Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 202
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202: CAPÍTULO 202 202: CAPÍTULO 202 El timbre sonó a las siete y uno, y solté una sarta de maldiciones.
Por supuesto que era puntual.
No tengo ni idea de cómo demonios sabía dónde vivía, pero en secreto había esperado que se perdiera lo suficiente como para no aparecer.
Respiré hondo y miré por la mirilla antes de abrir la puerta.
—Hola.
—Hola, GoGo.
Estás mona, pero creía que habíamos hablado de los vaqueros —dijo él.
En ese momento llevaba pantalones cortos porque, sinceramente, no creía que fuera a venir.
—Eh…
bueno…
—Déjate de joder, nena.
Ve a cambiarte.
—No creo que sea buena idea que salgamos a cenar —dije.
—¿Tienes hambre?
Mi estómago gruñó y suspiré.
—Obviamente.
—Vale, entonces voy a darte de comer.
Podemos hablar de Leo al mismo tiempo.
Me quedé sin aliento.
—¿Qué le pasa a Leo?
—No le pasa nada a Leo —dijo—.
Solo quiero consultarte una cosa.
Ahora, ve a ponerte los vaqueros para que podamos irnos.
—Eh…
—Índigo —insistió—.
Vaqueros.
—Vale —acepté, alzando las manos en señal de derrota—.
No tardo.
Me apresuré a ponerme unos vaqueros y unas botas, cogí mi chaqueta de cuero (que molaba un huevo, en mi humilde opinión) y volví con Jekyll.
Estaba con el teléfono y su distracción me dio un segundo para observarlo bien.
Llevaba unos vaqueros azul oscuro, botas de motero que probablemente podrían matar a alguien si decidiera usarlas como arma, y una gastada chaqueta de cuero con el logo de su club en la espalda.
Se pasó los dedos por la barba mientras hablaba, y no pude evitar lamerme los labios.
Él lo vio, y enarcó una ceja mientras continuaba con su conversación.
Maldita sea.
—Sí, hermano.
Mañana está bien.
Vale, nos vemos entonces.
—Colgó y sonrió de oreja a oreja—.
Pareces una tía dura.
Me sonrojé.
—Bueno, eso es lo que pretendía, así que…
Él se rio entre dientes.
—¿Lista?
Asentí, cogí mi bolso y lo seguí hasta su moto.
Me quitó el bolso y lo guardó en una de esas cajas laterales que tienen, y luego me dio un casco.
—¿Necesitas que te enseñe a subir?
Negué con la cabeza.
—Creo que puedo apañármelas.
Después de ponernos los cascos, Jekyll pasó la pierna por encima de la moto y la estabilizó mientras yo usaba los estribos traseros para subirme detrás de él.
—Rodéame con los brazos bien fuerte —me indicó—.
Si necesitas que pare, golpéame en el pecho.
¿Entendido?
—Entendido —prometí, deslizando mis manos alrededor de su increíblemente prieta cintura.
Oh, Dios mío.
¿Puede una mujer tener una erección?
Porque, no voy a mentir, yo tenía una.
Arrancó la moto y el estruendo de los tubos de escape me hizo vibrar en lugares que ni siquiera mi novio a pilas podía alcanzar.
Una erección femenina, desde luego.
Condujimos unos quince minutos antes de que me diera cuenta de adónde nos dirigíamos, y volví a emocionarme.
Dejamos las afueras de Monument y atravesamos Colorado Springs hasta un garito mexicano que se había convertido en mi favorito desde la primera vez que comí allí.
Técnicamente era un food truck empotrado en el lateral de un edificio y, en mi opinión, era la mejor comida mexicana de todo Colorado.
Le di un apretón a Jekyll y su mano se posó sobre mi brazo.
—¿Estás bien?
—bramó él.
—¡Sí!
—grité de vuelta—.
¡Emocionada!
Su cuerpo se sacudió con una risa ahogada mientras entraba en el aparcamiento junto al camión.
Apagó el motor y me bajé de la moto con toda la gracia que pude reunir.
Una vez que estuve a salvo en el suelo, Jekyll se bajó y me ayudó con mi casco antes de ocuparse del suyo.
—Supongo que esto sirve, ¿no?
Sonreí de oreja a oreja.
—Es solo mi lugar favorito del mundo entero.
—No sales mucho, ¿verdad?
Arrugué la nariz.
—Quizá no.
Él sonrió, me cogió de la mano y tiró de mí hacia la ventanilla para pedir.
