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reencarne como un ajolote (leaving my world behind) - Capítulo 96

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  3. Capítulo 96 - Capítulo 96: Es mi responsabilidad ( cap 96 )
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Capítulo 96: Es mi responsabilidad ( cap 96 )

La rabia de Luzbel se detuvo por unos instantes. Esas palabras, ese “¿crees que yo quería morir?”, la dejaron totalmente descolocada, aturdida, en shock. Al darse cuenta de que había sido bastante dura con él, Luzbel se levantó rápidamente para ir detrás de él.

Pero aún con esa sonrisa, y con un tono un tanto burlón y cruel, Zarathoz la detuvo.

– yo no haría eso si fuera tú… jaja.

Luzbel se dio vuelta y le soltó una mirada cargada de molestia.

– no te metas.

Pero Zarathoz, lejos de molestarse, soltó una carcajada que resonó en la habitación, y volvió a tomar ese tono cruel y burlón que tan bien sabía usar.

– como quieras. Solo digo que, después de todo ese drama, puede que no sea la mejor idea ir detrás de él. Después de todo… podrías empeorarlo aún más. Jajaja.

Eso molestó aún más a Luzbel, y de pronto sintió cómo el corazón se le hacía pequeño, apretado dentro del pecho. Las palabras de Zarathoz dolieron porque eran ciertas. Ella no se había puesto a pensar en cómo se sentía Morgan. No se había detenido a escucharlo, no de verdad.

– ¡cállate! Él es… mi… mi responsabilidad. Así que debo ir por él.

(Gritó Luzbel, la voz quebrada entre la furia y algo que prefería no nombrar.)

– vamos, Luzi… ¿no te parece un poco hipócrita? Dices que es tu responsabilidad, pero ni siquiera fuiste capaz de escucharlo.

(Dijo Zarathoz, soltando una leve carcajada, como si todo aquello fuera un juego.)

Luzbel no pudo responder. Porque ella sabía que era cierto. ¿Con qué cara iba a ir tras Morgan después de cómo le había hablado? Eso, aunque no quisiera admitirlo, era una hipocresía enorme de su parte. Y el silencio que la envolvió fue más pesado que cualquier grito.

– ¿cómo planeas ir tras él después de la estupidez que hiciste, Luzbel? Dices que es tu responsabilidad… ¿sí? ¿Dime? ¿Acaso tu responsabilidad es que se vaya a convertir en un experimento? Porque si es así… la estás cumpliendo a la perfección. Jajajaja.

(Dijo Zarathoz, cada palabra cayendo como algo frío y afilado.)

Luzbel pasó de estar molesta a sentirse terrible. La tensión en la habitación había subido hasta volverse casi insoportable. Fue entonces cuando Satana se acercó a ella en silencio, le tomó el brazo con gentileza, y con su voz suave, casi en un susurro, le habló.

– no se preocupe. Yo iré por él. Usted quédese aquí, ¿está bien?

Luzbel solo pudo apretar los labios y asentir con la cabeza. Una vez. Despacio.

– ja. Puta cobarde.

(Dijo Zarathoz, en tono de burla, casi con satisfacción.)

Satana volteó la mirada. A pesar de que sus ojos estaban cubiertos por la venda, algo en su expresión era suficiente, una frialdad quieta, algo aterrador en lo inmóvil. Al ver eso, Zarathoz solo se sonrió burlonamente y, con una carcajada breve, dijo:

– está bien. Ya me callo.

Satana suspiró y se acercó a Galahad, tomándole las manos con suavidad.

– ya vengo. Tú cuídalas, ¿sí?

(Dijo Satana, en voz baja.)

– ¿ah?

(Respondió Galahad,en shock.)

Satana se apresuró a salir de la habitación. Mientras tanto, Morgan corría. Llorando, sin rumbo, sin pensar, sin detenerse. Corrió hasta que el cuerpo no pudo más, hasta que las piernas lo traicionaron y el llanto se volvió silencio agotado. Y cuando por fin se detuvo, jadeando, se dio cuenta de que estaba en medio del bosque. En medio de la nada.

