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Renacer sangriento - Capítulo 16

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16: La isla 16: La isla Me seque las lágrimas y el aire cambio antes de que pudiera entender por qué.

No fue algo inmediato ni evidente, sino una sensación que se coló lentamente en mi cuerpo, como una advertencia que llegó demasiado tarde.

Primero fue un leve cosquilleo en la garganta, casi insignificante, como cuando respiras polvo sin darte cuenta.

Luego vino el ardor, profundo, extendiendose por dentro como si algo estuviera raspando mis pulmones desde adentro.

Y después…el dolor.

Tosi.

No fue una tos normal.

Fue violenta, forzada, como si mi cuerpo estuviera intentando expulsar algo qué no deberia estar ahí.

Senti como algo subía por mi garganta, raspando, desgarrando, y me lleve la mano a la boca por puro instinto.

Cuando la aparte, había sangre.

Oscura, espesa…y mezclada con pequeños fragmentos blancos.

Me quedé mirándolos un segundo más de lo que debía.

Huesos.

Eran fragmentos de huesos.

La compresión llegó como un golpe seco en la cabeza.

Respire otra vez, sin pensar, y el error fue de inmediato.

El aire entro como cuchillas, como si Miles de particulas diminutas se clavaran en mis vias respiratorias al mismo tiempo.

El dolor me doblo sobre mi mismo y caí de rodillas, clavando las manos en la arena de huesos mientras mi cuerpo se encorvaba tratando de sobrevivir a su propia respiración.

Tosi otra vez, más fuerte, más desesperado.

Escupí al suelo y vi más fragmentos caer, algunos incluso más grandes que los anteriores.

Mi pecho subia y bajaba sin control, como si hubiera olvidado cómo respirar correctamente.

Entonces los entendí.

No era aire.

Era polvo.

Polvo de huesos.

Flotando en el ambiente, invisible hasta que ya estaba dentro de mi.

Un sonido grave recorrió el lugar, profundo, casi imperceptible al inicio, como si algo gigantesco exhalara desde las entrañas del mundo.

El viento comenzó a levantarse lentamente, arrastrando la arena de huesos a su paso.

Primero fue un movimiento suave, apenas perceptible…pero en cuestión de segundos se convirtió en algo más violento, más agresivo.

La tormenta empezó a formarse frente a mis ojos.

—Mierda…— murmuré, cubriéndome la boca con la mano por reflejo.

No sirvió de nada.

El polvo se filtraba igual, se colaba por la nariz, por los bordes de mis labios, por cualquier espacio que encontrara.

Sentí como volvia a entrar, como volvía a raspar, a desgarrar por dentro, y el dolor exploto otra vez en mi pecho.

Grite.

No porque quisiera.

Porque no podia hacer otra cosa.

Me obligue a levantarme, aunque mis piernas apenas respondian.

No podía quedarme ahí.

No podía seguir respirando eso.

Cada segundo que pasaba sentia que me estaba destruyendo desde adentro, como si me estuviera lijando los pulmones con cada inhalación.

Di un paso.

El viento golpeó con más fuerza.

Los fragmentos chocaron contra mi piel como una lluvia de agujas diminutas, abriendo pequeños cortes en mis brazos, en mi rostro, en mis labios.

Senti como algunos se inscrustaban, como otros rebotaban, como la sangre empezaba a mezclarse con el polvo.

Pero eso no era lo peor.

Lo peor seguía siendo respirar.

Volví a toser, está vez con más fuerza, sintiendo como algo se acumulaba en mi garganta.

Escupí otra vez, viendo cómo pequeños restos blancos caian entre la sangre.

—Me va a matar…— pensé, con la mente nublandose poco a poco.

Mi pecho ardía.

Cada respiración era una decisión entre dolor o asfixia.

Mis pulmones no podían con eso, no estaban hechos para soportarlo.

Y aún así, seguían funcionando, obligandome a seguir sintiendo cada segundo.

Mire al frente.

Los pilares seguían ahí.

Más cerca ahora.

Más grandes.

Más…reales.

Eran lo único distinto en este infierno interminable, lo único que no se mezclaba con la arena de huesos ni con la tormenta.

Y en ese momento, no importaba que fueran.

Solo importaba que no eran esto.

—Tengo que llegar…— murmuré, más para mi que para cualquier cosa.

