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Renacer sangriento - Capítulo 20

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20: El pueblo de los lamentos 20: El pueblo de los lamentos El sabor seguía ahí.

No importaba cuánto respirara, cuánto tragara saliva o cuánto intentara ignorarlo… no se iba.

Estaba pegado a mi garganta, a mis dientes, a mi lengua, como si ya fuera parte de mí.

Cada paso que daba lo traía de vuelta.

Cada inhalación lo empujaba otra vez dentro de mi cabeza.

—No vuelvas a hacerlo…— murmuré en voz baja, sin saber realmente a quién se lo decía.

Mi propia voz sonó extraña.

Lejana.

Como si no terminara de pertenecerme del todo.

Apreté los dientes con fuerza, sintiendo cómo mi mandíbula temblaba levemente por la tensión.

—Pero si tengo que hacerlo…—.

La frase murió ahí.

No la terminé.

No quería hacerlo.

No quería pensar en eso como una opción… pero tampoco podía ignorar lo que ya había pasado.

Mi estómago estaba vacío otra vez.

No completamente, pero lo suficiente como para que ese hueco empezara a regresar.

Seguí caminando.

El suelo de la isla crujía bajo mis pies, pero no como el desierto de huesos.

Aquí el sonido era más seco.

Más pesado.

Como si cada paso aplastara algo que ya llevaba demasiado tiempo muerto.

Los árboles seguían ahí, inmóviles, retorcidos, extendiendo sus ramas como dedos largos y quebrados hacia el cielo rojo.

No había viento, pero a veces… juraría que se movían.

Apenas.

Lo suficiente para que mi mente no pudiera ignorarlo del todo.

—…este lugar no está muerto…— murmuré.

No.

No lo estaba.

Solo… no estaba vivo de la forma que entendía.

Avancé sin rumbo claro, pero con una dirección implícita.

Algo dentro de mí… me empujaba.

No era instinto puro como antes.

No era miedo.

Era algo más frío.

Más calculado.

Observaba más.

Pensaba más.

O al menos… eso creía.

Porque a veces… había espacios.

Pequeños vacíos.

Momentos donde una idea se cortaba a la mitad.

Donde una palabra no llegaba.

Donde algo que debía estar ahí… simplemente no estaba.

—…—.

Fruncí el ceño, deteniéndome un segundo.

—¿En qué estaba pensando…?—.

Silencio.

No hubo respuesta.

Mi mente… no la tenía.

Sacudí ligeramente la cabeza.

—…olvídalo…—.

Seguí caminando.

Pero esa sensación no desapareció.

Ese hueco.

Ese pequeño… espacio.

No era grande.

No era obvio.

Pero estaba ahí.

Y eso era suficiente.

El terreno empezó a cambiar poco a poco.

No de golpe.

No como una transición clara.

Fue gradual.

Sutil.

Pero innegable.

La tierra comenzó a inclinarse.

Al principio apenas lo noté.

Luego se volvió más evidente.

Mis pasos ya no eran completamente planos.

Mi cuerpo se ajustaba automáticamente al descenso.

—Esto baja…—.

Levanté la mirada.

El paisaje seguía igual de muerto, pero había algo diferente.

Grietas más profundas.

Zonas donde la tierra parecía haber sido arrastrada hacia un punto común.

Como si todo… convergiera.

Di un paso más.

Y entonces lo escuché.

No era un sonido limpio.

No era agua.

Era algo más pesado.

Más denso.

Un flujo.

Lento.

Arrastrado.

—…¿qué es eso…?—.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Bajé el ritmo.

Mis pasos se volvieron más cuidadosos, más medidos.

Mis ojos recorrieron el entorno buscando cualquier cambio.

El sonido se hizo más claro.

No aumentaba en volumen… pero sí en presencia.

Como si no viniera de un punto específico.

Como si estuviera en todas partes… y en ninguna.

Avancé entre los árboles, apartando algunas ramas secas que crujieron al contacto.

La oscuridad entre ellos se abrió poco a poco… hasta que el terreno dejó de ser uniforme.

Y entonces lo vi.

Me detuve en seco.

Frente a mí, extendiéndose a lo largo de la isla, había un río.

Ancho.

Profundo.

Y completamente negro.

No oscuro.

Negro.

Un negro que absorbía la luz en lugar de reflejarla.

La superficie se movía… pero no como agua.