—Vamos, GoGo, vamos a ponernos hasta arriba.
Pedimos y él pagó (otra vez), y luego nos sentamos en una de las mesas de fuera mientras esperábamos la comida.
—¿De qué querías hablar?
—fui directa al grano.
—De lo que quieras, preciosa.
—Sobre Leo, quiero decir.
—Claro.
—Sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—.
Su teléfono.
—Está roto —dije—.
Muerto, muertísimo.
—Sí, bueno, de verdad necesita un smartphone.
—No puede permitirse un smartphone —dije.
—Lo que me lleva a esto.
—Sacó un teléfono del bolsillo y lo deslizó por la mesa hacia mí.
—Eso parece un smartphone —dije.
—Lo es.
—Ya tengo teléfono —dije, deslizándolo de vuelta—.
Pero gracias.
Él lo empujó de vuelta.
—Había pensado en dárselo a Leo.
—Bueno, la intención es lo que cuenta.
—Posé dos dedos encima y lo deslicé de vuelta otra vez.
Él me lo devolvió.
—Como medida de seguridad, me gusta que mis empleados tengan un software de rastreo en sus teléfonos, e incluso si su móvil no estuviera roto, es demasiado viejo y anticuado para instalar la aplicación de seguridad necesaria.
—Menudo rollo, tío.
Volví a deslizar el teléfono hacia él, pero él puso su mano sobre la mía y el aparato se detuvo en medio de la mesa.
—Índigo, esto son negocios.
—Hyde, es demasiado crío para ser responsable de un teléfono tan caro.
Y si lo rompiera, o lo que sea, no tengo dinero para reemplazarlo.
—No te estoy pidiendo que lo reemplaces.
—Quitó la mano y de repente sentí frío—.
Yo me haré totalmente responsable de él.
Tiene mi número programado y no puede acceder a ninguna aplicación a menos que introduzcas un código, el que tú elijas, para darle acceso.
Suspiré y entonces caí en la cuenta de lo que había dicho al principio.
—¿Tus empleados?
—Lo está haciendo muy bien, GoGo.
Estaba pensando que, si firmas la autorización, le ofrecería un trabajo.
—Oh, Dios mío, le encantaría —dije sin aliento.
—Me aseguraré de que tenga cómo ir y volver si tú no puedes llevarlo, y estará protegido.
Siempre.
—¿Por qué haces esto?
—susurré.
—¿El qué?
—Cuidar de él.
Jekyll sonrió.
—Me cae bien, GoGo…
y no me cae bien la mayoría de la gente…, y menos los que no tienen edad para beber.
Es un buen chaval y hace un puto trabajo estelar.
¿Quién no querría contratar a alguien así?
—Es un buen chaval que ha tenido un comienzo y una vida de mierda.
Quiero que tenga éxito en todo por lo que se esfuerza, porque se esfuerza.
Mucho.
—Sí, lo entiendo.
—Entonces, sí, firmaré la autorización para que trabaje —dije—.
Gracias por cuidar de él.
—¿Y el teléfono?
—Sí, el teléfono.
Se lo daré también.
—Gracias, nena.
Llamaron nuestro número, lo que me dio una buena excusa para ignorar su apelativo cariñoso.
Fue a recoger la comida mientras yo metía el nuevo teléfono en mi bolso e intentaba procesar en silencio esta nueva generosidad del motero sexi.
—Háblame de la Casa Walker —dijo Jekyll, dejando nuestra comida en la mesa y volviendo a sentarse.
—¿Qué quieres saber?
—pregunté, mojando un nacho en la salsa y dándole un bocado.
—¿Cómo acabó Leo allí?
—Sus padres eran adictos y acabó en el sistema de acogida hace cuatro años.
No le fue bien, y era o un centro de reinserción, el reformatorio o nosotros.
—Sonreí—.
Me conquistó y, en general, es un buen chaval.
Solo que tiene problemas de confianza.
—Sí, lo entiendo.
—¿Cómo te metiste en tu club?
—Esa es una historia para otro día —dijo, dándole un bocado a su taco.
—Entendido.
El resto de la noche fue tranquilo y algo monosilábico.
Jekyll no era muy hablador, sobre todo en lo que respecta a su vida personal.
Descubrí que era yo la que hablaba la mayor parte del tiempo, así que decidí dar un paso atrás y conservar mi energía.
Me centré en disfrutar de la comida antes de que me llevara a casa.
No hubo beso en la puerta, pero sí me abrazó suavemente y luego me dejó con mis pensamientos y mi vibrador.
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