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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 Volumen 1El fuego que aprende a esperar
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5: Volumen 1:El fuego que aprende a esperar.

Capitulo 1:El día que el honor se rompió 5: Volumen 1:El fuego que aprende a esperar.

Capitulo 1:El día que el honor se rompió Años después La sala de guerra del Palacio Real era un círculo de braseros encendidos, sus llamas altas y disciplinadas, como soldados cuidando cada palabra que flotaba en el aire.

Generales, comandantes y maestros fuego de élite aguardaban en silencio, observando el mapa extendido en el centro.

Ren se encontraba detrás de Ozai, ligeramente a la izquierda: no lo bastante cerca para parecer un hijo querido, pero sí lo bastante para parecer una pieza importante del tablero.

Zuko, apenas adolescente, se mantenía a un lado, rígido, tratando de aparentar dignidad.

Azula, de once años, se sentaba impecablemente derecha junto a su hermano mayor adoptivo, las manos cruzadas sobre el regazo, como si aquello fuera un espectáculo.

Entonces el General Dae propuso su plan.

Un sacrificio de la primera línea.

Una maniobra para “medir la reacción enemiga”.

Hombres jóvenes, inexpertos, usados como carnada.

Zuko no pudo contenerse.

—¡Eso es barbarie!

—gritó, dando un paso adelante—.

¡Es una estrategia sin honor!

Un murmullo recorrió la sala.

El general frunció el ceño.

Y Ozai, sin girar, dijo con una quietud que helaba la piel: —Uno no habla si no tiene permiso.

Ren observó a Zuko con precisión quirúrgica.

Ese arrebato era perfecto… demasiado perfecto para no aprovecharlo.

Sabía lo que venía.

Y sabía quién debía verse como el único que todavía valoraba la vida y la justicia de su hermano menor.

Zuko tragó saliva, se arrodilló de inmediato.

—Lo siento, Padre… Yo solo— —Has faltado al respeto a un general de la Nación del Fuego —interrumpió Ozai—.

Y la falta de respeto… se paga.

Ren miró a Azula.

Ella sonreía apenas.

Él, en cambio, fingió alarma.

Dio un paso al frente, teatro puro, calculado.

—Padre —dijo con una reverencia impecable—, Zuko solo habló desde su honor.

No pretendía desafiarlo.

No es más que un niño.

Yo asumo su falta.

Si alguien debe recibir un castigo, debería ser yo, como su hermano mayor.

Azula lo miró sorprendida.

Los generales también.

Zuko abrió los ojos, incapaz de creerlo.

Ozai lo observó por primera vez en toda la reunión.

—¿Asumes su falta?

—preguntó, peligroso—.

¿Después de haber permitido que tu hermano menor humille a un general ante todo el Consejo?

Ren inclinó la cabeza.

—Mi deber es educarlo.

Si fallé, no fue Zuko… fui yo.

Un silencio mortal cayó sobre la sala.

Zuko sintió que el corazón se le estrujaba.

Y dentro de ese silencio, Ren disfrutó—muy discretamente—del efecto.

Pero Ozai no cayó en el juego.

El Señor del Fuego siguió hablando, calmado: —Interesante.

Últimamente cuestionas mis decisiones más de lo que deberías, Ren.

Pareces olvidar tu lugar.

Creí que servías a mis propósitos… pero cada día me pregunto más si sirves a los tuyos.

Ren sostuvo la mirada sin temblar, sereno, como si ya hubiera previsto esas palabras.

Conocía el ego de Ozai.

Conocía su paranoia.

Y sabía exactamente qué provocaba cada frase.

—Mi único propósito —dijo— es servir a la Nación del Fuego.

Era cierto… aunque “servir” significara moldearla a su voluntad.

Ozai no respondió.

Solo pronunció la sentencia: —Zuko me enfrentará en un Agni Kai.

Los ojos de Zuko se llenaron de terror.

—¿Contigo?

¡Yo… yo nunca quise—!

—La decisión está tomada.

Ren apenas inclinó la cabeza, como si aceptara la orden.

Pero en su interior pensaba: Perfecto.

Todo cae en su sitio.

El Agni Kai Ren estaba arrodillado junto a Azula en las gradas.

Zuko temblaba en el centro.

Ozai, imponente, apareció entre las cortinas de fuego.

Ren no mostró sorpresa.

Se limitó a observar… como un científico que evalúa una reacción esperada.

Zuko se desplomó después del ataque.

La cicatriz ardía fresca, brillante, brutal.

Azula contuvo el aliento; Ren apoyó una mano en su hombro, suave, tranquilizadora.

Debería agradecerme algún día, pensó.

Es el dolor lo que crea dependencia.

Cuando Zuko fue arrastrado fuera de la arena, Ren se levantó.

No pidió permiso.

Se acercó a Ozai, mientras los generales se alejaban.

—Padre —dijo—.

Permítame encargarme de Zuko.

Él todavía… puede sernos útil.

Ozai lo miró con sospecha abierta.

—Útil a ti, querrás decir.

He observado tus movimientos, Ren.

El modo en que manipulas las emociones de tus hermanos.

El modo en que intercedes por ellos para ganarte su lealtad… Ren no cambió su expresión.

Pero detrás de sus ojos, algo se afiló.

—Si mis acciones lo incomodan —dijo con calma—, dígame qué desea que haga.

Ozai se acercó, su rostro a un palmo del suyo.

—Lo que harás será aprender obediencia.

Me servirás cuando te necesite… y solo entonces.

Hasta ese día, permanecerás en silencio y fuera de vista.

Como la herramienta que eres.

Ren bajó la cabeza, encarnando humildad.

Bien, pensó.

Perfecto.

Haz tu jugada.

Yo ya hice la mía.

Ozai ordenó: —Guardias.

Llévenlo al calabozo.

Lo quiero aislado hasta nuevo aviso.

Zuko, aún en camilla, alzó la voz al oírlo.

—¡NO!

¡Él solo trató de ayudarme!

¡Padre!

¡No puedes—!

Azula, por primera vez en años, mostró furia pura.

—Padre, eso es absurdo.

Ren siempre ha sido leal.

¡No puedes encerrarlo como si fuera un criminal!

Pero Ozai simplemente les dio la espalda.

La decisión era final.

Los guardias tomaron a Ren por los brazos.

Él no se resistió.

Miró a Zuko, luego a Azula: uno devastado, la otra ardiendo de ira.

Les dedicó una sonrisa apenas perceptible.

Una sonrisa que decía Todo va según lo planeado.

Después Cuando la puerta del calabozo se cerró tras Ren, Zuko cayó de rodillas, lágrimas silenciosas quemándole la garganta.

—No… —susurró—.

No puedo perderlo también… Detrás de él, Azula apretó los puños al punto de sangrar.

—Liberaré a Ren —juró—.

Como sea necesario.

Y así, en un solo día, Ozai había logrado exactamente lo contrario de lo que buscaba: Perdió a Zuko.

Perdió a Azula.

Y encerró al único hijo que podría haberlo servido fielmente… si no hubiera intentado controlarlo.

Ren, en la oscuridad del calabozo, cerró los ojos.

Todo avanza.

Zuko odia a Ozai.

Azula duda de él.

Y para cuando salga de aquí… ninguno de los dos volverá a verlo como su padre.

Solo como un tirano.

Sonrió.

Era un día perfecto.

El tiempo jamás espera a nadie y 2 años fueron la prueba de ello…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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