Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Re:Zero / Elden Lord: Empezando la vida de nuevo en otro mundo
  3. Capítulo 7 - 7 Arc1 - 6
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

7: Arc1 – 6 7: Arc1 – 6 Capítulo 6 – Eres un 7, parte 5 Subaru estaba a punto de saludar al hombre del puesto de appas… hasta que recordó que, en este loop, aún no lo había conocido.

Se guardó el saludo con una sonrisa interna.

Observó cómo la niña, Plum, soltó las manos de Emilia y la suya para correr hacia el puesto.

El color verde de su cabello era inusual en la zona; por eso los había dirigido allí.

Había una buena probabilidad de que fueran familia.

Una mujer —de seguro la madre— llegó corriendo y la abrazó con fuerza mientras Plum se lanzaba a sus brazos, riendo entre lágrimas.

—(Bien, misión cumplida.) Subaru no pudo evitar sonreír ante el reencuentro, un calor genuino expandiéndose en su pecho.

Emilia lo notó de reojo y, por alguna razón, pensó que era una sonrisa bonita.

—Subaru, te ves mejor así que con tu cara seria.

Él dejó caer la mirada a un lado, con un gesto pequeño de felicidad.

—Me alegra ver que My Lady —remarcó con un acento inglés deliberado— está tan pendiente de mí.

—¿“My Lady”?

—Emilia lo miró confundida, ladeando ligeramente la cabeza.

—Oh, parte de una lengua antigua que conozco de otro mundo.

—¡Eeh!

¿De verdad?

Entonces, aparte de las Tierras Intermedias —lo miró para confirmar el nombre, y él asintió— ¿conoces otro mundo?

—Bueno, para ser exacto, vengo de ese primer mundo y caí en las Tierras Intermedias.

—Vaya… entonces eres de más allá de la Gran Cascada.

—¿Gran Cascada?

—fue el turno de Subaru de confundirse.

—Oh, cierto.

No eres de por aquí —Emilia se llevó una mano a la barbilla, pensativa—.

La Gran Cascada es el fin del mundo.

—Wow, y es… —chasqueó los dedos de la mano derecha— literalmente una gran cascada que cae al vacío.

—¡Sí!

—Emilia se iluminó, emocionada—.

De verdad eres muy listo, Subaru.

—Más bien, diría que no son muy creativos con el nombre —se quejó sin escrúpulos, encogiéndose de hombros.

Antes de que pudieran seguir hablando, la familia se acercó a ellos.

—Gracias por ayudar a mi hija a llegar con nosotros —la mujer, madre de Plum, se inclinó con gratitud.

Emilia se puso nerviosa ante la muestra de respeto; no estaba acostumbrada a ese trato.

—¡D-descuide!

—se apresuró a responder la semi-elfa—.

Cualquiera haría lo mismo por ayudar.

Además, Subaru —lo presentó, a su lado derecho— fue quien nos guió en esta dirección.

El padre de Plum, un hombre grande y fuerte, miró a Subaru con una mezcla de gratitud y evaluación.

—(Bueno, esto es extraño.

Yo lo conozco, pero él no a mí) —no pudo evitar resoplar Subaru en su mente.

—Gracias, chico.

No sé qué haría si mi hija no volviera con nosotros.

—Es una niña lista —Subaru se puso en cuclillas frente a ella—.

¿Verdad, Plum?

—¡Lo soy!

—respondió confiada, hinchando el pecho.

—Estoy seguro de que regresaría a casa por su cuenta una vez que se calmara.

En un raro momento de confianza, la niña de cabello verde abrazó a Subaru con fuerza.

Él… se quedó un poco sin palabras, sintiendo el calor pequeño contra su pecho.

—Vaya, parece que te cogió cariño, Subaru-kun —comentó la mamá de Plum con una sonrisa.

El hombre, en cambio, parecía rechinar los dientes.

¿Por qué su pequeña niña abrazaba a un desconocido frente a él?

Ah, el dolor de padre, de seguro.

La niña se apartó de Subaru.

—¡Gracias, hermano mayor!

—De nada, pequeña —sacó la moneda con la que había hecho el truco.

Le hizo extender la mano y se la dejó en la palma.

—Un recuerdo, Plum.

Guárdalo bien.

