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Saga Elementos - Capítulo 103

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Capítulo 103: El Chico de la Esquina

La tensión en el aire podría cortarse con un cuchillo. Cualquiera podría decir, sin miedo a equivocarse, que Bruno era el guerrero más fuerte de la Orden, solo por debajo de Ras. En otras palabras: los dos hombres más poderosos de la Orden de la Luz estaban reunidos en la misma habitación con una gran tensión en el ambiente. No era exagerado decir que, si esos dos tuvieran una pelea, destruirían toda Ciudad Iluminada y parte de la cordillera del Himalaya antes de caer al suelo agotados.

Bruno fue el primero en hablar de los dos. Se lo notaba cansado, pero también molesto y muy frustrado.

—Ras, sabes bien que te respeto.

—Bruno…

—¡No! —le espetó Bruno—. Te respeto. No como mi superior, no como un amigo. Te respeto como a un hermano y también te aprecio como a uno —su voz era sincera—. Me salvaste la vida y también la cambiaste. Tengo todo esto gracias a ti —se recostó en su silla y sirvió una copa de whisky para cada uno—. ¿Lo recuerdas? Me refiero al día que nos conocimos —su voz sonaba cansada y agotada.

—Nunca lo olvidaré —Ras aceptó el trago.

*****

Septiembre de 1949. Nuevo México, Estados Unidos, al sur del río Santa Fe. Un joven de apenas 14 años se paraba en una esquina cerca de un hotel de mala muerte en un vecindario aún peor. Su ropa apenas podría considerarse decente y las calles apenas podrían considerarse transitables.

Cerca de él podía ver el río y, al cruzar el agua hacia el norte, estaban las opulentas casas y mansiones de los ricos y millonarios de aquella época, quienes serían sus clientes habituales. Normalmente, se dirigirían a las vías del tren, entrarían a un vagón vacío y el chico entregaría su cuerpo al cliente que pagase por él. A veces, si pagaban más, eran rudos con él, al punto de asfixiarlo hasta la inconsciencia. El chico sabía que eso no importaba porque, ¿quién le creería si dijera que había sido violado? Nadie. La homosexualidad era ilegal en ese entonces, por no decir que era vista como lo peor y más denigrante de la sociedad. Sin embargo, él lo estaba haciendo por necesidad y en realidad no era gay.

Su padre lo echó de la casa y lo acusó de ser un monstruo. El hombre estaba tan furioso que sacó su rifle de cazador y lo persiguió mientras le disparaba con intención de matarlo. El chico a duras penas entendía lo que estaba pasando. Un minuto era un chico normal, intentando reparar el viejo calefactor del sótano, y al siguiente había creado dos bolas de fuego de la nada y le había quemado las manos a su madre frente a su padre.

No tuvo más remedio que escapar y, dos semanas más tarde, estaba en ese viejo hotel. Vendiendo su cuerpo a cambio de unos cuantos dólares para sobrevivir. Si tenía algún tipo de suerte, un par de atractivas señoritas del lado norte del río lo contratarían para “alegrarles” la noche con su joven y esbelto cuerpo. Ahora, si la suerte estaba en contra, tendría que volver a atender a los sudorosos y apestosos trabajadores de la estación de tren.

El joven suspiró solo de pensarlo. Él sabía bien que lo que estaba haciendo estaba mal, pero no tenía opción. Solo podía aceptarlo. Si iba con la policía y les contaba su historia, lo más probable es que lo hicieran volver a casa y, una vez estuviera a solas con su padre, recibiría un balazo en la cabeza. No podía aceptar eso.

Esperó un rato, tal vez una hora. Caminó alrededor de la cuadra, tratando de encontrar algún cliente potencial. Necesitaba el dinero para poder ducharse y comer algo, pero no encontró a nadie. Volvió al mismo lugar de antes y se recostó en la pared del hotel. Frotó sus manos y sopló en ellas, tratando de combatir el frío inclemente de la noche.

