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Renacer sangriento - Capítulo 7

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7: La salida 7: La salida El amanecer llego fríamente a nosotros, como siempre los dos sobrevivientes llegaron a la puerta.

—”Alistense llego la hora de salir de este rincón de mierda”—.

exclamo decidido y confiado.

los chicos se ponían los escudos, mirándonos y al fin alguien corto ese silencio de muerte.

—”No vamos a morir, ¡no dejare que nadie caiga podemos con esto!”—.

continuo.

—” iré a delante soy el mas fuerte, vector, Ariel irán conmigo y dhavid atrás con las chicas al igual Dante”—.

—”ya saben no vamos a morir por ellos, en la mínima posibilidad de escapar lo haremos”—.

añadió vector decidido.

Aun asustados para luchar afuera, las palabras de Dilan y vector fueron reconfortantes para todos en ese momento.

salimos afuera de la habitación estaba el líder y su gente preparada con armas, machetes y bien equipados.

obviamente sabíamos que eso no iba a servir, es mejor ser ligeros en esta situación llevar peso extra solo causaría la muerte.

El líder espero que nos uniéramos y prosiguió con su charla del plan “estratégico”.

—”Escuchen bien, porque no lo repetiré”— exclamó con voz grave —”salir ahí afuera no es valentía, es suerte”.

Nadie dijo nada.

—”Las criaturas no piensan como ustedes.

Siguen estímulos: ruido, movimiento, presencia.

No les importa morir si van en grupo”— añadió mientras caminaba lentamente frente a nosotros.

Se detuvo frente a Ángela y Coraline.

—”Por eso ustedes irán adelante”— dijo sin rodeos.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Adelante para qué exactamente?— pregunté, conteniendo la rabia.

El líder sonrió apenas.

—”Para llamar la atención, No se cansan de escuchar que serán nuestro muro, no importan si mueren en el proceso solo quiero que nos habrán el camino”—.

vector frunció el ceño.

—”¿Cebo?”— murmuró.

—”Llámalo como quieras”— respondió encogiéndose de hombros —”pero alguien tiene que abrir camino”—.

—”como saben, los escudos policiales antidisturbios no detienen a las criaturas fuertes, pero sí a las débiles apuras penas…

y a las hordas por unos segundos y esos segundos valen vidas”—.

—”!¿Y las armas?!”— exclamó Ariel —”¡ya vimos que no sirven para una mierda!”—.

—”Exacto”— respondió el líder sin perder la calma —”por eso no disparen.

El ruido atrae cosas peores”—.

Dilan apretó los labios.

—”Entonces…

caminamos y esperamos no morir”—.

—”Caminan”— corrigió el líder —”y cuando aparezcan, usan esto”—.

Levantó una granada cegadora.

—”Tres cegadoras, dos de humo.

Las usan solo cuando yo lo ordene.

Si las gastan antes, están muertos”—.

Ángela dio un paso al frente.

—”!¿Y ustedes qué hacen mientras tanto?!”— gruñó.

El líder la miró fijamente.

—”Nosotros vamos detrás.

A distancia.

Si algo realmente bloquea el camino…

intervengo”—.

—”¿Y si uno de los suyos cae?”— preguntó Coraline, con voz firme.

El líder no respondió de inmediato.

—”Entonces no era apto para llegar al tren”—.

El silencio fue pesado.

Ángela dio un paso al frente.

—”!¿Y si aparecen criaturas fuertes?!”—.

El líder levantó el hacha.

Los símbolos grabados pulsaron levemente.

—”Entonces yo entro”—.

me quede viéndolo, el piensa que con su fuerza podrá vencer a esas criaturas infernales.

—”Las calles abiertas son trampas”— siguió —”pero nos moveremos rápido hasta el primer cruce.

Ahí lanzan humo”—.

Vector habló bajo.

—”¿Para romper línea de visión?”—.

—”Exacto”— respondió —”las criaturas dudan cuando pierden objetivo.

Esa duda es su única ventaja…

bueno algunas”—.

—”Si una horda se vuelve incontrolable”— añadió —”se dispersan en abanico.

El que corra más lento…

no llega”—.

Ariel tragó saliva.

—”Esto es una carnicería”—.

—”Es supervivencia”— corrigió el líder —”y nadie aquí es inocente”.

Se acercó un poco más.

