Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 11
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Capítulo 11: Arc1 – 9
Capítulo 9 – ¡Eres tú!
Adelheid acompañaba a Flugel, caminando a su izquierda.
—Entonces, Adel, ¿qué tan fuerte eres? —preguntó Flugel con mucho interés.
—Ehm, no mucho —respondió ella con algo de nerviosismo por mentir.
—Ya veo —decidió no confrontarla—. Bueno, si eres un caballero, al menos debes tener cierto nivel, ¿cierto?
—¡Sí!, eso es.
—Pero tienes un título, “Santa de la Espada”, ¿no?
Adel se sentía acorralada.
—Sí, bueno… Eso es un título, sí.
—Jajaja, tus reacciones son tan lindas, Adel —bromeó Flugel con una gran sonrisa.
—¿Mis reacciones? —ella estaba segura de estar usando sus bendiciones para ocultarlas.
—Sí —respondió honesto. —¡Bien! Es una habilidad especial mía, Adel. Sé que estás expresando emociones incluso si no lo veo.
—(¿Eso es posible?) —ella se veía pensativa, frunciendo ligeramente el ceño en su mente.
—Oh, recordé algo. Sígueme, Adel.
Ella lo siguió sin rechistar.
Si cualquiera viera a Flugel dirigir a la Santa de la Espada así…
Bueno, se arrancarían los cabellos de la cabeza.
¿Que está pasando aquí?
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Mercado.
—(Ahí está) —pensó Flugel.
Veía a la pequeña Plum perdida al lado de unas cajas.
—¡Mira, Adel! Una niña perdida. Vamos a ayudarla.
—(Flugel es bastante amable) —pensó ella al seguirlo.
Flugel se agachó al lado de la niña.
Ella se le quedó mirando.
Se veía un poco asustada por su mirada.
Entonces, para sorpresa de ella y Adel, se puso las manos en la cara.
—¿Dónde estoy?~ —dijo jugando.
—Señor, está frente a mí —respondió la niña, confundida.
—¡No es cierto!~ —seguía detrás de sus manos.
—¡Pero lo estoy viendo, señor! —reclamó la niña.
—¡Mentira!~
—¡Ah, señor! —ella dio un paso al frente.
Entonces, Flugel se quitó las manos de la cara.
—¡Aquí estoy!~
—¡Jajaja, señor! —no pudo contener su risa.
Flugel estaba haciendo una mueca rara con su rostro.
Flugel se puso de nuevo las manos en la cara.
¡La niña ya había entendido el juego!
—¿Dónde estás, señor? —siguió la corriente.
—¡Aquí estoy!~
Esta vez, le estaba sacando la lengua.
—(Flugel es tan bueno con los niños) —Adel se veía internamente muy complacida por su interacción.
—Bien, pequeña. ¿Te sientes mejor? —le dio una sonrisa.
—¡Sí, señor! —ella ya no tenía miedo.
—¡Excelente! —Flugel se levantó y entonces presentó a Adel—. ¡Porque aquí tenemos a la hermosa Adel, Santa de la Espada! Si alguien puede ayudarte, es ella.
—¡Wooooh! ¿¡De verdad eres la Santa de la Espada!? —la niña no podía creerlo.
Incluso alguien tan pequeña como ella sabía de Adelheid.
—Lo soy, señorita. Adelheid van Astrea, a su servicio —su sonrisa era tan auténtica en ese momento.
¿Cuándo fue la última vez que se sentía tan bien con su título?
¡No es que Flugel tuviera algo que ver!
—¿Ves? —le guiñó el ojo Flugel—. ¡La hermosa Santa nos ayudará a encontrar a tus padres!
Adel seguía grabando cada elogio de Flugel en su mente.
De verdad, nunca lo olvidaría.
—¡Entiendo, hermano mayor!
—Gaah, ¿no era señor, señorita? —ladeó la cabeza Flugel.
—¡Me di cuenta de que eres muy joven, hermano mayor! Y la hermana mayor es muy hermosa. ¡No saldría con un viejo! —señaló a Adel—. ¿Cierto, hermana mayor?
—No estamos saliendo, señorita —aclaró con algo de dolor en el pecho Adel.
—¿Eeeeeh? ¡Pero se ven tan bien juntos! —exclamó Plum estirando sus manos al aire.
