Renacer sangriento - Capítulo 19
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19: El inicio de la pérdida 19: El inicio de la pérdida El silencio se quedó conmigo.
Pesado.
Denso.
Cómo si incluso después de todo…este lugar siguiera respirando, solo que ahora más despacio.
Mis dedos aún temblaban alrededor de la empuñadura, y no era solo por el cansancio o el dolor…era otra cosa.
Algo que venía de la espada.
Algo que no podía explicar, pero sentía…
demasiado claro.
Mire el filo.
Las grietas negras parecían moverse apenas, como si respiraran, como si latieran con algo que no era vida…pero tampoco muerte.
—¿Que eres?…— murmuré.
No hubo respuesta.
Pero la sentí.
No como una voz.
Cómo un eco.
Cómo si la descripción no hubiera Sido leída…
sino recordada.
Ahora que tenía un tiempo, quería ver que era está espada.
[Filo de la voluntad rota] Mi mandíbula se tenso.
—Voluntad rota…— Repeti en voz baja.
Mis dedos se apretaron más fuerte alrededor de la empuñadura.
—se refiere a la ¿voluntad del elfo?—.
Trague saliva.
El frio subió por mi brazo otra vez.
No dolía.
No como las mordidas.
No como las muertes.
Era…diferente.
Peor.
Porque no gritaba.
Solo estaba ahí.
—”Fragmentos de un alma…”—.
Solté una risa seca, sin humor.
—Claro…porque eso es lo único que falta en este lugar…más almas rotas.
Baje la mirada hacia mi mano.
Temblaba.
Pero no la solté.
No podía.
—…¿También estás atrapada…?— susurré, sin darme cuenta.
El silencio respondió.
Pero no era vacío.
Era pesado.
—No…—.
negué lentamente —…no estás atrapada…—.
Levanté la espada un poco.
—Te usaron…—.
La idea se clavo en la cabeza como un clavo oxidado.
—igual que el…—.
El elfo.
Sus ojos.
Esa mirada.
Apreté los dientes.
—Igual que a mí…—.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más pesada.
—”hilos invisibles”…—.
repeti, recordando cada palabra.
— una fuerza que ya no le pertenece…—.
Mis ojos se quedaron fijos en las grietas negras.
—El elfo solo era una marioneta…—.
Mi mano se tenso de golpe.
—no…—.
Negué más fuerte.
—No voy a terminar así—.
El aire alrededor sé volvió más pesado por un segundo.
O tal vez fui yo.
No estaba seguro.
—No voy a convertirme en eso…—.
Pero incluso mientras lo decía…
Algo dentro de mi dudo, porque ya no me sentía igual.
Respire hondo.
Error.
El aire quemó otra vez, pero está vez…no reaccione igual.
Solo acepte.
—”El mapa de un regreso imposible”…—.
Repeti la frase despacio.
Cómo si doliera más al entenderla.
—¿Imposible…?—.
Una risa baja escapó de mi garganta.
—Veremos…—.
Apreté la espada con más fuerza.
—Yo no vine hasta aquí para quedarme…—.
Mis ojos se endurecieron.
—Ni para perderme…—.
Pero el frío no despareció, seguía ahí.
Pegado a mi brazo subiendo lentamente.
Cómo si la espada no solo estuviera en mi mano…
Sino dentro de mi.
—Soledad eterna…— murmuré.
Mis ojos se movieron lentamente por la isla.
Árboles muertos.
Tierra negra.
Silencio absoluto.
—Si…eso ya lo entiendo…—.
Trague saliva.
—Demasiado bien…—.
Mis dedos se aflojaron apenas.
No la solté.
Pero por un segundo lo pense.
—si te suelto…—.
Miré el filo.
—…¿me sueltas tú…?—.
Nada.
Ni respuesta.
Ni cambio.
Solo ese maldito latido silencioso en las grietas.
—claro…—.
Negué.
—…esto no funciona así…—.
Apreté los dientes.
—…nada aquí funciona así…—.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
Porque sabía… Que si los cerraba demasiado… Podría no querer abrirlos.
—Escúchame bien…— dije en voz baja, casi como una advertencia.
No sabía si hablaba con la espada.
O conmigo mismo.
—…no me importa lo que seas…—.
Mi voz se volvió más firme.
Más fría.
—…no me importa a quién perteneciste…—.
Mis dedos dejaron de temblar.
—…ni lo que hiciste…—.
Abrí los ojos.
—…ahora estás conmigo…—.
El aire se volvió pesado otra vez.
Pero no retrocedí.
—…y yo no me rompo tan fácil…—.
