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Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 Arc1 - 7
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9: Arc1 – 7 9: Arc1 – 7 Capítulo 7 – Eres un 7, parte 6 —¡Bien!

— exclamó Subaru al soltar la mano de la pelirroja.

No se percató de cómo Adelheid se quedó mirando su propia palma por unos segundos, como si aún pudiera sentir el calor de ese contacto breve.

—Lamento no poder charlar más, Adel —continuó con una sonrisa ladeada—.

Pero My Lady y yo estamos en una misión secreta.

La palabra “secreta” le había venido casi por instinto.

Satella no había pedido ayuda a los guardias cuando le robaron la insignia.

¿Por qué no lo haría una chica en plena capital?

Circunstancias especiales, sin duda.

Y Subaru no iba a exponerlas.

Emilia, aliviada de que Subaru no hubiera involucrado a Adelheid, se sumó al juego con entusiasmo renovado.

—¡Subaru tiene razón!

— exclamó animada, colocándose a su izquierda con un pequeño salto.

De alguna manera, ahora parecían estar actuando en una rutina cómica improvisada.

Era imposible que dos personas que se conocían desde hacía apenas unas horas se coordinaran tan bien… y sin embargo, estaba sucediendo.

—¡Él y yo estamos en una misión secreta, Adelheid!

—añadió Emilia, poniendo las manos en las caderas y alzando la barbilla con fingida seriedad.

Adelheid dejó escapar una pequeña sonrisa, amable y contenida, aunque sus ojos brillaron con una chispa de curiosidad.

—Entiendo, Emilia-sama, Subaru.

¿No desean mi ayuda en esa misión secreta suya?

Emilia negó con la cabeza al instante, casi con pánico.

—¡Es se-cre-ta, Adelheid!

—insistió, marcando cada sílaba con un dedo en alto—.

Solo Subaru y yo estamos calificados.

—En efecto, My Lady —asintió Subaru, imitando su pose con una seriedad exagerada—.

¡Esto es súper secreto, Adel!

En circunstancias normales, ver a esos dos jugando de esa forma habría resultado divertido para Adelheid.

Pero en ese momento… Sintió una punzada aguda en el pecho: celos.

¿Por qué Emilia podía llevarse tan bien con Subaru?

—(De seguro son amigos desde hace mucho tiempo) —pensó en silencio, con un leve nudo en la garganta.

Apenas se conocían desde hacía dos horas, quizás menos… Pero a veces las personas simplemente se complementan.

—Les agradezco el ofrecimiento de ayuda —dijo Emilia, inflando el pecho con orgullo—.

Pero somos suficientes.

La vista era magnífica.

Subaru no pudo contenerse.

—¡Magnífico, My Lady!

—comenzó a aplaudirle con entusiasmo.

Emilia se sonrojó hasta las orejas, pero no rompió la pose; hacerlo habría sido aún más vergonzoso.

Adelheid suspiró suavemente, ocultando la pequeña sonrisa que amenazaba con asomar de nuevo.

—(¿Podré hacer eso con Subaru alguna vez?) —se preguntó en silencio.

—También te agradezco tu ofrecimiento, Adel —añadió Subaru, volviéndose hacia ella con una sonrisa sincera—.

Pero de verdad, nosotros podemos.

Esa sonrisa, dirigida ahora a la pelirroja, se grabó en la bóveda privada de Adelheid en cuestión de picosegundos.

—Entiendo —asintió ella, ocultando la curva más sincera de sus labios—.

Les deseo buena suerte, entonces.

—Vamos, My Lady.

—¡Sí!

—Emilia se dio media vuelta para seguirlo, agitando la mano hacia atrás—.

¡Nos vemos, Adel!

Mientras los veía alejarse entre la multitud, Adelheid no pudo evitar usar bendiciones divinas en silencio para escuchar sus voces a lo lejos.

—¡Ah, Subaru!

¿¡Por qué me hiciste actuar así!?

—Emilia se cubría la cara con ambas manos—.

¡Es tan vergonzoso!

—¿Eh?

—Subaru la miró confundido, ladeando la cabeza—.

¿De qué hablas, My Lady?

Actuaste por tu propia voluntad.

Emilia le fulminó con la mirada, las mejillas aún encendidas.

—¡Me estás tomando el pelo!

