Saga Elementos - Capítulo 100
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Capítulo 100: Bienvenida Formal
Al ver a ambas mujeres ahí, todos en el lugar se prepararon para un enfrentamiento. Incluso aquellos que no eran combatientes buscaron algo, cualquier objeto que pudieran usar como arma. Sin embargo, todos ahí sabían que el único que podría vencerlas sería Tobías.
“Francamente, dudo mucho que Tobías pueda derrotarlas a ambas”, fue lo que pensó Tatiana al notar que el hijo de Bruno había liberado todo su poder. La razón de su escepticismo no era otra que su propia experiencia. Ella, y todo su equipo, habían sentido el poder que esas dos mujeres tenían una vez utilizaban la Liberación y no estaba muy lejos del poder de Tobías. Tal vez, con una buena estrategia, podría derrotar a una, pero derrotar a las dos al mismo tiempo sería imposible.
Lucía y Martha también se pusieron en guardia al ver lo que estaba sucediendo. Martha se colocó frente a Lucía para protegerla. Las dos estaban muy confundidas. ¿Acaso Amelia no le había informado a la Orden que ellas vendrían? Claro, esperaban una bienvenida hostil, pero no se imaginaban esto.
Antes de que Tobías pudiera siquiera atacar, Jessica se puso delante de él y, a modo de desafío, encendió su cuerpo en llamas intensas. Tobías estaba tan descolocado como todos los ahí presentes.
—¡Niña, apártate! —en lugar de obedecer, las llamas en el cuerpo de Jessica se intensificaron.
“Claro, porque Jessica es de las que obedecen órdenes” fue todo lo que pudo pensar Jordan al ver la escena desarrollarse. Por su lado, Tobías estaba sumamente confundido. No entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando ante él.
—Tobías —el hombre volteó un momento al escuchar la voz de Amelia—. Las dos vienen conmigo.
Un nuevo baldazo de agua helada golpeó al hombre. ¿Cómo que dos de las asesinas más buscadas por la Orden venían con Amelia? ¿Acaso la chica había enloquecido? Desde luego, Tobías tenía menos idea de lo que estaba pasando ahora que antes. Sin embargo, no perdió la compostura.
—Amelia, será mejor que te expliques —le advirtió a la joven peliblanca.
—Es una larga historia, pero en resumen: armé un caso para presentárselo a las Estrellas y permitir que las dos entren al programa de rehabilitación —ante la explicación de Amelia, Tobías sintió que las venas de su cabeza empezaban a palpitar.
—¿Acaso te volviste completamente loca? —preguntó con algo de rabia en su voz.
—Rogers… —esta vez, fue Gregor quien habló. Había regresado al lugar al escuchar el alboroto—. Me duele decir esto, pero sin la ayuda de esas dos no estaríamos vivos —fue todo lo que dijo antes de retomar el camino a su vehículo.
Aquello sorprendió a todos, especialmente a Amelia. Normalmente, Gregor no hubiese intervenido en el asunto. Amelia pensaba que su hermano prefería ver a Lucía y Martha muertas antes de siquiera abogar por sus vidas. ¿Qué había cambiado? Simple. A pesar de su actitud exterior, Gregor tenía un código moral y, si bien las detestaba y no se fiaba de ellas, no era menos cierto que era gracias a su ayuda que seguían vivos. Para él, intervenir en la conversación era su forma de pagar esa deuda.
Por su lado, Tobías volvió a mirar a las mujeres y, al concentrarse un poco, pudo sentir que sus conexiones eran cálidas. Además, Lucía se veía cansada, sin energías, como si solo estuviera moviéndose por inercia. No parecían ser una amenaza. El hombre miró una vez más a Jessica, quien seguía envuelta en llamas. Su mirada dejaba claro que estaba dispuesta a enfrentarse a Tobías a pesar de la diferencia de poder tan abismal que los separaba, todo con tal de proteger a esas dos mujeres.
El hombre suspiró y apagó las llamas.
—Ustedes dos —dijo refiriéndose a Lucía y Martha—. Bajen de ahí antes de que me arrepienta —las mujeres dudaron, también Jessica—. Ya tranquilízate, niña. No voy a atacarlas, pero será mejor que bajen de ahí ya.
Al principio dudaron. ¿En serio podían confiar en aquel hombre? Si se trataba de una trampa, no podrían pelear contra Tobías y, en caso de llegar a derrotarlo, no les quedaría energía suficiente para escapar. Incluso tuvieron que voltear a ver a Amelia para confirmar que no era un engaño. La joven las miró desde la camilla y les hizo un gesto de que todo estaba bien.
Con nerviosismo y manteniendo la guardia en alto, comenzaron a bajar las escaleras del avión. Cada paso se sentía más pesado que el anterior y la tensión se podía respirar en el aire. Podían sentir las miradas hostiles de todos los Iluminados presentes en el lugar y cómo todos ellos estaban preparados para atacarlas ante la más mínima señal de problemas.
