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Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 Arc1 - 8
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10: Arc1 – 8 10: Arc1 – 8 [Te amo, te amo… Te amo, te amo… Te amo, te amo… Te amo, te amo…] —¿Puedes guardar silencio?

—dijo suavemente.

La voz de Subaru retumbó en el vacío y oscuro Jardín de las Sombras.

Esta vez, plenamente consciente.

¿Cómo no serlo?

Era el jodido Elden Lord.

La primera vez no había sostenido su voluntad porque creyó que solo reaparecería en un punto específico, como la Fuente, igual que en una Gracia.

Esta vez, cuando Puck lo apuñaló por la espalda, toda su Voluntad había estado con él.

Para ser plenamente consciente de lo que ocurría al morir en este mundo.

Satella le hizo caso y guardó silencio.

Subaru se quedó inerte, mientras pensaba dentro de su mente.

—(Puck, pequeño gato de mierda.

Ya me mataste dos veces…) La primera, podía entenderla.

Estaba en modo psicópata después de perder a Emilia —ahora sí sabía su nombre.

Pero, ¿y esta vez?

¿Qué mosca le picó al pequeño gatito?

Subaru hizo memoria con su Inteligencia de 99.

—(La pelea iba bien.

La mujer sociópata vestida de manera escasa iba acumulando heridas.

Emilia me apoyaba desde atrás como support…) Sujetó su barbilla con dos dedos, el gesto pensativo habitual.

—(Intercambio de ataques, no me rasguñó ni una vez.

Pensé en eliminarla con la Llama Frenética…) Chasqueó los dedos con la mano izquierda, un sonido seco que se perdió en el vacío.

—(Eso fue.

La Llama Frenética asustó al gatito.) Siendo sincero, no podía culparlo.

Incluso su valiente montura, Torrent, se había asustado en las Tierras Intermedias cuando iba por ese boss de la Llama Frenética.

Diablos, Melina incluso le temía también.

Bueno, siendo justos, casi todos en las Tierras Intermedias le temían.

Solo los seguidores de la Llama Frenética se atrevían a esparcirla.

—(Midra, era su nombre.

Tuve que matarlo para absorber por completo el concepto de la Llama Frenética.

Caos.) Aquella batalla… fue magnífica, de cierta forma.

Ver a Midra sin su cabeza, ese agujero negro de llamas amarillas, había sido hermoso a su manera.

—(Vale, no usar la Llama frente al gatico.

Al menos no antes de advertirle o entrenarlo para soportar sus instintos animales.) [Querido…] Oh, esa voz.

Esa hermosa voz atrajo la atención de Subaru.

—Oh, lo siento.

Subaru se acercó a ella, quien estaba sentada en el “suelo”, con las rodillas recogidas y los brazos alrededor de ellas.

—¿Quién eres tú, dime?

[Soy tuya, querido.

Satella.] —Lo siento, Satella —no se le escapó la conexión con Emilia y lo que había escuchado—.

No recuerdo que fuera tu “querido”.

[Está bien, querido.

Es natural que no lo recuerdes.

Fue en tu vida pasada.] Eso llamó la atención de Subaru.

—¿Insinúas que reencarné?

—cuestionó, pero con un tono no acusatorio.

[Sí, lo hiciste, mi amado Flugel.] Algo resonó dentro de Subaru al escuchar ese nombre.

Se llevó la mano al pecho, como si quisiera contener una vibración antigua.

—Ya veo… Guardaron silencio.

Subaru entonces sintió la necesidad de algo.

De que ella viera su yo actual real.

Enfoco toda su Voluntad en ello.

Satella lo observaba incrédula, como Subaru parecía cambiar su apariencia poco a poco.

[¿Amado?] Pronto, ante ella, no estaba el delgado Subaru del presente.

No.

Estaba el Lord de las Tierras Intermedias.

Aquel que dominó a todos los semidioses y mató a la Bestia de Elden.

—Oh, lo siento, Satella.

Quería ver si podía hacerlo aquí.

