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Reclamada por el Motero: La colección Primal Howlers MC - Capítulo 261

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261: CAPÍTULO 261 261: CAPÍTULO 261 Rowan
A la mañana siguiente, me desperté antes del amanecer y fui de puntillas a la cocina, pasando junto a mi sofá modular y encontrándolo vacío.

Lord se me acercó de un salto y me agaché para rascarle detrás de las orejas con una sonrisa.

—Así que parece que te han soltado, ¿eh?

Cogí el móvil de la isla, donde se había estado cargando, y encontré un mensaje de Scooby.

Le he dado de comer a Lord.

Lo he sacado.

Tenía mierda que hacer.

Squishy está en la parte de atrás, Orion en la de delante.

No sabía quién era Orion, pero imaginé que no tardaría en averiguarlo.

Me vestí y me lavé los dientes antes de ponerme un poco de maquillaje y bajar.

Lord se acomodó en su cama de mi despacho y yo me dirigí a la cocina.

—Buenos días, Rowan.

—Hola, Monty.

Llegas temprano.

¿Cómo estás?

—pregunté mientras me ataba un delantal.

—Si estuviera mejor, tendrías que arrestarme.

Sonreí.

—Me alegro de oírlo.

—¿Quieres unos huevos benedictinos?

—Oh, Dios mío, me encantaría, si no te importa.

—Será un placer —dijo.

Mientras él preparaba el desayuno, yo preparé las mesas para el día, luego abrí el restaurante y comí rápidamente antes de que llegaran nuestros primeros clientes.

Una familia de cinco entró justo cuando Dusty sacaba una hornada de magdalenas de arándanos recién hechas, así que el día había empezado a la perfección y continuó mejorando a medida que el negocio aumentaba a lo largo de la jornada.

Para cuando terminó la hora de la cena, echaba de menos a Scooby una barbaridad y no me gustaba no haberlo visto en todo el día.

Saqué el móvil y le envié un mensaje.

Yo: Hola.

¿Estás bien?

Scooby: Estoy bien.

¿Tú bien?

Yo: Sí.

No respondió de inmediato e intenté pensar en algo ingenioso que decir.

Al final, cedí y le hice la pregunta que había querido hacerle desde el principio.

Yo: ¿Vas a pasarte hoy?

Scooby: No.

Tango está de turno esta noche.

Fruncí el ceño y marqué su número.

—Oye, estoy en medio de…
—¿Tango es el grandullón que parece un asesino en serie?

—Creo que tienes que ser más específica —dijo.

—Era uno de los hombres que estaban anoche.

El que no sonreía.

Nunca.

Scooby suspiró.

—Sí.

Es él.

Es un buen tipo, Rowan.

Tiene sus propios demonios, pero te mantendrá a salvo.

—¿Estás enfadado conmigo?

—pregunté.

—¿Por qué iba a estar enfadado contigo?

—Porque me estás haciendo *ghosting*.

—No te estoy haciendo *ghosting* —replicó—.

Estamos hablando ahora mismo.

—Pero no estás aquí —dije.

—Te dije que no lo estaría.

—Me dijiste que si decía que no, no estarías.

Aún no he tomado una decisión, ergo, no hay ninguna razón para que no estés aquí.

—Creo que tenerme allí solo enturbiará las aguas —dijo—.

Así que voy a mantenerme al margen para que puedas pensar con claridad y averiguar qué quieres hacer.

Solté un gruñido de frustración.

—¿Pero cómo voy a decidirme si no estás aquí para cortejarme?

—Mira, no hay nada que me gustaría más que subir a tu casa y cortejarte toda la noche, pero ahora mismo tú tienes que centrarte en lo que quieres y en a dónde quieres que lleguemos, y yo tengo que centrarme en mantenerte a salvo.

La mejor forma de hacerlo es darnos un espacio.

Contuve las lágrimas.

—¿Tengo algo que decir al respecto?