Si pudiera, Adel estaría totalmente roja ahora mismo.
—Oh~ ¿De verdad lo crees, señorita? —jugueteó Flugel.
—¡Sí, hermano mayor! ¡Deberías atraparla! —estiró su puño al frente.
—(Uh, estos mocosos de hoy en día) —pensó Flugel divertido.
Observó de reojo a Adel y lo que sintió venir de ella fue…
Vergüenza.
Flugel tosió para ayudar a Adel un poco.
—Bueno, señorita, ¿cuál es tu nombre?
—¡Me llamo Plum, hermano mayor!
—¡Bien, señorita Plum, vamos a buscar a tu mamá y papá!
—¡Vale!
Ella sujetó la mano izquierda de Flugel.
Estiró la mano para que Adel sostuviera su derecha.
—¡Vamos, hermana mayor! Se ve que eres tímida, así no atraparás al hermano mayor.
Flugel estaba resistiendo con todas sus fuerzas algunas risas.
¿Adel? Creo que estaba empezando a pensar que todo esto era un sueño.
¿La realidad podría ser tan dulce con ella?
No. Siempre pensó que no.
Pero observó la mano de Plum.
Ella sostenía la de Flugel.
Sería la conexión entre él y ella.
Adel sostuvo su mano.
Plum comenzó a caminar al frente, llevándolos a los dos de la mano.
—¡Bien, Plum, vamos a buscar a tus padres! —comentó animado Flugel.
—¡Sí, hermano mayor!
Adelheid aún no podía creer que se le permitiera estar tan feliz como ahora mismo.
—(Esto es…) —se dio cuenta de su imagen desde afuera—. (¿No nos vemos como una pareja con su hija?)
Ese pensamiento hizo que Adel se sintiera aún más avergonzada.
No pudo evitar mirar de reojo a Flugel.
—(Flugel… Estás cambiando mi vida en cuestión de horas. ¿Esto es real?) —se cuestionó con una gran sonrisa.
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Barrios bajos.
El puente de madera crujía bajo sus pasos.
El aire olía a humedad y humo lejano.
—[Quién diría que tendrías una habilidad como esta, Adel] —habló Flugel en su mente, con un matiz divertido.
Adel lo seguía invisible, a pocos pasos.
—[Aún no entiendo por qué me pides que me oculte, Flugel] —se quejó ella, la voz teñida de leve fastidio.
Usaban una Bendición Divina de Telepatía; las palabras resonaban claras y privadas entre ambos.
—[Tómalo como un favor a un amigo.]
—[Si es así… Está bien] —cedió ella, suavizando el tono al instante.
La palabra «amigo» siempre la desarmaba. Sobre todo cuando venía de él.
—[Como dije, llegaremos a un almacén. Me encontraré con un gigante llamado Rom. Quiero comprarle algo a la jovencita que cuida.]
—[Mmm…]
—[¿Ocurre algo, Adel?]
—[Estás mintiendo un poco, ¿no?]
Flugel se detuvo un segundo, pensativo. Una sonrisa pequeña se dibujó en sus labios.
—(Parece que me relajé con Adel y ahora puede detectar mis mentiras.)
—[Tienes razón] —admitió sin rodeos—. [Mentí un poco.]
Ella guardó silencio. Era su forma de invitarlo a continuar.
—[Verás, Felt, la jovencita que cuida Rom, robó algo de un conocido mío.]
Adel asintió en silencio. Eso era verdad.
—[Así que iré a donde Felt podría venderlo.]
—[¿Y por qué no traes a tu conocido, Flugel?]
—[¡Excelente pregunta! Quiero ayudar a Felt. Si está robando, es porque quiere salir de este lugar, ¿no?]—señaló con un gesto amplio a su alrededor: casas torcidas, calles embarradas.
—[Entiendo. Aunque le hayan robado a tu conocido, quieres ayudar a la jovencita que lo hizo.]
La imagen de Flugel como alguien noble se asentaba cada vez más en su mente.
Más tarde sería una roca imposible de mover, por fuerte que corriera el río.
—[Sí. Solo espero no tener problemas con su empleador.]
—[Eso es mentira, Flugel.]
—[Ja, sí, lo es, Adel. Espero problemas.]
Adel se quedó callada, pensativa.
Si utilizara su título de Santa de la Espada, nada de esto sería necesario.