Esta es mi verdadera apariencia.

Satella se levantó y lo rodeó lentamente.

¿Cómo decirlo de manera amable?

Satella se calentó.

[Te ves… bien, amado.] —Bueno —aclaró Subaru una vez que Satella estuvo frente a él—.

Mi verdadera apariencia en esta vida.

Le sonrió a la peliplateada.

Esa sonrisa hizo que Satella se sonrojara levemente.

[Amado…] Parecía que sus ojos brillaban con anhelo.

—Lo siento, Satella.

Si bien siento los ecos de mi otra vida, puesto que ahora no siento más que un infernal deseo de besarte, esta vida actual es diferente.

[Lo sé, Subaru.] Fue su turno de sonreír.

Él luchó con todas sus fuerzas para no sonrojarse al verla.

[Sé que tienes a otras.] Su tono tenía cierto veneno.

[Pero está bien.] —¿Está bien?

—repitió confundido.

[No importa cuántas zorras se acuesten contigo.] Sentenció Satella con tono duro.

[Siempre serás mío.

Soy la primera.] Subaru rodó los ojos.

—Bueno, si tomamos mi vida anterior… Sí, eres la primera, Satella.

Ciertamente, había lógica en esa afirmación.

En cuanto a no haberse enojado por lo de las “zorras”, no veía el caso.

Observó cómo esta hermosa mujer luchaba con su propia oscuridad a cada paso.

[Me alegra tanto escucharte decir eso.] Se acercó más a Subaru.

—Te diré la verdad, no sé cómo sentirme respecto a ti.

Mi actual corazón está ocupado por mi número 1 y número 2.

[Entonces yo seré el número 0.] Replicó ella sin vergüenza alguna.

Subaru suspiró algo divertido.

—Bueno, es una manera de verlo.

Pues él mismo no podía negarlo.

Estar aquí, frente a ella, despertaba un anhelo profundo en su alma.

Como si su pasado le gritara a su presente: es ella.

[Está bien si aún no me amas, Subaru.

Yo te amo.] Enredó sus brazos en el cuello de él.

Sus ojos violetas chocaron con los ojos oscuros de Subaru.

[Te amo.

Yo te amo, Subaru.] —Satella… Él respondió dejando sus manos en su cintura.

—No puedo besarte.

Se lo prometí a Melina.

Escuchó cómo ella rechinó los dientes, pero parecía ceder.

Al menos esta vez.

[Puedo esperar.

Ya esperé cuatrocientos años.

Más no me afectará.] Subaru sintió un dolor agudo en el corazón al escucharla decir eso.

—Lo… Antes de poder disculparse, ella le puso un dedo en los labios.

[Esperé porque te amaba.

Te amo.

Y te amaré.

No debes disculparte, Subaru.] Él solo pudo asentir.

—Incluso con mi Voluntad, olvidaré la mayoría de lo que pase aquí, ¿verdad?

—preguntó Subaru con cierta certeza.

[Sí.

Pero eso ya es mucho mejor.

Normalmente, deberías olvidar todo.] —Bien, es una ganancia.

Mientras pueda recordar tu hermoso rostro.

Satella se sonrojó mientras desviaba la mirada.

Ellos aún seguían abrazados.

[Dices cosas tan descaradas… No has cambiado nada, amado.] —Je, sí.

Parece que no.

Subaru dejó caer su frente en la suya.

En un movimiento lento y suave.

Satella regresó su mirada al frente.

Veía que él tenía los ojos cerrados.

—Mi vida es un desastre.

[Soy tuya.] Respondió Satella sin titubear.

[En lo que fue, es y será tu existencia.

Yo le pertenezco a Subaru.] Ella también cerró los ojos.

Sintiendo el calor de sus manos en su cintura y la calidez de su frente.

[Te amo.] El espacio empezaba a quebrarse.

—Volveré, Satella.

[Preferiría que no.

Me duele verte morir.] —Sabes que usaré este poder.

Ya he muerto muchas veces antes.

[Lo sé…] Dijo resignada.