De la nada, sintió un leve calor que venía de su costado. Era tenue, a la vez que intenso, reconfortante, como los abrazos que su madre solía darle de niño. Al voltear a la derecha, se encontró con dos chicos. El mayor no parecía superar los 16 o 17 años como mucho y el menor parecía tener más o menos la edad del joven, tal vez unos 13 o 14 años.

El chico mayor era un joven de cabello negro azabache, ojos verdes, con un cuerpo delgado y atlético. Llevaba ropa bastante decente que también parecía ser muy cara. Se notaba que tenía recursos. «Tal vez pueda sacarle un buen dinero», pensó el joven de la esquina. El otro chico, el más joven de los dos, era considerablemente más bajo y delgado que el mayor. Sus ojos eran de un verde más claro y su cabello negro como el carbón estaba algo más largo y descuidado que el del otro chico. No obstante, el más joven también iba vestido con ropa bastante más costosa de lo que muchos podrían permitirse.

—Buenas noches —habló el chico mayor—. ¿Me permites un minuto de tu tiempo?

El chico de la esquina miró a los dos jóvenes antes de responder.

—El tiempo es dinero, amigos —dijo mientras luchaba por calentar sus manos y trataba de parecer alguien rudo, cosa que no estaba consiguiendo gracias a que su cuerpo no podía parar de temblar—. Serían 5 dólares, pero si vas a incluir a tu amigo, serán 10 dólares.

Podría ser joven, pero no era ingenuo. Aquel chico en la esquina sabía perfectamente que debía dejar las cosas claras desde el principio si iba a permitir que alguien tocara su cuerpo. Sobre todo otros hombres, pues él no era gay ni bisexual. Si estaba ahí, en ese lugar, vendiendo su cuerpo como si fuera una caja de cerveza barata, era por necesidad, no por gusto.

Esperaba que los jóvenes se fueran al escuchar el precio que había dado, pero, en lugar de eso, el mayor sacó veinte dólares de su cartera y se los entregó al chico de la esquina.

—Toma, solo queremos hablar —dijo el mayor.

Con manos temblorosas y tiritando por el frío, el muchacho de ropa harapienta aceptó el dinero.

—¿Qué quieren?

—Iré directo al grano —dijo el joven mayor—. Sabemos que tienes poderes.

El chico de la esquina se estremeció al escucharlo. De pronto, su cuerpo había dejado de temblar.

—Tal vez pienses que estamos locos, pero te aseguro que no es así. Observa.

El mayor levantó la mano y apuntó al letrero de neón que señalaba la fachada del hotel. Viejo, desgastado, oxidado y con la luz de la letra H fundida, dejando la palabra “_OTEL” iluminada tenuemente por el resto de letras que también estaban en muy mal estado. El chico mayor se concentró y, ante los ojos del chico de la esquina, un rayo salió de los dedos del joven y se conectó al letrero, avivando las luces con una renovada intensidad. Sorprendentemente, incluso la H fundida se encendió para formar, ahora sí, la palabra completa.

El joven de la esquina estaba sin palabras por lo que estaba viendo. Luego de dos segundos, el muchacho mayor bajó los dedos y la electricidad se disipó.

—Nosotros formamos parte de un grupo conocido como La Orden de la Luz, el cual está formado por cientos de personas como tú y como yo. Si vienes con nosotros, tendrás la oportunidad de estudiar y aprenderás a controlar tus poderes. En fin, será una nueva vida para ti.

Las palabras del muchacho mayor sonaban muy tentadoras y, ciertamente, lo que le ofrecía era mil veces mejor que su situación actual, pero… ¿Y si le estaba mintiendo? ¿Y si en realidad lo estaba engañando para llevarlo a una trampa? Tal vez todo había sido un truco. Sin embargo, dentro de su corazón, el chico de la esquina sabía que todo era verdad.

Al ver su indecisión, el joven suspiró.

