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Renacer sangriento - Capítulo 8

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8: Desesperación 8: Desesperación El dolor se extendió por todo mi brazo como un rayo negro.

Cada latido hacía que la herida se abriera un poco más, como si algo quisiera salir de mí a la fuerza.

Intenté mover los dedos.

No respondieron.

Sentí un vacío helado en el pecho.

Miré alrededor.

Coraline estaba de rodillas, rodeada, arrastrándose con el tobillo ensangrentado.

Angela forcejeaba contra dos criaturas que la empujaban hacia el suelo, sus gritos se perdían entre los chillidos de la horda.

Dante apenas se mantenía en pie, con la mirada perdida, cubriéndose la cabeza mientras algo invisible lo golpeaba desde arriba.

Quise correr hacia ellos.

Mi cuerpo no respondió.

El brazo herido colgaba inútil, temblando, y cada intento de avanzar era como caminar sobre cuchillas.

Sentí rabia.

Una rabia densa, amarga.

No miedo.

Impotencia.

—No…

no…

—murmuré, apretando los dientes—.

No otra vez—.

El mar de criaturas se cerraba.

Eran demasiadas.

Débiles, sí, pero juntas…

imparables.

Sus cuerpos se movían como una sola masa, un flujo vivo que avanzaba sin pensar, sin dudar, solo hambre y furia.

A lo lejos, el líder seguía luchando.

Su hacha chocaba contra el monstruo con un estruendo seco, antinatural.

Cada impacto levantaba polvo, fragmentos de piedra y sangre.

Él estaba solo, demasiado lejos, consumido por su propia batalla, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Cada segundo que pasaba, más criaturas acudían atraídas por el ruido, por el caos.

La tercera zona segura.

Eso era lo que debíamos alcanzar.

Pero estábamos atrapados entre el camino y la muerte.

Vi cómo una criatura se abalanzaba sobre Coraline.

No pensé.

No calculé.

Me lancé con el cuerpo por delante, usando el escudo destrozado como si fuera lo último que me quedaba.

El impacto me sacó el aire de los pulmones.

Sentí cómo algo crujía en mi costado, pero no solté el escudo.

—¡Muévanse!

—grité, con la voz rota—.

¡Levántense, carajo!

Nadie me escuchó.

O quizá sí…

pero ya no podían.

Las criaturas seguían llegando.

Desde los edificios, desde las calles laterales, desde grietas que antes no estaban ahí.

El cielo rojo parecía pulsar, como si el mundo mismo respirara con ellas.

Me arrastré, dejando un rastro oscuro en el suelo.

Cada metro era una tortura.

Cada segundo, un recordatorio de que no era suficiente.

De que no tenía poder.

De que solo era un humano intentando salvar a otros humanos en un mundo que ya no los quería vivos.

Levanté la vista una última vez hacia el líder.

Seguía luchando.

Y nosotros nos estábamos quedando atrás.

El rostro de Vector volvió a mí sin aviso.

No su cuerpo destrozado.

No la sangre.

No el asfalto.

Su risa.

Esa maldita risa tranquila, como si el mundo todavía tuviera arreglo.

Sentí el pecho comprimirse.

El aire no entraba bien.

Cada paso que daba era una traición más: yo seguía vivo y él no.

—Vector…

—susurré, sin saber por qué—Perdóname—.

La horda rugía detrás, pero ya no eran solo ellos.

Desde los techos, algo se movía.

Sombras alargadas se despegaban de las cornisas, criaturas con alas membranosas y cuerpos huesudos, descendiendo en picada como buitres deformes.

Sus chillidos atravesaban el cráneo, un sonido agudo que hacía vibrar los dientes.

Una se lanzó sobre Dante; apenas logró cubrirse antes de que las garras arrancaran pedazos del pavimento donde había estado su cabeza.

A la izquierda, algo pesado avanzaba arrastrándose.