—¡Lo haré!

—¿Podemos hacer algo para pagarles?

—preguntó el padre de Plum.

Subaru miró a Emilia a su lado; intercambiaron una mirada rápida.

Aunque dudaba de que ella entendiera del todo lo que quiso decir con eso.

A lo largo del camino, había concluido que Satella era bastante inocente —o más bien, ingenua— en sus suposiciones e intercambios.

—De hecho… —Subaru se levantó de nuevo—.

Buscamos a una chica.

Cabello rubio, ojos rojos, viste ligero, es pequeña y muy rápida.

Aquí —presentó a Emilia a su lado izquierdo— My Lady —remarcó de nuevo con acento inglés— fue víctima de robo por parte de la jovencita rubia.

—Oh, por esa descripción, lo más seguro es que haya sido Felt.

—¿Sabe dónde podemos encontrarla?

—preguntó Emilia, más animada al tener una pista.

—Sí, debería ir a los barrios bajos.

Si te robó algo, ahí lo venderán.

—¡Gracias, señor!

—ella se veía muy agradecida.

—(Demasiado… ¿Qué tan importante es eso que le robaron?) —pensó Subaru al notar el suspiro de alivio de Emilia.

Ella de verdad parecía muy aliviada.

Eso hizo que Subaru clasificara el objeto robado en un nuevo nivel de importancia.

—(¿Será alguna reliquia familiar?

¿Un objeto con valor sentimental?) —se aventuró a pensar mientras se despedían de la familia de tres.

>>>>> —Subaru… Emilia parecía querer decir algo mientras caminaban, con Subaru a su derecha.

Él volvió la atención hacia ella; había estado distraído, perdido en sus propios sentidos.

—(Juro que detecto… algo.

¿Pero qué?) Fue como un escalofrío repentino en la nuca, fruto de siglos de batallas.

Natsuki Subaru era una bestia de combate, con sentidos hiperagudizados por la experiencia.

Lástima que todo eso se hubiera mermado con este cuerpo joven de nuevo.

La memoria muscular había desaparecido por completo, y sus instintos, aunque presentes, operaban sobre una base frágil.

La runa de Godrick elevaba los atributos, sí, pero partía de un fundamento patético.

La base actual de Natsuki Subaru era, en resumen, un chiste.

—Dime, My Lady.

Ella tragó saliva, como si las palabras fueran un peso difícil de soltar.

—La verdad es que yo… Quería aclarar la mentira.

Después de todo, este tiempo con Subaru le había mostrado que era un chico bueno.

Y si todo lo que decía era cierto —Puck parecía confirmarlo—, un señor… un rey como él no debería perder el tiempo con una simple semi-elfa como ella.

Quizá, si conociera más de este mundo, vería el estigma que cargaba su apariencia y decidiría no involucrarse.

Emilia aún era insegura, inmadura en muchos aspectos.

Pero una voz interrumpió su confesión a medio formar.

—Emilia-sama.

Ambos se giraron al unísono.

Ante ellos estaba una mujer de cabello rojo intenso.

Alta, hermosa, vestida con un elegante traje blanco que acentuaba su figura imponente.

Una espada reposaba en su lado izquierdo.

—Es un gusto verla por la capital —dijo con una sonrisa cortés, inclinando ligeramente la cabeza.

Emilia sintió que se le hundía el estómago de vergüenza.

¡La habían expuesto así, de golpe!

Sus ojos pasaron de Adelheid van Astrea a Natsuki Subaru.

Y lo que vio la dejó perpleja.

¿Por qué Subaru se veía tan serio?

Como si estuviera frente a un enemigo mortal.

Adelheid, por su parte, mantenía una sonrisa neutra, perfectamente entrenada: servicial, inquebrantable.

Ese rostro inerte, moldeado para el deber eterno.

Su existencia no era más que una herramienta.

Una herramienta que ni siquiera era valorada como individuo.

Pero dejando de lado sus propias sombras, su mano izquierda reposaba con naturalidad sobre la empuñadura de la espada.

La Espada Dragón Reid había encontrado en Natsuki Subaru un oponente digno.

Por eso la pelirroja los había seguido desde que los vio a lo lejos.

Eso era lo que Subaru había sentido todo el tiempo.

