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Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 Interludio - 1
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12: Interludio – 1 12: Interludio – 1 Interludio 1 – La amenaza del agua pesada Flugel observaba a Adel admirando su espada.

Chistes aparte, casi podía jurar que ella estaba tentada a deshacerse de la Espada Dragón Reid que colgaba de su cintura.

Después de todo, si no puedes usar una espada a pleno, ¿de qué te sirve esa porquería?

Al menos, eso concluyó mientras Adel se acercaba con paso ligero.

—De verdad, tienes una buena espada, Flugel.

—No es para tanto —desestimó él con modestia, recogiendo la hoja de sus manos.

—¡Claro que sí!

Tan larga y resistente —dijo ella con una gran sonrisa inocente.

—¡POR OD LAGUNA!

—gritó Felt desde el fondo—.

¿¡Se están escuchando hablar!?

—Pero solo hablan de la espada de Flugel, ¿no?

—ladeó la cabeza Emilia, genuinamente confundida por el arrebato.

—¡No puede ser!

¿De verdad eres tan inocente, hermana mayor?

—se quejó Felt, acercándose con las manos en las caderas.

—Eeeh… De verdad, no sé de qué hablas —retrocedió un paso Emilia, con las mejillas ya tiñéndose de leve rosa.

Felt se llevó una mano a la frente, como si quisiera arrancarse el cabello.

Estaba rodeada de lunáticos.

Al fondo, Rom soltaba una carcajada grave y contenida, cruzado de brazos.

No, definitivamente no quería ser quien le explicara a la semielfa sobre las abejas y las flores.

—Tranquila, Felt.

Parece que Lady Emilia no capta el doble sentido —dijo Flugel, sujetando su barbilla con dos dedos mientras asentía para sí mismo.

—¡Hermano mayor!

Ella es mayor que yo.

¿Cómo no lo va a entender?

—Yo tampoco entiendo de qué hablas, Felt —agregó Adel con sincera confusión, ladeando ligeramente la cabeza.

Esta vez, Flugel y Felt se quedaron mirándola como si fuera un espécimen extraño salido de algún laboratorio clandestino.

—Adel, eres mayor que yo, ¿no?

—preguntó Felt, incrédula.

—Lo soy —confirmó ella con una sonrisa serena.

Pensaba que era mejor así para poder ser amiga de Flugel.

—¿Y sabes del sexo, cierto?

—soltó Felt sin vergüenza alguna.

Esta vez, ni con todas sus bendiciones divinas pudo Adel evitar el rubor que le subió a las mejillas.

Tartamudeó un segundo, los ojos abiertos de par en par.

A su lado, Emilia se convirtió en un tomate maduro.

No era tan ingenua —había oído la palabra antes—, pero su significado completo siempre le había sonado a conocimiento prohibido, algo lejano y ajeno.

En el cristal de su pecho, Puck maldecía en silencio, deseando poder salir para taparle los oídos a su hija.

—C-claro que lo sé, Felt.

¿Eso qué tiene que ver?

—se defendió Adel de inmediato, cruzando los brazos con el rubor aún visible.

—Por tu reacción, es obvio que solo sabes lo superficial —se quejó Felt, poniéndose al lado de Flugel.

—Mejor no decir nada más, Felt —señaló él, posando una mano suave en la cabeza de la ladrona—.

Estas damas son muy inocentes, al parecer.

—Tch, como digas, hermano mayor —murmuró ella con un leve sonrojo, sin apartar la mano.

El tema se zanjó mientras Flugel le daba mimos distraídos a Felt.

—(Una jovencita como ella debería estar jugando en vez de saber sobre sexo, muerte y quién sabe qué más habrá visto.)— pensó Flugel con un matiz de tristeza.

—Como sea —retomó él, cambiando el tono—.

Dale la insignia a Lady Emilia.

—Ah, no recuerdo haber dicho mi nombre antes —remarcó la semielfa, parpadeando sorprendida.

—Me lo dijo Adel.

—[Mentiroso] —resonó la voz de la Santa en su mente al instante.

—[Ssh, tranquila, Adel.

Es obvio que la conozco.

¿Dónde más verías una semielfa parecida a la Bruja de la Envidia en Lugunica que no sea ella?] Adel guardó silencio.

