Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Arc1 - 5
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6: Arc1 – 5 6: Arc1 – 5 Capítulo 5 – Eres un 7, parte 4 Mientras caminaban juntos por las calles empedradas, Subaru no pudo evitar sentir un malestar creciente en el pecho.
No era debilidad física, ni cansancio.
Era algo más insidioso: la certeza de que esto —él caminando al lado de Emilia— estaba siendo orquestado.
Como si el destino mismo se hubiera torcido para forzar este encuentro, una y otra vez.
—(Está sensación asquerosa… me recuerda a Sir Gideon Ofnir, el Omnisciente.
Un bastardo que manipulaba todo con tal de que sus planes se cumplieran.) Siglos de sufrimiento y muertes lo habían forjado hasta dejarlo irreconocible.
Había dejado de jugar, de cometer estupideces impulsivas.
En su lugar emergía el Elden Lord: el hombre que había caminado entre fuego, hielo, podredumbre y soledad absoluta; el mismo que Melina y Ranni habían elegido seguir hasta el final.
A su lado, Emilia se removió ligeramente, incómoda.
No podía ver auras ni energías, pero sí sentía el cambio en el aire.
El calor amable que Subaru había proyectado momentos antes se había extinguido.
En su lugar quedaba algo frío, afilado, casi peligroso.
Una presencia que hacía que el bullicio de la calle pareciera amortiguado, distante.
Sin embargo, cuando Subaru giró la cabeza y le dedicó una sonrisa suave, esa frialdad pareció evaporarse como si nunca hubiera existido.
La dualidad era desconcertante: el sol cálido dirigido a ella, y la luna helada cuando sus ojos volvían al camino adelante.
Era como contemplar dos astros imposibles en el mismo cielo.
Dentro del cristal, Puck observaba con mayor claridad.
Los pensamientos de Subaru se habían aquietado por completo.
Antes bullían con una honestidad casi obscena, efervescente y caótica.
Ahora solo quedaba calma.
Una calma antinatural, certera, como el ojo perfecto de un huracán.
—(Ese nivel de concentración no es normal…), pensó el espíritu.
Comenzaba a creer el cuento del joven: que era un Lord de verdad, que había dominado tierras lejanas y extrañas.
De otro modo, ¿de dónde provenía esa presión invisible que ahora pesaba sobre él, como una mano invisible en la nuca?
Incluso Emilia, con toda su inocencia, había notado la diferencia.
Sus pasos se volvieron un poco más cautelosos, aunque no se apartó.
Y a pesar de todo eso, Subaru habló con Emilia.
Quizá para disipar la seriedad que había impuesto sin quererlo, o simplemente para romper el silencio que empezaba a pesar.
Notó cómo la joven elfa se había puesto nerviosa a su lado: los dedos jugueteando con el borde de sus mangas, la mirada baja por momentos.
—Y Lady Satella, ¿qué significa para usted el objeto robado?
Emilia dudó.
No podía decir la verdad… pero tampoco quería seguir mintiendo.
¿O sí?
Había empezado este intercambio con una mentira, y sabía que Subaru se había dado cuenta.
Con toda esa cortesía y educación, era evidente que reconocía el peso del nombre “Satella”.
Pero no lo había usado como arma.
No la había confrontado.
Simplemente siguió llamándola así, dándole espacio, como si la mentira no fuera más que un velo frágil que no valía la pena rasgar de golpe.
Aún así, ella apretó sutilmente el cristal en su cuello, un gesto casi inconsciente.
—No… no puedo decírtelo, Subaru.
Él devolvió la mirada al frente.
Ver tanta vida bullendo en las calles —vendedores gritando ofertas, niños corriendo entre carretas, el aroma a pan recién horneado mezclado con polvo— era reconfortante.
En las Tierras Intermedias, escenas así eran raras.
Algo que esperaba cambiar con Yggdrasil y su reinado.
—(Recuerdo las guerras… los asedios a castillos derruidos.
Un solo ser no puede derribar toda la decadencia de golpe.
Al menos no al principio…) —pensó en una fracción de segundo antes de responder.
—Pero ¿es importante?
Emilia se quedó impresionada.
No la culpó por guardar el secreto, no exigió más detalles.
Solo se centró en lo esencial: su valor.
Si fuera algo trivial, ella misma no estaría buscándolo con tanta urgencia.
En todo caso, desearía que quien lo robó pudiera sacarle provecho.
Pero esto era diferente.