—”Si todo sale bien, cruzamos la avenida central y alcanzamos las vías.

Si sale mal…”— Sonrió sin humor.

—”Al menos ustedes habrán limpiado el camino”—.

—”Tomen posiciones.

En cuanto esa puerta se abra, el mundo va a saber que estamos vivos”—.

Se giró hacia los suyos.

—”Preparados.

Y recuerden: no disparen si no quieren llamar al infierno”—.

bajamos de primero por las escaleras, enfrente de nosotros la gran puerta de vidrio al inicio.

Los sobrevivientes del líder quitaron la pesada cadena.

La puerta crujió.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

Salíamos.

Cuando la puerta se abrió, el mundo gritó.

No con sonido, sino con presencia.

El cielo seguía siendo rojo.

Un rojo enfermizo, como una herida que nunca cerraba.

La ciudad estaba cubierta por sombras alargadas y vegetación imposible que trepaba por edificios quebrados.

Las calles estaban vivas…

respiraban.

Y entonces las vimos.

Las hordas.

Eran criaturas humanoides deformes, delgadas, demasiadas.

Se movían de forma errática, chocando unas con otras, emitiendo sonidos húmedos, como si sus gargantas estuvieran llenas de algo que no debía estar ahí.

Algunas caminaban en cuatro extremidades.

Otras se arrastraban.

Otras…

no caminaban en absoluto.

—”Escudos”— murmuró el líder.

Avanzamos.

Cada paso era un error potencial.

Cada piedra bajo nuestros pies parecía demasiado ruidosa.

Mi corazón latía tan fuerte que juraría que podía atraerlas.

Una de las criaturas giró la cabeza.

Luego otra.

Luego decenas.

—”No miren atrás”— dijo Coraline en voz baja.

Las hordas comenzaron a moverse.

No corrían.

Eso era lo peor.

Avanzaban como una marea lenta, segura, inevitable.

Uno del grupo del líder arrastro su machete que estaba sujetando en su pantalon.

El sonido fue seco.

El mundo explotó.

Las criaturas gritaron.

Un chillido colectivo que atravesó el aire y se clavó en mis oídos.

La horda se lanzó hacia nosotros.

—”¡HUMO!”— gritó el líder.

Vector lanzó la granada.

El humo se expandió como una nube viva, cubriéndonos.

El olor químico quemó mis pulmones, pero seguí avanzando.

Algo golpeó mi escudo con fuerza suficiente para hacerme retroceder un paso.

Otra cosa chocó contra mí.

Y otra.

Garras.

Dientes.

Cuerpos.

—”¡Mantengan formación!”— gritó Ángela mientras empujaba con el escudo.

Una criatura se lanzó por encima, demasiado ágil.

Dilan la detuvo de un golpe brutal con el escudo, estrellándola contra el suelo.

—”¡No las maten!”— gritó Dante —”¡solo aléjenlas!” Pero no todas podían ser alejadas.

Un hombre del grupo del líder cayó.

Una criatura le arrancó la garganta antes de que pudiera gritar.

La sangre salpicó el asfalto.

Otro fue arrastrado por varias manos grises hacia la oscuridad del humo.

—”¡Sigan!”— gritó el líder.

Yo no quería mirar.

Miré igual.

El mundo no tuvo piedad.

Estábamos alineados horizontalmente con los escudos pegados, hombro con hombro.

Las criaturas repugnantes empujaban fuertemente, nosotros intentábamos mantener la formación, veía a todos estresados, una gran garra se colo por un espacio de los escudos hiriendo a vector, cayendo al suelo.

—¡EMPUJEN!, vector ve atrás un momento y descansa—.

exclame estresadamente, mientras cubría su puesto faltante.

Avanzamos calle abajo, empujando, golpeando, resistiendo.

El humo empezó a disiparse, y con él llegó algo peor.

Un rugido.

No era de horda.

Era profundo.

Pesado.

Inteligente.

El líder levantó el brazo.

—”Deténganse”—.

Desde entre los autos volcados emergió una criatura grande, con músculos tensos bajo una piel oscura y marcada por cicatrices.

Tenía cuatro brazos y un cráneo deformado, con ojos hundidos que brillaban con odio.

El líder dio un paso al frente.

—”Ustedes sigan”—.

—”¡¿Qué?!”— gritó uno de los suyos.

El líder no respondió.

Clavó el hacha en el suelo.

