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Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 34

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Capítulo 34: El fin, el último pase antes de romperse

Todo 9B se quedó sin palabras. El partido se les estaba escapando de las manos, pero aun así nadie pensaba rendirse. Seguían creyendo, seguían convencidos de que todavía podían ganarlo.

Ronier apenas corría. Sentía que tenía que guardar lo poco que le quedaba. El tobillo ya no le respondía igual, pero aun así seguía en el campo, obligándose a mantenerse de pie mientras el ritmo del juego no bajaba ni un segundo. 9B y 11A seguían luchando cada balón como si fuera el último.

Desde el medio campo, 9B puso el balón en juego y este llegó a Ronier. Dudó. No veía un pase claro y, por un instante, el miedo a empeorar su tobillo le frenó. Miró hacia atrás buscando una opción segura… pero antes de poder soltarla, Jackson apareció.

Se la quitó.

En un instante, todo se volvió peligro.

“Otra vez… no puedo fallar ahora”, pensó Ronier, sintiendo cómo el partido se le venía encima.

Jackson levantó la cabeza con calma. Vio a Jesús acercarse, notó a Adrián y a Moisés bien marcados, y decidió no forzar. Jugó hacia atrás con Roberto, que venía subiendo por la banda.

Manuel dejó su marca para anticiparse… y justo en ese momento Adrián quedó completamente libre.

Roberto lo vio.

Le dio el balón.

Adrián, sin muchas opciones, levantó la cabeza y mandó el centro al área.

Moisés ya se preparaba para saltar…

Pero Yeferson salió con todo desde el arco.

Saltó.

Y atrapó el balón antes de que Moisés siquiera pudiera tocarlo.

El alivio fue inmediato.

El pitido del árbitro llegó justo después.

El tiempo reglamentario había terminado.

3-3.

Ese partido no se iba a decidir fácil.

En las gradas, el silencio era total. Nadie hablaba. Todos esperaban.

Los jugadores caminaron hacia los vestuarios para los minutos previos a la prórroga.

En el vestuario de 9B, el ambiente era serio, pero no apagado. Se sentía la tensión, pero también la determinación.

Ronier habló primero.

“Perdón por la última jugada… no sé qué me pasó. Pero no podemos dejar que esto se nos escape. Hemos llegado hasta aquí con esfuerzo… vamos a terminarlo”.

Jesús asintió, firme.

“Ellos están cansados igual que nosotros. Sigamos cerrando espacios… y cuando aparezca la oportunidad, vamos a atacar”.

Sebastián, mirando hacia la puerta, habló sin dudar.

“Adrián no ha ganado nada todavía. Ni el torneo ni el goleador… ese gol va a ser mío”.

En el otro vestuario, Jackson levantó la voz.

“Ya demostramos que podemos empatar. Ahora vamos a ganar”.

Adrián sonrió mientras se ajustaba los guayos.

“Primero la final… luego todo lo demás”.

Minutos después, ambos equipos regresaron al campo. El cansancio ya era evidente. Más de una hora de partido, piernas pesadas, respiración corta… pero nadie iba a soltar.

El árbitro pitó.

Comenzó la prórroga.

11A salió primero. Jackson condujo hasta el borde del área con decisión, pero Ronier apareció de la nada y se lanzó a barrer.

Le quitó el balón.

El dolor en su tobillo explotó en ese instante, pero ya no le importaba. Había dejado de pensar. Solo reaccionaba.

Se levantó como pudo y jugó con Manuel. Manuel combinó con Felipe y devolvieron en pared. Manuel avanzó por la banda y centró con intención.

Alexis dejó pasar el balón.

Felipe se preparaba para rematar…

Pero Adrián apareció desde atrás e interceptó justo a tiempo.

“¿Ahora defiendes?”, soltó Felipe.

Adrián respondió sin dudar.

“Haré lo que sea para ganar”.

Intentó salir por la derecha, pero Sebastián lo presionó y lo obligó a soltarla. El balón pasó por Edgar, que levantó la cabeza y mandó un pase largo hacia Moisés.

Jorge lo leyó bien.

Interceptó.

Sergio tomó el balón y jugó con Ronier, pero no había espacios. La presión de 11A era constante, así que decidieron reiniciar.

Jesús recibió y abrió rápido para Álvaro.

Álvaro, con la presión encima, no se complicó y mandó un balón largo.

Sebastián controló con calidad. Mario lo tenía encima y Roberto ya venía cerrando, pero en un movimiento rápido se fue de uno y, antes de que el otro llegara, soltó el pase hacia Alexis.

