Saga Elementos - Capítulo 102
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Capítulo 102: Hogar Dulce Hogar
Luego de aquella reunión con Lucía y Martha, Bruno se encontraba organizando algunos documentos en su oficina, preparándose para recibir a Amelia y al grupo que la había acompañado. Mientras hacía sus cosas, escuchó que tocaban a la puerta. Al levantar la mirada se encontró con Tara.
—¿Sabes? Esperaba muchas cosas al conocer a esas dos, pero jamás esperé que una de ellas se echara a llorar —la mujer tenía una gran sonrisa en su rostro.
—¿Crees que solo era teatro? —Tara torció la sonrisa ante la pregunta.
—Me parecieron sinceras —Bruno soltó una risa al escucharla. Él sabía que no había nadie mejor leyendo a las personas que Tara Suko—. ¿Te preparas para recibir a Amelia?
—Sí, además debo dar una disculpa sincera a la familia Simons —Bruno suspiró. Los últimos días habían sido agotadores—. Maldición, Iván en serio nos dejó un desastre aquí —Tara suspiró, de acuerdo con su viejo amigo.
—Por cierto, me encontré con Tobías de camino aquí —Bruno se enfocó aún más en su conversación—. Dijo que te buscaba para informarte que Ras ya viene en camino y que llegará mañana —al escuchar esto, Bruno suspiró. Sabía que Ras no estaría nada contento con la situación actual—. Descuida, le dije que le ordenara a la seguridad que Ras debía hacer un registro obligatorio. Tal vez así se calme un poco.
—O solo se enoje más.
—Si ese es el caso, entonces tú pagarás por la broma —Bruno no entendía a qué se refería Tara—. Dije que tú habías dado la orden —el hombre no pudo evitar soltar una risa al escucharla.
—No, pues gracias. Si me tiran los dientes, te paso la factura del dentista —ambos rieron y Bruno salió de la oficina para dirigirse a la sala de reuniones.
Mientras esto sucedía, Jordan, Jessica y Amy casi lloraban mientras se detenían a descansar a la mitad de las escaleras.
—Construyeron toda esta ciudad en las montañas, ¿y no podían construir un elevador? —preguntó Jordan mientras resoplaba en su sitio.
—Deja de quejarte, ya estamos a mitad de camino —le instó Amelia.
Pese a sus quejas, los tres se levantaron y reanudaron la marcha. Pronto, llegaron al final del camino y pudo ver cómo los tres se desplomaron a las puertas del lugar. Amelia sonrió y rodó los ojos con diversión. «Novatos», pensó mientras sonreía.
Ayudó a Jessica a levantarse y avanzaron por los pasillos del lugar a paso lento, pero constante. Cuando finalmente llegaron a la sala de reuniones, fueron recibidos por la imagen de tres ancianos, todos con un semblante que reflejaba poder. Tara, Marcee y Bruno, las tres Estrellas que había en ese momento dentro de la Orden.
Al verlos llegar, Marcee sonrió. Le alegraba ver a Amelia a salvo y parecía que el viaje le había sentado bien, pues ahora se veía más fuerte que antes. Por otro lado, notó a las personas junto a ella. Reconoció a Laura y Matthew y asumió que la chica con el mechón teñido de azul era su hija. En cuanto al muchacho, lo único que pudo pensar es que se trataba de Jordan, el hermano mayor de Jessica.
Bruno y Tara también llegaron a la misma conclusión que Marcee. Los tres tomaron asiento y procedieron a saludar.
—Buenas tardes a todos —Bruno fue el primero en pronunciarse—. Es un placer finalmente poder conocerlos —aquellas palabras estaban especialmente dirigidas a Amy, Jessica y Jordan—. Antes de empezar, permítanme ir directo al grano —Bruno se volvió hacia Matthew y Laura y luego bajó la cabeza—. En nombre de la Orden de la Luz, les ofrecemos nuestras más sinceras disculpas, señor y señora Simons. Las acciones de Iván no tienen perdón y ustedes no merecían ese tipo de trato luego de arriesgar sus vidas cumpliendo su deber.
Tara y Marcee guardaron silencio, pero bajaron sus cabezas en señal de arrepentimiento. Ellos eran tan culpables como Iván. Por no cuestionarlo y por permitirle andar a sus anchas. La culpa era de todos. Habían sido cómplices por demasiado tiempo sin saberlo. Matthew suspiró y se rascó la cabeza. Por un lado, seguía molesto por el hecho de no poder explicar su lado de la historia veinte años antes, pero, por el otro, quería regresar a la Orden y continuar con su vida como Iluminado.
—Aceptamos sus disculpas y, si se nos permite administrar nuestra empresa en Missouri desde aquí, aceptaremos volver a la Orden —habló sin pelos en la lengua. No había pasado los últimos 20 años construyendo una vida para abandonarlo todo de un día para el otro.
—Suena razonable. Además, ya preparamos una casa para ustedes —Marcee habló desde su lugar con una sonrisa—. Sería un desperdicio si la rechazaran.
—Claro, gracias —Laura no pudo evitar sonreír al saber que estaban de vuelta en casa.