Era más espesa.

Más lenta.

Como si fluyera con dificultad, como si cada parte de él pesara demasiado.

—…no es agua…— murmuré.

Mi voz salió baja, casi sin intención.

Di un paso.

Luego otro.

No quería acercarme.

Pero lo hice.

El aire cambió.

Más frío.

Más denso.

Cada respiración se volvió más pesada, como si algo más entrara conmigo, como si no fuera solo aire lo que estaba inhalando.

—…—.

Me detuve cerca de la orilla.

Lo observé.

No había espuma.

No había brillo.

No había sonido de corriente.

Solo ese flujo lento… constante… arrastrándose.

Mi mirada bajó hacia la superficie.

Y lo vi.

Mi reflejo.

Pero algo estaba mal.

—…—.

No me moví.

—…ese no soy yo…—.

Mi reflejo tardó un segundo en imitarme.

Un segundo.

Pequeño.

Casi inexistente.

Pero real.

Mi respiración se tensó.

Incliné apenas la cabeza.

El reflejo lo hizo… pero no igual.

Sus ojos… Eran más oscuros.

Más hundidos.

Más vacíos.

Retrocedí un paso.

—…no…—.

Mi mano se movió hacia la espada por instinto.

El metal respondió con un leve temblor, como si también estuviera reaccionando a lo que tenía delante.

—…¿tú también lo sientes…?— murmuré.

Apreté la empuñadura.

El río siguió fluyendo.

Como si nada.

Como si no hubiera visto nada.

Como si no hubiera nadie ahí.

Levanté la mirada, siguiendo su dirección.

El flujo descendía.

No se perdía en la distancia.

Bajaba.

Más profundo.

Hacia algo que no podía ver.

—…esto no es un río…—.

Mi voz salió más firme ahora.

—…esto… baja…—.

Me detuve.

Negué lentamente con la cabeza.

—…no…—.

Mis ojos se clavaron en la corriente.

—Esto desciende…—.

Y en el fondo de mi pecho… algo se tensó.

Porque esa palabra… Se sentía correcta.

Demasiado correcta No aparté la mirada.

No podía.

El río seguía moviéndose frente a mí, lento… pesado… como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado.

Y aun así, algo en él… me llamaba.

No con voz.

No con sonido.

Era más profundo.

Más directo.

Un tirón.

Suave.

Constante.

Di un paso hacia adelante sin pensarlo.

Mis pies se movieron antes de que mi mente reaccionara.

—Solo un poco…— murmuré.

Mi voz salió baja, apagada, como si no tuviera fuerza para contradecir lo que mi cuerpo ya había decidido.

Me acerqué más al borde, inclinándome lentamente.

El aire era más frío aquí.

Más denso.

Respirar se sentía… equivocado.

Pero no me detuve.

Mis ojos estaban fijos en la superficie.

En ese reflejo.

En esa versión de mí que… no era yo.

Mi mano se levantó.

Lenta.

Temblorosa.

Pero no de miedo.

Era otra cosa.

Vacío.

—…no pasa nada…— susurré.

No sabía si era verdad.

No me importaba.

Mis dedos bajaron.

Y tocaron la superficie.

El contacto fue inmediato.

Frío.

No un frío normal.

Era profundo.

Pesado.

Como si no tocara líquido… sino algo que se hundía dentro de mí al mismo tiempo que yo lo tocaba a él.

Mi respiración se cortó.

—…gh…—.

El mundo… se detuvo.

No hubo sonido.

No hubo movimiento.

Solo… Imágenes.

Un destello.

Luz.

—“…Dhavid, ven aquí…”— Una voz dulce, agradable pero que fuertemente la conocía.

—…¿qué…?—.

Otra imagen.

Un lugar.

Colores.

—“…no corras tanto, te vas a caer…”— Una risa.

No grotesca.

No rota.

Una risa… normal.

Mi pecho se tensó.

—…yo…—.

Intenté ver más.

Apreté los dedos dentro del río.

Y las imágenes… se distorsionaron.

Se rompieron.

Como si alguien las arrastrara lejos.

—“…Dhav…”— Silencio.

Oscuridad.

Vacío.

Parpadeé.

Mi respiración volvió de golpe.

—¡AH—!—.

Retiré la mano bruscamente, cayendo hacia atrás sobre la tierra negra.

Mi corazón latía descontrolado, golpeando mi pecho con fuerza.