Silencio.
Pero esta vez… Se sintió distinto.
No como si algo respondiera.
Sino como si algo… Escuchara.
Bajé la espada lentamente.
Mi cuerpo seguía doliendo.
Todo seguía mal.
Pero algo había cambiado.
Muy poco.
Casi nada.
Pero suficiente.
—…vamos a salir de aquí…— murmuré.
No sabía si lo decía como promesa.
O como amenaza.
—…de una forma u otra…—.
Levanté la mirada hacia el interior de la isla.
Oscura.
Muerta.
Desconocida.
Y di el primer paso.
Esta vez… No para huir.
Sino para avanzar.
El silencio de la isla no era como el del desierto.
Allá era vacío.
Aquí… se sentía ocupado.
No por sonidos, no por movimiento… sino por algo que no podía ver.
Como si cada árbol seco, cada grieta en la tierra negra, estuviera mirando sin ojos.
Avancé.
Lento.
La espada seguía en mi mano, y ya no la sentía extraña… eso era lo preocupante.
—…debería doler más…— murmuré.
Pero no dolía.
No como antes.
El dolor seguía ahí, claro… en mi cuerpo, en mis músculos, en cada parte que había sido arrancada una y otra vez… pero ya no reaccionaba igual.
Ya no me detenía.
Ya no me hacía dudar.
Solo… estaba.
Como el aire.
Como el suelo.
Como todo en este lugar.
Fruncí levemente el ceño.
—…eso no está bien…—.
Me detuve un segundo.
Pensé.
O lo intenté.
—…antes…—.
Silencio.
Mi mente se quedó en blanco.
Parpadeé.
—…antes qué…?—.
Esperé.
Nada.
No había respuesta.
No había recuerdo.
Solo esa sensación incómoda… como tener algo en la punta de la lengua y no poder decirlo nunca.
Apreté los dientes.
—…no…—.
Negué.
—…no, no… yo…—.
Intenté forzarlo.
Una imagen.
Un sonido.
Algo.
Pero lo único que vino… Fue el tren.
La caída.
Las manos soltándose.
Y luego… Nada.
Un vacío.
Demasiado grande.
—…eso…—.
Mi respiración se volvió un poco más pesada.
—…eso no es normal…—.
Bajé la mirada.
Mis manos.
Temblaban menos.
Demasiado menos.
—…estoy olvidando…—.
La frase salió sola.
Y cuando la dije… Lo supe.
No fue duda.
Fue certeza.
—…me estoy olvidando…—.
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no reaccioné como antes.
No entré en pánico.
No grité.
Solo lo analicé.
—…cada vez que muero…—.
Miré la espada.
—…algo se queda atrás…—.
Mis dedos se tensaron apenas.
—…no solo dolor…—.
Tragué saliva.
—…también… yo…—.
El silencio volvió.
Pesado.
Pero ya no me aplastaba.
Solo estaba ahí.
—…entonces no es infinito…—.
Levanté la mirada.
—…esto tiene un límite…—.
No de muertes.
No de dolor.
De mí.
—…si sigo así…—.
Mi voz salió más baja.
Más vacía.
—…voy a quedarme sin nada…—.
Sin recuerdos.
Sin razón.
Sin… yo.
Me quedé quieto unos segundos.
Esperando sentir miedo.
Algo.
Lo que fuera.
Pero no llegó.
Solo… entendimiento.
—…entonces tengo que avanzar más rápido…—.
La conclusión salió sola.
Fría.
Directa.
Sin emoción.
—…antes de desaparecer…—.
Seguí caminando.
Los árboles muertos crujían levemente bajo el viento inexistente.
El suelo era más firme aquí, menos huesos, más tierra… pero seguía sintiéndose incorrecto.
Todo aquí lo era.
Mi estómago se contrajo de repente.
Me detuve.
—…¿qué…?—.
Otra vez.
Más fuerte.
Un vacío.
No dolor.
Algo más primitivo.
Más básico.
—…hambre…—.
La palabra salió rara.
Pesada.
Como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
Fruncí el ceño.
—…eso no tiene sentido…—.
Pero mi cuerpo no opinaba lo mismo.
El vacío creció.
Un tirón seco.
Incómodo.
—…no he comido…—.
Silencio.
—…¿cuánto tiempo…?—.
No sabía.
No podía saberlo.
Y eso… Eso fue peor que el hambre.
Apreté los dientes.
—…genial…— murmuré sin humor —…también necesito comer en este maldito lugar…—.
Pero no era hambre normal.
No era solo el estómago.
Era… más profundo.