—Hoy no.

—Vale, pues que tengas un buen día, entonces.

—Tú también, nena.

Colgué y me encerré en mi despacho.

Me di siete minutos para llorar, luego me recompuse e hice el cierre de caja mientras Dusty y Gizzard fregaban los suelos.

* * *
Scooby
Tras colgar con Rowan, con el corazón roto en dos porque no deseaba otra cosa que volver en la moto al restaurante y estrecharla entre mis brazos, me guardé el móvil en el bolsillo y entré en casa de mi madre.

—¡Mamá!

—Aquí, cariño —respondió ella.

Mi madre tenía un diminuto bungaló de tres dormitorios en Colorado Springs.

Nos mudamos a él cuando yo tenía unos diez años y ella había movido cielo y tierra para conservarlo, incluso cuando las cosas se le pusieron muy difíciles.

Me dirigí a la cocina y dejé en la encimera la bolsa de la compra que había traído.

Mamá estaba sentada a su mesita junto a la ventana, con una taza de té delante, mirando al exterior.

Me acerqué a ella y me incliné para besarle la mejilla.

—Oye.

¿Estás bien?

Me sostuvo la mirada y supe que la respuesta era no.

Tenía los ojos inyectados en sangre e hinchados, una prueba de que había estado llorando.

—La verdad es que no.

Mi madre tenía casi sesenta años, pero seguía siendo hermosa.

Sin embargo, las tragedias de los últimos años empezaban a hacer mella en ella.

—¿Por qué no me has llamado?

—pregunté, sentándome a su lado y cogiéndole la mano.

—Si te llamara cada vez que echo de menos a tu hermano, cielo, tendrías que volver a mudarte aquí.

—Me apretó la mano—.

Los padres no deberían perder a sus bebés.

Solo tengo que encontrar la manera de superar esto.

—Voy a averiguar quién lo hizo, mamá.

Lo juro por Cristo.

Respiró hondo y cerró los ojos.

—¿Puedes prometerme una cosa, Crew?

—Lo que sea.

Volviendo a mirarme a los ojos, me acarició la mejilla.

—No dejes que ese odio y esa sed de venganza destruyan tu alegría.

De niño siempre fuiste muy feliz y, cuando perdimos a tu hermana, sé que tú y Otis hicisteis todo lo posible por conservarla, pero veo que se desvanece.

Te destruirá más rápido y peor de lo que podría hacerlo cualquier bala o cáncer, y no soportaría perderte a ti también.

Mi hermana, Carina, había muerto cuatro años atrás de una forma rara de cáncer cerebral.

Aquello casi nos destruyó a todos, pero nos hizo prometer que encontraríamos una manera de hallar algún tipo de felicidad.

Y si no lo hacíamos, nos atormentaría de la peor forma posible.

Nunca dejaba pasar la oportunidad de recordarnos que era nuestra hermana mayor y más sabia.

Y lo conseguimos.

De alguna manera, los tres encontramos la forma de ser felices.

O, al menos, la forma de sobrevivir sin demasiada amargura.

Tango, en cambio, no tanto.

En realidad no podía culparlo.

Estaba listo para casarse con mi hermana.

Lo suyo era sólido.

Estaban más enamorados que nadie que yo hubiera conocido, y a él se la arrebataron.

Yo tampoco sé si sería capaz de encontrar la felicidad después de algo así.

—Te he traído la compra —dije, evitando alargar la incómoda conversación.

—Gracias, cariño.

Ridge acaba de irse.

Hice todo lo posible por ocultar mi sorpresa mientras me levantaba y me dirigía a la bolsa de la compra.

—¿Con qué frecuencia se pasa Tango por aquí, mamá?

—pregunté mientras guardaba las cosas.

—Un par de veces por semana.

Me cocina y pasamos el rato durante unas horas.

Vemos la tele o jugamos a las cartas.

—Ladeó la cabeza—.

No te enfades con él, hijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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