Saga Elementos - Capítulo 99
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Capítulo 99: Comité de Bienvenida
El día de Tobías Rogers no podría haber sido más agitado. Primero, tuvo que pasar toda la mañana frente a su computadora y con el teléfono pegado al oído, coordinando a todos los guardias que tenía disponibles bajo su cargo con el propósito de reforzar las defensas de la Orden en caso de algún ataque sorpresa. Ahora que Iván se había marchado, el riesgo de un ataque era algo bastante real.
De hecho, Tobías había escuchado de su propio padre que estaba pensando en la posibilidad de ordenar a los Cometas volver a la ciudad para protegerla. La idea de ordenarles a Maxwell, Evelyn y Amelia no volver también estaba en el aire. Si Bruno todavía no daba la orden, es porque Amelia ya estaba en camino, por lo que quería esperar y ver si los otros dos regresaban. En caso de no tener noticias de ellos en una semana, les ordenaría permanecer en su lugar y no volver.
Desde luego, al hombre no le hacía ninguna gracia tener a su hija, su princesa guerrera, lejos de casa por tanto tiempo. Ya muchas angustias se habían llevado él y su esposa, Estefany, por la ausencia de su hija. La casa se sentía extrañamente vacía sin ella.
Apartando esos pensamientos de su mente, Tobías continuó con su día. Pasó la mayor parte de la tarde en su oficina, revisando un mapa de los territorios de la Orden y sus fronteras dentro de la zona del Himalaya. Ordenó a varios de sus hombres vigilar los pasos fronterizos y reforzó la seguridad en los pueblos cercanos a la ciudad principal. Además, se aseguró de enviar patrullas regulares a las ruinas de Bái lǎohǔ, el pueblo natal de Amelia. No había nada que cuidar en esa zona, solo eran ruinas. De hecho, ya habían cerrado el túnel que conectaba el pueblo con la ciudad.
La razón de enviar patrullas a la zona era, precisamente, esa soledad. Si alguien quisiera atacarlos, iría por la zona más deshabitada y menos vigilada para pasar desapercibido.
Mientras revisaba el mapa y sus notas por tercera vez esa tarde, alguien tocó a su puerta. Tobías se volteó, agradecido por poder sacar su mente del trabajo por un rato.
—Adelante.
—Con permiso, jefe Rogers —uno de los guardias entró e hizo un saludo para Tobías.
—¿Sucedió algo? —el guardia se aclaró la garganta.
—La elemental de aire aterrizará en una hora, señor. Los pilotos llamaron y solicitaron su presencia —Tobías suspiró, algo más en su lista de tareas.
—De acuerdo, voy para allá.
Tomó su abrigo y salió de su oficina mientras se lo colocaba en el cuerpo. Al salir del edificio donde estaba trabajando, el guardia caminó hacia uno de los transportes que solían usarse para trasladar a los guardias de un lado a otro por la Orden. Sin embargo, Tobías fue a otro lado.
—¿No vendrá en el transporte? —preguntó confundido. Tobías sonrió.
—Ustedes quédense con su transporte, yo iré en esta belleza —sacó las llaves de su auto y tocó el botón.
Al instante, las luces de un poderoso Mustang Shelby GT500 rojo del año 2019 se iluminaron y las puertas se desbloquearon. El automóvil era precioso, robusto, con un poderoso V8 modificado para darle aún más potencia y ruedas especiales para conducirlo en la nieve. Subió al vehículo y lo encendió, generando un poderoso rugido que maravilló los oídos de todo aquel que pasaba cerca. Estefany decía que el auto era un lujo innecesario, pero Tobías era la representación perfecta del dicho “Los hombres son criaturas simples”. No hacían falta muchas cosas para hacerlo feliz y su auto era una de ellas.
El soldado no tuvo otra opción más que seguir a Tobías en el transporte a medida que avanzaban por las calles de la ciudad. Les llevó media hora salir de ahí y otros veinte minutos de camino cuesta arriba para llegar a la pista de aterrizaje.
Estacionaron los vehículos y Tobías sacó su encendedor. El viento era bastante fuerte ese día y podía sentir cómo sus huesos se congelaban. Tuvo que crear una bola de fuego para poder calentarse apropiadamente. Se acercó al encargado del lugar: el supervisor de los controladores de tránsito aéreo. El hombre se encontraba dentro de un pequeño edificio, que a su vez estaba dentro de una enorme caverna artificial, la cual había sido creada por usuarios del elemento tierra. En cuanto al pequeño edificio, este era en realidad el centro de control aéreo. Como la Orden no podía tener una torre de control porque sería vista por cualquiera a kilómetros de distancia, optaron por crear una cabina dentro de la caverna, donde también guardaban los aviones usados para transportar a sus miembros.