Aun así, decidió seguir su plan. Era su día libre y había elegido acompañarlo; lo haría hasta el final.
De pronto, Flugel se detuvo en mitad de la calle. Frunció el ceño ligeramente.
—(¿Felt?)
La presencia se movía rápido, pero en dirección contraria al almacén.
—(El almacén está hacia el este… ¿Irá a su casa?)
Sujetó su barbilla con dos dedos, gesto habitual cuando pensaba.
—[¿Ocurre algo, Flugel?] —preguntó Adel, mirando alrededor. La decadencia de los barrios bajos le apretaba el pecho.
—[Cambio de planes. Sentí a Felt.]
—[¿«Sentí»?]
—[Es parte de mis habilidades. La Princesa Lunar me dio cierta capacidad de lectura espacial y espiritual. Ella es experta en leer las estrellas y el destino.]
Adel contuvo todas sus preguntas mientras lo veía girar sobre sus talones.
El atardecer teñía el cielo de naranja intenso y dorado; la luz cálida recortaba la silueta de Flugel contra las casas desvencijadas, dándole un brillo casi irreal.
Pero no se le escaparon sus palabras.
—[¿«Princesa Lunar»? Es una mujer… Tch.]
…
Flugel llegó frente a un terreno medio vacío.
Una casa destartalada se alzaba al fondo; delante, una estructura improvisada de madera y tela: un sofá viejo cubierto por sábanas raídas que servía de pared y techo.
Avanzó con calma. Sentía que Felt llegaría en cuestión de segundos.
—¿De verdad alguien vive aquí? —comentó en voz alta, casi para sí mismo, mientras observaba la precaria «casa».
—¡Oye, tú! Es de mala educación meterse en la casa de otros.
Flugel se detuvo justo antes de apartar la sábana.
—Oh, me disculpo, señorita —dijo, e hizo una leve reverencia.
—Tch, no hay nada que puedas robar aquí, chico noble.
—¿Noble? —preguntó él, genuinamente confundido.
—¡Oh, vamos! Tu ropa se ve decente, aunque extraña; seguro una moda noble rara. Y llevas una espada que parece ornamental. ¿De verdad crees que me tragaría que eres de los barrios bajos?
Felt avanzó varios pasos, desafiante.
Invisible a su lado, Adel apretó la empuñadura de su espada con más fuerza.
—Bueno, ciertamente soy de la nobleza —admitió Flugel con naturalidad.
Adel archivó ese dato en su mente.
—¿Y qué quiere un niño presumido como tú en los barrios bajos? —gruñó Felt.
—De hecho, venía a buscarte a ti.
—¡No vendo mi cuerpo, pervertido!
Flugel parpadeó dos veces, atónito.
Adel apretó los dientes ante el insulto.
—Uh… creo que hay un malentendido.
Felt no lo dejó terminar.
—¡Todos los nobles son iguales! Creen que con un poco de dinero pueden hacer lo que quieran! —sacó su arma: una daga enorme para su tamaño.
—¡Será mejor que te vayas, pequeño noble!
Flugel suspiró.
—(Eres una jovencita especial, Felt.)
—Si puedes escucharme…
—¡Vete! —lo interrumpió ella.
El tajo horizontal vino rápido.
Flugel retrocedió un paso, esquivando por centímetros.
—Si pudieras…
—¡Aaaah, ya cállate!
Felt atacó de nuevo, una ráfaga de tajos furiosos.
Flugel los esquivaba con movimientos mínimos, casi elegantes. Más que una pelea, parecía un baile en el que uno seguía el ritmo y el otro hacía lo que podía por no perderlo.
Algunos cortes rasgaron las vigas de madera; la estructura crujió peligrosamente.
—Tu casa… —comentó Flugel sin alterar la voz, justo antes de esquivar otro ataque.
—¡Qué irritante eres, mocoso noble!
—[¿Quieres que la detenga, Flugel?] —preguntó Adel en su mente.
—[No. Es una señorita ruda. Puedo manejarla, descuida, Adel.]
Con un barrido preciso, Flugel barrió las piernas de Felt.
Ella perdió el equilibrio y empezó a caer hacia atrás.
Antes de que tocara el suelo, él le asestó una patada controlada en el abdomen.
Felt salió volando varios metros y se estrelló contra su propia casa.