Otro golpe de viento me sacudió, obligandome a cerrar los ojos por un segundo.

Cuando los abrí, las siluetas empezaban a formarse dentro de la tormenta.

Las criaturas seguían ahí, moviéndose entre el polvo como sombras que nunca desaparecían.

Siempre estaban.

Siempre volvían.

—No…—.

Mis manos temblaban, no solo por el cansancio o el dolor, sino por la desesperación que empezaba a apretar más fuerte que todo lo demás.

No podía pelear en esas condiciones.

No podía pensar, no podía mantenerme en pie mucho más tiempo.

Y entonces hice lo único que podía.

Me lleve la mano a la cadera y arranque un pedazo de tela de lo que aún me quedaba de ropa.

Mis dedos no respondían bien, estaban torpes, lentos, pero logre doblarlo como pude y lo presione contra mi boca y nariz.

Respire.

El aire seguía entrando.

Seguía doliendo.

Pero no era igual.

No tan directo.

No tan brutal.

—…sirve…— susurré, con la voz rota.

No era una solución.

Pero aquí no necesitaba una solución.

Necesitaba tiempo.

Y eso era suficiente.

Me obligue a avanzar otra vez, ignorando el temblor en mis piernas, ignorando como mi cuerpo parecía estar al borde de colapsar.

Cada paso se sentía más pesado que el anterior, pero aún así me movía.

No podía detenerme.

Si me detenía, si dudaba, si me quedaba ahi un segundo más del necesario…

Iba a morir.

Las criaturas salieron de la tormenta.

Una se lanzo hacia mi.

La Vi tarde.

Intenté esquivar, pero no lo logré del todo, sus uñas me rozaron el costado, abriendo la piel con facilidad.

El dolor fue inmediato.

Agudo.

Profundo.

Pero no me detuve.

La empuje con lo poco que me quedaba, sin intentar matarla, sin intentar ganar.

Solo necesitaba quitarla del camino.

Segui avanzando.

Otra apareció por la izquierda.

La esquive por instinto.

Otra más vino de frente.

Golpee, empuje, abrí espacio.

No peleaba para ganar.

Peleaba para seguir moviendome.

Para no quedarme.

El viento rugia alrededor, las criaturas también, y mi respiración era un desastre contenido detras de esa tela ensangrentada.

Sentia el dolor acumulandose dentro de mi, cómo si nunca se fuera, como si cada segundo se quedará grabado en mi cuerpo.

Pero mis ojos no se apartaban del frente.

De la isla.

De esa masa negra que rompia con todo lo demás.

Tropecé.

Mi pie se hundió más de lo normal y perdi el equilibrio, cayendo de lleno contra el suelo.

La tela se movió y respire directo el polvo.

El efecto fue inmediato.

El dolor volvió con una violencia que me hizo gritar sin control.

Tosi, me ahogue, sentí como los fragmentos volvian entrar, a rasgar, a destruir desde adentró.

Intenté levantarme.

No pude.

Mi cuerpo temblaba, mis brazos fallaban, mis piernas no respondían.

—Levantate…— murmuré, con La voz rota.

Las criaturas se acercaban.

Podía sentirlas.

No necesitaba verlas.

—Levantate—.

Mi mano se movió.

Lenta.

Pesada.

Se clavo en el suelo, dejando que los fragmentos atravesaran la piel de mi palma sin que me importara.

Empuje.

Mi cuerpo se levantó apenas.

Inestable.

A punto de caer otra vez.

Pero de pie.

Ajuste la tela de nuevo en mi rostro y respire, obligando el aire a entrar aunque doliera.

Y seguí caminando.

El viento empezó a cambiar a medida que avanzaba.

No despareció, pero se movía distinto, como si estuviera rodeando algo en lugar de atravesarlo.

Fruncí el ceño y levanté la mirada.

La isla ya no era una silueta lejana.

Ahora podía verla.

Negra.

Elevada.

Sólida.

Diferente.

No había tormenta sobre ella.

El viento la evitaba.

Cómo si no pudiera tocarla.

—…¿Que es eso?….—.

Di otro paso.

Y luego otro.

Hasta que, sin darme cuenta, cruce el límite.

El cambio fue inmediato.

El viento dejo de golpear con la misma violencia.

El polvo dejo de entrar en mi garganta.

El aire seguía siendo pesado, pero ya no me estaba destruyendo por dentro.

