Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Volumen 1 El niño que aprendió a usar a los dioses
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4: Volumen 1: El niño que aprendió a usar a los dioses.
Capitulo 4: El precio del tablero 4: Volumen 1: El niño que aprendió a usar a los dioses.
Capitulo 4: El precio del tablero Momentos después Ursa salió del estudio, la respiración temblorosa, la mirada perdida.
Sus pasos eran lentos, casi arrastrados.
Cuando cruzó el pasillo donde Ren esperaba oculto en las sombras, él la observó en silencio.
Ella no lo vio.
O no quiso verlo.
La mujer siguió avanzando, rumbo a sus aposentos, donde empezaría a empacar como alguien que sabe que una parte de su vida ha terminado.
Ren esperó unos segundos antes de entrar al estudio.
Es hora de cerrar el trato Ozai estaba de espaldas, sosteniendo una jarra de licor, respirando profundamente.
—¿Terminó todo, Padre?
—preguntó Ren con una voz suave.
Ozai no se sorprendió.
Ya lo esperaba.
—Sí —respondió el señor del fuego—.
Ursa se irá esta noche.
Para siempre.
Ren bajó la cabeza con una expresión triste… perfectamente ejecutada.
—Ella… no entendía tu visión.
—Ella se volvía un obstáculo —corrigió Ozai—.
Envenenaba al niño equivocado.
Ren sintió un escalofrío de satisfacción.
Pero mantuvo su máscara intacta.
—¿Debo decir algo a mis hermanos…?
—preguntó con inocencia.
—No.
No notarán su ausencia hasta mañana.
Y para entonces, será tarde.
Ren asintió.
—Padre… —susurró— yo siempre estaré a tu lado.
Haré lo que los demás no pueden.
Ozai le puso una mano en el hombro.
Un gesto que, en cualquier otra familia, significaría afecto.
En esa… significaba pacto.
—Y por eso te necesito —dijo con sinceridad cruel.
Ren inclinó la cabeza.
“Una herramienta que no cumple su rol está condenada a ser un sacrificio.” Ursa había fallado.
Y Ren… había sido quien afiló el cuchillo.
Esa noche, mientras las nubes cubrían la luna, Ursa abandonó el palacio.
Algunos dirían que por voluntad propia.
Otros, que por amor a sus hijos.
Ren sabía la verdad: Ursa se había ido porque él encontró la forma perfecta de sacarla del tablero.
al día siguiente corredor cerca del jardín interno del palacio.
Zuko estaba sentado contra un pilar, las rodillas recogidas, los ojos hinchados.
Había llorado tanto que ya no le quedaban lágrimas, solo respiraciones ásperas y un dolor que no lograba entender.
Ren apareció sin hacer ruido.
Se detuvo a su lado sin decir nada, observando el jardín mojado por la lluvia.
Zuko habló primero, con voz rota: —Mamá se fue… Ren no lo miró.
Sabía que si mostraba compasión directa, Zuko se quebraría más y dejaría de escuchar.
Así que dijo lo que el niño necesitaba para abrirse: —Lo sé.
Silencio.
Zuko tragó saliva.
—¿Ella… volverá?
Ren por fin giró la cabeza hacia él.
Puso una expresión triste, pero controlada, la clase de expresión que hace que un niño piense: “él entiende esto mejor que yo”.
—A veces, Zuko… —dijo suavemente— algunas personas se van cuando sienten que… ya no tienen un lugar aquí.
Zuko frunció el ceño, confundido.
—¿Qué… qué quieres decir?
Ren miró al suelo, como dudando en revelar una verdad dolorosa.
—Madre… estaba cambiando.
Últimamente discutía mucho con Padre.
Tú lo escuchabas, ¿no?
Zuko agachó la cabeza.
Los recuerdos eran borrosos, pero sí: gritos ahogados detrás de puertas cerradas.
—Yo… pensé que solo estaban tensos —susurró.
Ren respiró hondo, como si hablar le doliera.
—Padre siempre intentó hacer lo mejor para la familia.
Pero últimamente… —bajó la voz— Madre no confiaba en sus decisiones.
Ni en ti.
Ni en Azula.
Zuko abrió los ojos de par en par.
—¿N-no confiaba en mí…?
Ren lo observó directamente.
Sabía que la herida estaba abierta.