—¿Quién dice “me estás tomando el pelo” hoy en día?

—replicó él, conteniendo una risa.

—¡Subaru!

Adelheid apretó el agarre en la empuñadura de su espada.

—(Debería seguirlos… de lejos.

Subaru parece capaz de percibirme) —pensó.

Y en ese instante, Od Laguna pareció sonreír: su hija favorita estaba hablando tanto con ella últimamente… >>>>> Barrios bajos, media tarde.

Subaru caminaba al frente, con Emilia a su izquierda.

El sol descendía lentamente, tiñendo las calles estrechas y polvorientas de un naranja suave y cálido.

—Lo siento —dijo ella de repente, deteniéndose en medio del pequeño puente de madera.

—¿Mmh?

—Lo siento por mentirte antes.

—Oh.

—Mi nombre es Emilia.

Solo Emilia.

Ambos se detuvieron.

El puente crujió levemente bajo sus pies.

Subaru giró la cabeza y posó la mirada en ella.

El atardecer realzaba su belleza élfica: el cabello plateado brillaba con reflejos dorados, los ojos púrpuras captaban la luz como amatistas encendidas.

Sin embargo, el corazón de Subaru ya pertenecía a Melina y Ranni.

Sintió un apretón agudo en el pecho en ese mismo instante.

Y de alguien más, al parecer, bromeó consigo mismo en silencio.

Por eso, la imagen que tenía frente a él —esa hermosa pintura de la chica de cabello plateado y ojos púrpuras recortada contra el cielo anaranjado— solo podía apreciarse como una pieza de arte distante, hermosa pero intocable.

—Descuida, Lady Emilia —corrigió suavemente el «Satella».

Aunque, otra vez, su corazón pareció ser presionado desde dentro.

Casi juraría haber escuchado un resoplido… femenino, lejano.

—(Esto me está dando algo de miedo) —pensó con una media sonrisa.

—¡Aun así!

—avanzó Emilia un paso, decidida—.

Lo siento por mentir, Subaru.

Tú no lo has hecho, ¿cierto?

—No que recuerde —respondió él con ligereza, encogiéndose de hombros.

Emilia infló la mejilla, indignada.

—¡Esto es serio, Subaru!

—Ja, perdone, My Lady —se enderezó frente a ella, serio por primera vez—.

Mentir es malo, sí… Dio un paso más.

Ahora estaban cara a cara.

—Pero a veces la verdad, Lady Emilia, duele más que la mentira.

Emilia frunció el ceño.

Puck le había enseñado que mentir era malo.

Nunca debía hacerlo.

Y sin embargo, ya lo había hecho… ¿por qué?

La respuesta estaba en su corazón, aunque le doliera reconocerla.

“Quería alejarlo de mí”.

Cuando vives como Emilia, marcada y segregada, cualquier muestra de afecto o amistad genuina se siente como veneno.

Un veneno que ella bebería hasta ahogarse si eso significaba sentir que alguien la veía de verdad.

Porque Emilia, solo Emilia, estaba hambrienta de reconocimiento.

Hambrienta de amistad.

Hambrienta de conexiones.

Estaba maldita por esa apariencia que la hacía parecerse a la Bruja de la Envidia, Satella.

Pero Subaru no se había ido a pesar de la mentira.

Le seguía sonriendo.

Seguía ayudándola.

Emilia había bebido el veneno.

Y quería seguir bebiéndolo hasta el fondo.

Por eso necesitaba confesar.

Reparar algo que había roto antes de darse cuenta.

Confianza.

Sentía que había fallado.

Y ahora Subaru volvía a ayudarla.

A darle más veneno.

Puck guardó silencio dentro del cristal.

¿Por qué?

Porque en ese instante las intenciones de Subaru eran claras como el cristal: Quería ayudarla a ayudarse a sí misma.

Emilia, que había vivido años aislada en el bosque, que se emocionaba con un simple vendedor que le vendía botas… Estaba sola.

Terriblemente sola.

Puck la ayudaba, sí.

Pero había un agujero enorme en el corazón de Emilia, solo Emilia.

Ni Rem ni Ram llenaban ese vacío.

Allí solo había una brecha entre posiciones: amo y sirviente.

No amistad.

Por más que ella lo deseara.