Una masa de carne y placas óseas, baja, ancha, con demasiadas patas.

Cada movimiento hacía temblar el suelo.

Sus ojos brillaban como carbones húmedos.

No corría.

Esperaba, segura de que la presa llegaría sola.

Y todo…

todo era culpa del ruido.

Volví a mirar hacia el líder.

Su hacha golpeaba sin parar.

Cada impacto era un llamado.

Cada grito suyo, una señal.

No estaba luchando para abrirnos paso.

Estaba luchando para sí mismo.

Para su orgullo.

Para su maldita anomalía descontrolada.

El odio me subió como ácido.

—Nos estás matando…

—pensé—Nos estás usando—.

La imagen de Vector, cayendo, volvió a mezclarse con la espalda del líder, con su figura cubierta de sangre, de espaldas a nosotros.

No nos miró.

Ni una sola vez.

Apreté los dientes hasta que me dolieron las encías.

Una criatura saltó desde una ventana rota.

Tenía el cuerpo delgado, casi humano, pero la mandíbula se abría en tres partes, goteando algo espeso y negro.

Me lancé hacia atrás por instinto.

El dolor en el brazo me arrancó un gemido, pero levanté el escudo y lo estampé contra su rostro.

Sentí el cráneo hundirse.

No celebré.

No sentí nada.

—¡Muévanse!

—grité de nuevo—¡A la tercera zona, ahora!—.

No sabía si me escuchaban.

Yo mismo apenas me escuchaba por dentro.

Todo era ruido, gritos, alas batiendo, huesos chocando, el retumbar del monstruo de piedra enfrentándose al líder.

Angela tropezó.

La sujeté con el hombro bueno.

Coraline apenas podía apoyar el pie.

Cada segundo era una cuenta regresiva.

El cielo rojo parecía observarnos.

Sentí algo romperse dentro de mí.

No un hueso.

Algo peor.

Vector no iba a volver.

Y el líder…

el líder iba a pagar.

No ahora.

No todavía.

Primero tenía que sacar a los que quedaban con vida.

Aunque fuera arrastrándolos.

Aunque me desangrara en el camino.

Aunque el mundo entero se nos viniera encima.

Detrás de nosotros, el rugido del líder se volvió inhumano.

Y supe, sin mirarlo, que ya no estaba peleando solo contra una criatura.

Estaba perdiendo lo último que le quedaba de humano.

Y cuando esto terminara…

nada iba a quedar igual.

El suelo tembló.

No como antes.

Esto fue distinto.

Un golpe seco, profundo, que hizo vibrar los edificios cercanos.

Las ventanas estallaron en cadena, una tras otra, como si algo gigantesco estuviera caminando entre nosotros.

—”¿Escucharon eso…?”— murmuró alguien, con la voz rota.

No respondí.

Porque ya los estaba viendo.

Entre la neblina rojiza y el polvo levantado, figuras de más de cinco metros emergían lentamente.

Criaturas altas, desproporcionadas, con extremidades largas como columnas torcidas.

Su piel parecía piedra viva mezclada con carne, placas irregulares cubriéndoles el torso, grietas brillando en tonos anaranjados desde su interior.

Cada paso aplastaba autos, postes, cuerpos.

Una de ellas bajó la cabeza.

Nos olió.

Sentí el estómago hundirse.

—”¡No…

no no no!”— gritó Ariel, histérico.

El caos explotó.

Las hordas, las voladoras, las cosas bajas y arrastradas…

todo comenzó a moverse al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden silenciosa.

Los gritos se mezclaron con rugidos que no parecían venir de gargantas normales, sino del propio aire.

Y entonces aparecieron ellos.

Desde un callejón lateral, una manada.

Lobos enormes, de pelaje rojo oscuro, casi carmesí, con colas largas y espesas que se movían como látigos al correr.

Sus ojos eran afilados, conscientes.

No eran bestias torpes.

Eran cazadores.

Uno desapareció.

Literalmente.