Como si algo dentro de mí estuviera pidiendo.
Exigiendo.
—…¿qué se supone que coma aquí…?—.
Miré alrededor.
Árboles muertos.
Tierra negra.
Nada vivo.
Nada.
Pero entonces… Algo cambió.
Muy leve.
Un sonido.
No de las criaturas.
No de huesos.
Algo más… pequeño.
Giré la cabeza.
Entre los árboles… algo se movió.
Rápido.
Bajo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mis músculos se tensaron.
Mis ojos se enfocaron.
—…hay algo…—.
Di un paso.
Silencioso.
Instintivo.
La espada bajó un poco.
No para atacar.
Para… esperar.
El movimiento volvió.
Ahí.
Entre dos troncos.
Pequeño.
Rápido.
Mi respiración se hizo más lenta.
Más controlada.
—…puedo cazar…—.
La idea llegó.
Natural.
Demasiado natural.
Y eso… Eso sí me hizo fruncir el ceño.
—…no debería pensar así…—.
Pero no me detuve.
Otro paso.
Otro.
Mi cuerpo se movía diferente.
Más bajo.
Más ligero.
Más… eficiente.
—…¿desde cuándo…?—.
No recordaba haber aprendido eso.
No recordaba haber hecho algo así antes.
Pero lo estaba haciendo.
Perfectamente.
Sin pensar.
El sonido volvió.
Más cerca.
Mis ojos se fijaron.
Y por un segundo… Sentí algo más.
No miedo.
No duda.
Expectativa.
—…—.
Apreté la espada.
—…no…—.
Negué apenas.
—…no voy a convertirme en esto…—.
Pero no retrocedí.
Seguí avanzando.
Lento.
Silencioso.
Frío.
Y en el fondo… Muy en el fondo… Algo dentro de mí… Sonrió.
El movimiento volvió a aparecer entre los árboles.
Rápido, bajo, casi imperceptible, pero esta vez no dudé.
Mi cuerpo se inclinó apenas hacia adelante, bajando el centro de gravedad sin pensarlo demasiado, y mis pasos se volvieron más suaves, más controlados, evitando los fragmentos de tierra quebrada que podían hacer ruido.
—…ahí…— murmuré apenas.
Mis ojos casi no parpadeaban; seguían el patrón, el ritmo, el momento exacto en que aparecía… y desaparecía.
—…no es como esas cosas…—.
No olía igual, no se movía igual, no se sentía… muerto.
Mi estómago volvió a contraerse, más fuerte esta vez, un tirón seco que me obligó a apretar los dientes.
—…tengo que…—.
No terminé la frase.
No hacía falta.
Otro movimiento, más cerca.
Me detuve detrás de un árbol seco, apoyando apenas la espalda en su superficie rugosa.
La madera estaba fría… demasiado fría, como si nunca hubiera sentido calor.
Asomé apenas la cabeza, lo suficiente para verlo.
Era pequeño, cuadrúpedo.
Su cuerpo estaba cubierto por una piel grisácea pegada a los huesos, sus patas eran largas, demasiado delgadas, y su cabeza… era extraña.
No tenía ojos visibles, solo una superficie lisa, ligeramente hundida en el centro.
Pero respiraba.
Eso bastaba.
—…vive…—.
Mi agarre en la espada se aflojó un poco; no era necesario, no para esto.
Di un paso, luego otro, lento.
El suelo crujió apenas y la criatura se detuvo en seco, tensándose.
Mi respiración también se detuvo.
—…no te muevas…— susurré, como si pudiera entenderme.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
La criatura volvió a moverse… y yo también.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Avancé, más rápido, pero no corriendo; deslizándome, aprovechando cada sombra, cada irregularidad del terreno.
—…¿desde cuándo…?—.
No recordaba haber hecho algo así antes, pero lo estaba haciendo bien… demasiado bien.
La distancia se redujo.
Cinco metros.
Tres.
Uno.
La criatura giró de golpe.
Demasiado tarde.
Mi mano salió disparada, no con la espada, sino con los dedos.
Sentí cómo se clavaban en su cuerpo, atravesando la piel delgada con una facilidad que no esperaba.
La criatura se agitó violentamente, sus patas golpearon el suelo intentando escapar, pero mi otra mano ya estaba encima, sujetándola con fuerza.
—…quieto…— gruñí entre dientes.
Mi cuerpo se tensó, mis músculos respondieron con una fuerza que no sentía propia.
Apreté.
Demasiado.
Un crujido seco.
El movimiento se detuvo.
Silencio.
Mi respiración era pesada, irregular.