[Solo, evita usarlo tanto como puedas, ¿sí, Subaru?] —Lo intentaré.

Y en un pequeño zumbido, Subaru dejó de estar en el Jardín de las Sombras.

[Te amo.

Te amo.] >>>>> Capítulo 8 – Amarga, amarga ignorancia Plaza.

Fuente.

Subaru abrió los ojos una vez más.

Sentado en el borde de la fuente, dejó las manos apoyadas en la fría piedra mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Observó el cielo azul, limpio y distante.

—No quiero tratar así mis relaciones personales pero… Perdí todo mi progreso con Emilia, Puck y Adel, ¿no?

Había cierto matiz de cansancio en su voz, un susurro que se perdía en la brisa ligera.

—Este poder es perturbador, en serio.

¿No es esto poder estudiar el guion y manipularlo?

La brisa fresca que llegó desde el agua salpicó su cabello y su rostro, refrescándolo apenas.

Abrió los ojos con lentitud.

—No soy un héroe —susurró en una declaración personal y poderosa—.

Soy un Lord.

Se levantó de la fuente, recogió su bolsa de comida —que en el bucle anterior había dejado en algún lugar— y la colgó del hombro con gesto automático.

—Ahora sé que Emilia, Felt y Rom mueren a manos de la mujer pelinegra.

Puck se vuelve loco por algún “contrato” y acaba —o más bien, intenta acabar— con el mundo.

En ese momento, su mente hizo una conexión entre el final del último bucle y la mujer conocida como la Santa de la Espada en el segundo.

—Ella era aquel destello rojo… Si bien llegó tarde, aún así salvó muchas vidas.

Puck aún no había destruido mucho los barrios bajos.

Chasqueó los dedos de su mano izquierda, un sonido seco que cortó el aire.

—Bien, Adel es el plan B.

Yo soy el plan A.

No debe asustar al gato con la Llama Frenética.

Comenzó a caminar hacia el callejón, el mismo lugar donde había encontrado a Emilia las últimas dos vueltas.

—¿Qué nombre le pongo a esta habilidad?

Bueno, se le ocurrió uno morboso y simple.

—Regreso por la muerte —sonrió de manera escabrosa, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

Sin embargo, a medio camino del callejón, detuvo sus pasos.

—Sí, no me siento bien.

Subaru no… No quería repetir todos los diálogos con Emilia y Adel.

¿No es eso asqueroso?

La capacidad de manipular así a las personas sabiendo ya las respuestas le resultaba… Perturbador.

Demasiado perturbador.

No quería ser un bastardo manipulador… Bueno, no es que ya medio lo fuera.

Después de todo, debía gobernar las Tierras Intermedias.

A veces debía hacer cosas que no le gustaban.

Pero no era lo mismo aquí.

Ya sabía qué iban a decir y cómo iban a reaccionar.

—(¿De verdad seré un actor en un teatro?) La boca le supo a ceniza.

No… No quería.

El punto de esas conexiones era que la primera vez eran especiales.

Eran espontáneas.

No había nada escrito.

Pero con este poder… Ya estaba en piedra.

¿La única variable?

Él mismo.

Todos estaban atrasados en guiones mientras que él podía escapar del mismo.

Ya no era un actor, era un escritor y director dirigiendo la obra.

Y si bien podía usarlo para el bien, salvar a Emilia, Felt, Rom y a quién sabe cuántos más… ¿Por qué debería?

Ya tenía demasiados problemas en sus tierras como para preocuparse por otro mundo.

—(Si destruyo el cristal de Puck, incluso si Emilia muere, reduzco las muertes de cientos a tres.

Contando a Emilia, Felt y Rom.) Observó al frente.

La calle estaba llena de todo tipo de vida.

Personas en sus asuntos.

Semihumanos en los suyos.

Ignorantes sobre el oscuro futuro que una inocente niña y un gato eran capaces de crear.

—“La ignorancia es una bendición”.

Y con esa amargura, Subaru se dio media vuelta.