Cuando llegaron al final, fueron recibidas por la mirada severa de Tobías, quien no podía evitar sentirse extraño. Tenía enfrente a dos Oscuras sumamente poderosas y peligrosas, pero no podía matarlas. Si de verdad había un caso y ellas entrarían al programa de rehabilitación, entonces la decisión de ejecutarlas o no dependería exclusivamente de su padre y el consejo de las Estrellas.
—Las llevaré a un lugar donde podrán esperar su audiencia con las Estrellas —les dijo con un tono autoritario y severo que no dejaba lugar para objetar—. Ustedes irán al hospital a que revisen tus heridas —continuó, volteándose a ver a Amelia—. Y ustedes irán a informarle a las Estrellas lo que está pasando.
Jessica finalmente se relajó. Sin embargo, todavía no estaba tranquila. Ella era consciente de todo el odio y resentimiento que los Iluminados sentían por Lucía y Martha. Por eso no quería dejarlas solas, pues siempre estaba la posibilidad de que alguien, queriendo hacerse el héroe, intentase matarlas ahora que estaban débiles. No obstante, Amelia también estaba lastimada y no quería dejarla sola. ¿Qué clase de chica sería si dejaba sola a su novia cuando más estaba sintiendo dolor? Lucía notó la lucha interna de Jessica y no pudo evitar sonreír un poco.
Le puso la mano en el hombro y le dedicó una mirada tranquilizadora. Era como decirle: “Estaremos bien. Acompáñala Fue solo eso lo que hizo que Jessica finalmente bajara la guardia y avanzara.
A todos, menos a Jessica y Amelia, les dieron unos abrigos para soportar el inclemente frío de las montañas y se montaron en el transporte con el soldado que había acompañado a Tobías a recibir al grupo. Avanzaron rápidamente por los caminos tallados en la montaña, los cuales no tenían nada que envidiarle a una carretera recién pavimentada. La primera parada fue, desde luego, el hospital. Donde Matthew, Laura, Amy, Jordan, Jessica y Amelia recibirían tratamiento para sus heridas. Mientras tanto, Tobías se llevó a Lucía y Martha a ver al consejo de las Estrellas. Su objetivo era aclarar toda la situación antes de que algún Iluminado decidiera tomar la ley en sus manos.
Al entrar al hospital, Jessica no paraba de dar vueltas en un mismo sitio. Siempre pensando en lo que podría pasarles a esas dos. Desde luego, Amelia era quien tenía que soportar el arrebato de nervios de su novia. «Dios, es como una niña», pensó para sí misma mientras veía a Jessica dar vueltas de izquierda a derecha.
—Amelia, o la controlas tú o lo haré yo —bromeó Jordan al ver el estado de su hermana.
—Eres un aguafiestas, ¿lo sabías?
—¿Te divierte verme angustiada? —preguntó Jessica mientras la veía. Amelia solo sonrió con una ceja levantada.
—Es que eres adorable en todas las formas, Roja —la joven pelirroja rodó los ojos al escuchar esa respuesta—. Escucha, conozco a Tobías desde que era una niña. Es el padre de mi mejor amiga. Te puedo asegurar que nada les pasará a Lucía y Martha mientras estén con él. Bueno, mientras no busquen pelea.
—Claro —Jessica gruñó mientras se sentaba al lado de la cama de Amelia.
—Tranquila, estarán bien. Al menos hasta que las Estrellas dicten su sentencia. Ahí, ya no podremos ayudarlas —esas palabras llamaron la atención de Amy.
—¿Qué quieres decir?
—Si las Estrellas sentencian a esas dos a muerte, entonces no habrá nada que hacer para cambiar el veredicto —Jessica no pareció inmutarse ante las palabras de Matthew—. ¿Entiendes eso, Jessica?
—Sí, lo entiendo y estoy bien con lo que sea que decidan —sus palabras eran calmadas y serenas—. Sé que ambas hicieron cosas horribles, pero espero que tengan una oportunidad de cambiar sus vidas. Si no pueden hacerlo, pues no hay nada más que hacer.
Matthew observó a Jessica y pudo notar cómo había madurado, lo cual le alegró bastante. La joven había cambiado para mejor. El viaje le sirvió mucho.
Finalmente, se escuchó una voz ajena al grupo aparecer por el pasillo.
—Condamner, atender a tres grandes en un día. Creo que la suerte me sonríe hoy.
Frente al grupo apareció una mujer de color, alta y muy atractiva. Su piel color chocolate contrastaba con el maquillaje azul claro que tenía por encima en los párpados. Una sortija de matrimonio adornaba su mano derecha y su tono de voz era amable, cálido y jovial. Parecía estar a finales de sus treinta años, pero en los usuarios las apariencias a menudo engañaban bastante, pues el envejecimiento solía ralentizarse a partir de los treinta y cinco años.
Al ver a la mujer, Matthew la reconoció al instante.
—Ha pasado tiempo, doctora Lefebvre —dijo el hombre con una sonrisa—. Veo que los años la han tratado bien.
—Lo mismo podría decir de usted, señor Simons —respondió la mujer—. Y ahora soy la señora Césaire —Matthew y Laura la miraron, sorprendidos por la noticia.