Estaba sola en la mansión de Roswaal a pesar de tener compañía.

Emilia, solo Emilia… quería amigos.

Quería alguien en quien confiar.

Alguien que viera solo a Emilia, no a la semi-elfa diabólica ni a la Satella.

Solo… Emilia.

Subaru habló de nuevo, sacándola de sus pensamientos.

—Mmh —notó el silencio prolongado—.

Descuida, Emilia —esta vez no agregó el «Lady»—.

Sé que quizás es demasiado complicado ahora mismo.

¡Pero…!

Puso una mano en la cintura y con la otra señaló el cielo, adoptando esa pose tan suya.

—(Por Melina… ¿hace cuánto no hacía esto?) —pensó fugazmente.

—Vamos a presentarnos de nuevo.

¡Soy Natsuki Subaru!

Seamos amigos.

Le extendió la mano a la semi-elfa.

Ella… no dudó.

La tomó.

—¡Soy Emilia, solo Emilia!

Un gusto conocerte, Natsuki Subaru.

Puck solo pudo sonreír dentro del cristal.

—(Subaru… eres una existencia extraña.) >>>>> Los barrios bajos exudaban decadencia por cada grieta.

Las calles se estrechaban hasta convertirse en angostos pasillos de tierra apisonada, flanqueados por casas de madera torcida y techos medio podridos.

El aire olía a humedad, humo rancio y algo metálico, indefinible.

Subaru caminaba delante, con Emilia a su izquierda.

Puck permanecía en silencio dentro de su cristal, una presencia quieta pero atenta.

Emilia había conversado en voz baja con espíritus menores para recabar información.

Aquello llamó la atención de Subaru: ahora una pequeña luz oscura, casi negra, lo seguía flotando a su derecha.

Según Emilia, era un espíritu menor del atributo Yin.

Un atributo raro entre los espíritus.

—Vaya, Subaru… tienes talento para las Artes Espirituales —comentó ella, con una mezcla de sorpresa y admiración.

—Mmm, ya veo —murmuró él, observando la tenue luminosidad que danzaba junto a su hombro—.

Bueno, en mi mundo estuve en contacto con muchos espíritus.

Aunque… eran de otro tipo.

—¿De qué tipo, Subaru?

—Ah, Emilia.

Sería difícil explicarlo en pocas palabras —levantó el dedo índice derecho con gesto distraído—.

Allí se llamaban Cenizas Espirituales.

Emilia asintió lentamente, los ojos violetas brillando con curiosidad contenida.

Un nuevo arte que, claramente, no se aprendería en una simple caminata al aire libre.

—¡Querré escucharlo más tarde!

—dijo con una sonrisa tímida.

—Lo haré, Emilia.

Será una buena charla.

Llegaron al establecimiento: un lugar modesto, más almacén que bar.

—Allá —susurró Subaru, señalando con la barbilla un almacén destartalado al fondo de la callejuela.

La bolita de luz oscura se desvaneció al percibir la intención de Subaru de ocultarse.

Él entrecerró los ojos, alerta.

Emilia tragó saliva, pero asintió con determinación.

—Vamos.

Se acercaron a la puerta principal.

Subaru golpeó tres veces con los nudillos, seco y preciso, y le indicó a Emilia con un gesto que se mantuviera un paso atrás.

La puerta se abrió de golpe.

Una jovencita de cabello dorado y ojos fieros apareció en el umbral.

—¡Hola…!

¡Ah!

¡Eres tú!

—señaló directamente a Emilia.

—¡Tú me robaste!

—Emilia dio un paso al frente, la voz temblando de indignación contenida.

Subaru se apartó con naturalidad hacia un lado, observándolo todo con expresión neutra.

La chica no representaba amenaza real.

No aún.

—(Entonces… ¿cómo murió Emilia?) —pensó Subaru, afilando los sentidos al máximo.

—¡Demonios!

—Felt retrocedió de un salto y sacó la daga de su cintura con un movimiento practicado.

—¡Vamos, no hagas esto más difícil, ladrona!

—Emilia alzó la mano derecha; el aire alrededor se enfrió de inmediato.

—¡No puedo darte la insignia!

—gritó Felt, inclinándose en una pose de combate—.

¡Me darán diez monedas santas por esa baratija!

¡Con eso saldré de aquí de una vez!