La estructura cedió con un crujido seco; sábanas y madera cayeron sobre ella.
—Ups —dijo Flugel al aire, acercándose con paso tranquilo.
De alguna forma, Felt había terminado acostada boca arriba, cubierta por una sábana como si fuera una manta improvisada.
—Guuh… eso dolió…
—¿Ahora sí me vas a escuchar, jovencita?
—¿¡Jovencita!? ¡Tú tampoco te ves muy mayor, mocoso noble!
—(Mmm… debería guardar mi edad real.)
—Bueno, tengo diecisiete años —añadió rápido—. Actualmente.
—Yo tengo catorce, al menos eso me dijo el viejo Rom.
—¿Ves? Eres una jovencita.
—¡Sí, sí, abuelo!
Flugel extendió la mano para ayudarla a levantarse.
Felt quiso rechazarla por orgullo, pero el dolor punzante en el abdomen la hizo cambiar de idea.
Aceptó la mano a regañadientes.
—Tch… ¿Entonces qué quieres? —preguntó una vez de pie, sacudiéndose el polvo.
—(Oh, es más dócil ahora. No quiero ser machista… ¿pero las mujeres de verdad te hacen caso después de que les pegas?)—
El pensamiento le arrancó una media sonrisa, pero enseguida recordó el rostro marchito de Malenia y la borró de su mente.
—No, no, no pensaré en eso.
—¿Qué balbuceas, anciano?
Flugel carraspeó para retomar el hilo.
—¡Como dije! Te estaba buscando, Felt.
—Sí, ya me lo dijiste, anciano. ¿Qué quieres?
—Me enteré que robaste una insignia. Quiero comprarla.
Felt entrecerró los ojos y guardó la daga detrás de la cintura con un movimiento rápido.
—¿No estás con mi empleador, cierto?
—Si te refieres a una mujer de cabello negro, algo exhibicionista y de ojos púrpuras… no.
—¡Qué específico! De verdad debes odiarla, ¿no?
—¿Odiar? —sacudió la cabeza—. Para nada. Si acaso, me parece entretenida.
Felt le lanzó una mirada complicada, mezcla de desconfianza y curiosidad.
—De verdad eres un pervertido, abuelo.
—¡No me refería a eso! En todo caso, tú eres la pervertida —señaló con calma la tela que apenas cubría su pecho—. ¿A eso le llamas ropa?
Felt se sonrojó violentamente y cerró la chaqueta sobre el pecho.
—¡Pervertido!
—Exhibicionista —replicó él en seco.
—¡Mujeriego!
Flugel no respondió.
Un silencio breve y pesado cayó entre ellos.
—¿De verdad? —preguntó Felt al fin, con una mirada de decepción que no esperaba sentir por alguien que acababa de conocer.
—¡N-no, no es eso! —Flugel reaccionó tarde, agitando las manos.
Se había distraído pensando en Melina y Ranni.
—Tch, no me incumbe tu vida amorosa, anciano.
Flugel suspiró largo.
Sí, era mejor dejar el tema de lado.
—Mi nombre es Flugel —inició él con voz calmada—. Mi objetivo no es realmente la insignia.
Felt levantó una ceja, cruzándose de brazos con desconfianza.
—Mi objetivo es la mujer que te encargó la insignia. Es una asesina, Felt.
Felt se tensó visiblemente.
Su rostro se endureció mientras procesaba las palabras; los ojos se entrecerraron y los labios se apretaron en una línea fina.
Por un instante pareció inclinarse a no creerle —a este extraño que acababa de patearla y ahora hablaba con tanta naturalidad—, pero sus instintos, los que la habían mantenido viva todos estos años en los barrios bajos, le gritaron que era verdad.
—Ya decía yo que el trabajo era demasiado bueno para ser cierto… —murmuró desanimada, bajando la mirada un segundo antes de volver a clavarla en Flugel—. Me pagaría diez monedas santas por la insignia.
—Mucho dinero, ¿no?
Adel, aún invisible a un lado, empezaba a conectar puntos en silencio.
¿Realmente valdría tanto una simple insignia?
—El plan es simple, Felt —continuó Flugel, manteniendo el tono práctico—. Incluso si me das la insignia ahora mismo, es inútil. Ella irá de todos modos al lugar donde ibas a venderla, ¿no?