El aire a su alrededor vibró.

Sentí algo…

como presión en el pecho.

El líder apretó los dientes.

Su anomalía despertó.

Las venas de sus brazos se iluminaron con un brillo opaco, como metal caliente.

Cuando levantó el hacha, el suelo se agrietó.

La criatura rugió y se lanzó.

El choque fue brutal.

El hacha atravesó carne y hueso.

La criatura golpeó al líder con uno de sus brazos, lanzándolo contra un auto.

El metal se dobló como papel.

—”¡Ahora!”— gritó Vector.

Seguimos.

No miré atrás.

No quise ver quién ganaba.

El caos no terminó ahí.

Las hordas regresaron.

Y entonces, a mitad de la travesía, el mundo decidió empeorar.

Algo silbó en el aire.

Una púa atravesó el cuello de un hombre detrás de mí.

Luego otra.

—”¡Al suelo!”— gritó Ángela.

Desde un edificio derrumbado emergió la criatura.

Era una abominación.

Un cuerpo gigantesco cubierto de escamas gruesas, con la forma alargada de una lagartija…

pero su espalda estaba llena de púas largas, afiladas, como las de un erizo monstruoso.

Sus ojos eran pequeños, negros, atentos.

Se estremeció.

Y disparó.

Las púas salieron como balas.

Una atravesó el escudo de un hombre.

Otra le incrustó el pecho.

—”¡Cegadora!”— gritó Vector.

La granada explotó en luz.

La criatura chilló, retorciéndose, lanzando púas al azar.

El caos fue total.

Una traición ocurrió en medio del humo.

Uno de los sobrevivientes hostiles empujó a Dilan hacia las criaturas para abrirse paso.

—”¡CORRAN!”— gritó.

No llegó lejos.

Coraline se lanzo al suelo, mientras el monstruo erizo seguía con sus ráfagas de puás.

Le agarro el pie al que había empujado a Dilan, tropezándose y siendo acribillado por unas de las puás.

Dilan fue tragado por la horda de criatura, Todos corrimos para socorrer a Dilan pero en ese preciso instante una luz metálica se asomaba en la montaña de monstruos era el, cubierto de metal había activado su anomalía, saliendo de ese mar de criaturas y lazando por los aires a ellas.

Rápidamente lo cubrimos desactivando su anomalía instantáneamente.

vi por reflejo al líder cubierto de sangre agotado con una gran herida en el brazo.

—”¡Sigan avanzando!”— gritó —”¡NO SE DETENGAN!” Al final, solo quedaban restos.

Ocho del grupo del líder no lo lograron.

eficazmente logramos llegar a una zona segura por el momento la granada cegadora nos gano unos momentos para no ser percibidos.

nadie celebró.

Estábamos entre dos edificios semi derrumbados, una zona donde los escombros formaban un cuello estrecho.

El humo y la luz confundieron a las criaturas, al menos por ahora.

El silencio regresó…

pero era un silencio enfermo.

Dilan estaba de rodillas, respirando con dificultad.

El metal que cubría su cuerpo comenzó a retraerse lentamente, como si no quisiera soltarlo, dejando su piel marcada, roja, temblorosa.

Dante se lanzó hacia él al instante.

—”No te muevas…

no te muevas”— murmuró con desesperación contenida.

Dilan no respondía.

Solo respiraba.

Cada inhalación sonaba como si le quemara por dentro.

El líder se apoyó contra una pared, dejando una mancha oscura de sangre.

Su brazo colgaba mal, el hacha clavada en el suelo para no caer.

—”Ocho…”— murmuró uno de los suyos con la voz rota —”éramos doce…” Nadie respondió.

Yo miré alrededor.

Vector estaba presionándose un corte profundo en el antebrazo.

Coraline tenía la mejilla abierta, una línea roja bajándole hasta el cuello.

Ángela respiraba agitada, con los nudillos ensangrentados.

Ariel estaba sentado en el suelo, mirando sus manos como si no fueran suyas.

Y yo…

Yo sentía ese cosquilleo.

Ese murmullo que no venía de afuera.

No ahora, no cuando lo necesitaba.

Maldito seas, ahora estoy impotente necesito ser de ayuda de alguna manera, estoy siendo inservible repetí varias veces dentro de mi.

—”No podemos quedarnos”— dijo Vector finalmente —”la cegadora solo los retrasó”—.