Miré lo que tenía en las manos.
Inmóvil.
Sin vida.
—…—.
Pasaron unos segundos.
No hice nada.
Solo lo sostuve.
—…lo maté…—.
La frase salió vacía, sin emoción, sin peso, y eso… eso no estaba bien.
Antes… eso me habría hecho sentir algo, lo que fuera, pero ahora… nada.
Mi estómago volvió a contraerse, más fuerte, más insistente.
Bajé la mirada hacia el cuerpo, luego a mis manos manchadas, calientes.
—…tengo que comer…—.
La idea llegó clara, directa, fría.
—…o no voy a durar…—.
Pero no me moví.
Mi cuerpo sí quería, lo sentía, ese tirón interno, esa necesidad que crecía, pero mi mente dudó.
—…esto no está bien…— murmuré, observando el cuerpo otra vez.
—…no sé qué es…—.
No sabía si era seguro, si era veneno, si me iba a matar más rápido que el hambre.
No sabía nada.
—…pero…—.
A mi estómago no le importaba.
Otro tirón, más fuerte.
—…mierda…—.
Me senté lentamente en el suelo sin soltarlo.
—…esto es estúpido…—.
Pasé una mano por mi rostro.
Estaba sudando, pero no por esfuerzo.
Era otra cosa, algo más interno, más profundo.
—…si me muero de hambre…— murmuré, mirando el horizonte oscuro de la isla.
—…voy a volver…—.
Apreté los dientes.
—…y no quiero volver…—.
El recuerdo llegó, incompleto pero suficiente: dolor, desierto, criaturas.
—…no…—.
Negué, más firme.
—…no otra vez…—.
Miré el cuerpo una última vez, mi mano se tensó.
—…solo…—.
Tragué saliva.
—…solo es sobrevivir…—.
Mis dedos se hundieron más en la carne.
—…nada más…—.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era verdad, porque la forma en que lo había cazado… la forma en que lo estaba sosteniendo… no era solo sobrevivir.
Era algo más.
Algo que no recordaba haber aprendido.
Algo que no recordaba haber sido.
—…me estoy adaptando…—.
La frase salió baja, peligrosa.
—…o me estoy perdiendo…—.
El silencio no respondió, pero no hacía falta, porque en el fondo… muy en el fondo… ya sabía la respuesta.
Y aun así… bajé la cabeza.
Miré el cuerpo una última vez.
Mi estómago se contrajo otra vez, más fuerte, más urgente, como si ya no estuviera pidiendo… sino exigiendo.
Mis dedos se tensaron alrededor de la carne aún tibia, y por un momento dudé.
Solo un segundo.
—…solo es sobrevivir…— murmuré.
Y entonces… algo se rompió.
No fue un pensamiento.
No fue una decisión clara.
Fue más rápido.
Más bajo.
Más instintivo.
Mi cuerpo se movió antes que mi mente pudiera detenerlo.
Bajé la cabeza y mis dientes se hundieron directamente en la carne.
El sabor fue inmediato.
Metálico.
Caliente.
Extraño.
Pero no me detuve.
Arranqué.
Un tirón seco.
La carne cedió con facilidad, demasiado fácil, y la sangre llenó mi boca.
Tragué sin pensar.
Sin procesar.
Sin cuestionar.
—…gh…—.
Otro mordisco.
Más grande.
Más desesperado.
Mis manos se clavaron en el cuerpo, sujetándolo mientras lo desgarraba sin cuidado, sin orden, sin humanidad.
Mis uñas atravesaban la piel, rompiéndola aún más, abriendo espacio para seguir.
—…más…—.
No reconocí mi voz.
Era baja.
Rota.
Vacía.
Mis dientes volvieron a hundirse, esta vez más profundo, arrancando algo más blando.
Tragué de nuevo, rápido, como si alguien fuera a quitármelo, como si no hubiera suficiente.
El mundo alrededor desapareció.
No había isla.
No había silencio.
No había recuerdos.
Solo hambre.
Solo ese vacío que se llenaba… apenas… con cada bocado.
Mis manos temblaban mientras seguía, mis dedos resbalaban por la sangre, pero no me detenía.
Mordía, desgarraba, tragaba.
No importaba qué parte fuera.
No importaba cómo.
Solo seguía.
Solo consumía.
—…más…—.
Mi respiración se volvió salvaje, irregular, mezclándose con el sonido húmedo de la carne rompiéndose, con el crujido leve de huesos pequeños cediendo bajo la presión de mis dientes.
Ni siquiera sabía cuánto tiempo pasó.