—…¿qué fue eso…?—.

Miré mi mano.

Seguía ahí.

Igual.

Pero no se sentía igual.

—yo…—.

Fruncí el ceño.

—Yo… recordaba algo…—.

Me llevé la mano a la cabeza, apretando con fuerza.

—…¿qué era…?—.

Nada.

No había nada.

Solo la sensación de que… algo faltaba.

Algo que estaba ahí hace un segundo.

Y ahora no.

—…no…—.

Mi respiración se volvió irregular.

—…no, no, no…—.

Intenté forzar el recuerdo.

Intenté reconstruirlo.

Una voz.

Una cara.

Algo.

Pero cuanto más lo intentaba… Más se alejaba.

Como si nunca hubiera existido.

Como si el mismo intento de recordarlo lo destruyera.

—Mierda…—.

Golpeé el suelo con el puño.

—…¿qué me hiciste…?— murmuré, mirando el río.

La superficie seguía igual.

Tranquila.

Pesada.

Indiferente.

Como si no hubiera tomado nada.

Como si no hubiera pasado nada.

—…me quitaste algo…—.

Lo sabía.

No podía nombrarlo.

No podía explicarlo.

Pero lo sentía.

Ese hueco… Se había hecho más grande.

—…—.

Mi respiración bajó poco a poco.

No por calma.

Por agotamiento.

—…no vuelvas a tocarlo…— murmuré.

Esta vez sí sabía a quién se lo decía.

A mí.

Pero entonces… La espada vibró.

Fuerte.

Un temblor seco recorrió la empuñadura, subiendo por mi brazo como una advertencia.

Fruncí el ceño, girando ligeramente la muñeca.

—…¿qué…?—.

El peso cambió.

De repente.

Como si alguien hubiera colgado algo enorme de ella.

Mi brazo bajó un poco por la presión.

—…¿qué te pasa…?—.

Intenté levantarla.

Costó.

Mucho más de lo normal.

—No jodas…—.

La sostuve con ambas manos.

El metal vibraba ahora de forma constante, como si estuviera… reaccionando.

No era miedo.

No era debilidad.

Era rechazo.

—…no quieres…—.

Miré el río.

Luego la espada.

—…no quieres que me acerque…—.

La idea fue clara.

Demasiado clara.

La espada volvió a vibrar, más fuerte esta vez, como confirmando lo que estaba pensando.

—…—.

Me quedé en silencio unos segundos.

Sintiendo el peso.

El temblor.

Ese rechazo.

Y luego… Sonreí levemente.

Pero no era una sonrisa normal.

Era cansada.

Torcida.

—…llegas tarde…— murmuré.

Mis ojos volvieron al río.

—…ya me quitó algo…—.

Apreté la empuñadura con más fuerza, ignorando el peso que intentaba empujar mi brazo hacia abajo.

—…así que ahora…—.

Di un paso hacia adelante.

La espada pesó más.

Mucho más.

Mis músculos se tensaron al instante.

—…gh…—.

Otro paso.

La vibración aumentó.

—…no me detengas…— susurré entre dientes.

No sabía por qué lo decía.

No sabía si la espada podía entender.

Pero lo dije igual.

—…no ahora…—.

El río estaba frente a mí otra vez.

Más cerca.

Más presente.

Mi reflejo volvió a aparecer.

Y esta vez… Sonreía antes que yo.

—…—.

Mis ojos no se apartaron.

Pero esta vez… No extendí la mano.

No otra vez.

Porque ahora… Sabía.

—…si lo vuelvo a tocar…—.

Mi voz fue apenas un hilo.

—…voy a perder más…—.

El viento inexistente pareció moverse.

O tal vez fui yo.

No lo sabía.

Pero una cosa quedó clara.

Ese río… No era un camino.

No era un obstáculo.

Era algo peor.

Era un lugar donde… Las cosas desaparecían.

Y no volvían.

—…no voy a dejar que me quite más…—.

Apreté la espada con fuerza, ignorando su resistencia.

Pero no me fui.

No todavía.

Porque en el fondo… Muy en el fondo… Sabía algo.

Tarde o temprano.

O luchaba con todo lo que tenía o este maldito lugar me consumiría de una u otra forma.

No me fui de inmediato.

Me quedé unos segundos más mirando el río, como si esperara que algo volviera a ocurrir, como si en cualquier momento esa superficie negra reaccionara de nuevo.