No conocería a Emilia esta vez.

>>>>> El plan actual es simple.

Como devolver la insignia a Emilia atrapando a Felt en el callejón no evitaría la muerte de la misma chica dorada y el viejo Rom, no evitaría que le robaran a la semi-elfa.

Y como no quería repetir diálogos con ella, haría un salto directo a la base de Rom.

Aquel almacén.

—(Felt seguro llegará tarde porque esta vez Emilia no dejará de perseguirla por mi culpa.) La llegada de Elsa estaba más o menos en un lapso de tiempo antes del anochecer.

Dependería de qué tan rápido pudiera perder Felt a la semi-elfa.

Ya estando en el almacén, ¿qué haría?

Simple.

Matar a Elsa, quedarse con su dinero.

Darle el dinero a Felt y recuperar la insignia para Emilia.

Así Felt cumpliría su objetivo de salir de los barrios bajos y Emilia recuperaría su insignia.

—(Soy un jodido genio.) En cuanto a matar a Elsa, no sentía ni la más mínima pizca de remordimiento.

¿Por qué lo haría?

Estaba claro que era una total lunática sedienta de sangre.

—(Aunque me atacaba más al estómago…) Así se formó una nueva teoría.

—(¿Tendrá fetiches por las entrañas?) Un pensamiento aleatorio que el mismo Subaru dejó pasar, pero que de hecho había acertado.

Como él mismo dijo.

“La ignorancia es una bendición.” Mientras caminaba, sintió una mirada en su espalda.

Se detuvo de inmediato.

La mirada se fue, pero sabía de quién era.

—(Así que… Adel se acercó a mí, no a Emilia.) Guardó ese dato en su cabeza mientras fingía observar un puesto de lo que parecían ser lechugas.

—Largo, niño.

Si no tienes dinero, no estorbes.

—Disculpe, señor —solo asintió para seguir caminando.

—(Con que la pelirroja es una acosadora.

¿Por qué me sigue?) Formó varias hipótesis en su mente.

Bueno, las más obvias eran estúpidas pero claras.

Por su ropa.

Por su espada.

Y de seguro por el poder que emanaba de él.

Aunque estaba en su estado más bajo posible… Portaba el Elden Ring en su mano derecha.

Ese artefacto por sí solo, incluso sellado, era de un poder inconmensurable.

El poder de gobernar un mundo, de imponer leyes, incluso de otorgar la inmortalidad si se le quitaba la mismísima runa de la Muerte.

—(Adelheid van Astrea, como la existencia más poderosa que he conocido hasta la fecha y como la Santa de la Espada, obviamente no podría dejarme ir sin verificar mi nivel de amenaza.) Subaru pasó una mano por su cabello, con la izquierda, un gesto distraído.

—(Mierda.) Al menos, con Adel no se sentía tan asqueroso por repetir diálogos.

Fue con la que menos había hablado, más allá de una pequeña presentación y un apretón de manos.

—(Sí, puedo con esto.) Como no se sentía sucio, hizo una seña sutil con su cabeza y señaló un callejón a su derecha.

Eso sería más que suficiente para su acosadora.

Al entrar al callejón, encontró una caja de madera.

—(Tengo mucha suerte con estas cajas…) Se sentó, dejó la bolsa de comida a su derecha en el suelo.

Sacó casualmente su viejo teléfono plegable de su bolsillo derecho.

—(¿No es increíble?

Dos bucles y ni siquiera revisé mi teléfono.) Haciendo un poco de memoria, se entretuvo jugando Snake mientras la pelirroja se armaba de valor para entrar al callejón.

—(Gran juego… ¿Debería replicar esto con magia?

¡Como una proyección 3D!

Agregado a “los maravillosos proyectos de Natsuki Subaru”).

—bromeó en su mente sin ninguna presión.

Jugó unos seis minutos hasta que se aburrió de esperar.

Cerró su teléfono y se levantó de su asiento provisional.

Desmontó su espada, aún enfundada, y la dejó recargada en la pared detrás suyo.