Un parpadeo…

y ya no estaba donde debía.

—”¡Flash!”— alcanzó a gritar Dilan.

El lobo reapareció tres metros adelante, clavando las mandíbulas en el cuello de uno de los sobrevivientes del grupo del líder.

No mordió: ancló.

Sus colmillos se cerraron como un cepo.

El hombre no gritó.

Solo cayó.

—”¡Atrás!”— rugió Dilan.

Y por fin, Dilan avanzó.

Su cuerpo se tensó, la anomalía recorriéndole la piel como una presión invisible.

Se plantó frente a nosotros, recibiendo un impacto directo de una de las criaturas grandes.

El golpe lo lanzó varios metros, rompiendo el asfalto…

y aun así se levantó.

Con dificultad.

Con rabia.

Con miedo.

—”¡NO LOS VOY A DEJAR!”— gritó, con la voz quebrada.

Corrió hacia la manada, embistiendo a uno de los lobos justo cuando intentaba otro salto.

El choque fue brutal.

Dilan lo sostuvo, clavando los pies en el suelo, mientras las mandíbulas buscaban su garganta.

Sus brazos temblaban.

Yo lo vi.

Vi cómo su poder lo protegía…

pero también cómo lo estaba rompiendo por dentro.

El líder volvió a rugir.

Su hacha, deformada, unida a su brazo mutilado, cayó sobre la criatura de piedra con una fuerza monstruosa.

Sangre salió disparada de su boca y nariz.

Ya no gritaba palabras.

Eran sonidos.

Algo se había soltado definitivamente.

Y entonces pasó.

El líder giró.

Nos miró.

Por primera vez desde que todo empezó a irse al infierno.

Sus ojos…

ya no estaban ahí.

—”¡MUÉVANSE!”— bramó, con una voz que no era solo suya.

— ¡AHORA!—.

Y atacó.

No a las criaturas que nos cercaban.

Atacó hacia nosotros, rompiendo una estructura, haciendo caer un edificio ya inestable.

El estruendo fue ensordecedor.

El polvo lo cubrió todo.

Pero en ese derrumbe…

se abrió una brecha.

Un callejón estrecho, parcialmente intacto.

Oscuro.

Silencioso por comparación.

Lo vi.

Vector lo habría visto.

—¡POR AHÍ!— grité.

No esperé respuesta.

Tomé a Coraline, casi cargándola.

Angela cubría la retaguardia con el escudo destrozado.

Dante sangraba, pero seguía.

Ariel lloraba y corría al mismo tiempo.

Dilan retrocedía paso a paso, empujándonos, resistiendo otro flash de los lobos con lo último que le quedaba.

Uno de ellos saltó.

Falló por centímetros.

Entramos.

El ruido quedó atrás…

por unos segundos.

Me detuve solo un instante, jadeando, y miré hacia atrás.

El líder estaba solo.

Rodeado.

Las criaturas gigantes avanzaban.

Las hordas se cerraban.

Los lobos regresaban, uno por uno, parpadeando entre sombras.

Nuestros ojos se cruzaron.

No hubo palabras.

Solo entendimiento.

La brecha se cerró con otro derrumbe.

Y así, sin despedidas, sin justicia, sin perdón…

nos separamos.

Sentí algo quemarme en el pecho.

Vector.

El líder.

Todo ese odio acumulándose, tomando forma.

Seguí avanzando.

Porque si me detenía…

iba a volver.

El callejón desembocó en el interior de un complejo subterráneo, lo que alguna vez fue un estacionamiento de varios niveles.

El techo estaba agrietado, con raíces nuevas atravesando el concreto como venas enfermas.

La luz roja apenas se filtraba por las rendijas superiores, lo justo para no quedar completamente a oscuras.

El ruido quedó atrás.

No porque el mundo se hubiera calmado…

sino porque nos había perdido el rastro, seguramente ya habían acabado con la vida de la escoria esa.