Minutos.
¿Segundos?
No importaba.
Porque cuando finalmente me detuve… No quedaba casi nada.
Mis manos estaban cubiertas.
Mi boca.
Mi pecho.
Todo.
Respiré.
Fuerte.
Rápido.
Como si hubiera corrido.
Como si hubiera peleado.
Pero no había nada frente a mí.
Solo restos.
Silencio.
Y entonces… Volví.
Parpadeé.
Una vez.
Dos.
El mundo regresó de golpe.
La isla.
Los árboles muertos.
El suelo oscuro.
Y lo que tenía en las manos.
—…—.
Mi respiración se cortó.
Miré mis dedos.
Manchados.
Rojos.
Miré el suelo.
Restos irreconocibles.
Fragmentos.
—…qué…—.
Mi voz salió temblorosa.
—…qué hice…—.
El olor me golpeó de repente.
Fuerte.
Podrido.
Metálico.
Mi estómago se revolvió.
Violento.
—…no…—.
Me alejé bruscamente, arrastrándome hacia atrás, soltando lo que quedaba.
—…no… no…—.
Una arcada subió de golpe.
—¡UGH—!— Vomité.
Fuerte.
Sin control.
Mi cuerpo se dobló hacia adelante mientras todo lo que había tragado salía de golpe, mezclado, espeso, caliente.
Mis manos se clavaron en el suelo mientras mi garganta ardía.
—¡AGH—!—.
Otra vez.
Más.
No podía parar.
Mi estómago se contraía una y otra vez, como si quisiera expulsarlo todo, como si quisiera deshacerse de lo que acababa de hacer.
—¡AAH—!—.
Tosí.
Escupí.
El sabor seguía ahí.
No se iba.
—…gh…—.
Intenté respirar, pero otra arcada vino.
—¡UGH—!—.
Más.
Hasta que ya no quedó nada.
Solo aire.
Solo ese maldito sabor que no desaparecía.
Caí hacia un lado, jadeando, mi cuerpo temblando sin control.
—…no…— susurré, con la voz rota.
Mis ojos se clavaron en el suelo.
—…yo no…—.
Mi mano se levantó lentamente, temblando.
La miré.
Sangre.
Carne.
—…yo no haría eso…—.
Pero lo hice.
Lo recordaba.
No todo.
Pero lo suficiente.
Los mordiscos.
El hambre.
La forma en que no dudé.
Mi respiración se volvió irregular otra vez.
—…eso no fui yo…—.
Silencio.
Pesado.
Inmóvil.
—…¿verdad…?—.
Mi voz se quebró.
Pero no hubo respuesta.
Solo ese vacío.
Ese mismo que había sentido antes.
Ese que ahora… Era un poco más grande.
Apreté los dientes.
—…mierda…—.
Cerré los ojos con fuerza, intentando calmarme, intentando ignorar el sabor, el olor, el recuerdo.
Pero no desaparecía.
Nada aquí desaparecía.
Todo se quedaba.
Todo se acumulaba.
El dolor.
El miedo.
Y ahora… Esto.
—…me estoy convirtiendo…—.
No terminé la frase.
No quise.
Abrí los ojos lentamente.
Mi respiración se estabilizó poco a poco.
Más fría.
Más controlada.
Más… distante.
Miré los restos otra vez.
Esta vez… No aparté la mirada.
—…necesito… controlarlo…— murmuré.
Mi voz ya no temblaba tanto.
—…si voy a sobrevivir aquí…—.
Tragué saliva.
El sabor seguía ahí.
—…no puedo dudar cada vez…—.
Silencio.
Mi mano se cerró lentamente.
—…pero tampoco puedo…—.
Me detuve.
Pensé.
O lo intenté.
—…perderme…—.
La palabra se sintió extraña.
Lejana.
Como si no estuviera completamente seguro de lo que significaba.
Fruncí el ceño.
—…—.
Algo faltaba.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Y eso… Eso fue lo peor.
Porque ya no sabía cuánto había perdido.
Ni cuánto más iba a perder.
Me quedé en el suelo unos segundos más.
Respirando.
Pensando.
O intentando hacerlo.
Luego, lentamente… Me levanté.
Mis piernas temblaron.
Pero no caí.
Limpié mi boca con el antebrazo, aunque no sirvió de mucho.
El sabor seguía ahí.
Siempre iba a estar ahí.
—…sigue…— murmuré.
No como una orden.
Como un hecho.
Y di un paso.
Luego otro.
Adentrándome más en la isla.
Con algo menos dentro de mí.
Y algo más… Que no quería entender.
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