—Solo quiero que me devuelvas lo que me robaste —respondió Emilia.

En secreto, sentía un pinchazo de lástima; entendía demasiado bien esa desesperación.

Pero no podía ceder.

No con la insignia.

No con su sueño en juego.

—Tch —Felt giró la mirada hacia Subaru.

Desde que se había hecho a un lado, todos sus instintos le gritaban lo mismo: él era el peligro real.

Esos ojos castaños, casi negros, la observaban inexpresivos, como si todo aquello no fuera asunto suyo.

Eso la irritó aún más.

De pronto, una figura enorme emergió por una puerta trasera: Rom, el gigante, con su garrote de púas en mano.

—¡Felt, te he dicho mil veces que no traigas problemas aquí!

—¡Abuelo Rom!

¡Lo siento!

—¡Solo dame mi insignia, ladrona!

—Emilia formó picos de hielo que flotaron amenazantes en el aire.

La tensión estaba a punto de estallar.

Entonces, un aplauso lento y deliberado cortó el aire.

Todos se volvieron.

Subaru había hablado.

—Bien, no hay que alterarnos —dijo con voz calmada, pero cargada de autoridad.

Emilia se estremeció levemente.

Esa mirada inerte… era la misma que había visto al principio de la caminata.

El cambio entre el Subaru amable y este Subaru serio era abismal.

—¿Qué tienes en mente, Subaru?

—preguntó Puck, que acababa de materializarse a la derecha de Emilia.

—Podemos hablar —Subaru dio un cuarto de vuelta hacia Felt—.

¿Qué me dices, jovencita?

Felt tragó saliva.

Su corazón latía desbocado.

—Acepta, Felt —murmuró Rom, sintiendo en cada fibra que aquel chico de cabello negro era peligroso.

Demasiado denso el aire a su alrededor.

Casi… regio.

Emilia apenas respiraba.

La jovencita dorada bajó la daga con mano temblorosa.

—H-hablemos… Otro aplauso suave.

La tensión cedió un poco, como si alguien hubiera aflojado una cuerda.

Subaru esbozó una sonrisa tenue, casi cansada.

—¡Perfecto!

Como siempre me han dicho: el diálogo es la mejor ruta.

Emilia suspiró aliviada.

Puck se acomodó sobre la cabeza de Subaru.

—¡Lo tienes bien dominado, Subaru!

No esperaba menos de un Lord de quinientos años.

Felt y Rom se quedaron petrificados.

—¿¡Eh!?

—los ojos de Felt se desorbitaron.

—¿Quinientos años…?

—susurró Rom, dejando el garrote a un lado con lentitud.

—No deberías soltar mi edad así como si nada, Puck —rezongó Subaru.

—Oh~ ¿Eres una doncella que cuida su edad, Subaru?

—el gato flotante le dio un golpecito juguetón en la frente.

—Para nada.

Solo míralos, están en shock.

—¡Jajaja!

Esa sí es una buena reacción.

¡Yo tengo cuatrocientos!

—replicó Puck.

—Sí, sí, abuelo —respondió Subaru con sarcasmo.

—¡Tú eres el abuelo, Subaru!

—Puck le devolvió el golpecito.

Emilia no pudo contener una pequeña carcajada nerviosa.

Felt y Rom soltaron el aire que retenían.

Al menos ahora veían que, pese a la presión, no parecía mala persona.

Antes de que pudieran entrar del todo, una silueta apareció al final del callejón, moviéndose con gracia felina.

—¡Gaa, es ella!

La que me hizo el encargo —aclaró Felt, palideciendo.

Elsa Granhiert se detuvo bajo la luz mortecina, lamiéndose los labios lentamente.

—Qué escena tan… doméstica —ronroneó, la voz melosa y peligrosa.

Su atuendo dejaba poco a la imaginación: escote profundo, abdomen al descubierto, capa larga ondeando tras ella.

Pero los ojos negros con toques púrpuras brillaban con hambre.

Subaru se tensó al instante.

Su mano voló a la empuñadura de la Sword of Night and Flame.

—(Es peligrosa.) Se colocó delante de Emilia sin dudar.

Puck descendió y flotó protectoramente junto a la semi-elfa.

—Lo siento, amiga —dijo Subaru con voz firme—.

