzadas y la cabeza inclinada un poco hacia la derecha.
“¿Te lo creíste?
¿O lo estás dudando?” —Gracias por salvarme la vida, Sra.
Dalia -añadió Doce, al notar el silencio de la mujer.
Dalia se quedó procesando las palabras de la chica acostada en la cama.
Pasó una mano por el puente de su nariz y lo apretó ligeramente, cerrando los ojos y negando con la cabeza.
—El sedante que te di fue muy fuerte, tan fuerte que provoca delirios.
Debemos cambiar la receta o los clientes seguirán con muchos efectos secundarios -comentó Dalia, dedicándole una mirada angustiada e incrédula.
Ahora fue Doce la sorprendida.
Sus hombros se destensaron, dejó de jugar con sus manos y miró con los ojos ligeramente abiertos a la mujer a su lado.
¿No le creía?
¿Cómo era posible?
Justo ahora que le estaba diciendo la verdad, Dalia no le creía.
“Claro que no me va a creer.
Lo que dije suena sacado de un libro de Stephen King.” —Señora Dalia, le estoy diciendo la verdad -aclaró Doce-.
Esta herida me la hice con mis propias manos para sacar el chip que destruí en aquel bosque.
—Sabes, el accidente automovilístico suena más creíble -su tono de voz era glacial.
Dalia examinó el rostro de Doce, buscando cualquier indicio de mentira-.
Dime la verdad.
—Es la verdad.
Usted me pide la verdad y se la estoy diciendo.
—No me sigas mintiendo.
Dime la verdad de una vez y no tomaré medidas más extremas -amenazó fríamente Dalia.
— ¡Pero si no le estoy mintiendo, con un carajo!
-Doce alzó la voz, harta de la negación de la señora Dalia.
Aún sintiéndose débil, Doce decidió darle una prueba muy clara.
Levantó su mano hacia la puerta de cristal que daba al balcón.
En un instante, las puertas se abrieron de golpe hacia el interior con tal violencia que, al llegar a su límite, se hicieron añicos.
Los cristales salieron volando por toda la habitación.
Dalia se levantó de su silla con una velocidad asombrosa, logrando lanzarla al suelo.
Su mirada se clavó en las puertas rotas.
Su rostro reflejaba sorpresa e incredulidad, y su movimiento corporal dejó claro que se había asustado.
Unos pasos lejanos se escucharon, acercándose rápidamente, hasta que la puerta de madera se abrió de golpe.
Noah entró junto con otros cinco hombres que portaban armas de fuego, todos apuntando a los posibles lugares donde se escondería el responsable del fuerte ruido.
— ¡Señora Dalia!
¡¿Qué ha pasado?!
-preguntó Noah, completamente alterado, acercándose a la mujer aún en estado de shock y apuntando con su arma a todos lados.
La vista de Dalia pasó de las puertas a Doce, quien ya había bajado su mano.
Le dirigió una mirada obvia, un tácito “¿Ahora ya me cree?”.
Los otros hombres, que eran guardias, revisaron toda la habitación sin encontrar nada.
—La habitación está vacía, señor -informó uno de los guardias.
—Revisen la zona completa -ordenó Noah, sin mirar a los guardias, con la mirada fija en las puertas rotas-.
¿Qué ha pasado aquí, Dalia?
La mujer simplemente respiró tranquilamente y recogió la silla del suelo, volviéndola a acomodar.
—No ha pasado nada, Noah, puedes retirarte -exigió, sentándose de nuevo en la silla.
— ¡No haré tal cosa!
¡Puede ser un ataque!
¡Debes ocultarse!
-Pero Dalia levantó una de sus manos, deteniendo a Noah al instante.
—He dicho que te retires.
Todos, fuera.
Ahora.
Noah se veía indeciso y preocupado, pero no le quedó más remedio que cumplir la orden.
Se inclinó levemente y salió en silencio de la habitación, junto con los demás hombres.