Naturalmente, tampoco contaban con un radar o ayudas electrónicas para los pilotos, esto debido a que las señales serían captadas por cualquier avión comercial que vuele por la cordillera del Himalaya. Lo único que podían hacer para ayudar en los aterrizajes era dar la ubicación geográfica exacta de la pista, iluminar la zona con luces muy potentes y crear un túnel de viento con usuarios del elemento aire para que los pilotos pudieran aterrizar sin problemas. No era sencillo aterrizar en ese lugar. Solo los pilotos mejor entrenados podían lograr dicha hazaña.
—Buenas tardes, jefe Rogers —saludó el supervisor cuando Tobías entró—. ¿Chocolate caliente?
—Gracias —Tobías entró a la enorme caverna artificial y aceptó la taza—. ¿Cuál es el estado del vuelo? —preguntó mientras tomaba un sorbo.
—La última comunicación fue hace media hora, estamos esperando la última llamada para abrir el camino —el supervisor le pasó unos cascos para que Tobías pudiera oír la comunicación.
No tardaron mucho en oír lo que estaban esperando.
—Control, aquí Tornado de Fuego. Llegando a las coordenadas de pista. Abran el túnel de viento, por favor —habló el comandante del avión.
—Recibido, Tornado de Fuego, abriendo túnel de viento —respondió el controlador.
—Solicitamos servicios de asistencia en tierra. Tenemos tres pasajeros con fracturas a bordo —al escuchar esto, Tobías empezó a preocuparse.
—Entendido, servicios de rescate informados y preparados para su llegada, Tornado de Fuego. ¿Me informa el tiempo estimado para su aterrizaje?
—Aproximadamente diez minutos.
—Entendido, procedan.
Tobías se quitó los cascos y esperó. Para abrir el túnel de viento se necesitaba a varios usuarios de este elemento, más de doscientos para ser exactos. Los cuales se ubicaban en las cumbres de las montañas cercanas a la pista y, usando sus poderes, creaban una zona de calma en el viento. Un túnel por el cual el avión podía pasar sin temor a ser golpeado por una ráfaga inesperada. Por supuesto, esto era algo extremo y difícil de mantener. Es por eso que los usuarios de este equipo, en vez de mantener el túnel abierto hasta que el avión tocara tierra, iban cerrando el túnel conforme el avión avanzaba. Lo que les permitía ahorrar energía.
¿Por qué era necesario el túnel de viento? Simple, por los inclementes vientos de la cordillera del Himalaya. Ningún avión comercial se atrevía a volar bajo por esa zona por el riesgo que implica ser golpeado por una de estas ráfagas. Sería una muerte segura. De ahí que fuera tan importante.
Los diez minutos pasaron más rápido de lo que muchos esperaban y pronto se escuchó el rugido de los potentes motores del avión, seguido del inconfundible sonido de las ruedas tocando la pista.
Al salir de la caverna, Tobías vio al imponente avión dar un giro para regresar y poder entrar a la caverna que funcionaba como hangar. Fueron otros veinte minutos de espera hasta que finalmente el sonido de los motores cesó. El avión estaba apagado. Las puertas se abrieron con un ruido metálico y la líder del equipo de extracción apareció en el umbral de la puerta. Una gran escalera se conectó a la puerta y Tatiana empezó a descender junto a Gregor, Brandon, Robert y Cecilia.
Al llegar al final, Tatiana se volvió hacia Tobías.
—Buenas tardes, señor Rogers —saludó la mujer con una sonrisa y un apretón de manos.
—Señora Bertineli —Tobías correspondió el gesto y estrechó su mano con la de la mujer—. Espero que el viaje haya sido placentero.
—Hemos tenido mejores —habló Robert desde el costado.
—Fue un viaje interesante, eso es seguro —agregó Brandon para luego tomar una gran bocanada de aire y dejar que el viento helado se alojara en sus pulmones—. Es bueno volver a casa —Tobías optó por cambiar el tema.
—¿En dónde está Amelia?
—Ella necesita atención médica —anunció Tatiana. Sus palabras dejaron confundido al hombre—. Ella y la elemental de fuego pelearon contra Cerbero. Está bien, pero tiene quemaduras en todo su cuerpo. Además de una pierna rota.
—Entiendo —Tobías se volteó hacia el supervisor del lugar.
—¿Qué están esperando? Suban al avión y saquen a la chica —ordenó el supervisor a los paramédicos.
Tres hombres subieron las escaleras con una camilla, dispuestos a sacar a Amelia de la aeronave. Por su lado, Gregor comenzó a alejarse del grupo.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó Robert con cierto tono burlón.
—Claire está esperándome en casa —anunció Gregor—. Tengo que ir a verla.
Gregor no dijo nada más y comenzó a caminar en dirección al despacho para recoger las llaves de su camioneta y regresar a la ciudad lo antes posible. Su misión ya había terminado y no tenía razones para quedarse más tiempo del necesario junto a su equipo cuando podría estar en su hogar, abrazando a su esposa embarazada y a sus hijos. Tatiana suspiró al verlo irse. Se compadecía de Amelia y desde luego que odiaba cómo Gregor la trataba, pero no podía hacer nada, no le correspondía meterse en el asunto. Además, ella sabía que Claire, la esposa de Gregor, estaba muy cerca de dar a luz al tercer hijo del matrimonio. Por lo que no detuvo al hombre de irse.