El líder levantó la cabeza lentamente.

—”Tiene razón”— dijo con voz ronca —”si las hordas se reorganizan, este pasillo se vuelve una trampa”—.

Dante levantó la mirada, furioso.

—”¡¿Y qué quieres que hagamos?!

¡Él casi muere!”—.

—”TODOS casi mueren”— respondió el líder, cortante —”y si no nos movemos, van a morir de verdad”—.

Silencio.

Uno pesado, lleno de miradas cargadas de odio, miedo y algo más…

duda.

Ángela se puso de pie.

—”¿Cuánto falta para tu maldito plan?”— El líder respiró hondo.

—”Tres zonas”— dijo —”calles abiertas, poca cobertura.

Después…

el tren”—.

Ariel soltó una risa nerviosa.

—”Ah…

genial…

campo abierto…

perfecto…”—.

—”Cállate”— dijo Coraline con suavidad, pero firme.

El líder nos miró uno por uno.

—”No voy a mentirles”— continuó —”allá afuera es peor.

Criaturas más grandes.

Más listas”—.

Mis dedos se cerraron sobre el escudo.

—”Entonces, ¿por qué seguir?”— El líder me sostuvo la mirada.

—”Porque quedarse es morir lento”— dijo —”y moverse…

al menos nos da una oportunidad”—.

Dilan levantó la cabeza.

Su voz salió débil, pero clara.

—”Sigan…”— Dante negó con la cabeza.

—”No…”— —”Sigan”— repitió Dilan —”no activé esto para que me miren…

actívense ustedes.” Coraline se acercó y le apretó el hombro.

—”No te vamos a dejar”— —”Lo sé”— respondió él, esbozando una sonrisa cansada —”por eso…

muévanse.” El líder recogió su hacha con dificultad.

Me acerqué a Coraline sin decir nada.

Le sequé la sangre de la mejilla con la manga, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.

Ella no apartó la mirada del frente.

—”Estoy bien”— dijo, aunque no lo estaba.

Asentí igual.

Ayudé a los demás como pude.

Arranqué tiras de tela de mochilas viejas, de camisetas rotas, incluso de una cortina que colgaba medio quemada en uno de los departamentos abandonados.

Amarré brazos, cubrí cortes, apreté heridas abiertas hasta que dejaron de sangrar.

Nadie se quejó.

El dolor ya no era lo peor.

Los escudos policiales estaban hechos pedazos.

Algunos apenas se sostenían por el mango, otros tenían perforaciones donde las púas habían entrado como balas.

Aun así, nadie los soltó.

El líder observaba en silencio mientras se vendaba el brazo con torpeza.

Su respiración era pesada.

Se le notaba el cansancio, ese agotamiento que no se va ni durmiendo.

—”Escuchen bien”— dijo finalmente, con la voz baja pero firme —”a partir de aquí, cero ruido innecesario”—.

Señaló el frente, donde la calle se abría como una herida enorme entre edificios derruidos.

—”Las hordas reaccionan al sonido, pero no solo ellas”— continuó —”hay cosas peores que escuchan…

y vienen”—.

Ariel tragó saliva.

—”¿Peores que lo de hace un rato?”— El líder lo miró sin humor.

—”Mucho peores”—.

Nos acomodamos.

Dos del grupo del líder adelante con escudos, luego nosotros, después ellos cerrando.

Yo quedé cerca del centro.

No porque fuera importante, sino porque nadie quería estar solo.

Dilan caminaba con dificultad.

Cada paso parecía costarle el doble.

Dante no se le despegaba, atento a cualquier señal de colapso.

Cuando cruzamos la línea del edificio hacia la calle abierta, el silencio se volvió antinatural.

No había viento.

No había gritos.

No había nada.

Solo pasos.

Y ese cielo rojo…

más claro de lo normal.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Algo estaba cambiando, lo sabía, aunque no podía explicarlo.

No era esperanza.

Tampoco alivio.

Era como cuando el aire se pone raro antes de una tormenta.

Avanzamos entre autos volcados y restos de concreto.

A cada movimiento, los escombros crujían bajo nuestras botas.

Cada sonido parecía amplificado, como si el mundo estuviera esperando que cometiéramos un error.

Entonces lo escuché.

Un chasquido húmedo.

Luego otro.

El líder levantó el puño, deteniéndonos en seco.