—Ahora —Bruno pasó a mirar a los hermanos—. Jessica y Jordan Anderson, bienvenidos a la Orden de la Luz y a Ciudad Iluminada.
—¿Hasta ahora qué les ha parecido el lugar? —preguntó Marcee.
—Considerando que hasta ahora solo hemos visitado un hospital, pues… —Jordan pellizcó el brazo de Jessica—. ¡Auch!
—Lo que mi hermana quiere decir es que es un lindo lugar, pero tardaremos en acostumbrarnos al frío —Tara sonrió al escuchar a Jordan.
—Eso es a lo primero que te acostumbras, chico.
—Descuida, todas las casas del lugar tienen calefacción —aclaró Marcee con diversión.
—Mientras estén aquí, tendrán acceso a educación gratuita y entrenamiento para controlar sus poderes. También pueden optar por tener algún trabajo de medio tiempo si lo desean. Dado que son menores de edad, les daremos una ayuda mensual para que puedan solventar sus gastos —explicó Bruno buscando avanzar la conversación—. Ahora, en cuanto a la vivienda, podemos preparar…
—De hecho —Laura interrumpió a Bruno—. Si no le molesta, Jordan podría quedarse con nosotros —Matthew volteó a ver a su esposa—. Bueno, normalmente las casas de la ciudad suelen tener cuatro habitaciones y no me gustaría dejar una habitación sin ocupar.
—¿Estás de acuerdo con eso, muchacho? —preguntó Tara.
—Pues, si el señor Simons está de acuerdo, no tengo problemas con eso —Matthew sintió la presión y solo pudo suspirar mientras aceptaba en silencio. Una vez que su esposa tomaba una decisión, era mejor no contradecirla.
—¿Qué hay de la chica? —preguntó Tara.
—Podría quedarme con Amelia si ella está de acuerdo.
Amy no pudo evitar reírse por lo bajo al escuchar la propuesta de Jessica. «Maldición, chica. Tú no pierdes el tiempo, ¿verdad?», y al voltear la mirada, Amy notó un leve sonrojo en el rostro de Amelia. Bruno ignoró esto y habló con la chica de cabello blanco.
—¿Estás de acuerdo con eso, Amelia? —preguntó.
—Bueno, hemos convivido juntas los últimos meses, así que no tengo problemas con que se quede —Amelia lucía algo nerviosa, pero no parecía ser nada importante.
—De acuerdo, ya que el asunto está arreglado, solo me queda una cosa por decirles. Lucía y Martha fueron aceptadas en el programa de rehabilitación y podrán ir a visitarlas cuando gusten. Por lo demás, les doy la bienvenida nuevamente. Ya pueden retirarse.
—Claro, gracias —Amelia y el grupo comenzaron a caminar para salir del lugar, pero nada más dar la espalda a los viejos…
—¡Oigan, chicas! —llamó Marcee—. Si van a vivir juntas, hay una condición que deben cumplir —se voltearon a ver a la mujer.
—¿Cuál?
—Traten de no despertar a toda la ciudad cuando tengan sus noches de pasión —las dos jóvenes se pusieron rojas como manzanas. Amy no pudo contener la carcajada que escapó desde lo más profundo de su alma—. Digo, si pudieron despertar a la mitad del Montclair House, capaz y despiertan a toda la ciudad si se les va la mano.
—¡Me duele el estómago! —Amy no podía dejar de reír.
—No… se preocupe… señora Césaire… tendremos cuidado —Amelia apenas y podía articular palabras coherentes.
Abandonaron el lugar dando tumbos mientras Amy se reía a carcajadas de su sufrimiento. Por otro lado, Bruno miró de reojo a Marcee.
—¿Eso era necesario?
—No, solo quería reírme un rato.
Al salir del Monasterio del Cielo, Amy seguía riéndose y la pareja apenas podía pensar con claridad. Al bajar las escaleras, fueron recibidos por Tobías, quien llevaría a los Simons a su nueva casa.
—¿Vienen, chicas? —preguntó Jordan. Las dos seguían en trance.
—¡Ah! No, yo caminaré a casa y le mostraré el lugar a Jessica —explicó Amelia y Jordan no pudo evitar sonreír.
—De acuerdo, nos veremos después.
Y así se despidieron. Las dos caminaron un rato por la ciudad. Disfrutando del paisaje y la nieve. Jessica volteaba a todos lados con curiosidad por ver un puesto de comida tras otro, tiendas de ropa, salones de belleza, artesanías, manualidades, entre mucho más. Lo que más le llamó la atención fue un arcade con equipos de última generación que obviamente iba a probar nada más tuviera la oportunidad.
Finalmente, llegaron a una casa de clase media alta pintada de un hermoso color beige con un porche y un techo con baldosas negras. Era bastante grande y Jessica no pudo evitar asombrarse por el tamaño que tenía la casa. También era muy bonita, aunque estaba algo cubierta de nieve, lo que le daba un aspecto algo desgastado.
—Tendré que limpiar todo esto —Amelia hizo retroceder a Jessica dos pasos.