No quería interrumpir a Emilia-sama… pero su espada había marcado al hombre como peligroso.

Desde su perspectiva, Subaru parecía fuerte —incluso llevaba su propia espada en la cintura—, pero no emanaba amenaza real.

Para Subaru, era otra historia.

—(¿Qué mierda es esto?) Para él, la mujer ante sí no era humana.

No, era una aberración absoluta.

—(¡El mundo entero se doblega ante ella!

Mira cómo el maná se arremolina a su alrededor, pero no puede tocarla.

¿Qué carajos es este jefe final en el tutorial?) —el shock, le hizo volver a usar términos de videojuegos.

Una pequeña defensa psicológica de Natsuki Subaru ante lo absurdo.

Siendo sincero consigo mismo, sabía que solo tendría una oportunidad real contra ella con su poder completo.

En cualquier otra versión de sí mismo —nerfeado como estaba ahora—, sería barrido sin esfuerzo.

Y eso que ni siquiera sabía qué era capaz de hacer… y aun así, la impresión era abrumadora.

Esa lectura instintiva de sus ojos negros lo había puesto en máxima alerta.

Ella no era humana.

Solo llevaba una piel humana.

—My Lady —dijo Subaru con voz totalmente neutra, sin emoción más allá de una cortesía noble—.

¿Quién es esta hermosa dama?

Adelheid parpadeó, genuinamente confundida.

No por el hecho de que pareciera no conocer a la Santa de la Espada.

Sino por lo que había dicho.

—(¿Hermosa dama?) Para ella fue raro.

Demasiado raro.

Como ver al Dragón Volcanica aparecer de repente en plena luz del día, en un día cualquiera.

Todos se dirigían a ella de manera formal, directa y eficiente.

Nadie veía a la mujer debajo.

Ni siquiera sus amigos.

No por falta de intento, sino por lo que Adelheid van Astrea representaba.

La fuerza absoluta.

El pináculo inalcanzable de este mundo.

Era difícil hablar con alguien que nunca salía de su papel de caballero.

—Oh, cierto —Emilia dejó de lado su vergüenza un instante y se llevó el dedo índice izquierdo a la mejilla, pensativa—.

Ella es la Santa de la Espada, Adelheid van Astrea.

Hizo un gesto elegante para presentar a Subaru.

—Adelheid, este chico es Natsuki Subaru.

—Ya veo, Emilia-sama.

Es un gusto conocerlo, Subaru-sama.

Ella se inclinó con cortesía practicada, fluida como un ritual.

—El gusto es mío, Adel —saltó de nuevo esa costumbre de Subaru de poner apodos, casi sin pensar.

—¿Adel?

—la pelirroja parpadeó, descolocada por la intimidad casual del nombre.

Por suerte, sus Bendiciones Divinas mantuvieron su rostro sereno, sin revelar el leve sobresalto.

—Oh, me disculpo —Subaru carraspeó, consciente de su manía—.

Fue sin querer.

Adelheid lo observó detenidamente.

Por un momento, sintió un tirón extraño, algo que rara vez experimentaba.

Siempre se controlaba, actuaba como debía: la caballero perfecta.

Aunque Subaru fuera digno de la espada y ella misma notara su guardia alta, su manera de hablarle era… Normal.

Esa normalidad era más rara que cualquier cosa en su mundo.

Por eso, un deseo egoísta —uno que no recordaba haber sentido en mucho tiempo— surgió como una corriente imposible de contener.

Quería un amigo.

Alguien que la tratara como persona, no como símbolo.

Y aquí, frente al hombre marcado como digno por la espada más poderosa del mundo… Sintió que era su oportunidad.

—Está bien, Subaru-sama.

Puede llamarme así, si lo desea —por primera vez desde que había empezado la conversación, una sonrisa genuina asomó en sus labios, sutil pero real.

Subaru, ajeno a la tormenta emocional que había desatado —pues las bendiciones de ella ocultaban incluso sus propios sentimientos—, la miró con atención.

¿Cómo describirlo?

Se veía… feliz.

Contenta de que alguien le hablara así.

¿Cómo podía leerlo si su rostro apenas se movía?

Práctica.

Ranni vivía en el cuerpo de una muñeca.