– ¿Dónde… dónde estoy?

La voz de Morgan salió apenas como un susurro, ronca y temblorosa, perdiéndose entre los árboles sin que nadie la recibiera.

Giró sobre sus talones, una vez, dos veces, buscando algo familiar en la oscuridad. No había nada. Solo troncos que emergían de las sombras como columnas de una catedral olvidada, y más allá de ellos, más oscuridad. Había corrido sin rumbo, sin pensar, dejando que el dolor y el enojó moviera sus piernas por él, y ahora el bosque lo había tragado.

El frío se le metió por el cuello de la ropa.

Entonces lo escuchó: una rama partiéndose a su izquierda. Luego otra, más cerca. El crujido lento y deliberado de hojas bajo algo que se movía con cuidado entre los arbustos. Morgan contuvo la respiración y volvió la cabeza, escudriñando la negrura entre los troncos, pero no pudo distinguir nada. El bosque simplemente miraba de vuelta, mudo e impenetrable.

Pasaron los segundos. No volvió a escuchar nada.

Poco a poco dejó escapar el aire que tenía retenido en el pecho y apoyó la espalda contra el árbol más cercano, agotado. Levantó la mirada hacia las copas, donde las ramas se entrelazaban como dedos contra el cielo nocturno, y sintió por un momento algo parecido a la calma. Solo por un momento.

Bajó los ojos.

Ahí, en una rama a unos metros de distancia, había dos puntos de luz amarilla. Quietos. Fijos. Mirándolo a él con una atención que no pertenecía a ningún animal que Morgan pudiera nombrar.

No parpadeaban.

Él sí.

Fin del capítulo: Espíritu del bosque

Morgan retrocedió despacio, con el corazón latiéndole en la garganta. Su talón tropezó con una raíz y por poco cae, pero no se atrevió a bajar la mirada.

Los ojos amarillos seguían ahí.

Fijos. Pacientes. Como si llevaran mucho tiempo esperando.

La oscuridad era tan densa que era imposible distinguir una silueta, un cuerpo, algo que les diera forma. Solo flotaban en el negro absoluto del bosque, sin parpadear, sin moverse. Morgan tampoco parpadeó. Había algo en ese silencio en esa quietud que le decía que moverse era un error. Que apartar la mirada,aún que sea por unos segundos podría significar dárle la oportunidad a esa “cosa” de moverse y apartarse de su vista y hacer algo sin que el pudiera reaccionar.

No hubo necesidad de que Morgan parpadeara otros ojos aparecieron de la nada, abriéndose en la oscuridad, Tenían una tonalidad azul, algo brillosa, casi fría. Morgan comenzó a retroceder, despacio, con cuidado, midiendo cada paso. Pero más y más ojos empezaron a manifestarse a su alrededor, emergiendo desde la penumbra sin sonido, sin aviso. Los miraba a todos lados intentando contarlos, rastrearlos -y fue entonces cuando dejó de ver por dónde iba.

Tropezó.

Esta vez no hubo forma de recuperar el equilibrio -cayó al suelo, apartando la mirada apenas un instante. Cuando intentó fijarla de nuevo, algo se lanzó hacia él a gran velocidad. Morgan se cubrió el rostro con un brazo y se arrojó hacia un lado para esquivarlo, sintiendo cómo aquello pasaba rozándolo una ráfaga de aire leve, veloz.

Se quedó tendido en el suelo unos instantes, el rostro cubierto, la respiración cortada. Poco a poco fue bajando los brazos. Entonces los escuchó sonidos que, de algún modo, le resultaban extrañamente familiares.

Cuando se descubrió el rostro por completo, lo vio.