Utilizando sus poderes, mandó una fuerte ráfaga de aire ascendente que quitó toda la nieve de su casa y luego la envió a la montaña detrás de la misma. No demoró más de un minuto haciendo esto y Jessica ya la admiraba un poco más. La joven sacó las llaves de su casa. Las había dejado encargadas a Tobías en lo que ella no estaba y el hombre se las había entregado cuando salieron de la reunión con Bruno.
Abrió la puerta y, nada más poner un pie en la casa, Amelia sintió que todo el peso en sus hombros se disipaba y sentía un enorme cansancio.
—Hogar dulce hogar —fue todo lo que pudo decir antes de ir a su cuarto y dejarse caer en su cama. Jessica aprovechó la oportunidad para seguirla y ver dónde dormía su chica.
—Así que este es tu cuarto —dijo nada más entrar.
Amelia rio mientras yacía acostada boca abajo en su cama. No podía creerlo. Solo dos meses atrás, esta casa estaba sola y vacía, pero ahora tenía una novia que viviría con ella. Todo se sentía tan surrealista, pero a la vez tan bien. Era como un poderoso afrodisíaco que la dejaba atontada y a merced de toda aquella felicidad.
Jessica no pudo resistir las ganas de acostarse a su lado y besarle la cabeza a Amelia. Pronto, esos besos en la cabeza se transformaron en besos en los labios. Besos tiernos, carentes de lujuria y llenos de amor. Cuando terminaron, ambas estaban durmiendo acurrucadas una contra la otra.
Finalmente, luego de pasar por tanto, el viaje había terminado.
*****
El Bombardier Global 7500 llegó a las 2:30 AM hora local en Nepal. De su interior salió Ras, quien no tenía cara de querer conversar con alguien. Más bien, su expresión era la de una persona que golpearía al primero que le llevase la contraria. No obstante, frente a él, el supervisor en turno se plantaba con firmeza.
—Las llaves de mi auto, por favor —el tono de voz del hombre era el de alguien muy enojado y con prisa. Una combinación peligrosa.
—Lo lamento, señor, pero el señor Rogers ha ordenado que todos los que lleguen a Ciudad Iluminada deben realizar el registro de forma obligatoria —manteniendo un tono de voz calmado y firme, el supervisor siguió hablando. Su postura era recta y profesional en todos los sentidos—. Incluyéndolo a usted.
Al escuchar esto, Ras apretó la mandíbula y las luces alrededor parpadearon. Sin embargo, el supervisor no parecía inmutarse ante la furia de su jefe, a pesar de que los demás estaban muertos de miedo. La Estrella del Rayo agradecía, de hecho le enorgullecía, ver que los miembros de la Orden se mantenían firmes y no se dejaban intimidar por un cargo, cumpliendo con su trabajo con disciplina y diligencia. A pesar de su rabia exterior, Ras se alegraba de ver estas cualidades en las personas.
Con un suspiro pesado, Ras tomó un bolígrafo y empezó a firmar los formularios necesarios para registrar su entrada a la ciudad. Terminó en tiempo récord y finalmente pudo reclamar las llaves de su auto. Un coche clásico de su natal Alemania, del cual se enamoró a primera vista cuando lo vio por primera vez en aquel lejano 1955: el Mercedes-Benz 300 SL. Un superdeportivo elegante en su tiempo, con la notoria característica de tener dos puertas con apertura en forma de alas de gaviota. Ras había comprado el auto en una subasta en 1987 en Francia y había invertido una buena cantidad de dinero en restaurarlo. Se podría decir que era su obra maestra.
Encendiendo el motor, Ras pisó el pedal hasta el fondo y tomó la primera salida para dirigirse a la ciudad. Necesitaba llegar al Monasterio del Cielo lo antes posible. Ni siquiera pensaba en la increíblemente enorme posibilidad de que Bruno, Tara y Marcee ya hubieran vuelto a sus casas a dormir. En su mente, lo único que había era el deseo de llegar cuanto antes.
Se detuvo en seco, las ruedas adhiriéndose al piso con fuerza. Las puertas del auto, abriéndose hacia arriba con elegancia mientras Ras bajaba y las volvía a cerrar a toda velocidad. Subió corriendo las escaleras. Quería respuestas tan desesperadamente que utilizó sus poderes para subir más rápido y llegar a la puerta.
Nadie salió a recibirlo. No podía culparlos. Eran las 3:50 AM cuando finalmente cruzó el umbral. El viento gélido del Himalaya azotaba las montañas con una fiereza implacable y cruel. Cualquiera con dos dedos de frente se iría a dormir bajo una gran manta y con la calefacción encendida.
A medida que avanzaba por los solitarios pasillos del monasterio, supo que no estaba solo, que había alguien esperándolo en la sala de reuniones. Al asomarse, encontró a quien estaba buscando, Bruno Rogers. El anciano, portador del cargo de Estrella del Fuego, se encontraba leyendo y organizando documentos de mucho valor, pero estaba lo suficientemente atento a su entorno para saber quién había entrado a la oficina.
—Toma asiento, Ras —dijo mientras colocaba los papeles a un lado—. Tenemos mucho de qué hablar.
Ras, sin pensarlo dos veces, tomó asiento junto a Bruno.
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