La lógica era impecable.

¡Pero había un detalle que no podía dejar pasar!

—[Le ibas a devolver la insignia a alguien y ese alguien era un conocido tuyo.

¿Es Emilia-sama?] —su voz mental sonaba como si hubiera resuelto el crimen del siglo.

—[Me atrapaste] —admitió sin negar—.

[Pero ayudarla a Lady Emilia es más por su parecido con alguien que conozco que por la misma chica.] —[¿Eh?

¿No acabas de decir que dónde verías a alguien más parecida a Emilia-sama?] Flugel se mordió la lengua mentalmente.

¡Habló de más!

¿Qué hizo?

Cambiar de tema, rápido.

Señaló la insignia que Felt sostenía, la cual empezaba a brillar con una luz suave y dorada.

—¡Adel, mira!

¡Está brillando!

¿Significa algo?

—su tono un poco desesperado no pasó desapercibido para la Santa.

Pero al ver la insignia brillar en la mano de Felt, no pudo ignorarlo.

Apareció al lado de la ladrona en menos de un parpadeo, los ojos fijos en el objeto.

—Señorita Felt, si la insignia brilla, quiere decir que es apta para ser Sacerdotisa del Dragón y la quinta candidata al trono.

Sobre guardar silencio sobre esto, no le veía sentido.

No quería secretos frente a Flugel, y Emilia-sama tampoco diría nada —para empezar, había perdido su insignia.

¿El gigante?

Era el abuelo de Felt, por lo que había oído en su plática con Flugel.

No diría nada que dañara a su nieta.

—¿De qué habla la Santa de la Espada?

—Felt se veía incrédula mientras se señalaba a sí misma con el pulgar—.

¿Cómo una chica de los barrios bajos podría ser candidata al trono?

Adel no contestó de inmediato, pero en su mente conectaba puntos con rapidez.

—(Felt tiene catorce o quince años, su cabello y ojos… Definitivamente parece tener relación con la familia real.

¿Será la princesa perdida hace tantos años?) —¡Habla, Santa!

¿Cómo podría ser digna de ello?

—Felt se veía agitada, los puños apretados a los costados.

Como si la idea impactara directamente en su psique, rompiendo algo frágil dentro de ella.

Flugel le dio una sonrisa suave para calmarla mientras Adel salía de sus suposiciones.

—Tranquila, Felt.

Escuchemos a Adel —se paró junto a la pelirroja, posando una mano ligera en su hombro—.

¿De verdad crees que Felt sea la quinta candidata?

—No lo creo —señaló la insignia aún brillante—.

Lo sé.

Emilia-sama, ¿verdad que ese brillo ocurre igual con usted?

Emilia se acercó con paso lento y recogió la insignia.

Esta brilló en su mano con la misma luz dorada.

Fue más que suficiente respuesta.

Felt se veía acorralada, los ojos abiertos de par en par.

¿Ella?

¿De verdad?

¿Por qué?

Entonces sintió una mano cálida en su cabeza.

Esa mano, por alguna razón, se estaba volviendo algo que la ayudaba sin siquiera conocerse mucho.

¿Era esto lo que decía el viejo Rom sobre conectar con alguien sin conocerlo?

No era amor.

No lo confundas.

Era amistad.

Regocijo.

Alegría.

Calidez.

—¡Qué buena suerte, Felt!

—la sonrisa amplia de Flugel la sacó de la crisis que empezaba a formarse—.

De vagabunda a princesa.

Te saltaste muchos pasos y, lo mejor, no tuviste que casarte con un noble santurrón para salir de aquí.

—¡Hermano mayor!

Yo… No sé nada de gobernar… Apenas vivo sola.

¿Cómo podría pensar en eso?

Rom se acercó también, sus pasos pesados resonando en el suelo agrietado.

—Eres fuerte, mocosa.

Si eres tú… Quizás podrías mejorar la vida de los de aquí abajo, ¿no?

Felt se quedó mirándolo como si lo viera por primera vez.

El viejo no siempre había sido amable o afectivo, pero era su única familia en este mundo.

Flugel quitó la mano de su cabeza con suavidad.

—No sé qué decirte, Felt —comenzó, arrodillándose para mirarla a los ojos—.