Dio tres pasos al frente y un cuarto de vuelta a la izquierda.

—¡Ya sé que estás ahí, señorita!

Puedes salir.

>>>>> Adelheid van Astrea.

Es más una «herramienta» que una «persona».

A los cinco años, su mundo se derrumbó.

Su abuela, muerta por su culpa.

Su abuelo le odia.

Su padre ni siquiera quiere saber de su existencia.

Su madre cayó en una enfermedad.

“La Bella Durmiente”.

Su vida no es más que un chiste cruel.

Si ella no fuera tan bendecida como es… No, no pensemos en ello.

Porque si de verdad no fuera tan «bendecida», su abuela seguiría viva.

Su abuelo estaría contento.

Su padre la amaría.

Quizás hasta su madre estaría despierta.

Adelheid van Astrea.

Es un «símbolo», no es una «persona».

Hicieron leyes para tenerla presa.

Presa del país Lugunica.

Ni siquiera puede salir del país.

Descansa solo una vez al mes.

Debe ser perfecta todos los días.

Todo el tiempo.

Dormir a veces es más una opción que una necesidad.

Comer ni siquiera es relevante.

Debe y tiene que ser el símbolo perfecto.

La herramienta perfecta.

La “Santa de la Espada” perfecta.

Puesto que desde hace cuatrocientos años, ella es la más poderosa.

Tan poderosa como el primer Santo, según dicen.

Presumen que gracias a ella Lugunica es próspera.

¿Próspera de dónde?

¿Su nobleza?

Mientras el barrio bajo existe ahí.

Mientras cientos —no, miles— mueren de hambre.

Mientras los poderosos acaparan todos los recursos y el dinero.

Adelheid es una muñeca.

Una simple muñeca de la cual Lugunica tira de sus hilos.

Sin voluntad propia.

Sin libertad.

Sin amigos reales.

Puesto que “es la mujer perfecta”.

Ella es tan «perfecta» que no necesita a nadie.

Ella debe y debería poder con todo sola.

Mentira.

Su padre a veces le estrella botellas de vino en la cabeza.

¿Daño?

Ninguno.

Al menos no físico… ¿Su “honorable” abuelo?

No la mira más que como una aberración por existir.

Por siquiera pensar en respirar el mismo aire que él.

Presión.

Presión.

Apariencia.

Deber.

Honor.

Caballería.

Adelheid van Astrea tiene que ser perfecta.

… Hoy es su día libre.

Mientras camina de manera robótica por la calle, con esa sonrisa fingida respondiendo todos los saludos —si es que le dan— con amabilidad, observa un cabello negro a la distancia.

Peculiar en Lugunica.

Eso sería más de otras naciones, como Kararagi.

—(Bueno, me gusta ese color.) Pensó la Santa de manera inocente.

Al menos se podía permitir un poco de libertad en sus pensamientos.

Cuando se disponía a seguir caminando, sintió un tirón.

Su mano fue a su espada en su cintura, del lado izquierdo.

El cabello negro seguía en la marea de personas al frente, pero ella lo supo.

—(Es digno de la Espada Dragón Reid.) Eso llamó su atención.

Así que Adelheid comenzó a seguirlo desde la distancia.

—(Que sea digno no quiere decir que sea malo.) Pero había un “pero”.

El chico olía a miasma de la Bruja.

No en gran cantidad, pero suficiente como para ser clasificado como cultista.

—(Lo sigo por seguridad.) Se convenció solita de que eso era lo que hacía.

Avanzaron un par de calles, todo normal.

Adelheid empezaba a creer que si bien la espada lo reconoció, no era particularmente fuerte.

Admitía dos cosas: La espada en su cintura y su anillo en la mano derecha le causaban una presión.

—(¿Qué tan poderosos son?) —se preguntó.

La espada nunca la había visto en ninguna enciclopedia o documento.

¿El anillo?

Parecía normal.

Si hubiera estado en su dedo anular y no en el índice, habría pensado que ya estaba casado.