Pero no pasó nada.

Solo ese flujo lento, pesado, constante, como si arrastrara algo invisible en su interior.

Tragué saliva y apreté la empuñadura de la espada con más fuerza.

Ya no vibraba tanto como antes, pero seguía sintiéndose distinta, más densa, más presente, como si cada vez que la sostenía algo dentro de mí también tuviera que sostenerla.

—…mejor así…— murmuré en voz baja.

Me giré finalmente y empecé a avanzar, siguiendo el curso del río, manteniendo cierta distancia, lo suficiente como para no tocarlo otra vez, pero tampoco alejándome del todo.

Sabía que ese flujo llevaba a algún lugar.

Tenía que hacerlo.

Nada en este sitio existía sin propósito, y ese río… no era una excepción.

Mis pasos eran más firmes ahora, aunque mi cuerpo seguía resentido.

Cada movimiento traía consigo un eco del dolor, como si mis músculos recordaran cada una de las muertes, cada desgarro, cada momento en que fui destruido.

Pero algo había cambiado.

Ya no me paralizaba igual.

Ya no me detenía.

—…me estoy acostumbrando…— pensé, y la idea me incomodó más de lo que esperaba.

El terreno comenzó a inclinarse un poco más a medida que avanzaba.

Los árboles se hacían menos densos, más separados entre sí, como si incluso ellos evitaran acercarse demasiado al río.

La tierra era más oscura, más compacta, como si hubiera absorbido demasiadas cosas con el tiempo.

Entonces me detuve.

Algo no encajaba.

No era el río.

No era el aire.

Era el silencio.

Demasiado perfecto.

Demasiado limpio.

Mis ojos se deslizaron hacia la superficie negra, atento, tenso, esperando… y entonces lo vi.

Un movimiento.

No en la corriente.

Dentro de ella.

La superficie se hinchó en un punto, luego en otro, y después en varios al mismo tiempo.

—…mierda…—.

Di un paso atrás justo cuando la primera forma emergió.

No eran las manos del desierto.

Estas eran distintas.

Más largas, más húmedas, con una piel que parecía haber sido estirada y adaptada a ese líquido oscuro.

Luego salieron los cuerpos.

Humanos… o lo que quedaba de ellos.

Sus ojos eran enormes, abiertos de forma antinatural, sin parpadear.

Sus bocas se abrían demasiado, llenas de dientes desordenados, afilados en direcciones imposibles.

Sus cuerpos se movían con una fluidez incómoda, como si no caminaran, como si se impulsaran desde dentro.

El primero se lanzó.

No corrió.

Saltó.

Reaccioné tarde.

Levanté la espada como pude, torpe, sin técnica.

El impacto fue fuerte, seco, la criatura chocó contra el filo y salió despedida, cayendo a unos metros.

No murió.

—…resisten…—.

No hubo tiempo para más.

Otra vino por la izquierda.

Otra por la derecha.

Se movían como una manada.

—¡VIENEN EN GRUPO!—.

Intenté girar, pero una ya estaba encima de mí.

Sus dientes se clavaron en mi brazo.

—¡AAH!—.

El dolor subió como siempre, pero esta vez… no me detuvo.

No me congeló.

Apreté los dientes, ignorándolo, y giré el cuerpo con fuerza, dejando que el peso de la espada guiara el movimiento.

No fue un corte limpio.

Fue un golpe brutal.

El filo impactó.

Y partió.

El cuerpo de la criatura se abrió en dos, cayendo con un sonido húmedo contra el suelo.

No me detuve.

Otra saltó.

Bajé la espada con todo el peso que tenía, dejando que la inercia hiciera el trabajo.

El impacto fue más fuerte esta vez.

Más efectivo.

—…usa el peso…— murmuré, casi sin darme cuenta.

Otra vino baja.

Más rápida.

Apenas logré reaccionar.

Me incliné hacia atrás y sentí el aire rozar mi cuello.

—…las puedo ver…—.

Pero apenas.

Demasiado apenas.

Más cuerpos emergían del río.

No paraban.

No dudaban.

—¡¿CUÁNTAS SALEN?!—.

Corrí hacia adelante.

No para huir.

Para romper la formación.

Si me rodeaban, estaba muerto.

Una se lanzó directo a mi torso.