Eso era todo.

Nadie habló de inmediato.

El aire olía a polvo viejo, sangre y óxido.

Cada respiración dolía.

Me apoyé contra una columna, sintiendo cómo el temblor en las manos se hacía más evidente ahora que no había nada persiguiéndonos.

Ahora que Vector no iba a volver a cubrirnos.

Angela fue la primera en sentarse.

Dejó caer el escudo frente a ella con un golpe seco.

Tenía la mirada perdida, fija en un punto inexistente del suelo.

Coraline se arrodilló lentamente, apretando los labios, como si hablar fuera a romper algo más.

Ariel se encogió contra una pared.

—”No…

no debió pasar”— murmuró, una y otra vez, como un rezo inútil.

Dilan se dejó caer de rodillas.

Su respiración era pesada, irregular.

Sus manos aún temblaban, abiertas, como si todavía sostuviera el peso de algo invisible.

No lloró.

No gritó.

Solo bajó la cabeza.

Yo me quedé de pie.

No porque fuera fuerte.

Sino porque si me sentaba…

iba a desmoronarme.

Vector apareció otra vez en mi mente.

Analizando rutas.

Calculando riesgos.

Diciendo que esa brecha era viable, que el ruido atraería algo peor.

Tenía razón.

Siempre la tenía.

Tragué saliva.

—Vector…

—pensé—Nos salvaste incluso al morir—.

mi nariz me empezó arder y mis ojos se pusieron aguados una cálida gota se arrastro por mi rostro, mi amigo ya no iba a regresar mas.

me seque las lagrimas como pude.

Dante rompió el silencio.

—”…voy a ayudarlos”— dijo, con voz baja—.

Pero no puedo hacerlo todo de golpe.

Se arrodilló frente a Coraline primero.

Sus manos brillaron apenas, un resplandor tenue, controlado.

Ella apretó los dientes cuando el tobillo mordido empezó a cerrarse lentamente.

No gritó.

Solo le sostuvo la muñeca.

Angela fue después.

Dante temblaba más con cada curación.

Sangre le corría aún desde la frente, pero no se detuvo.

—”Si me excedo…”— murmuró—Me desmayo.

Así que…

despacio—.

Asentí.

Yo fui el último.

Cuando Dante vio mi brazo, dudó.

—”Eso…”— tragó saliva— “Va a doler”—.

No respondí.

El ardor fue inmediato.

Sentí la carne reconstruirse a la fuerza, maldiciendo cada segundo.

Cerré los ojos.

No por el dolor físico…

sino porque la rabia estaba empezando a hervir demasiado cerca de la superficie.

Cuando terminó, Dante se dejó caer hacia atrás, agotado.

El silencio volvió.

No era paz.

Era espera.

—”Esta zona no es segura”— dijo Angela finalmente—Solo…

nos perdieron—.

Asentí.

El eco distante de rugidos, pasos lejanos, algo golpeando metal en la superficie…

todo seguía ahí afuera.

—La siguiente zona está a unos cuatro bloques— dije.

— Si nos quedamos más tiempo, nos vuelven a encontrar—.

Nadie discutió.

Pero nadie se levantó de inmediato.

El miedo se había instalado.

No el miedo al dolor.

El miedo a salir otra vez.

A perder a alguien más.

A que el próximo nombre fuera el suyo.

Coraline me miró.

No dijo nada.

Pero en sus ojos había una pregunta que no supe responder.

¿Vale la pena seguir?

Respiré hondo.

Dilan estaba sentado aparte, con la espalda apoyada en una viga.

Sus manos aún temblaban, como si el metal quisiera volver a cubrirlo por sí solo.

Tenía la mirada perdida.

—”Si hubiera aguantado un segundo más…”— murmuró.

—”Si hubiera empujado más fuerte…”—.

—”No”— lo cortó Coraline —”No empieces”—.

Pero ya era tarde.