Desde un callejón lateral comenzaron a salir sombras bajas, deformes.

Criaturas débiles, muchas, demasiadas.

Sus cuerpos se arrastraban, algunas caminaban torpemente sobre extremidades mal formadas, otras reptaban como gusanos con dientes.

Horda.

—”Escudos arriba”— susurró el líder.

Lo hicimos justo cuando las primeras chocaron contra nosotros.

No atacaban con inteligencia, solo empujaban, mordían, golpeaban con desesperación.

Eran débiles individualmente…

pero juntas eran una pared viva.

El impacto nos hizo retroceder un paso.

Otro.

—”¡No rompan formación!”— gritó uno de los hombres del líder.

Una criatura se coló por debajo de un escudo roto y se lanzó hacia Ariel.

Angela reaccionó al instante, hundiéndole la hoja en el cráneo sin dudar.

El cuerpo cayó, pero otros ocuparon su lugar.

El ruido aumentaba.

Demasiado.

Sentí el pulso acelerarse.

Algo respondió a ese ruido.

A lo lejos, un rugido profundo resonó entre los edificios.

No venía de la horda.

El líder maldijo entre dientes.

—”Muévanse, ahora”— ordenó —”¡antes de que llegue algo más fuerte!”—.

Empujamos, golpeamos, avanzamos centímetro a centímetro.

Las criaturas se acumulaban, sus cuerpos aplastados bajo nuestros pies, pero no dejaban de venir.

Y entonces, entre el caos, vi cómo uno de los hombres del líder empujaba discretamente a otro…

no hacia adelante, sino hacia la horda.

El grito fue corto.

Nadie dijo nada.

Pero todos lo vimos.

La traición ya no era una posibilidad, era una realidad.

mientras seguíamos avanzando note algo raro.

El ruido fue el error.

No lo vimos venir desde arriba, porque nadie estaba mirando el cielo.

Un chillido agudo rasgó el aire, como metal oxidado arañando hueso.

Instintivamente alcé la vista y el estómago se me hundió.

Sombras.

Muchas.

Criaturas voladoras descendían en picada entre los edificios, con alas membranosas y cuerpos delgados, alargados, parecidos a águilas deformes, pero con demasiadas articulaciones, demasiados ojos.

Sus garras eran largas, curvas, diseñadas para sujetar…

y no soltar.

—”¡Arriba!”— gritó alguien.

Demasiado tarde.

La primera se lanzó como un proyectil.

Atravesó la formación y se llevo a uno de los hombres del lider, alzándolo por el pecho.

El grito se apagó cuando la criatura cerró las mandíbulas alrededor de su cuello y tiró hacia arriba.

El cuerpo cayó segundos después, abierto, inútil.

El cielo se llenó de chillidos.

—”¡Escudos arriba, arriba!”— ordenó el líder.

Las criaturas bajaban en oleadas, se abalanzaban, agarraban, levantaban.

Algunas no mataban de inmediato: arrastraban a sus presas contra muros, los golpeaban hasta que dejaban de moverse.

El pánico se extendió.

Uno de los escudos cayó.

Otro se partió.

Vector gritó instrucciones, su voz intentando imponerse al caos.

—”¡No corran!

¡Si se dispersan estamos muertos!”— Entonces ocurrió.

Sentí el empujón.

No fue una criatura.

Fue humano.

El líder avanzó un paso…

y cerró la formación deliberadamente, dejando a Vector un poco más atrás, apenas medio segundo fuera del escudo más cercano.

Lo vi.

Lo vi claramente.

Vector giró el rostro, sorprendido.

—”¿Qué…?”— Una sombra cayó sobre él.

Una de las criaturas descendió en picada, lo tomó por los hombros y lo alzó violentamente.

Vector gritó, forcejeó, intentó analizar, reaccionar, pensar…

pero no hubo tiempo.

—”¡VECTOR!”— gritó Coraline.

La criatura subió unos metros y luego se estrelló contra la fachada de un edificio, una, dos, tres veces.

El cuerpo dejó de moverse.

La soltó.

Vector cayó como un muñeco roto, golpeando el asfalto con un sonido seco, final.

Todo se congeló un instante.

Sentí algo romperse dentro de mí.

—”¡NO!”— Quise correr, pero Angela me sujetó del brazo.

—”¡Dhavid, no!”— El líder no miró atrás.

No pidió perdón.