Giré el cuerpo y la espada siguió el movimiento, arrastrando todo mi peso detrás.

Impacto.

Otra menos.

Pero el impulso casi me hizo caer.

Me tambaleé, intentando recuperar el equilibrio.

Otra aprovechó ese instante y me golpeó desde el costado.

Caí al suelo con un golpe seco.

—¡AGH!—.

No me quedé ahí.

Rodé inmediatamente, esquivando una mordida que habría sido directa al cuello.

Me levanté de golpe, respirando con dificultad.

—¡ATRÁS!—.

Golpeé sin pensar.

El filo encontró carne.

Sentí la resistencia ceder.

Otra cayó.

El ritmo cambió.

No eran mis movimientos.

Era la espada.

Yo solo… la seguía.

Giré otra vez.

Más amplio.

Más natural.

Menos forzado.

El filo cortó en un arco pesado, arrastrando sangre y cuerpos con él.

Silencio.

De golpe.

Mi respiración era lo único que sonaba ahora.

Miré alrededor.

Cuerpos.

Quietos.

El río… otra vez inmóvil.

—…—.

No bajé la guardia de inmediato.

Esperé.

Conté los segundos en mi cabeza.

Pero nada más salió.

—…ya está…—.

Bajé la espada lentamente.

Mis brazos temblaban por el esfuerzo.

Por el peso.

—…me desgastan…—.

Miré el río.

—No intentan matarme rápido…—.

Fruncí el ceño.

—…me quieren cansar…—.

La idea se quedó ahí, pesada, incómoda.

Miré mis manos.

Luego la espada.

—…pero ya no soy el mismo…—.

No completamente.

Pero algo había cambiado.

Y eso… no era necesariamente bueno.

Seguí avanzando, más lento ahora, más atento.

El río continuaba su descenso, y yo lo seguía, sin apartar del todo la mirada de él.

Hasta que lo vi.

A lo lejos, entre la distorsión del aire y la oscuridad del terreno, aparecieron estructuras.

Me detuve, enfocando mejor la vista.

Casas.

O lo que quedaba de ellas.

Torcidas.

Derrumbadas.

Hundidas en la tierra como si el tiempo las hubiera aplastado.

Un pueblo.

—…hay algo ahí…— murmuré.

Apreté la espada.

El aire volvió a sentirse pesado.

—…y no creo que esté vacío…—.

Pero avancé igual.

Porque ya no había forma de volver atrás.

Avancé sin detenerme, aunque cada paso se sentía más pesado que el anterior.

No era solo el cansancio.

Era el ambiente.

El aire en ese lugar no se respiraba… se arrastraba dentro del cuerpo, como si tuviera peso propio, como si cada bocanada trajera consigo algo que no debía estar ahí.

A medida que me acercaba, las estructuras se volvían más claras.

Casas… o lo que alguna vez fueron casas.

Techos hundidos, paredes quebradas, puertas colgando de un solo lado, como si hubieran sido abandonadas a la fuerza o destruidas lentamente con el paso de algo que no entendía el tiempo como nosotros.

—…esto no se cayó solo…— murmuré, pasando junto a una de ellas.

La madera estaba negra, reseca, pero no podrida.

Como si se hubiera detenido en un estado intermedio entre existir y desaparecer.

Empujé una puerta con la punta de la espada.

Se abrió con un crujido seco.

Dentro… nada.

No muebles, no restos claros de vida.

Solo polvo oscuro acumulado y marcas en las paredes, líneas irregulares como si algo hubiera sido arrastrado una y otra vez.

Salí sin entrar del todo.

—…no hay nadie…—.

Pero no era verdad.

Se sentía.

Ese mismo peso que había en la isla… aquí era más concentrado.

Más denso.

Como si todo ese lugar estuviera conteniendo algo.

Seguí avanzando por lo que alguna vez fue una calle.

El suelo estaba agrietado, hundido en algunas partes.

Mis pasos resonaban más de lo normal, como si el silencio los amplificara.

Y entonces… Lo escuché.

Un murmullo.

Leve.

Casi inexistente.

Me detuve en seco.

—…—.

Incliné la cabeza, tratando de captar mejor el sonido.

No venía de un punto exacto.

Era difuso.

Como si viniera de debajo… o de más adelante.

—“…ah…”— Mi respiración se tensó.

—“…mát…”— —…no…— susurré.

No quería reconocerlo.