El silencio volvió a caer, espeso, incómodo.

Nadie sabía qué decir.

Nadie quería decir el nombre que flotaba entre nosotros.

Vector.

El primero.

El que siempre veía las salidas.

El que murió por una traición que no era nuestra.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

El líder.

Su plan.

Su maldita estrategia.

Todo ese ruido.

Toda esa carnicería.

Y nosotros pagando el precio.

—”¿Valió la pena?”— susurró Ariel, casi para sí mismo.

—”Todo esto…

para llegar a un tren que ni siquiera sabemos si funciona”—.

Levanté la vista.

Las vías estaban ahí, visibles a lo lejos entre edificios colapsados.

No parecían más cercanas.

Parecían burlarse de nosotros.

—”¿Y si no podemos arrancarlo?”— continuó.

—”¿Y si está lleno de criaturas?

¿Y si…?”—.

—”Entonces morimos ahí”— respondió Angela, seca—”O morimos antes”—.

Nadie la contradijo.

Dante se dejó caer de rodillas cuando terminó de sanar lo básico.

Estaba pálido, respirando con dificultad.

—”No puedo hacerlo muchas veces más”— admitió—”Si forzó el poder…

me apago”—.

Asentí.

Genial.

Otro límite más.

Un crujido lejano nos puso en alerta.

No era un rugido.

No era un chillido.

Era peor.

Algo grande moviéndose entre los edificios, lento, pesado.

El sonido de piedra rozando metal.

—Nos están buscando— murmuré—No saben dónde estamos…

pero lo harán—.

Nos pusimos de pie con esfuerzo.

Cada uno recogió lo poco que tenía.

Escudos destrozados.

Armas inútiles.

Miré a todos.

Rotos.

Cansados.

Vivos…

por ahora.

—La siguiente zona es un antiguo complejo comercial— dije, recordando el mapa mental que ya no servía de mucho—Si llegamos ahí, podemos perderlos otra vez—.

—”¿Y después?”— preguntó Dilan.

No respondí enseguida.

Porque después estaba el tren.

Y después…

nada claro.

—Después seguimos— dije al final—Como siempre—.

Salimos del refugio uno por uno, con el corazón en la garganta.

El mundo seguía rojo.

Hostil.

Hambriento.

Y aun así…

avanzamos.

Porque detenerse ya no era una opción.

El aire exterior nos golpeó como una bofetada caliente.

El complejo subterráneo quedó atrás y, con él, la falsa sensación de respiro.

La luz roja volvió a teñirlo todo, filtrándose entre edificios quebrados como si el cielo sangrara lentamente.

Cada paso fuera de ese refugio improvisado era una apuesta silenciosa contra el mundo.

La calle frente a nosotros era ancha, demasiado abierta.

Restos de vitrinas comerciales sobresalían entre montones de escombros.

Carteles retorcidos colgaban de estructuras que ya no deberían estar en pie.

A lo lejos, el riel elevado del tren se insinuaba entre la neblina carmesí, cruelmente distante.

—”No mires ahí “—murmuró Angela, notando hacia dónde se me iba la vista.

No respondió nadie más.

Todos lo habían visto.

Seguimos avanzando pegados a las sombras, evitando superficies abiertas, conteniendo la respiración cada vez que algo crujía bajo nuestros pies.

El silencio no era paz; era vigilancia.

La ciudad entera parecía escucharnos.

Un golpe sordo resonó a varias cuadras.

Luego otro.

No venían del mismo punto que antes.

—”Eso no es el líder…

“—susurró Ariel—”Eso es otra cosa”—.

El suelo vibró levemente.

Polvo cayó desde una cornisa cercana.

Coraline se detuvo un instante, apretando el arma con los nudillos blancos.

—”No corran” —dije en voz baja—”Si corremos, nos oyen”—.

Como si el mundo se burlara de nosotros, un aullido rasgó el aire.

No era el de los lobos rojos.

Era más grave.