No podía dejarlo ir.
—Es importante —su voz no flaqueó—.
Muy importante.
—Ya veo.
Subaru no insistió.
No lo necesitaba.
Había aprendido en las Tierras Intermedias que lo único que realmente importaba era si valía la pena.
Si las muertes tenían un propósito claro.
Lo que más le repugnaba era el sinsentido.
—Me disculpo —dijo mientras esperaban que cruzaran unos carruajes cargados.
Emilia parpadeó, confundida.
La disculpa parecía haber salido de la nada.
—¿Por qué, Subaru?
—Sé que lo notaste.
Ella asintió despacio.
Sabía a qué se refería: al cambio repentino de aura, a esa frialdad que había surgido sin aviso.
—Me disculpo por eso.
A veces puedo ser un idiota.
Emilia no respondió de inmediato.
No lo conocía lo suficiente.
—No quería incomodarte con una seriedad tan asfixiante.
Se ve que eres joven.
—¿Eh?
Pero Subaru, pareces tener mi misma edad.
¿Cómo que soy joven?
—Jaja, sí, sé que parezco joven, pero no lo soy.
—¿De verdad?
—la curiosidad brilló en sus ojos violetas.
—De verdad.
Así como me ves, tengo al menos quinientos años.
Silencio.
Puck, dentro del cristal, se quedó sin palabras.
—(Eso es verdad…) —murmuró en su mente el espíritu.
No había ni rastro de mentira.
Emilia abrió mucho los ojos.
Se le quedó mirando fijamente, como si pudiera ver el paso del tiempo grabado en su rostro.
Subaru notó esa expresión y la encontró tierna: la elfa despistada, intentando descifrar un enigma imposible.
—Impresionante, ¿no?
—Sí… espera, no.
¿Cómo?
—de verdad quería saberlo.
—Bueno, se podría decir que mi cuerpo es joven —continuaron avanzando por las calles adoquinadas—.
Pero mi alma es mucho más vieja.
—¿Tu alma?
—ella frunció el ceño, intentando asimilarlo.
Subaru observó ese gesto y, de nuevo, lo encontró tierno.
Pero en su mente, el análisis era frío y preciso.
—(Mierda, mierda… de verdad algo está mal.
Satella es tierna y todo eso, pero… ¿por qué me siento tan bien a su lado?
No es natural.
Mi corazón late un poco más rápido a ratos.
Pero sé que no es por ella.
Es por alguien más.
Como un tirón sutil… como si me incitaran a sentir algo.) Esa sensación comenzaba a picar bajo la piel, repugnante.
Le molestaba profundamente sentirse empujado a sentir afecto por alguien sin conocerlo de verdad.
Entonces, algo cambió en su interior.
Como si sus quejas internas hubieran sido escuchadas.
Fue tan surreal que Subaru se detuvo en seco en medio de la calle.
Emilia avanzó un par de pasos más antes de darse cuenta y girarse, ladeando la cabeza.
—¿Pasó algo, Subaru?
—No.
Solo recordé que soy pobre y no tengo dónde dormir.
—¡Eso es malo!
—ella se llevó una mano a la barbilla, pensativa—.
Bueno… como me estás ayudando, creo que podría ayudarte de vuelta.
Subaru agradeció en silencio que la elfa siguiera el juego, mientras su mente seguía dando vueltas a esa sensación inquietante.
—(Esto me está empezando a extrañar.
¿Tengo… tengo a alguien dentro de mí?) >>>>> Mientras Subaru hacía un análisis exhaustivo de su propio cuerpo, la idea de tener a alguien dentro seguía inquietándolo profundamente.
Emilia, sin embargo, notó algo más inmediato: una niña pequeña al borde del camino.
Se veía sola y asustada.
Lágrimas silenciosas recorrían sus mejillas sin parar, y nadie parecía detenerse a ayudarla.
Tiró suavemente de la manga de Subaru.
—Mira a esa niña, Subaru.
—¿Eh?
Él dejó de lado sus pensamientos internos y levantó la vista.
Cabello corto verde, ojos azules claros, vestido rosa.
No tendría más de seis años.
Se veía muy perdida, con los hombros hundidos y los puños apretados contra el pecho.
—Vamos a ayudarla —dijo Subaru sin dudar.
Podían desviarse un momento.
Si no lo hacían, sería un crimen y un insulto contra todo lo que él consideraba correcto.
Pero notó que Emilia no avanzaba.
—¿Qué ocurre, Lady Satella?