—Ella te quería, Zuko… pero tenía miedo.
Creía que… no estabas preparado para ser fuerte.
El niño apretó los puños.
—¡Sí lo estoy!
¡Puedo entrenar más!
¡Puedo demostrarlo!
Ren inclinó la cabeza, como quien lamenta algo inevitable.
—Quizás por eso se fue.
Porque no podía aceptar cómo están cambiando las cosas.
Y Padre… —hizo una pausa significativa— él está muy afectado.
Zuko levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—Aunque no lo muestre —susurró Ren—, está dolido.
Perder a la persona que lo apoyaba… lo deja más solo que nunca.
Zuko apretó los labios con fuerza.
Ren dejó caer la frase clave: —Tal vez… lo que Padre necesita ahora… es un hijo que se mantenga a su lado.
Uno que no lo decepcione.
Zuko respiró temblorosamente.
Y Ren supo que ya lo tenía.
—Quiero… quiero que esté orgulloso de mí —susurró Zuko—.
Quiero que vea que… puedo soportarlo.
Ren le puso una mano en el hombro.
—Entonces empieza hoy.
En ese momento, Ren ya había plantado lo necesario: culpa hacia su madre, necesidad de aprobación de Ozai, y dependencia emocional hacia él mismo.
más tarde ese día sala de entrenamiento privada.
Azula lanzaba bolas de fuego contra los blancos con una precisión impecable, pero su respiración era rápida y tensa.
Ren entró sin anunciarse.
La niña lo vio y apretó los dientes, obligándose a mantener su postura perfecta.
—No me mires así —gruñó—.
No estoy llorando.
Ren se acercó con tranquilidad absoluta.
—Nunca dije que lo estuvieras.
Además… tú no lloras.
Tú piensas.
Azula se congeló.
Era exactamente lo que quería oír.
—Madre se fue porque no era lo suficientemente fuerte —dijo Ren, dejando caer la bomba sin suavidad.
Su tono no era burlón, sino frío y lógico.
Y eso lo hacía más creíble.
Azula parpadeó.
—Eso pensé yo también —respondió lentamente—.
Ella… nunca entendió lo que significa ser una princesa de la Nación del Fuego.
Ren sonrió apenas.
—Exacto.
Ella tenía miedo de tu poder.
Azula levantó la barbilla.
—Por supuesto que lo tenía.
Ren caminó en círculos alrededor de ella, como un maestro evaluando a un alumno.
—Pero hay algo más que debes entender, Azula.
Padre está más solo que nunca.
Los ojos dorados de la niña temblaron apenas.
—¿Y… eso qué importa?
Ren se inclinó hacia ella, susurrando como si revelara un secreto prohibido: —Cuando un líder está solo, confía en quien lo comprende.
En quien puede seguirle el paso.
En quien es lo suficientemente fuerte para caminar a su lado.
Azula contuvo la respiración.
Ren continuó con voz suave pero venenosa: —Zuko siempre buscará cariño.
Siempre dudará.
Siempre será… débil.
Azula sonrió.
No de felicidad.
De superioridad.
—Lo sé —dijo con absoluta certeza.
—Pero tú —añadió Ren— tú puedes ser lo que Padre necesita.
Su heredera perfecta.
La única capaz de llenar el vacío que dejó Ursa.
Si lo deseas… —dio un paso atrás, permitiendo que ella procesara el poder de la frase— puedes convertirte en su orgullo absoluto.
Azula apretó los dedos, emocionada, ambiciosa.
—Quiero eso.
Quiero que solo me vea a mí.
Ren observó cómo el fuego azul danzaba alrededor de sus manos.
Y dijo la frase final, la que sellaba su influencia: —Entonces no lo decepciones.
Ni lo cuestiones.
Ni lo contradigas.
Sé lo que él quiere ver… y te tendrá para siempre.
Azula asintió con ferocidad.
—Lo haré.
Ren sonrió en silencio mientras ella reanudaba sus ataques, cada bola de fuego más intensa que la anterior.
Había logrado lo que quería: Zuko ahora buscaba desesperadamente la aprobación de un padre que nunca lo amaría.
Azula ahora se convertiría en la hija perfecta para un hombre incapaz de ser padre.
Y ambos, sin saberlo, dependían de Ren para interpretar ese caos.
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