Reclamada por el príncipe vampiro - Capítulo 86
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86: Capítulo 86 86: Capítulo 86 Necesitaba llevársela a casa, ponerle ropa seca y abrigada antes de que se resfriara.
El pensamiento se instaló firmemente en su mente mientras por fin la soltaba y se giraba para recoger del césped los zapatos que se había quitado.
Una vez que se los puso, volvió a su lado y, con cuidado, le colocó su abrigo sobre los hombros temblorosos de Circe, ayudándola con delicadeza a meter los brazos por las mangas.
La pesada tela no serviría de mucho para abrigarla, no mientras siguiera empapada hasta los huesos, pero era mejor que nada.
Sin previo aviso, Ragnar se agachó y la alzó en brazos de nuevo.
Se aseguró de sujetarla bien antes de alejarse del estanque, con paso firme a pesar del peso de ella y de la tensión acumulada en sus extremidades.
Circe no se resistió a su contacto.
No protestó ni se encogió.
Eso no era propio de ella.
Permaneció extrañamente quieta, con el cuerpo inerte, su mente claramente a la deriva en lugares a los que él no podía seguirla.
Sus dedos rozaron su abdomen, buscando, recordando.
No había herida.
Ni el más mínimo corte o moratón en la piel.
Pero había sentido la aguda mordedura de la hoja de su atacante cortando carne y músculo, la fría agonía que se había extendido con saña por todo su cuerpo.
Un dolor así no podía imaginarse.
Ninguna mente era capaz de conjurar un tormento tan vívido de la nada.
Y, sin embargo, no había ninguna lesión.
Ninguna marca ni sangre.
Solo la sensación de ardor en carne viva en el pecho, dejada por el agua que había inhalado.
Entonces, ¿dónde estaba la puñalada que estaba tan segura de haber recibido?
¿Quién era el hombre que la había atacado?
¿Trabajaba solo o era un asesino a sueldo?
Y si era esto último, ¿para quién trabajaba?
Lo más inquietante de todo: ¿por qué ella?
Esa pregunta le arañaba las entrañas con la desesperación de algo que se negaba a ser ignorado.
¿Por qué la habían elegido como blanco?
Estaba segura de que tenía algo que ver con el hombre que en ese momento la llevaba en brazos, pero no entendía los entresijos de este reino y no era capaz de acotar la lista de las personas que la querían muerta.
Sus pensamientos se desbocaron.
Sentía que estaba a un segundo de volverse completamente loca.
Giró la cabeza lentamente y alzó la vista hacia Ragnar.
Nunca había estado tan cerca de su rostro, lo bastante como para ver las líneas de tensión en las comisuras de sus ojos, la pequeña muesca de una vieja cicatriz justo sobre su mandíbula, el leve ceño fruncido que no se había relajado desde que la sacó del agua.
Su mirada recorrió sus rasgos en silencio.
Centrarse en algo la anclaba a la realidad y, si resultaba que él era en lo que se centraba, que así fuera.
Con tal de que le impidiera desconectarse.
—¿Adónde vamos?
—preguntó al fin, con un hilo de voz, ronca por el agotamiento.
—A casa —dijo Ragnar con sencillez.
Sus ojos se encontraron entonces con los de ella, inquebrantables en su intensidad—.
Siento tanto que te haya pasado esto.
Cada sílaba destilaba sinceridad.
No había compasión fingida ni tópicos vacíos.
Era un arrepentimiento genuino, puro y sin filtros.
Circe parpadeó lentamente.
De todas las cosas que esperaba que dijera, esa no era una de ellas.
¿Por qué se disculpaba?
¿Por qué le decía esas palabras, cuando por su culpa ella había experimentado cosas mucho peores?
Puede que esa noche hubiera sido su salvador, pero no podía olvidar que él era la razón por la que estaba en Lamora, para empezar; la razón por la que ya no tenía un hogar propio.