Esos ojos amarillos. Lo que había salido disparado hacia él. Era un búho – que había volado cerca rozándolo, y ahora estaba posado en una rama cercana, girando la cabeza lentamente, observándolo fijo con esa calma perturbadora que solo tienen los búhos.

Morgan exhaló.

– Puff… en verdad me asustaste, amiguito.

( Dijo, dejando escapar una carcajada baja y aliviada )

– Tal vez debería regresar.

( Murmuró después, con algo melancólico colándose en su voz )

– Tú qué opinas, amiguito. ¿Debería regresar?

( Dijo inclinando un poco la cabeza, imitando al búho, esbozando una sonrisa )

El búho lo miraba. Quieto.

Entonces llegó la voz.

Fría. Pausada. Viniendo de algún lugar detrás de él.

– Opino que un joven como tú no debería salir tan tarde a dar un paseo.

Morgan se levantó de un salto y giró. Su primer instinto fue mirar al búho por un momento absurdo pensó que había sido él pero el ave simplemente lo observaba, impasible. Luego abrió las alas y ascendió en silencio, rama por rama, hacia las alturas. Morgan lo siguió con la mirada.

Y entonces la vio.

Sentada en una rama elevada, casi fundida con la sombra, había una figura de aspecto humanoide. Llevaba una capucha que le ocultaba el rostro por completo pero tenía cierta presencia, un peso en el aire a su alrededor. Parecía sostener algo y beber de ello con calma absoluta, como si la noche le perteneciera. Búhos la rodeaban posados cerca, en silencio, como guardianes.

Morgan no supo decir en qué momento había aparecido ahí.

O si siempre había estado.

Morgan se levantó de golpe y retrocedió despacio, hasta que su espalda encontró el tronco de un árbol.

– Vaya… qué visitante tan curioso tenemos esta noche. ¿No lo creen?

Lo dijo aquel ente con una calma que helaba una voz suave, casi amable, que no debería haber provocado tanto escalofrío. Le dio un sorbo tranquilo a lo que bebía. Como si respondieran, los búhos del bosque comenzaron a ulular al unísono.

– Sí… tienen razón.

Habló de nuevo, esta vez con la naturalidad de quien continúa una conversación como si los búhos realmente le hubieran dicho algo y él simplemente estuviera de acuerdo.

Tomó otro sorbo y volvió su atención hacia Morgan.

– Dime, ¿qué lo trae por aquí a estas horas, mi estimado visitante?

Morgan no respondió. Solo temblaba.

Ante el silencio, la entidad intentó de nuevo.

– ¿Qué lo trae por aquí, jove…?

Se detuvo. Giró la cabeza hacia un lado demasiado, como lo haría un búho y su voz cambió, adquiriendo un tono levemente entusiasmado que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.

– Oh… interesante. Qué visitante tan interesante. Puedo ver miedo, dolor, tristeza… pero también bondad. Amor.

Morgan parpadeó.

La entidad había desaparecido.

Miró a los costados, hacia arriba, hacia abajo no había nada. Solo árboles y oscuridad. Pero entonces su voz comenzó a llegar desde todas partes, con eco, como si se hubiera disuelto en la penumbra misma.

– Veo algo que aún no ha sido corrompido. Algo que no es de este lugar. Algo que viene de muy lejos.

Morgan apretó la espalda contra el tronco, buscando algo sólido a qué aferrarse.

La voz sonó más cerca. Demasiado cerca como si estuviera justo frente a él, aunque no hubiera nadie.

– Algo que es humano… pero a su vez, no.

Levantó la mirada.

Ahí estaba parado sobre el tronco del árbol en el que se apoyaba, mirándolo desde arriba con los pies adheridos a la corteza de una manera que no debería ser posible. Una máscara blanca cubría su rostro, coronada por astas hechas de ramas retorcidas. Debajo de ella, dos ojos color turquesa lo observaban fijos, curiosos, sin parpadear.

– ¿Me equivoco?

Fin del capítulo.

Próximo capítulo: cernunnos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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