Felt asintió lentamente. No cabía duda: esa mujer iría al almacén de Rom.
Y si era una asesina… no tener la insignia en la mano sería, de hecho, mucho peor para ellos.
—Iré contigo. Fingiré ser otro comprador y, después, mataré a esa mujer.
Felt no era ajena a la muerte.
Había visto a demasiados niños pequeños morir de hambre en los callejones, a viejos desplomarse sin que nadie los ayudara.
La idea no la horrorizaba; solo la hacía apretar los dientes con más fuerza.
—Ya veo… —dijo al fin, la voz baja y ronca—. Es mejor ella que yo.
Flugel extendió la mano y la posó suavemente sobre la cabeza de Felt, un gesto breve pero firme.
—No te preocupes. Te daré el dinero que lleve encima.
Felt se quedó quieta un segundo, el calor de la palma contra su cabello rubio sucio.
Quiso apartarla de un manotazo por puro orgullo, pero algo la detuvo: una sensación extraña, reconfortante, como si alguien la estuviera cuidando de verdad.
Nunca había conocido el amor de un padre o una madre, pero en ese instante fugaz sintió que así debería sentirse.
Ser protegida.
—Tch, cállate, hermano mayor —cambió el tono de golpe, recuperando su fachada dura—. Quita tu mano o te morderé.
Flugel sonrió con una media curva en los labios y retiró la mano sin prisa.
—Bien. Vamos. Atraparemos a una asesina y tú tendrás tu dinero.
Felt dio media vuelta con un resoplido, ocultando cualquier rastro de vulnerabilidad.
Comenzó a caminar hacia el almacén con paso decidido.
Flugel la siguió sin añadir más palabras, manteniendo una distancia cómoda.
En cuanto al asesinato, Adel guardó silencio.
Si esa compradora era realmente una asesina, ella misma podría acabar con el problema en un parpadeo.
—(Pero bueno… es mi día libre) —se excusó para sí misma, con un matiz casi juguetón en el pensamiento.
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Almacén de Rom.
Felt golpeó la puerta tres veces con los nudillos.
—Si queremos cazar una ballena, ¿qué usamos? —preguntó una voz profunda y ronca desde el interior.
—¡Viejo Rom, no tengo tiempo para tus contraseñas! Estamos en problemas —replicó Felt con impaciencia.
Se oyó un quejido resignado y el cerrojo se descorrió con un chirrido metálico.
La puerta se abrió y Rom observó primero a Felt, luego al joven de cabello negro que la seguía.
La ropa de Flugel era extraña, la espada colgaba con naturalidad a su costado y en su rostro había una sonrisa serena, casi divertida.
—¿Ahora qué hiciste, mocosa? —preguntó Rom, concentrando su atención en Felt.
—Un mal trato. Este hermano mayor nos ayudará —explicó ella, señalando a Flugel con el pulgar—. ¡Ah, de verdad era un trabajo demasiado bueno para ser cierto!
—Joo… como sea. Entren y díganme qué pasa.
Ya dentro, los tres se acomodaron en la barra improvisada.
Felt narró los hechos de forma directa y sin adornos, mientras Flugel bebía leche de un vaso grande.
Rom lo observó y arqueó una ceja peluda.
—Señor Rom, ¿esta leche está rebajada? —preguntó Flugel con tono inocente.
—¡Te atrapó, viejo! Yo siempre te digo lo mismo —rió Felt, que también bebía leche con avidez.
—Mocosos… les muestro algo de bondad y así me pagan —gruñó Rom, rascándose la nuca con una mano enorme.
—Aún así, si tu bondad es leche rebajada, no quiero saber cómo será tu crueldad —resopló Flugel, pero siguió bebiendo sin pausa.
Felt y él continuaron con la leche como si nada.
Desde la barra, Rom los miró un momento: Parecían hermanos de verdad.
Flugel abrió su bolsa y sacó un paquete plateado.
Lo abrió con un pequeño *pop* que resonó en el silencio.
—Come esto, Felt. Si no comes bien, no vas a crecer.
—¿¡De qué hablas, hermano mayor!? —protestó ella, pero su mano ya se estiraba hacia la bolsa.
Eran papas fritas, crujientes y doradas.
—Tienes catorce años y eres pequeña. No descarto que sea tu estatura natural, pero definitivamente no has comido lo que deberías, ¿no?