Más profundo.

Desde el interior de un centro comercial derrumbado, algo se movió.

Vimos primero las sombras, luego la forma: criaturas encorvadas, de piel oscura y húmeda, con extremidades demasiado largas para sus cuerpos.

Caminaban apoyándose en los nudillos, arrastrando las colas entre restos de vidrio y metal.

No atacaron.

Nos observaron.

—”No les llamen la atención” —murmuró Dilan, con la voz aún temblorosa.

Las criaturas inclinaron la cabeza al unísono, como si olfatearan algo que no podían ver del todo.

El brazo me latía con fuerza, la herida recién cerrada aún sensible, como si respondiera a su presencia.

Seguimos caminando.

Paso.

Otro.

Otro más.

Hasta que una de ellas se irguió.

Un chillido seco atravesó la calle.

—¡Ahora!

—grité— ¡Muévanse!

No fue una carrera.

Fue una huida contenida, desesperada, empujando los cuerpos al límite sin gritar, sin disparar, sin hacer más ruido del necesario.

Dilan cerraba la retaguardia, forzándose a mantener el control, aunque su respiración era cada vez más pesada.

El complejo comercial apareció ante nosotros como una boca oscura.

Vidrios rotos, puertas arrancadas, pasillos interiores colapsados.

Entramos justo cuando algo golpeó la pared exterior con fuerza suficiente para hacerla vibrar.

El interior era un laberinto.

Escaleras mecánicas detenidas, tiendas saqueadas hasta el hueso, pilares agrietados por raíces nuevas que brotaban del suelo.

La luz era mínima.

El aire, denso.

—”Aquí no estamos a salvo”—susurró Dante—”Solo…

ocultos”—.

—Es suficiente —respondí—.

Por ahora.

Nos detuvimos detrás de un antiguo mostrador derrumbado.

Nadie habló.

Nadie se sentó.

El cansancio estaba ahí, pero el miedo era más fuerte.

Ariel se pasó la mano por la cara, dejando un rastro de polvo y lágrimas secas.

—”Vector habría odiado este lugar “—murmuró—”Demasiados puntos ciegos”—.

Sentí el nombre caer como una piedra.

—Sí —.

dije —Y aun así, habría encontrado la forma—.

El silencio se volvió más pesado.

Afuera, algo se movía.

No gritaba.

No rugía.

Solo caminaba, lento, paciente, como si supiera que el tiempo jugaba a su favor.

Miré a mis amigos.

A los que quedaban.

La meta seguía ahí, suspendida entre edificios, cada vez más lejana, cada vez más dudosa.

El tren ya no parecía una salvación, sino otra pregunta sin respuesta.

Pero seguimos de pie.

Heridos.

Rotos.

Con miedo.

Y mientras el mundo nos buscaba, supe una cosa con certeza amarga: Si salíamos de esta, no iba a ser porque el plan funcionó.

Iba a ser porque nos negamos a morir todavía.

Nos encontrábamos en el mostrador de casualidad encontramos algunas barras de chocolate cubiertas de polvo alrededor de 3, la repartimos entre nosotros, la amarga despedida de vector nos mantenía la cabeza ocupada.

Angela se sentó arriba del mostrador.

Pudimos respirar un momento, los gruñidos afuera no cesaban.

Ariel rompió la tensión: —”El sacrificio de vector no debe de ser en vano, el no quisiera vernos así como estamos, debemos de estar al cien y vivir por el”—.

Angela le respondió con un atisbo de enojo —”El no se sacrifico.

Fue traicionado y por eso murió delante de nuestros ojos nadie pudo salvarlo”—.

apretando su puño fuertemente.

Dilan se metió a la conversación —”de cierto modo tiene razón Ariel, a todos nos duele esto…

debemos de ir a nuestra meta”—.

continuo.

—”¿fue su ultimo deseo no?”—.

Asentimos todos llenos de dolor pero con una nueva motivación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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