Mi cuerpo se tambaleo.

Pero no caí.

Respire.

Dolió.

Pero no como antes.

Mire hacia atrás.

La tormenta seguía ahí, girando como si estuviera viva, cómo si nunca hubiera estado dentro de ella.

Y entonces entendí algo que me hizo apretar los dientes.

Eso no era un refugio.

Nunca lo fue.

Porque cuando volví a mirar al frente…

Lo senti.

Algo.

Observandome.

Pesado.

Silencioso.

Esperando.

La isla no estaba muerta.

No era salvación.

Era otra cosa.

Y en ese momento supe…que lo que venía ahora iba a ser peor.

Corría, o al menos eso intentaba, porque mi cuerpo ya no respondía como antes.

Cada paso era torpe irregular, como si mis piernas ya no fueran completamente mías, cómo si algo dentro de ellas se resistiera a seguir avanzando.

Aún así, me movía.

No por fuerza, no por voluntad…sino por puro instinto de supervivencia.

El sonido de los huesos trituradose bajo mis pies se había vuelto parte de mi.

Un ritmo constante.

Asqueroso.

Familiar.

CRUNCH….crunch…

crunch.

Mi respiración salía rota, pesada, arrastrada, quemando mi garganta con cada inhalación.

El aire de ese lugar no era aire…era algo más denso, más sucio, como si cada bocanada arrastrara restos invisibles que se clavaban en mis pulmones.

—No pares…— murmuré entre dientes más que nada para llenarme de convicción.

No mire atrás.

Ya no lo necesitaba.

Sabía que estaban ahí.

Las criaturas.

Caminando.

Sin prisa.

Sin miedo.

Cómo si el tiempo no significara nada para ellas…cómo si supieran que tarde o temprano iba a caer otra vez.

Y eso era lo peor.

Porque tenían razón.

Tropecé.

Mi pie se hundió más de lo normal en la arena de huesos impredecible, y antes de poder reaccionar, mi cuerpo se inclinó hacia adelante.

Cai de rodillas, y el impacto hizo que el aire saliera de mis pulmones en un golpe seco.

—¡AGH…!—.

El dolor no tardó en llegar.

Nunca tardaba.

Mis manos se clavaron en el suelo para sostenerme, y los fragmentos de hueso se incrustaron en mi piel como agujas finas, abriendo pequeñas heridas que ardían…pero eso ya no importaba.

Nada de eso importaba.

Porque el otro dolor….el que venía de adentro…seguía ahí.

Siempre.

Respire con dificultad, levantando la mirada poco a poco.

Los pilares.

Estaban mas cerca.

Mucho más.

Ahora podía verlos con claridad.

Eran gigantes.

Estructuras negras, retorcidas, como si hubieran Sido arrancadas del suelo y deformadas por algo imposible.

No parecían construidas…

parecían vivas.

O peor…

parecían restos de algo que alguna vez lo estuvo.

Y debajo de ellos…

La isla.

Una masa de tierra oscura elevándose sobre el mar infinito de huesos triturados.

No era plana como el resto del lugar.

Tenia forma.

Relieve.

Sombras.

Era diferente.

Y eso bastaba.

—…tiene que ser ahí…— susurré, con la voz desgastada.

Detras de mi, el sonido cambio.

Más cerca.

Más pesado.

Gire la cabeza apenas lo suficiente para verlas.

Seguían viniendo.

Más.

Siempre más.

Pero algo era distinto.

Se estaban deteniendo.

No todas…pero las primeras, las más cercanas…empezaban a frenar su avance.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿…que…?—.

Una de ellas dio un paso más…y luego se detuvo en seco.

Su cuerpo tembló.

Su cabeza se inclino.

Y retrocedió.

Mi respiración se corto por un segundo.

—…no…puede ser…—.

Otra hizo lo mismo.

Y otra.

Las criaturas seguían saliendo del suelo a la distancia…pero ninguna cruzaba cierto punto.

Cómo si hubiera una línea invisible.

Cómo si…no se atrevieran.

Mi corazón latió más fuerte no de miedo, de Algo diferente.

Algo que no había sentido desde que caí en este lugar.

Esperanza.

Pequeña.

Débil.

Pero suficiente.

—…

entonces…si…—.

Me obligue a levantarme.

Mis piernas temblaron, mis músculos protestaron, pero no me detuve.