—Claro que no he comido como debería. Mira dónde vivo, hermano mayor —se quejó Felt, metiéndose un puñado en la boca.
Sus ojos se abrieron de golpe por la sorpresa.
—¡Esto sabe muy bien! ¡Prueba, viejo Rom! —extendió la bolsa hacia el gigante.
Rom tomó un puñado generoso y se lo llevó a la boca.
—No están nada mal… con algo de alcohol, serían mucho mejor.
—Sí, sería un buen complemento —asintió Flugel.
—¿De dónde son? —preguntó Felt, comiendo más.
—De un lugar lejano —respondió él, y en su mente añadió — (Debería poder replicarlas aquí con mi intelecto… solo debo investigar las frutas y verduras locales más tarde.)
—¿Así que eres un erudito o algo así? —preguntó Rom con curiosidad genuina.
—Bueno, podría decirse que sí.
—¡Pues si lo logras, de seguro te harías rico, hermano mayor!
—No es el plan, pero tampoco rechazaré la idea de un ingreso constante —dijo Flugel, bebiendo otro sorbo de leche.
En el fondo, ni siquiera quería saber de qué animal provenía esa leche.
De pronto, los tres se quedaron quietos.
Unos pasos suaves se acercaron a la puerta principal y después, tocaron la misma.
Felt se tensó al instante, la mano cerca de la daga.
—Tranquila. Estoy aquí y el viejo Rom también —le sonrió Flugel con calma.
Ella asintió y caminó hacia la puerta con cautela.
Flugel se levantó de su asiento y dejó la mano relajada al costado, lejos de la empuñadura para no alarmar a quien fuera.
Rom ajustó su garrote detrás de la barra, un movimiento discreto pero firme.
Felt abrió la puerta de golpe.
No era la mujer pelinegra.
Era una semielfa de cabello plateado y ojos amatista.
—¡Bien, te encontré! —señaló a Felt con determinación.
Felt retrocedió un paso y sujetó la empuñadura de su daga.
—¡Es la dueña! —aclaró rápidamente.
—¡Devuélveme mi insignia!
En ese instante, para Adelheid —aún invisible en un rincón—, todo encajó.
—(¿Emilia-sama? ¿Insignia? ¡¿De verdad le robaron la insignia, prueba de ser Sacerdotisa del Dragón y aspirante al trono?!)
Adel no lo podía creer. Su mente se enfrió al instante.
—(¿Flugel la conoce? Espera… no. Si Emilia-sama perdió su insignia… sí. No podría ir a los caballeros; de otra forma, esto llegaría al Consejo de Sabios y podrían descartarla antes de que inicie la selección real.)
Flugel se acercó con las manos en alto, en gesto de paz.
—¡Un momento, señorita!
Emilia giró la mirada hacia él.
La magia reaccionó de inmediato: picos de hielo se alzaron a su alrededor en cuestión de segundos, brillando bajo la luz tenue del almacén.
—¿Trabajas con ella? —preguntó con voz fría.
—Algo así —admitió Flugel—. La situación es más complicada de lo que parece.
—¿Complicada? —se burló Emilia—. ¡Me robó! No tiene nada de complicado. Necesito mi insignia de vuelta.
—La tendrás.
La respuesta seca y directa la dejó descolocada.
…
—¿De verdad? —preguntó sin bajar la guardia, aunque los picos de hielo temblaron ligeramente.
—De verdad. Resulta que la compradora, la que contrató a Felt, es en realidad una asesina. Yo la estoy buscando. Felt ya accedió a darme la insignia, pero entregármela no evitará que la asesina venga aquí. Por eso vine a matarla en este lugar mientras protejo a Felt.
—¿Y qué ibas a hacer con la insignia tú? —señaló Emilia.
—Dártela a ti.
De nuevo, Emilia sintió que no podía seguir el ritmo de respuestas del joven de cabello negro.
Puck se manifestó en su hombro derecho, pequeño y flotante.
—Dice la verdad, Lia —confirmó con voz confiada.
—¿De verdad? —preguntó Emilia una vez más, mirando fijamente a Flugel.
—De verdad. ¿Cierto, Felt?
Ella ya se había colocado a su lado cuando lo vio avanzar.