—No tienes por qué sentirlo —dijo ella, con un tono desprovisto de emoción—.
Yo lo maté.
El paso de Ragnar vaciló ligeramente, pero entonces vio una figura en la distancia.
Un guardia que patrullaba.
Acomodó a Circe con cuidado en sus brazos y llamó al hombre.
—Hay un cuerpo en el estanque —dijo Ragnar sombríamente, con la voz teñida de una sutil amenaza—.
Atacó a mi esposa.
El guardia, percibiendo la gravedad de su tono, asintió con un gesto seco antes de darse la vuelta sobre sus talones y apresurarse en dirección al estanque, probablemente para recuperar el cadáver.
Solucionado eso, Ragnar reanudó su camino hacia el carruaje que esperaba en la distancia.
Su cochero se enderezó al verlos acercarse.
Su sorpresa era evidente.
El baile aún estaba en pleno apogeo y no los esperaba de vuelta tan pronto.
Pero cualquier pregunta que pudiera haber tenido murió en sus labios cuando vio el estado en el que se encontraban.
Ambos estaban empapados y desaliñados.
El cochero saltó de su pescante y se apresuró a abrir la puerta del carruaje.
—Llévanos a casa —ladró Ragnar.
Normalmente tenía mucho cuidado de no hablarle bruscamente a su personal, pero en ese momento, la calmada fachada de la que se enorgullecía empezaba a resquebrajarse.
Se estaba desmoronando más rápido de lo que podía controlar.
Circe se estremeció violentamente en sus brazos, casi castañeteándole los dientes.
Él subió al carruaje con ella y la sentó con cuidado en uno de los mullidos asientos de terciopelo.
Pero en lugar de sentarse frente a ella, se deslizó a su lado, pasando un brazo fuerte alrededor de su cintura y atrayéndola suavemente hacia él.
El camino por delante era irregular y, en su estado actual, parecía que una fuerte ráfaga de viento podría dejarla inconsciente.
Aun así, no se inmutó ante su contacto.
Su cuerpo estaba demasiado aturdido para registrar nada más allá del frío entumecedor que se le había calado hasta los huesos.
Cuando el carruaje dio una sacudida hacia adelante, ella se tambaleó, apoyándose instintivamente en él para mantener el equilibrio.
Ya no sentía su cuerpo como si fuera suyo.
Cuando por fin llegaron a la mansión, el cochero entró en acción de nuevo.
Abrió la puerta de par en par y Ragnar bajó, alzando de nuevo a Circe en brazos.
—Puedo caminar —masculló ella, y el primer atisbo de su desafío habitual volvió a su voz.
Aunque ni ella misma se creía sus palabras.
—Lo sé —respondió Ragnar—.
Pero quiero llevarte en brazos.
—Eres un testarudo —dijo ella, y sus labios se crisparon ligeramente.
—Y tú te estás congelando —replicó él.
Se cruzaron con dos doncellas de cocina al entrar en el gran vestíbulo.
Ambas mujeres se detuvieron, estupefactas, y bajaron rápidamente la mirada en un saludo cortés, aunque su curiosidad era inconfundible.
Todo el mundo en la casa conocía la tensión entre Ragnar y su esposa.
Sabían de sus peleas, de lo combativos que eran el uno con el otro.
Y, sin embargo, ahí estaba ella, envuelta en el abrigo de él, acurrucada en sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho.
Las doncellas no se atrevieron a mirar fijamente durante mucho tiempo, pero sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia la ropa mojada que se les pegaba al cuerpo y a la forma tierna en que Ragnar la acomodaba en brazos.
—Que alguien le prepare un baño caliente —ordenó Ragnar por encima del hombro, subiendo las escaleras sin aminorar el paso.
—Sí, Alteza —respondieron al unísono, y sus voces se apagaron tras él mientras desaparecía por los pasillos superiores de camino a su dormitorio.
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