—¿Usted y Marcee se casaron? —preguntó Laura buscando algo de chisme.
—Así es, pero dejemos eso para otro momento. Por ahora, veamos qué les pasó a ustedes.
La mujer frente a ellos era Jacqueline Lefebvre Césaire, esposa de Marcee Césaire, la Estrella del Agua, y no era solo una esposa trofeo y ya. Si Marcee era la usuaria más poderosa del elemento agua, su esposa era la mejor sanadora de toda la Orden. Se decía que, con solo tocar a una persona, sabía exactamente cuál era el problema y que podía sanar cualquier herida en segundos.
—Primero tú, muchacho —se acercó a Jordan y le puso la mano en el cuello—. Tú estás más sano que yo, aunque, si sientes mareos constantes o dificultad para respirar, ven al hospital inmediatamente. Para los primerizos, siempre es difícil adaptarse a la vida en las montañas.
—Claro, gracias —respondió Jordan.
—Ahora, vamos contigo —se detuvo frente a Amy y la observó por un momento antes de sonreír—. ¿Su hija? —preguntó mirando a Matthew y Laura, quienes le sonrieron—. De acuerdo, tú tienes dos costillas rotas en tu lado derecho.
Jackie tomó un poco de agua y se empapó las manos. Luego tocó la zona y procedió a sanar las costillas de la chica. Amy sintió un pinchazo frío en el tórax cuando los huesos volvieron a unirse y sanar. Tras un par de segundos, Amy ya estaba curada.
—Listo, ahora sigue usted, señora Simons —Jackie tocó levemente el tórax de Laura y pudo sentir que también tenía un par de costillas rotas—. Tres costillas rotas —dijo antes de realizar el mismo procedimiento y, tras unos segundos, ya estaba sana.
—Ahora usted, señor —Jackie examinó a Matthew de arriba abajo con la mirada—. Algo me dice que usted es el peor hasta ahora —el hombre sonrió.
Efectivamente, Matthew era el que peores heridas tenía de toda su familia. Cuatro costillas rotas, los nudillos destrozados y los huesos de sus antebrazos estaban astillados, heridas realmente serias, pero no letales. Jackie procedió a curarlo y le tomó dos minutos dejarlo como nuevo. Una vez terminó con el señor Simons, se dirigió a donde estaba Amelia.
—Bueno, creo que hablé muy pronto cuando dije que Simons era el peor.
Amelia tenía varias quemaduras de segundo grado en sus brazos, piernas y muslos. Sin mencionar la grave fractura de su tibia. Jackie solo podía preguntarse una cosa: “¿Qué clase de monstruo pudo hacer esas heridas?”. Claro, ella sabía que Cerbero fue el responsable, pero aun así le sorprendía ver semejantes heridas en alguien tan joven como Amelia. Sin mencionar el milagro que era que siguiera con vida.
—Amelia, no voy a mentirte: Esto va a doler y mucho —dijo Jackie con un tono serio.
—Ya lo sé —fue todo lo que dijo Amelia antes de tomar la mano de Jessica.
Los siguientes diez minutos fueron de Amelia gritando y gruñendo en un inmenso dolor mientras Jackie sanaba sus heridas. El proceso era lento y tortuoso. La piel quemada y chamuscada de la chica se regeneraba poco a poco a medida que Jackie la curaba, lo cual era extremadamente doloroso. Era como si un montón de agujas pincharan la piel de Amelia mientras, al mismo tiempo, tenía una comezón horrible.
Lo peor vino cuando la doctora pasó a su pierna rota. Amelia gritó desde lo más profundo de su garganta mientras sentía su hueso volviéndose a unir. Era como si una corriente eléctrica la golpeara directamente en el esqueleto.
—¡¿Oiga?! ¡Dele algo para el dolor! —gritó Jordan al ver el sufrimiento de la chica.
—No puede —le dijo Matthew mientras le ponía la mano en el hombro—. Para los sanadores, es vital sentir cómo reacciona el cuerpo mientras las heridas están sanando. Solo así saben que están haciendo bien su trabajo. Cualquier tipo de anestesia podría provocar que la doctora Césaire cometa un error y las heridas no sanen correctamente.
Jordan sintió escalofríos al escuchar aquellas palabras. Entonces, eso significaba que cualquier procedimiento médico, excepto las cirugías, debía realizarse con el paciente totalmente despierto, con todo lo que eso implicaba. Jessica también escuchó la explicación de Matthew y procedió a apretar la mano de Amelia más fuerte.
Cuando la doctora por fin terminó, Amelia estaba flácida en la cama, jadeando, con la voz ronca y la frente brillando en sudor. Necesitaría descansar un rato antes de reunirse con Bruno y las Estrellas. La joven de cabello blanco lo sabía y no tenía quejas al respecto. Solo había una cosa que quería hacer, además de llegar a casa y darse un largo y relajante baño.
—Oye, Jessica —su voz apenas era un susurro ronco—. Bienvenida a Ciudad Iluminada.
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