—Es cierto. Fue un trabajo demasiado bueno para ser verdad. El hermano mayor me salvó de lo que seguro sería una muerte inevitable.
Emilia parecía en conflicto.
El robo seguía doliendo, pero ahora veía a una jovencita apenas mayor que una niña, en un lugar como ese.
Era obvio que Felt hacía lo que podía con lo poco que tenía.
Bajó la mano lentamente.
Los picos de hielo se disolvieron con un susurro.
—Bien… mientras me den la insignia, no pasará nada, entonces.
Los sentidos de Flugel se agudizaron en un instante.
Una sombra se movió detrás de Emilia.
—¡Escudo! —gritó.
Puck reaccionó al segundo: un muro de hielo se alzó justo a tiempo.
—Ara, ara~ Pudiste verme, chico.
Allí estaba de nuevo: la mujer de cabello negro largo, ropa sensual y sonrisa juguetona.
—Gracias, niño. Pude proteger a Lia —dijo Puck, flotando protectoramente.
—No es nada, Gran Espíritu.
Flugel se colocó al frente de Felt con un movimiento rápido.
—[¿Me encargo, Flugel?] —resonó la voz de Adel en su mente, tensa.
—[No. Déjame intentarlo. Actualmente estoy fuera de forma… Mejor, protege a Felt y Rom junto con la chica semielfa.]
Recibió un asentimiento mental firme.
Flugel desenfundó su espada en un gesto fluido. La hoja brilló con un leve resplandor azul.
—Seré tu oponente, asesina.
—Parece que me conoces, chico —Elsa relamió sus labios lentamente, los ojos brillando de anticipación.
—Algo así —adoptó una postura de combate baja y estable—. Mi nombre es Flugel.
Elsa soltó una risa risueña y torcida.
—Elsa Granhiert, Cazadora de Intestinos.
Flugel sintió un escalofrío sutil recorrerle la espalda.
—(Así que había adivinado bien…)— pensó con pesar.
—¡Elsa, aunque eres hermosa, es una lástima que seas una asesina!
—¿Uh? Una cosa no excluye la otra, Flugel-kun.
—Tal vez no. Después de todo, he conocido mujeres poderosas.
—¡Me pregunto qué color tendrán tus intestinos, Flugel-kun!
Elsa se lanzó al frente con velocidad inhumana.
Flugel la vio venir y canalizó magia en el filo de su espada.
El kukri de Elsa chocó contra la hoja con un clang metálico agudo.
Ante los ojos de todos, el arma se fracturó en pedazos que volaron como chispas.
—Oh~ Eso es interesante, Flugel-kun —dijo ella, lanzando una patada alta sin perder el ritmo.
Flugel esquivó a su izquierda, pero Elsa se impulsó con la otra pierna hacia su rostro.
Se dejó caer hacia atrás, el tacón pasando a un cabello de su mejilla.
Elsa, sin retroceder, sacó dos kukris más de sus mangas.
Con el impulso de su lado, desató una ráfaga de tajos veloces.
Flugel había entrado en la zona: un estado de concentración absoluta, el mismo que le permitió enfrentar a Maliketh, la Espada Negra, portador de la runa de la Muerte.
En aquella batalla, un solo golpe certero habría acabado con Natsuki Subaru sin posibilidad de regresar a una Gracia.
Aquella fue una verdadera lucha contra la muerte misma.
El choque de armas no duró mucho.
La Sword of Night and Flame estaba muy por encima de cualquier kukri.
Elsa retrocedió de un salto, aterrizando sobre una mesa.
Su rostro estaba sonrojado; se retorcía de forma escandalosa, como si intentara ocultar un estremecimiento en su entrepierna.
—Flugel-kun, eres especial en verdad.
El comentario dejó sin palabras a Emilia y Felt.
—Tú… —señaló Elsa con otro kukri—. También eres un asesino, ¿no?
Flugel suspiró, manteniendo la concentración máxima.
—Lo soy.
La declaración le robó el aliento a Emilia.
Felt apretó los dientes; ya lo sospechaba.
No se sobrevive en los barrios bajos sin aprender a reconocer asesinos, y para ella Flugel nunca había sido una paloma blanca.
—¡Sí, lo sabía! Por eso me gustas, Flugel-kun. ¡En estos ataques querías matarme de verdad! —lamíó su arma con deleite—. ¡Eso no sabes cuánto me calienta! ¡Me hace querer ver tus entrañas!