Quedó solo.

Disparó.

Emilio reaccionó a tiempo.

Se estiró.

Y lo detuvo.

El partido seguía vivo.

El tiempo corría.

Minuto 63.

Las piernas ya no respondían igual. Cada carrera costaba más. Cada choque dolía más.

Jesús recuperó el balón y, sin pensarlo, levantó la cabeza.

Vio a Ronier.

Le lanzó un pase largo.

Ronier llegó como pudo. Controló con dificultad, pero mantuvo el balón. Levantó la mirada.

Y lo vio.

Sebastián corriendo al espacio.

“Esta puede ser la última”, pensó.

Sin dudar más, centró.

Con todo.

En el golpe, el tobillo respondió con un dolor seco, profundo.

Como si algo se hubiera forzado al límite.

“Este será mi último pase…”

El balón viajó.

Sebastián lo controló con el pecho.

En ese instante, vio a Adrián lanzarse con todo para bloquear.

Pero ya no había tiempo para pensar.

Levantó el balón.

Saltó.

Giró en el aire.

Y conectó una tijereta limpia.

El impacto fue perfecto.

El balón salió disparado, subió con fuerza y cayó con velocidad hacia la portería.

El portero voló…

Pero no llegó.

La red se sacudió.

Y el estadio explotó.

9B estaba arriba.

4-3.

En el último momento.

Los jugadores corrieron a abrazarlo.

Jesús se quedó atrás unos segundos, apretó el puño y cerró los ojos, como soltando toda la presión acumulada.

Sebastián, en cambio, no gritó de inmediato.

Miró a Ronier.

Sabía la verdad.

Ese gol no era solo suyo.

A unos metros, Jackson se quedó quieto. Observó el balón dentro de la portería, luego el marcador… y después el tiempo.

Levantó la mirada.

Y se encontró con Ronier.

No dijo nada.

Pero no hacía falta.

11A intentó reaccionar.

Juanse sacó rápido.

Pero el tiempo ya no alcanzaba.

El árbitro pitó.

Final.

9B estaba en la final.

El estadio estalló.

Gritos.

Saltos.

Celebraciones sin control.

Ronier se quedó unos segundos atrás.

Luego se dejó caer al suelo.

Se agarró el tobillo, disimulando.

El dolor ya no se podía esconder.

“No voy a poder aguantar mucho así…”

Pensó en silencio.

Pero aun así… no le importaba.

Por primera vez en todo el partido, dudó.

No solo por la lesión.

También por Jackson.

Había sido superior por momentos.

Y eso se le quedó clavado.

Por un instante, su mente se fue a otro lugar.

Gabriel.

El siguiente nivel.

Lo que venía.

La batalla había terminado.

Y 9B había ganado.

Pero algo dentro de Ronier le decía…

Que esto apenas estaba empezando.

Dos días después de la semifinal, el nombre de 9B resonaba por todo el colegio. Los murales mostraban fotos del gol de Sebastián, y en el comedor todos hablaban sobre el duelo contra 11A.

Cada vez había más expectativa. Los profesores opinaban, elegían favoritos y el colegio se había dividido en dos. Algunos decían que 9B tenía todo para ganar, destacando la conexión entre Ronier y Sebastián, además de la solidez de Jesús en defensa. Otros defendían a 9A, recordando que estaban invictos y que Diego atravesaba su mejor momento, mientras Maikol seguía sumando goles y peleaba por el título de goleador.

También empezaban los rumores.

Algunos hablaban en voz baja, preguntándose si alguien más había notado cómo Ronier se había llevado la mano al tobillo al final del partido.

Todo parecía una historia perfecta. La emoción crecía, el ambiente se cargaba, y todos sabían lo que se venía.

La final.

El choque entre cursos hermanos. 9B contra 9A.

Ronier caminaba por el pasillo y sentía las miradas. Algunos lo animaban, le decían que esperaban verlo ganar. Otros, en cambio, lo observaban con duda, como si ya sospecharan algo.

En medio de ese ambiente, se cruzó con Diego.

“Hola, Ronier… solo paso a recordarte algo. El año pasado te gané, y este año no será diferente. La final va a ser nuestra”.

Hizo una pausa, sonrió con cierta arrogancia.

“Aunque la verdad… no esperaba que llegaran hasta aquí”.

Ronier apretó los puños.