Eso le causó cierto desánimo por alguna razón.

Adelheid se detuvo cuando pensó en eso.

—(¿Por qué me siento así?) Se cuestionó, y con razón.

Nunca lo había visto hasta ahora.

Claro que si ella tuviera conocimiento moderno podría describir esa sensación con una palabra.

Déjà vu.

Como si resonara algo desde otra vida.

Entonces llegó el momento.

Él sabía que le seguía.

Le señaló con la cabeza un callejón.

El nivel de alerta de la Santa subió y lo siguió a la distancia.

Observó cómo se sentó en una caja de madera, dejó su bolsa —peculiar porque nunca había visto ese material o su contenido.

Entonces parecía relajado.

Incluso sacó un artefacto más.

—(¿Una metia?

Sigue teniendo más sorpresas para mí…) ¿Dónde estaba exactamente Adelheid?

Bueno, usando algunas bendiciones —no está de más—, estaba parada a unos cinco metros en pleno callejón.

Invisible.

Mientras ella seguía evaluando qué hacer —puesto que no es un delito ser digno de la espada—, hubo un sonido particular.

Venía de la metia del joven.

—(¿Qué hace?) Quería acercarse y ver, pero sentía que él podría detectarla si estaba a menos de dos coma cinco metros.

¿Por qué tan específico?

A todas esas preguntas hay una sola respuesta.

Bendiciones Divinas.

El sonido fue algo que nunca había escuchado.

El rostro del chico se veía concentrado en su metia.

Si bien en Lugunica tiene el concepto de juego, no tienen el concepto de videojuego.

Así que Adelheid se sentía un poco perdida sobre qué hacer ahora.

Se sentía… como una acosadora espiando.

Un par de minutos después, el chico se quitó su espada y se puso en medio del callejón.

—¡Ya sé que estás ahí, señorita!

Puedes salir.

Adelheid se quedó quieta.

—(¿Cuándo fue la última vez que me dijeron señorita?

Siempre es Santa de la Espada.

Siempre es monstruo.

Siempre es herramienta…) —su cabeza se llenó de ese tipo de pensamientos.

Pero como siempre, su cabeza se despejó en poco tiempo por su propio poder.

Perfección.

No necesita pensar tanto.

Ella quitó el velo y se mostró al joven.

—Lo siento.

No quería seguirte así.

—Descuida, sé que no tenías malas intenciones —se cruzó de brazos.

—Es solo que… me pareces extranjero.

Al principio pensé que estabas perdido, pero sabías moverte bien por las calles.

—Entiendo, pero eso no explica por qué me seguiría, señorita.

Otra vez, Adelheid se sintió emocionada con ese título.

—Bueno… Soy un caballero de este reino y mi deber es proteger a sus ciudadanos.

—Así que me viste como un peligro potencial —sujetó su barbilla.

—Sí —como siempre, ella era muy honesta.

—Bueno, descuida.

No soy un peligro.

Hubo un pequeño silencio.

—¡Ah!, ya sé.

No me mires así, señorita —Subaru desvió la mirada—.

Decirlo no lo hace cierto y es lo que cualquiera diría si no quisiera ser visto como un peligro.

Adelheid, en respuesta, tuvo una pequeña sonrisa sincera.

—(Es divertido.) —se permitió pensar.

—¡Ya sé!

—chasqueó los dedos de su mano izquierda—.

¿Por qué no me sigues por el resto del día?

Adelheid, con sus bendiciones, pudo notar que había un motivo oculto.

Pero con otras, podía sentir la sinceridad del chico.

—Bueno… —comenzó ella con algo de duda—.

Es mi día libre.

Subaru se desanimó en un gesto un poco exagerado.

—¡Rayos!, entonces olvídalo.

No quiero quitarte tu día libre, señorita.

Ella no pudo evitar sentirse algo triste, así que habló rápido.

—¡Descuida!, puedo acompañarte si gustas.

—Pero es tu día libre —remarcó el pelinegro.

—Está bien.