Entonces, ante la vista atónita de Flugel, Emilia, Puck, Felt y Rom…
Elsa salió disparada contra la pared con una velocidad que ni Flugel pudo seguir del todo.
Allí, en la mesa ahora vacía, quedaba una mujer pelirroja de semblante serio.
Para Flugel, era obvio.
—(Adel está furiosa… ¿Qué le molestó tanto?) —sentia la garganta seca.
—¡Adelheid van Astrea! —gritó con fuerza hacia Elsa.
Elsa sintió que tenía docenas de huesos rotos.
Su brazo izquierdo, donde había recibido el impacto, estaba fracturado por completo.
—¡Cazadora de Intestinos, la Santa de la Espada te dará tu fin!
—Ara~ ¿Qué hice para merecer tal honor? —intentó mantener Elsa su fachada juguetona…
Pero lo supo al instante.
Solo seguía viva gracias a la regeneración de su Muñeca Maldita.
De otra forma, ese golpe la habría matado.
Su regeneración trabajaba a marchas forzadas, recomponiendo huesos y órganos, pero la mirada seria de la Santa dejaba claro que no sería suficiente.
Flugel se quedó quieto.
No tenía sentido hablar con Adel en ese estado.
—(Me recuerda a Ranni cuando está molesta… En cambio, Melina siempre es más fría con su enojo.) —suspiró en su mente.
—¡Eres una asesina y, como caballero de Lugunica, es mi deber acabar contigo! —señaló Adel con el dedo.
—Adel —llamó Flugel con voz tranquila.
Ella se paralizó al oírlo, temiendo que se molestara.
En cambio, él le sonrió con suavidad.
—No es digna de tu espada, ¿cierto?
—No —respondió ella en seco.
Elsa se sintió insultada; su expresión de juego cambió a una mueca de asco.
—Toma mi espada —dijo Flugel, lanzándosela en un movimiento preciso—. Acaba con ella, si eso te hace sentir mejor.
Adel estiró la mano derecha y la atrapó al vuelo.
Al hacerlo, vio destellos.
Fragmentos de batallas legendarias: un cielo partiéndose, un meteorito cayendo, rayos de energía pura, un dragón fuera del tiempo mismo.
Y entonces lo sintió, lo percibió con claridad.
—(Esta espada…)
Podía soportar su poder.
La hoja comenzó a brillar mientras Adel reunía mana del ambiente a su alrededor.
—Lia, tengo que irme. La Santa va en serio —murmuró Puck.
—Descansa, Puck.
Flugel sabía por qué se retiraba: Adel estaba consumiendo todo el mana del entorno.
Lo concentraba en la espada.
—Eso se ve peligroso —comentó Elsa con resignación, logrando ponerse de pie a duras penas.
—¡Lo será para ti!
Adel impulsó la espada al frente.
…
Por un momento, solo hubo blanco.
Blanco cegador por todos lados.
Un rayo enorme de energía pura salió disparado del almacén de Rom e iluminó la noche como un segundo sol.
Toda la capital pudo ver el destello.
El almacén, al instante siguiente, volvió a la quietud, pero todo a su alrededor había sido arrasado: mesas astilladas, paredes agrietadas, polvo flotando en el aire.
Adel observó en pánico la hoja de la espada que Flugel le había dado.
—(Temo haberla roto…)
Pero abrió los ojos de golpe, en shock.
—La espada… está bien. De hecho, más que bien.
No podía creerlo.
Estaba intacta, como si el torrente de energía no hubiera sido nada para ella.
Un aplauso lento la sacó de su estupor.
Era Flugel, que se había colocado al frente de Emilia y Felt para protegerlas del retroceso.
—¡Fantástico, Adel! —dijo con una gran sonrisa.
—¿D-de verdad? —bajó la mirada, sintiendo que su rostro podría arder.
—¡De verdad! —entonces dibujó una sonrisa confiada—. ¿A que es una buena espada?
Adel regresó la mirada a la hoja en su mano derecha.
Se permitió sonreír de manera genuina, por primera vez sin contención.
—¡Es una hermosa espada, Flugel!
Así, Elsa Granhiert fue asesinada.
Como Ícaro, pareció haber volado demasiado cerca del sol —Adelheid van Astrea—.
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