“No será tan fácil. Ustedes pueden estar invictos, pero nosotros cambiamos. Ahora somos un equipo de verdad. En la final vamos a demostrar quién es el mejor”.

Diego lo observó unos segundos, como analizándolo.

“Ha cambiado…”, pensó.

Luego sonrió.

“Ya veremos”.

Se fue.

Ronier se quedó quieto.

Jackson… Gabriel… ¿de verdad estoy listo?

Bajó la mirada.

¿Podré ganar esta final?

En el entrenamiento de la tarde, reunió al equipo en círculo.

“9A juega con mucha fuerza, pero también tienen técnica. Diego toma buenas decisiones, lee bien el juego y sale rápido al contraataque. Eso hace que Maikol sea aún más peligroso. Es su goleador. No podemos descuidarlo. Jesús, vas a tener que estar muy atento”.

“No te preocupes”, respondió Jesús. “La defensa está lista. Vamos a cerrar todos los espacios. Y Felipe nos va a ayudar a que no se escape nada”.

Sin más, comenzaron a entrenar.

Yeferson trabajaba en la portería, reaccionando a los disparos constantes de Sebastián y Alexis.

La defensa tuvo una doble sesión. Primero ejercicios mentales para mejorar la anticipación y la lectura de juego, con Felipe reforzando esa zona. Luego, trabajo directo para contener los ataques de Sebastián y Alexis.

El mediocampo entrenaba control, regate y precisión en los pases. Movían el balón con rapidez, buscando mejorar la toma de decisiones bajo presión.

En una de las jugadas, Ronier controló mal.

Intentó corregirlo con un pase… pero salió desviado.

Pidió otra oportunidad.

Alejandro envió el balón de nuevo.

Ronier fue a buscarlo.

Al apoyar el pie, el tobillo le falló por un instante.

No fue solo dolor.

Fue inestabilidad.

Se quedó quieto, apretando los dientes, mirando hacia abajo.

Jesús lo notó y se acercó.

“Oye… estás raro hoy. ¿Seguro que estás bien? Desde hace varios partidos te veo diferente”.

Ronier reaccionó rápido.

“Sí, sí… todo bien. Solo es un mal día”.

Se alejó con una sonrisa forzada.

Eso estuvo cerca…

Jesús se quedó mirándolo en silencio.

No estaba convencido.

Volvió al entrenamiento, pero con una idea clara en la cabeza.

Algo le pasaba a Ronier.

Mientras tanto, Sebastián seguía enfocado en sus remates. Manuel envió un centro y Sebastián conectó una volea perfecta.

Gol.

Ronier se acercó.

“Ese remate fue increíble… pero en la final no tendrás tanto espacio. Tenemos que jugar juntos”.

Sebastián lo miró fijo. Había algo extraño en su expresión.

Pero no dijo nada.

“Los vamos a destrozar… amigo”.

Al final del entrenamiento, Ronier volvió a reunir al equipo.

“Cuando tenga el balón, voy a buscar a Sebastián. Eso va a liberar a Alexis. Jugamos rápido, Alexis me devuelve y ahí filtramos de primera. También en los córners, todos atentos. Sebastián atrae la marca y Jesús entra desde atrás”.

Todos asintieron.

Se fueron.

Ronier se quedó solo en el campo.

Sentado en la mitad.

En silencio.

La duda volvió.

¿Podremos ganar conmigo así…?

Pensó en Gabriel.

Su forma de jugar.

Su intensidad.

Ese regate limpio.

Esa seguridad.

Él nunca dudaría así.

Se agarró el tobillo.

“Por favor… déjame jugar un partido más… solo uno más”.

Apretó con más fuerza.

No estaba pidiendo.

Estaba negociando con su propio cuerpo.

Mientras tanto, Jesús no dejaba de pensar en lo que había visto.

Decidió llamar a Sebastián.

“Oye… ¿has notado raro a Ronier?”

“Sí. Sus pases no son los mismos. Decide antes de tiempo”.

Jesús dudó un segundo.

“Creo que está lesionado. Lo vi tocándose el tobillo después del partido contra 11A”.

Silencio.

Sebastián respiró hondo.

“Ahora que lo dices… sí. También noté cosas raras antes”.

“¿Hablamos con él?”, preguntó Jesús.

“Mañana. Hoy no. Pero esto no puede seguir así”.

Colgaron.

Ahora lo sabían.

Ronier no iba a poder ocultarlo por mucho más tiempo.

La final se acercaba.

Y esta vez… no dependía solo del talento.

Dependía de cuánto pudiera resistir su cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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