Pero piénsalo.

Como dijo Rom: si alguien puede mejorar los barrios bajos, deberías ser tú.

—Pero… Es demasiada responsabilidad… Ella bajó la mirada al suelo, los hombros encorvados.

¿Cómo podría permitirse pensar en hacer más?

Salir de aquí siempre había sido la meta.

Llevarse al viejo Rom y vivir una vida cómoda y más amable.

—Lo es —Flugel no lo negó—.

¡Pero!

Ya no vivirás en la miseria.

Comerás tres veces al día.

Te llevarás a Rom a vivir contigo.

Tendrás fuerza.

Tendrás poder.

Puedes cambiar el mundo desde arriba -y no dudo que también podrías hacerlo desde aquí abajo-.

Esta es una oportunidad, Felt.

El destino está tocando la puerta.

Puedes abrirla y darle la bienvenida… o no.

Pero debes pensar: ¿te arrepentirás de no haberte arriesgado a escupirle al destino con la puerta abierta?

Puedes cambiar, crecer, ser más fuerte y dar voz a los de aquí abajo.

Felt… —la sujetó de los hombros con firmeza, aún de rodillas—.

Escucha tu corazón.

¿Te habla?

¿Qué te dice?

Para Felt, la imagen de Flugel sujetando sus hombros se grabó a fuego en su mente.

Detrás, la luz de la luna —más azul y fría esa noche— parecía reflejar la seriedad del hombre de cabello oscuro y ojos profundos, casi negros.

Esa mirada de Flugel le daba algo que no sabía que le faltaba.

Confianza.

Alguien más confiaba en ella.

Esa convicción, esa luz, esa certeza inconfundible que le transmitía la mirada de Flugel.

Esas brillantes perlas casi negras.

Ella no pudo evitar dejar salir sus lágrimas, calientes y silenciosas, rodando por sus mejillas sucias.

Para los demás, esta escena parecía sacada de un cuento infantil.

De esos que inician sin siquiera pretender ser uno.

Algo cambiaría aquí y ahora.

Emilia sentía un dolor sordo en el corazón.

Ella… también quería que alguien la mirara así.

Que le diera toda la certeza del mundo.

Que la ayudara.

Que le diera fuerza y valor.

Emilia, solo Emilia, se sentía tan sola.

Y ver esto —esa imagen de la niña rubia y el joven de cabello negro— solo le hacía ser más consciente de eso.

Estaba sola.

Totalmente sola en este mundo que no le había dado ninguna amabilidad.

Por otro lado, Adel se quedó sin palabras.

¿Qué ocurría exactamente aquí?

Flugel era… tan apasionado.

Tan correcto.

Tan inspirador.

Como con ella: en un par de horas —no, menos— estaba cambiando la vida de esta jovencita, Felt.

Dándole una mirada que ella también anhelaba.

Calor.

Amor.

Confianza.

Libertad.

Ella, Adelheid van Astrea, era similar a Emilia.

Estaba sola.

Ambas lo estaban en este mundo.

Y ahora, este hombre con la luna azulada y oscura detrás parecía la llama más cálida del mundo.

Felt dejó de sollozar, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano mientras Flugel le seguía sujetando los hombros.

—Hermano mayor… Yo… —Dime, Felt —su voz fue suave, casi un susurro.

—Quiero intentarlo.

No… ¡Quiero hacerlo, hermano mayor!

Esta es una oportunidad, como tú dices.

¡No quiero ver niños muriendo o ancianos solos!

No quiero ver la decadencia, mujeres vendiéndose por un pedazo de pan.

¡Quiero salir de aquí!

Y quiero volver.

Volver y ayudar a todos con mis pequeñas manos.

La mano de Flugel —como si fuera una constante universal, una ley inquebrantable— encontró una vez más la cabeza de Felt.

—¡Bien dicho, Felt!

—le dio una gran sonrisa, los ojos brillando con orgullo—.

Te ayudaré.

Te ayudaré a cambiar este mundo.

En ese momento, Felt notó algo.

El ojo derecho de Flugel brillaba con un fuego dorado amarillento.

Su ojo izquierdo, con un frío azul oscuro.

Casi… podía ver siluetas detrás de Flugel.

Dos hermosas mujeres.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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