—…hay algo ahí…—.

Di un paso.

Luego otro.

El suelo empezó a cambiar poco a poco.

Los fragmentos de huesos seguían ahí…pero eran menos.

Más grandes.

Más compactos.

Cómo si el lugar mismo se volviera más solido.

Y el aire…

El aire era peor.

Más pesado.

Cada respiración quemaba más que antes.

—…Agh…—.

Me lleve la mano a la boca por reflejo.

Sentía algo extraño.

Cómo si particulas invisibles se filtraran en mi garganta, raspando desde adentro.

Tosi.

Una vez.

Luego otra.

—…¿Que mierda?…—.

Baje la mirada.

Mis manos…

Había pequeñas líneas oscuras entre la sangre seca.

Cómo polvo, como ceniza pero no lo era, era más denso.

Más…vivo.

Un viento soplo de repente.

Fuerte.

Seco.

Arrastrando fragmentos de hueso y esa especie de polvo oscuro que se levantó en el aire como una tormenta baja.

—¡Gh-!—.

Me cubri la boca con el antebrazo, girando el rostro para evitar inhalarlo directamente.

El viento se colaba igual.

Sentía como raspaba mi garganta, como se metía en mi nariz, como quemaba.

—…tengo que…

cubrirme—.

Mire alrededor rápidamente.

Nada util.

Nada.

Solo restos.

Restos de huesos más grandes.

Fragmentos más largos.

Y algo más.

Entre el suelo, medio enterrado…había tela.

Oscura.

Rota.

Arrastrandome como pude, me acerque y la agarre.

Estaba sucia, rígida, como si llevara años…o siglos.

No importaba.

La envolví alrededor de mi boca y nariz, apretadola lo más que pude.

Respire.

Seguía doliendo.

Pero menos.

—sirve…—.

El viento siguió unos segundos más antes de desaparecer lentamente.

El silencio volvió.

Pero no era el mismo.

Era más pesado.

Levanté la mirada.

Y lo ví.

Árboles secos.

Negros.

Retorcidos.

Distribuidos por la superficie de la isla como esqueletos congelados en el tiempo.

No tenían hojas.

No tenían vida.

Sus ramas parecían dedos alargados señalando el cielo rojo.

—esto…—.

Di otro paso dentro de la isla y el camino fue inmediato.

Las criaturas…

Ya no estaban.

No había sonido de huesos moviéndose.

No había manos saliendo del suelo.

Nada.

Solo yo.

Y ese lugar muerto.

Mi corazón latía con fuerza.

—…no vienen…—.

Gire la cabeza lentamente hacia atrás.

El límite estaba ahí.

Claro ahora.

Las criaturas se acumulaban al borde…

observando.

Sin cruzar.

Sin avanzar.

Cómo si temieran algo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—…¿Q-que hay aquí…?—.

El silencio respondió.

Pero está vez…

No sé sentía vacio.

Se sentía…

Observado.

Di otro paso y luego otro.

Fue entonces cuando lo sentí.

No un sonido.

No un movimiento.

Una presencia pesada,.aplastante.

Cómo si el aire mismo se volviera más denso a mi alrededor.

Mi cuerpo se tenso.

Mis instintos gritaron.

—hay algo aquí—.

Dije mientras tragaba con dificultad.

No lo veía.

Pero lo sabía.

Avance más adentro de la isla con pasos lentos, casi arrastrados, como si mi propio cuerpo dudara de cada movimiento.

El suelo ya no crujia igual.

Seguia habiendo fragmentos de huesos, si, pero eran más grandes, más compactos, como si el tiempo los hubiera comprimido o…

Fusionado con algo más.

Cada pisada se sentía distinta, menos inestable, pero más pesada, como si el lugar en si tuviera peso.

El silencio era insoportable.

No el de antes.

No ese vacío Muerto del desierto.

Este silencio…

estaba lleno.

Cómo si algo respirara sin hacer ruido.

Cómo si algo me estuviera observando desde cada rincón.

Trague saliva, sintiendo la tela húmeda contra mi boca.

Mi respiración seguía irregular, pero al menos ya no sentía que el aire me desgarraba por dentro como antes.

—…no estan…— murmuré, más para convencerme que otra cosa.

Mire hacia atrás una vez más.

Las criaturas seguían ahí acumuladas en el borde de la isla, formando una masa grotesca de cuerpos retorcidos.