Suele patrullar en mis días libres, así que se podría decir que no es del todo un día libre.

—Vaya, señorita.

Tienes una vida bastante pesada.

Ella se sintió conmovida por sus palabras.

—Quizás, pero es mi deber como Santa de la Espada.

—Bueno, una hermosa señorita como tú debería tener más tiempo libre —argumentó sin pena alguna.

Clásico discurso directo de Natsuki Subaru.

¿Efecto en la pelirroja?

Devastador.

Si no fuera por… Ah, siento que se repite mucho.

Adelheid se hubiera sonrojado de no ser por su poder.

—¿Hermosa?

—no pudo evitar susurrar.

Subaru captó sus palabras.

—Lo eres —señaló de nuevo—.

La viva imagen de la belleza.

Para Subaru, Adel le recordaba a Malenia.

Esa melena roja y el increíble poder.

Sí, sin duda era una digna comparación.

Y por primera vez en mucho tiempo, Adelheid se sentía en peligro.

¡En peligro de que él viera su sonrojo!

Sí, ataque crítico.

—No está bien adular a alguien como yo… —intentó defenderse.

—¿Por qué no adular la verdad?

—respondió él, anulando su escasa defensa.

Silencio.

—Bien —dio un aplauso Subaru—.

¡Como ya viste que no soy un peligro!, vamos a presentarnos.

—¿Eh?

—¿Qué ocurre, señorita?

—¿No sabes quién soy?

—Ni idea —mintió.

Y contrario a la expectativa, Adelheid encontró esto como una verdad.

¿Detector de mentiras?

Por favor, no insultes así al Elden Lord.

Podría contarte un cuento estúpido y seguiría siendo una Verdad.

—(No sabe quién soy.

Por eso me habla así, ¿verdad?) —pensó en una excusa en su mente.

Por un momento, no quiso decirle quién era.

Quería vivir en la mentira para que la verdad no lo alejara de ella.

—Yo soy Adelheid van Astrea, Santa de la Espada —aun así, se presentó.

Es su “deber”.

—¡Un gusto, Adel!

—no se cortó en cuanto a su apodo.

Fue notado por ella.

Él se acercó más.

—Yo soy Flugel.

Otra mentira que para ella fue verdad.

O bueno, técnicamente es verdad, ¿no?

—(¿Cómo el Árbol de Flugel?) —ella pensó confundida.

¿De verdad estaba ante el Sabio misterioso de la historia?

¿Aquel del que se supone su cara está grabada en las monedas de plata?

—(Eso explicaría por qué es digno de la espada.) Entonces una mano al frente le sacó de sus pensamientos.

Observó su mano.

Suave y tersa, con dedos largos y algo huesudos.

—¿Qué ocurre, Adel?

¿No tienen de estos en Lugunica?

—¿Tener qué?

—Un saludo de mano.

Vamos, no me dejes en el aire —recordó que decir “colgado” es una expresión extraña.

Y no quería repetirse.

Adel, la hermosa pelirroja, estiró su mano.

La izquierda hace tiempo que había dejado la empuñadura de su espada de lado.

El contacto fue… Una experiencia que ella nunca querría olvidar.

Igual que en la línea del bucle 2, guardó estos sentimientos y recuerdos con nuevas bendiciones para nunca olvidarlo.

Subaru sacudió su mano.

—¡Un gusto conocerte, Adel!

—El gusto es mío, Flugel-san.

—Puedes decirme solo Flugel.

¿No te llamo solo Adel?

—Está bien.

Flugel.

—¡Sí!

Oh, me acabo de dar cuenta.

Lo siento, Adel, te llamé así pero no te pedí tu permiso.

—No, descuida.

Está bien.

Puedes llamarme así —tenía una sonrisa sincera.

Incluso hablando, aún no se habían soltado la mano.

—(Cálida y grande, más que la mía.

Me envuelven sus dedos con una suavidad… como si estuviera tocando cristal y no a la Santa de la Espada.) Así quedó inmortalizado este encuentro inesperado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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