Pero lo hice.

Voces.

Seguí avanzando, más lento ahora, cada paso más medido.

El murmullo crecía, no en volumen, sino en claridad.

Palabras incompletas, fragmentos de algo que no lograba entender del todo.

—“…duele…”— —“…por favor…”— —“…no más…”— Apreté la espada con fuerza.

Mis manos sudaban.

—…no es normal…—.

Doblé en lo que quedaba de una esquina y entonces lo vi.

Me detuve.

No por decisión.

Mi cuerpo simplemente… se negó a avanzar.

En el centro del pueblo, donde el terreno se abría como una plaza destruida, había algo.

Un altar.

Pero no construido.

Formado.

Por cuerpos.

Decenas.

No… cientos.

Unidos unos con otros, retorcidos, fusionados de formas imposibles.

Brazos que salían de torsos ajenos, rostros incrustados en espaldas, bocas abiertas en direcciones que no tenían sentido.

Algunos parecían apenas conscientes.

Otros… completamente atrapados en un estado de agonía eterna.

Se movían.

No todos.

Pero suficientes.

Pequeños movimientos.

Espasmos.

Temblores.

Y las voces… Venían de ellos.

—“…mátame…”— —“…por favor…”— —“…no puedo…”— Mi respiración se volvió irregular.

—…esto…—.

Di un paso atrás sin darme cuenta.

—…esto no es vida…—.

Una de las cabezas giró ligeramente hacia mí.

Sus ojos… aún tenían algo.

Algo humano.

—“…tú…”—.

Me congelé.

—“…puedes…”— —¡CÁLLATE!— grité, apretando los dientes.

El silencio no llegó.

Nunca llegaba.

Las voces siguieron, mezclándose, superponiéndose, creando un ruido que no era fuerte… pero sí insoportable.

—…no…—.

Apreté la cabeza con una mano.

—…no escuchen…—.

Pero lo hacían.

Siempre lo hacían.

Y entonces… El sonido cambió.

Un arrastre.

Pesado.

Lento.

Viniendo desde el otro lado del altar.

Mis ojos se movieron.

Y lo vi.

Primero… su sombra.

Luego… su forma.

Era grande.

Demasiado.

No alto como el caballero.

Pesado.

Macizo.

Su cuerpo estaba cubierto parcialmente por tiras de tela sucia, desgastada, apenas sujetas.

Su piel… gruesa, marcada, como si hubiera sido castigada durante siglos.

Un saco cubría su cabeza, completamente ajustado, sin mostrar nada debajo.

Y en su cuello… Una cadena.

Apretada.

Hundida en la carne.

Cada movimiento hacía que se tensara más.

Mi estómago se revolvió.

—…¿qué… eres…?—.

No respondió.

No hablaba.

Pero su presencia… Aplastaba.

Dio un paso.

El suelo crujió bajo su peso.

Las voces del altar se intensificaron al instante.

—“…no…”— —“…viene…”— —“…otra vez…”— —¡CÁLLENSE!—.

El grito salió sin control.

El monstruo… se detuvo.

Su cabeza giró lentamente hacia mí.

Y entonces lo noté.

El clavo.

Atravesando el saco.

Directo en lo que debía ser su cabeza.

Algo dentro de mí… se tensó.

Instinto.

Puro.

—…esto… no es como los otros…—.

El aire se volvió más pesado.

Más denso.

La espada vibró levemente en mi mano.

—…lo siente…—.

El monstruo dio otro paso.

La cadena se arrastró.

Un sonido metálico, seco, constante.

No corrió.

No se apresuró.

No lo necesitaba.

—…—.

Apreté la espada con ambas manos.

Mi respiración era lenta.

Controlada.

Pero mi cuerpo… Sabía.

Esto… No iba a ser como antes.

El monstruo levantó ligeramente un brazo.

Pesado.

Lento.

Y el altar… Reaccionó.

Los cuerpos se tensaron.

Las voces se alzaron.

—“…no lo dejes…”— —“…huye…”— —“…te va a romper…”— Mi corazón latió con fuerza.

—…ya lo sé…— murmuré.

Di un paso al frente.

A pesar de todo.

A pesar del peso.

A pesar del miedo.

—…pero no vine hasta aquí…—.

Apreté la espada.

—…para retroceder…—.

El monstruo se movió.

Y esta vez… El suelo tembló.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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