Algunas intentaban avanzar, pero se detenian de golpe, como si chocaran contra algo invisible.

O peor…cómo si algo dentro de ellos les gritara que no cruzaran.

Eso no era normal.

Nada aquí lo era…pero esto era diferente.

Esto era miedo.

Y si esas cosas sentian miedo…

entonces yo debería estar aterrado.

Segui caminando.

Los árboles secos se alzaban a mi alrededor, altos y deformes, con troncos negros que parecian quemados desde adentro.

Sus ramas se retorcian hacia el cielo rojo como manos suplicando o maldiciendo.

Algunos estaban partidos, otros inclinados, cómo si una fuerza enorme los hubiera doblado sin esfuerzo.

Pase la mano por uno al avanzar.

Error.

La corteza se desmorono al contacto, cayendo en polvo oscuro que se deshizo entre mis dedos.

No era madera normal.

Era frágil…como si estuviera podrida desde hace siglos.

—Todo está muerto…— susurré.

Pero incluso eso se sentía incompleto.

No era solo muerte.

Era algo peor.

Era abandono.

Segui avanzando entre los árboles, sintiendo como cada paso me alejaba más del borde…y más de cualquier posibilidad de volver atrás.

Aunque…¿Volver a que?

Solte una risa baja, seca, sin humor.

—Claro…— continue.

—Como si hubiera algo a dónde volver…

Las imágenes vinieron solas.

El tren, el golpe y el vacío.

Apreté los dientes.

—Me abandonaron…— dije en voz baja.

El pensamiento volvió, más fuerte esta vez.

Más claro.

—Me dejaron caer…—.

Sabía que no era tan simple, sabía que no tenía opción.

Sabía que si no lo hacían…

todos morian.

Pero aquí…

Aquí eso no importaba.

Porque el dolor no era lógico.

El dolor no era justo.

—Yo no los hubiera soltado…— susurré, sintiendo como algo dentro de mi pecho se retorcia.

Una punzada.

No física.

Más ilogica.

Cómo si ese pensamiento…

alimentara algo.

Sacudi la cabeza con fuerza.

—Callate…—.

Pero no sé fue.

No sé iba nunca.

Segui caminando, intentando enfocarme en el entorno, en cualquier cosa que no fuera mi mente.

Y entonces lo note.

El suelo, ya no tenía huevos sueltos, ahora eran placas grandes unidas.

Cómo si fueran restos de algo…mucho más grande…

Me detuve.

Mire con mas atención.

—…esto no son fragmentos…— murmure.

Eran superficies curvas.

Irregulares.

Algunas con grietas profundas.

Otras con formas…

demasiado orgánicas.

—Esto es…—.

No termine la frase.

No quería hacerlo.

Pero lo sabía.

Huesos.

Gigantes.

No de personas.

No de animales normales.

De algo…mucho peor.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Que murió aquí…?—.

El aire se volvió más pesado.

Más denso.

Di un paso atras por instinto.

Y entonces…

Lo sentí otra vez, esa presencia pero ahora más clara, más cercana.

Mi respiración se detuvo por un segundo.

—No estoy solo…—.

Gire lentamente la cabeza.

Nada.

Solo árboles.

Sombras.

Oscuridad.

Pero mi cuerpo reaccionaba como si estuviera frente a algo.

Cómo si algo estuviera justo fuera de mi campo de visión.

Observandome.

Mirandome.

Esperando.

—…sal…— murmuré, con la voz tensa—.

Si vas a hacer algo…hazlo.

Silencio.

Pero no fue silencio vacío.

Fue uno…

que respondía.

Un crujido leve.

A mí izquierda.

Gire de golpe.

Nada.

Otro.

Más atrás.

Mi respiración se acelero.

—No juegues conmigo…—.

Apreté los puños.

El dolor en mis manos regreso al instante, recordándome todo lo que había pasado.

Todo lo que iba a seguir pasando.

Y algo dentro de mi…se quebró un poco más.

No de miedo.

De cansancio.

De frustración.

—…sal…— repeti, esta vez más bajo.

—Estoy cansado…—.

El viento soplo otra vez pero no como antes.

Este no arrastraba polvo.

Este susurraba.

Un sonido grave, profundo, como si pasara a través de algo hueco.

Cómo si atravesara estructuras gigantes.

Y entonces lo ví.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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