Aprender a leer un rostro inerte de porcelana había sido duro.

Este rostro vivo, el de Adelheid, era mucho más fácil.

Además de esa aura leve de ánimo —una especialización extraña de Natsuki Subaru.

—Vale, Adel.

Si te puedo llamar así, tú también puedes llamarme solo Subaru.

Ella pareció querer negarse por instinto, pero Subaru se acercó un paso.

De manera practicada, Adelheid mantuvo la mano en la empuñadura.

A pesar de los sentimientos recién despertados, no bajó la guardia ni un segundo.

Sin embargo, notó el gesto.

Subaru extendió su mano derecha, palma abierta.

—¿Eh?

Ver confundida a la Santa de la Espada fue toda una experiencia para Emilia, que siempre la había visto actuar con mecánica calidez ante todos.

—(¡Wow, mira eso!

Subaru es realmente un chico bueno) —pensó la semi-elfa con una sonrisa interna.

—Oh, ¿no tienen esto aquí?

—¿Tener qué, Subaru?

—le costó no agregar el -sama.

—Un apretón de manos.

Un saludo de mis tierras.

Adelheid observó la mano extendida.

Tersa y suave; no parecía la de alguien que empuñara una espada a diario.

Y ella tampoco se dejó llevar por apariencias: aunque la espada de Subaru parecía ornamental, percibía peligro real en ella.

Casi estaba segura de que podría herirla.

Aun siendo ignorante de que era la Sword of Night and Flame, su intuición era acertada.

Después de todo, esa espada —como muchas de Subaru— había sido elevada a niveles divinos para matar dioses, forjada por el maestro herrero de la Mesa Redonda.

—Bueno, ya había pensado que no eras de por aquí, Subaru —seguía luchando por no agregar -sama—.

¿De dónde eres?

—Tierras lejanas —respondió él sin dar más pistas—.

Vamos, dame un apretón de manos, Adel.

¿O me vas a dejar colgado?

—¿Colgado?

—la pelirroja no entendió la expresión.

—¿Qué significa “colgado”, Subaru?

—añadió Emilia, igual de perdida.

Subaru se contuvo de darse una palmada en la frente.

—(Otro mundo, claro) —se quejó internamente.

Por fuera, solo negó con la mano izquierda.

—No es nada.

Vamos, dame la mano.

Adelheid volvió la vista a la mano extendida.

Ahí estaba, en el aire, esperando la suya.

Un pensamiento invasivo —uno que incluso superó sus bendiciones— le llegó.

—(¿Cuándo fue la última vez que toqué a alguien de manera intencional?) Es decir, que ella, Adelheid van Astrea, hubiera querido tocar a alguien.

Lo hacía por deber: ayudar, proteger.

Pero ella, la chica… ¿cuándo había tocado a alguien porque lo deseaba?

Quitó la mano izquierda de la empuñadura.

Elevó la derecha, encontrándose con la de Subaru.

—(¿De verdad lo haré?) —pensó con una emoción contenida que apenas tembló en sus dedos.

Sus manos se encontraron.

Ella sintió cómo Subaru apretaba con firmeza, cálida.

—(Es tan cálida… tiene dedos largos.

Una mano suave.) No pudo evitar pensarlo mientras se sostenían.

Emilia, a su lado, sintió un leve sonrojo subirle a las mejillas.

—(¿Pueden hacer eso en plena luz del día?) Vaya inocente semi-elfa.

¿Quizá interpretaba esto como un acto demasiado íntimo?

Bueno, ¿qué se podía esperar de una chica que pensaba que un beso podría embarazarla?

Por su parte, Adelheid van Astrea —casi de manera compulsiva— pidió nuevas protecciones divinas en silencio.

Quería recordar esto: la sensación, el sentimiento.

Inmortalizar en su mente la figura de Natsuki Subaru dándole la mano.

Cambió la vista del apretón al rostro de él.

Subaru tenía una sonrisa, no cortés, sino amable.

Radiante, desde su perspectiva.

—(Ah, no debería pedir protecciones divinas por algo así…) Pero el daño ya estaba hecho.

Adelheid van Astrea nunca podría olvidar esto.

Ni siquiera si Gula se comiera el nombre de Natsuki Subaru.

>>>>>

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo