Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 35
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Capítulo 35: El límite empezó a hablar
Dos días después de la semifinal, el nombre de 9B resonaba por todo el colegio. Los murales mostraban fotos del gol de Sebastián, y en el comedor todos hablaban sobre el duelo contra 11A.
Cada vez había más expectativa. Los profesores opinaban, elegían favoritos y el colegio se había dividido en dos. Algunos decían que 9B tenía todo para ganar, destacando la conexión entre Ronier y Sebastián, además de la solidez de Jesús en defensa. Otros defendían a 9A, recordando que estaban invictos y que Diego atravesaba su mejor momento, mientras Maikol seguía sumando goles y peleaba por el título de goleador.
También empezaban los rumores.
Algunos hablaban en voz baja, preguntándose si alguien más había notado cómo Ronier se había llevado la mano al tobillo al final del partido.
Todo parecía una historia perfecta. La emoción crecía, el ambiente se cargaba, y todos sabían lo que se venía.
La final.
El choque entre cursos hermanos. 9B contra 9A.
Ronier caminaba por el pasillo y sentía las miradas. Algunos lo animaban, le decían que esperaban verlo ganar. Otros, en cambio, lo observaban con duda, como si ya sospecharan algo.
En medio de ese ambiente, se cruzó con Diego.
“Hola, Ronier… solo paso a recordarte algo. El año pasado te gané, y este año no será diferente. La final va a ser nuestra”.
Hizo una pausa, sonrió con cierta arrogancia.
“Aunque la verdad… no esperaba que llegaran hasta aquí”.
Ronier apretó los puños.
“No será tan fácil. Ustedes pueden estar invictos, pero nosotros cambiamos. Ahora somos un equipo de verdad. En la final vamos a demostrar quién es el mejor”.
Diego lo observó unos segundos, como analizándolo.
“Ha cambiado…”, pensó.
Luego sonrió.
“Ya veremos”.
Se fue.
Ronier se quedó quieto.
Jackson… Gabriel… ¿de verdad estoy listo?
Bajó la mirada.
¿Podré ganar esta final?
En el entrenamiento de la tarde, reunió al equipo en círculo.
“9A juega con mucha fuerza, pero también tienen técnica. Diego toma buenas decisiones, lee bien el juego y sale rápido al contraataque. Eso hace que Maikol sea aún más peligroso. Es su goleador. No podemos descuidarlo. Jesús, vas a tener que estar muy atento”.
“No te preocupes”, respondió Jesús. “La defensa está lista. Vamos a cerrar todos los espacios. Y Felipe nos va a ayudar a que no se escape nada”.
Sin más, comenzaron a entrenar.
Yeferson trabajaba en la portería, reaccionando a los disparos constantes de Sebastián y Alexis.
La defensa tuvo una doble sesión. Primero ejercicios mentales para mejorar la anticipación y la lectura de juego, con Felipe reforzando esa zona. Luego, trabajo directo para contener los ataques de Sebastián y Alexis.
El mediocampo entrenaba control, regate y precisión en los pases. Movían el balón con rapidez, buscando mejorar la toma de decisiones bajo presión.
En una de las jugadas, Ronier controló mal.
Intentó corregirlo con un pase… pero salió desviado.
Pidió otra oportunidad.
Alejandro envió el balón de nuevo.
Ronier fue a buscarlo.
Al apoyar el pie, el tobillo le falló por un instante.
No fue solo dolor.
Fue inestabilidad.
Se quedó quieto, apretando los dientes, mirando hacia abajo.
Jesús lo notó y se acercó.
“Oye… estás raro hoy. ¿Seguro que estás bien? Desde hace varios partidos te veo diferente”.
Ronier reaccionó rápido.
“Sí, sí… todo bien. Solo es un mal día”.
Se alejó con una sonrisa forzada.
Eso estuvo cerca…
Jesús se quedó mirándolo en silencio.
No estaba convencido.
Volvió al entrenamiento, pero con una idea clara en la cabeza.
Algo le pasaba a Ronier.
Mientras tanto, Sebastián seguía enfocado en sus remates. Manuel envió un centro y Sebastián conectó una volea perfecta.
Gol.
Ronier se acercó.
“Ese remate fue increíble… pero en la final no tendrás tanto espacio. Tenemos que jugar juntos”.
Sebastián lo miró fijo. Había algo extraño en su expresión.
Pero no dijo nada.
“Los vamos a destrozar… amigo”.
Al final del entrenamiento, Ronier volvió a reunir al equipo.
“Cuando tenga el balón, voy a buscar a Sebastián. Eso va a liberar a Alexis. Jugamos rápido, Alexis me devuelve y ahí filtramos de primera. También en los córners, todos atentos. Sebastián atrae la marca y Jesús entra desde atrás”.
Todos asintieron.
Se fueron.
Ronier se quedó solo en el campo.
Sentado en la mitad.
En silencio.
La duda volvió.
¿Podremos ganar conmigo así…?
Pensó en Gabriel.
Su forma de jugar.
Su intensidad.
Ese regate limpio.
Esa seguridad.
Él nunca dudaría así.
Se agarró el tobillo.
“Por favor… déjame jugar un partido más… solo uno más”.
Apretó con más fuerza.
No estaba pidiendo.
Estaba negociando con su propio cuerpo.
Mientras tanto, Jesús no dejaba de pensar en lo que había visto.
Decidió llamar a Sebastián.
“Oye… ¿has notado raro a Ronier?”
“Sí. Sus pases no son los mismos. Decide antes de tiempo”.
Jesús dudó un segundo.
“Creo que está lesionado. Lo vi tocándose el tobillo después del partido contra 11A”.
Silencio.
Sebastián respiró hondo.
“Ahora que lo dices… sí. También noté cosas raras antes”.
“¿Hablamos con él?”, preguntó Jesús.
“Mañana. Hoy no. Pero esto no puede seguir así”.
Colgaron.
Ahora lo sabían.
Ronier no iba a poder ocultarlo por mucho más tiempo.
La final se acercaba.
Y esta vez… no dependía solo del talento.
Dependía de cuánto pudiera resistir su cuerpo.
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