Solo gritó: —”¡SIGAN AVANZANDO!”— Ahí lo entendí.

Nunca pensó que todos llegaríamos.

Vector fue el precio.

La horda terrestre seguía presionando por los costados.

Las voladoras atacaban desde arriba.

El grupo del líder ya había perdido más hombres.

Los gritos se mezclaban con el aleteo y los impactos.

Estábamos rodeados.

Entonces el suelo tembló.

Un paso.

Otro.

me surgió un dolor de cabeza, vi a mi alrededor los chicos llorando y las criaturas embistiendo sin cesar.

Mi querido amigo vector…

—¡TE DESPEDAZARE MALDITA ESCORIA HUMANA!

¡TE LLEVARE CONMIGO AL INFIERNO!— grite ferozmente.

Viendo como desde una avenida lateral emergió una criatura fuerte, pero lo suficiente para imponer terror: un coloso de carne y piedra, con extremidades gruesas y un torso cubierto de placas minerales irregulares.

Cada respiración expulsaba polvo y fragmentos de concreto.

Sus ojos eran pozos incandescentes.

El líder se detuvo.

Respiró hondo.

—”Sigan…

yo me encargo”— dijo.

Lo miré con odio, como el maldito puede darnos ordenes por lo que acabade hacer.

Dilan me vio.

— “dhavid te necesito cuerdo, necesitamos ayuda, ¡te juro que nos pagara esto!”—.

mientras activaba su anomalia agarrando una de las águilas enormes y estapandolas contra el suelo en el mismo instante que Angela y coraline le destrozaban la cabeza.

vi de reojo el lider estaba palido.

Su brazo herido temblaba.

Y aun así…

forzó su anomalía.

El hacha comenzó a vibrar.

Los símbolos del mango brillaron con un rojo enfermo.

La hoja se deformó, se alargó, se abrió como una mandíbula.

El metal se fundió con su brazo, incrustándose en la carne, desgarrando piel y músculo.

El líder gritó.

Sangre brotó de su boca y nariz, cayendo en hilos espesos al suelo.

Sus dientes se mancharon de rojo mientras la transformación terminaba.

El hacha ya no era un arma.

Era una extensión monstruosa de su cuerpo.

—”¡MUÉVANSE!”— rugió.

Se lanzó contra la criatura.

El impacto fue brutal.

El coloso respondió golpeándolo contra un auto, abollándolo como papel.

El líder se levantó tambaleante, tosiendo sangre, y hundió el hacha-brazo en la placa del pecho, arrancando fragmentos de roca y carne.

La criatura rugió.

El choque de anomalías sacudió la calle.

—”¡AHORA!”— gritó alguien.

Corrimos.

No miré atrás.

Corrimos en medio del caos buscando cualquier refugio, cualquier sombra donde escondernos.

Mi corazón latía con una violencia insoportable, golpeándome el pecho como si quisiera escapar.

La imagen de Vector yaciendo sin vida sobre el duro asfalto no se borraba de mi mente.

Mis manos temblaron.

Fue el primer amigo que conocí en este infierno, y ahora…

solo era un cuerpo más.

Un alarido me sacó de mis pensamientos.

Una de las criaturas de la horda se lanzó sobre Coraline y le clavó los colmillos en el tobillo.

Ella gritó, cayendo de rodillas mientras intentaba sacudírsela.

Ángela la cubrió de inmediato, pero otras garras se cerraron sobre sus brazos, rasgando carne y tela.

Dante tambaleó a mi lado; un hilo espeso de sangre descendía desde su frente hasta sus labios, su respiración era errática, forzada.

No sabía dónde mirar.

Todo era gritos, golpes, cuerpos chocando.

Nos movíamos sin rumbo, como hormigas desesperadas pisoteadas por algo que no entendíamos.

Cada segundo que pasaba, la pelea del líder contra aquella aberración seguía atrayendo más criaturas, como si el ruido fuera una maldita invitación al exterminio.

Entonces lo sentí.

Un dolor agudo, brutal.

Garras se hundieron en mi antebrazo y desgarraron la carne con una fuerza inhumana.

Sentí la piel abrirse, el calor de la sangre brotar sin control.

Solté un gruñido ahogado, apretando los dientes para no gritar.

El brazo me ardía, me quemaba, pero no podía detenerme.

No ahora.

No cuando todo se estaba viniendo abajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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