Pero la transacción ya no puede ser.

Estoy aquí con la dueña de la… Desenvainó en un movimiento fluido.

La hoja captó el escaso sol y destelló con patrones de fuego y noche entretejidos.

Elsa chocó su kukri contra la espada en una fracción de segundo.

Todo ocurrió demasiado rápido.

—(¡Es rápida!) —¡Puck, protege a Emilia!

Niña, viejo, quédense detrás de mí.

Felt y Rom obedecieron sin chistar, aunque Rom aferró de nuevo su garrote.

—Ara, ara~ tienes sentidos agudos, chico —Elsa retrocedió de un salto, observando su arma fracturada—.

Y una buena espada… —Se llama Night and Flame —pronunció Subaru con una pronunciación inglesa—.

No exagero: está diseñada para matar dioses.

Se puso en guardia.

Su rostro se vació de toda emoción.

Elsa se lanzó de nuevo.

Fue brutal.

Bloqueó el primer corte, pero el impacto lo obligó a retroceder dos pasos.

El metal chirrió.

Un segundo kukri se partió en pedazos.

—Interesante —ronroneó ella—.

Eres más fuerte de lo que pareces.

Subaru contraatacó: corte diagonal preciso.

La punta rozó el brazo de Elsa.

La herida no se cerró de inmediato.

Ella parpadeó.

Luego sonrió más amplio, el rostro sonrojado.

—Oh… duele de verdad.

Qué delicioso.

—(¿Se está excitando?) —Subaru frunció el ceño, incrédulo.

Emilia lanzó proyectiles de hielo desde atrás, una muestra de apoyo.

Elsa esquivo con gracia felina.

Puck levantó un muro de escarcha para cubrir a Felt y Rom.

Subaru peleaba confiado: bloqueaba, desviaba, contraatacaba.

Cada corte dejaba heridas que sangraban más de lo normal en Elsa, pero ella seguía sonriendo.

Entonces retrocedió un paso, alzó la palma derecha.

Una llama amarilla caótica, enferma, brotó.

El aire mismo pareció gritar.

—Esto termina aquí —dijo con voz fría.

Elsa se detuvo.

Sus pupilas se dilataron de placer puro.

—Eso se ve interesante, querido ~ —ronronea Elsa juguetona a pesar de sus heridas sangrantes.

Pero Puck… El espíritu se congeló.

Un rugido animal, distorsionado, escapó de su forma etérea.

—¡¡NO!!

—gritó, voz rota por pánico absoluto.

Antes de que nadie reaccionara, un proyectil de hielo del grosor de un brazo salió disparado desde atrás.

Atravesó el pecho de Subaru de lado a lado.

El impacto fue seco, brutal.

El hielo entró por la espalda y salió por el pectoral izquierdo, destrozando corazón y pulmones.

Sangre y fragmentos translúcidos salpicaron el suelo.

Subaru se quedó inmóvil un segundo.

Bajó la vista.

Un trozo de hielo sobresalía de su pecho, goteando rojo.

Su corazón… ya no latía.

Elsa se quedó paralizada, la sonrisa congelada.

No podía creer que le robaran la presa.

Felt soltó un grito ahogado.

Rom retrocedió tambaleante.

Emilia dejó de respirar, sus ojos abiertos en total shock.

—¿…De verdad?

—susurró Subaru.

Giró apenas el torso para mirar a Emilia y a Puck.

Sus ojos casi negros se encontraron con los de la semi-elfa.

Luego con los del espíritu, que temblaba, horrorizado.

Puck flotaba inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de hacer.

—¿Qué…?

—balbuceó el Gran Espíritu.

Subaru tosió sangre.

Una sonrisa amarga tiñó sus labios manchados.

—Ja, buen chiste…

Sus rodillas cedieron.

Cayó de bruces con un golpe sordo.

La espada se le escapó y tintineó contra la tierra.

Emilia soltó un grito desgarrador.

—¡SUBARU!

Corrió hacia él, pero ya era tarde.

La Llama Frenética en su palma se apagó lentamente, como una vela extinguida por el viento.

Sus ojos se cerraron.

Silencio.

Solo el goteo de la sangre.

Y el eco de un título que nadie más entendió.

Final B: Has asustado a la Bestia del Fin, Puck.

>>>>>

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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