Tobías pensaba lo mismo, pero dejó esos pensamientos a un lado cuando sintió una conexión especialmente intensa descender del avión. Al levantar la mirada, se encontró con alguien a quien no creyó volver a ver en toda su vida.
—No es cierto —dijo mientras se acercaba a las escaleras.
El hombre estaba más viejo y no era tan atlético como antaño, pero el parecido era innegable.
—Matthew, ¿eres tú? —el señor Simons frunció el ceño.
—¿Lo conozco? —preguntó confundido. Todavía sentía su cuerpo pesado y tenía heridas que necesitaban atención médica, pero en general estaba bien.
—¡Soy Tobías, pedazo de idiota! —Matthew ladeó la cabeza y finalmente el recuerdo vino a él.
—¿Tobías? ¿Cómo Tobías Rogers? ¡¿Ese Tobías?! —el hijo de Bruno asintió con la cabeza—. ¡No puedo creerlo! —Matthew no se lo pensó dos veces para estrecharle la mano y luego abrazarlo.
Tobías y Matthew eran amigos y rivales. Crecieron juntos y ambos eran considerados los prodigios más grandes de su generación. Ambos nacieron con talento, pero mientras que Matthew pulió su poder a base de disciplina y constancia, Tobías prefirió un enfoque más relajado y tranquilo. Sin embargo, los dos eran realmente fuertes y todos creían que ambos serían parte de los Cometas algún día. Claro, hasta que Matthew fue expulsado y Tobías decidió trabajar dentro de la Orden para no alejarse de su familia.
Amy, por supuesto, no entendía nada de lo que estaba pasando, pero tampoco protestó. No cuando tenía dos costillas rotas. Por otro lado, Tobías volteó a ver y se encontró con Laura. Nada más verla, sonrió y también le dio un fuerte abrazo a la mujer. Normalmente, incluso tratándose de un viejo amigo, Tobías los hubiera expulsado, pero Bruno ya le había informado de toda la situación y él mismo había leído los informes de Amelia, así que entendía perfectamente qué hacía su viejo amigo en ese lugar.
—Maldita sea. Cuando escuché que estaban con Amelia, no podía creerlo —dijo entre risas.
—Sí, bueno. Digamos que nuestra hija sabe meterse en problemas —Tobías volteó a ver a Amy. Lo primero que pensó es que era una joven muy bonita y con un estilo particular.
—Amy, él es Tobías Rogers, hijo de la Estrella de Fuego —Amy por poco se va de espaldas al escuchar las palabras de su madre.
—Tranquila, Laura, vas a intimidarla —Tobías rio y le extendió la mano—. Un gusto conocerte, Amy.
—Igualmente —la joven correspondió al apretón.
—Bien, ahora, ¿en dónde está la protagonista de esta misión? —Tobías volteó hacia arriba y pudo ver a Amelia bajando en una camilla con la pierna izquierda entablillada—. Mierda, ¿qué le pasó? —Matthew suspiró.
—Se enfrentó a Cerbero, ella y la elemental de fuego —volvió a informar Robert—. Consiguieron derrotarlo, pero el imbécil logró romperle la pierna a la chica —Tobías no pudo evitar silbar al verla.
—Encontraste a la elemental de fuego, te aliaste con la Lanza Relámpago, ayudaste a desenmascarar a una Estrella Caída y derrotaste a Cerbero. Nada mal para tu primera misión en solitario, niña —Amelia sonrió al ver a Tobías. Era bueno ver un rostro familiar al llegar a casa.
—Hola, Tobías —el tono de Amelia se oía cansado y apagado.
—Bienvenida a casa, Amelia —Jessica y Jordan no tardaron en unirse al grupo—. A ustedes también les doy la bienvenida, chicos.
—Gracias por recibirnos, señor —Jordan saludó con educación. Sin embargo, Jessica parecía algo nerviosa.
Esto no pasó desapercibido para Tobías, pero antes de que pudiera preguntarle si estaba bien, vio una imagen que le congeló la sangre. Rápidamente, colocó a Jessica y Jordan detrás de él y se puso en medio de ellos y las escaleras del avión. Jessica supo que la situación era seria cuando sintió la conexión del hombre intensificarse y sus ojos, antes marrones, ahora brillaban en un rojo intenso. Tobías había liberado su conexión y era mucho más fuerte que Matthew.
Todos los presentes en el lugar sintieron esto y, al voltear a las escaleras, se prepararon para ayudar en la pelea. Nadie quería siquiera pensarlo, no sabían la razón, pero ahí estaban. Arriba en las escaleras, en la puerta del avión estaban Lucía y Martha.
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