—Bueno… sería mejor no acercarme.
Podría darle miedo a la niña —respondió con un hilo de desánimo en la voz.
Subaru procesó eso en silencio.
—(La mentira de su nombre… su apariencia… la expectativa constante de rechazo… Esta chica tiene problemas de autoestima muy profundos, ¿verdad?) Y más allá de eso, algo encajaba: si la gente la odiaba por cómo se veía, debía haber alguien —o algo— a quien se parecía peligrosamente.
Por descarte, esa figura tenía que llamarse Satella y ser alguien problemático.
—(¿Una especie de reina demonio?
No… He oído rumores en las calles.
Sí, la semi-elfa demonio…) Todo le tomó no más de diez segundos.
Le dedicó una sonrisa suave a Emilia.
—Deberías intentarlo aun así —la animó—.
Piensa: si yo no estuviera aquí, ¿la dejarías ahí?
Emilia miró a la niña, que seguía sollozando en silencio.
Su corazón se apretó.
—No… no la dejaría.
Aun así la ayudaría.
—¿Ves?
Tienes un gran corazón.
Ven, vamos.
Emilia se determinó y lo siguió.
Ambos se acercaron con pasos lentos y cuidadosos.
Subaru no dijo nada al principio.
Ya habían captado la atención de la niña.
Ella retrocedió un paso al ver a Emilia, los ojos abiertos de temor.
Emilia sintió un pinchazo en el pecho: incluso alguien tan pequeño ya cargaba con esos prejuicios… Pero Subaru ignoró el gesto.
En cambio, sacó una moneda antigua de yenes de su bolsillo.
—(¡Demonios, hace siglos que no veo una de estas!), bromeó en su mente.
Extendió la mano y comenzó a actuar como mimo: la moneda subía y bajaba entre sus dedos con fluidez mágica.
Los ojos azules de la niña se fijaron en el movimiento, fascinados.
Emilia, a su lado, también observaba el truco con admiración contenida.
En un giro rápido, la moneda pareció desaparecer entre sus dedos.
La niña se sobresaltó y avanzó un paso, sujetando la mano de Subaru para buscarla.
—¿¡Cómo lo hizo, señor!?
¿¡Es magia!?
—preguntó emocionada, el miedo olvidado por un instante.
—Es magia.
Aguarda… ¿sabes dónde está?
—¡No!
—le dio la vuelta a la mano con urgencia infantil.
No encontró nada.
Subaru sonrió y, con un gesto exagerado, estiró la mano detrás de su oreja.
La moneda apareció entre sus dedos.
—¡Estaba detrás de tu oreja!
—¡Woow!
¡¿Cómo lo hizo?!
—Je, un buen mago jamás revela sus secretos, pequeña.
Emilia se quedó mirando el intercambio con una sonrisa suave, casi incrédula.
—Parece que tienes talento con los niños, Subaru.
—No lo digas así, se podría malinterpretar —mordió el comentario con dificultad, conteniendo una risa.
—¿Cómo podría malinterpretarse?
—preguntó ella, genuinamente confundida.
—¡Eh!
Olvida eso.
Ahora… Dirigió su atención a la niña.
—¿Te perdiste, verdad, pequeña?
—Sí… —bajó la mirada, avergonzada—.
Solté la mano de mi mamá… y la perdí de vista.
Quise buscarla, pero me perdí más.
—Ya veo.
¿Sabes dónde vives?
Ella negó con la cabeza.
Era lógico: si se había perdido, no reconocía la zona.
—Bien.
¿Qué te parece si este hermano mayor y esta hermana mayor te ayudamos a buscar a tus padres?
La niña miró a Emilia con cautela.
Pero después de que Subaru la hubiera calmado con el truco, se permitió observarla mejor.
—Tiene bonito cabello, señora.
Emilia se quedó congelada un segundo, como si no supiera cómo procesar el cumplido.
Casi parecía que iba a llorar, pero contuvo las lágrimas.
—Gracias, pequeña —logró responder—.
Me… alegra que te guste.
—¡Ves?
¡Es una hermosa señorita!
—¡Lo es, hermano mayor!
—Jajaja.
Tanto el chico de cabello negro con mirada feroz como la niña comenzaron a reírse al unísono.
Emilia infló las mejillas, más divertida que indignada por ser el blanco de sus burlas.
Y así, el trío avanzó.
La niña sujetaba las manos de Emilia y Subaru, para no volver a perderse.
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