Cuando la puerta se cerró, el rostro de la mujer cambió a una sonrisa deslumbrante, algo que mandó escalofríos por el cuerpo de Doce.
Cuando alguien sonreía de esa manera, sabía que se avecinaban cosas malas.
“Pudo haber dado la orden de disparar y acabarme en cualquier segundo.
Así que es una pausa a las amenazas, por ahora.” La mujer se sentó de nuevo en la silla y actuó con total normalidad.
— ¿Puedes repetirme quién eres, por favor?
-pidió amablemente.
Doce intentó mirar a través de Dalia, quería saber sus verdaderas intenciones.
Y vaya que supo leerla bien.
Podía imaginar muchos escenarios en los que ella era el arma o el “medio” para que Dalia consiguiera sus propios beneficios.
Fuera como fuese, no importaba cómo lo viera, Doce era quien debía buscar sus propias ventajas, ya que en la mayoría de las situaciones, ella terminaba perdiendo cosas que ni siquiera poseía aún.
—Soy A-12, un experimento fallido del gobierno en un intento de hacer un arma biológica.
— ¿Recuerdas dónde estabas antes de escapar?
¿Algún lugar que puedas recordar o algo parecido?
Doce negó con la cabeza.
Según lo que vio en aquel mapa que perdió, había un bosque, pero no recordaba dónde estaba o si estaba cerca de algún lugar.
Solo el nombre del río…
— ¿Cómo lograste hacer “eso”?
-preguntó Dalia, alternando su vista entre Doce y las puertas rotas.
—Mi don, psicoquinesis.
Tengo la capacidad de mover objetos o influir en ellos utilizando únicamente la mente, sin ningún tipo de contacto físico -Doce observó sus manos, algo sucias por todo lo que había pasado-.
Lo obtuve meses después de que alteraran mi ADN cientos de veces.
— ¿Alteraron tu ADN?
¿Cómo?
Eso es algo difícil de hacer, puedo decir que es incluso imposible -comentó Dalia, con un tono de incredulidad palpable.
—No sé cómo lo lograron, pero les tomó varios años.
Es un mineral especial, uno que mutó o evolucionó; un mineral especial que mutó gracias a la bomba nuclear de la tercera guerra mundial.
— ¿Sabes sobre historia?
-El asombro era evidente en el tono de voz de Dalia.
“Claro que lo sé.
No soy un cavernícola o extraterrestre.” —Sé sobre muchos temas y diferentes áreas.
Tengo el cuerpo de una chica de catorce años, pero mi edad mental y conocimiento son altos.
Aprendo con facilidad varias cosas.
—Si sabes tantas cosas y eres un ejemplar con un don increíble, ¿por qué dices que eres un experimento fallido?
-Dalia trató de arreglar su cabello Bouffant, despeinado por el aire que entraba a través de las puertas abiertas.
“¿Cuándo callará la boca esta mujer?” —Creo que se debe a que…
-Doce se quedó callada unos segundos.
No debía decirle sus teorías; ya le había dado demasiada información-.
No éramos el objetivo de aquellos científicos, y para hacer todo más fácil, decidieron acabar con todos.
—Comprendo -Esa fue la última frase de Dalia.
Su mirada oscilaba entre la sorpresa, la confusión y, finalmente, una cautela absoluta.
Doce había pasado poco tiempo con aquella mujer, pero ya había descubierto algunas cosas de ella.
Era precavida, calculadora y cruel.
Su cabello Bouffant castaño, salpicado de canas visibles, enmarcaba un rostro de belleza elegante a pesar de su edad.
Se notaba que se cuidaba, al igual que su fina ropa de diseño y el toque sutil de maquillaje.
A simple vista, parecía una mujer agradable que podría contarte su vida perfecta, pero en lo poco que Doce había descubierto, esta mujer podría ser el verdugo de cualquiera.
—Tanya -la llamó con su nombre inventado, y luego esbozó una sonrisa deslumbrante.
-¿Te gustaría trabajar para mí?
“¿Qué carajos?”
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