—Escucha: No tienes que responder ahora —dijo de repente—. Nuestro tren sale mañana a las 10. Si quieres venir con nosotros, búscanos en la estación, pero te recomiendo que lo pienses. Puedes quedarte con esos veinte dólares y vivir cómodo un par de días o hasta semanas, pero ¿qué harás una vez se termine ese dinero?

Con esa pregunta en el aire, el muchacho mayor y el joven menor, quien no había dicho una sola palabra en toda la conversación, comenzaron a alejarse. El chico se quedó ahí parado, considerando sus opciones y cuál sería el mejor curso de acción.

La idea más sensata sería mandar a esos chicos al demonio y olvidar el asunto. Total, había conseguido 20 dólares sin tener que acostarse con ellos. No podía pedir un mejor trato que ese, ¿o sí?

Sus ojos habían visto de lo que era capaz aquel muchacho y poder verlo fue… «Increíble», pensó mientras se recostaba en la pared. Por alguna razón, el frío ya no le molestaba. Miró sus manos y recordó el momento exacto cuando el fuego se desató.

Estaba junto a su padre reparando el calefactor de su casa, comprado en parte gracias al buen dinero que ganó el hombre luego de pelear en el frente durante la guerra. Su padre era un teniente y el joven lo admiraba mucho por eso. Tenía la ilusión de crecer para volverse un hombre tan fuerte y tan grande como él.

Luego de arreglar el aparato, su padre intentó probarlo encendiendo un poco de leña para ver si había quedado reparado. Lo poco que el chico recordaba era que se había sentido sumamente mareado y con bastante calor, pero asumió que no era nada. Después de todo, había estado varias horas en el sótano arreglando el calefactor, por lo que atribuyó sus síntomas a pasar mucho tiempo ahí abajo. El padre del chico roció un poco de gasolina en la madera para que ardiera fácilmente, luego encendió una cerilla y la arrojó dentro del aparato.

Justo antes de hacerlo, la madre entró.

—Cariño, me estoy congelando arriba —se quejó desde la puerta.

—Tranquila —el hombre respondió con una sonrisa confiada—. Quedó como nuevo.

¿Por qué en ese momento? ¿Por qué justo cuando su madre estaba a su lado? Cuando el hombre arrojó el fósforo y este encendió la madera, el chico abrió los ojos un poco por la impresión y las llamas se descontrolaron. El fuego se dirigió hacia él y tuvo que levantar los brazos para cubrirse. Sin embargo, las llamas no lo tocaron. En cambio, se convirtieron en dos bolas de fuego gigantes frente a sus ojos.

—Mamá, papá, ¿qué es esto? —el chico estaba aterrorizado, demasiado para ver que su padre estaba paralizado e incluso había mojado sus pantalones del miedo.

—Quédate quieto, ¿de acuerdo, hijo? No te muevas —su madre intentó acercarse al chico, pero su esposo la jaló con brusquedad hacia atrás.

—¡No te le acerques!

Sobresaltado, el joven volteó y las dos esferas llameantes salieron disparadas en dirección a su madre, quien intentó cubrirse y, por suerte, el fuego se disipó poco a poco a medida que se acercaba a la mujer, pero…

—¡ARGH! —chilló la señora.

—¡Mamá! —el chico corrió a su lado.

Las manos de la mujer, así como parte de sus brazos, habían sufrido graves quemaduras de segundo grado. Si el joven de verdad hubiera querido lastimarla, ahora la mujer se estaría quemando en el suelo. Mientras el chico corría a abrazarla, perdió de vista a su padre, quien solo podía pensar en el fuego. Mientras estaba en el frente, en el Pacífico, tuvo que ver, escuchar y oler cómo sus compañeros y enemigos morían calcinados por los lanzallamas.

Jamás lo olvidaría y ahora volvía a verlo. El chico llevó a su madre fuera del sótano y se sentó con ella en la sala. Intentó ayudarla, pero no sabía qué hacer. ¿A quién debía llamar? ¿Cómo explicaría la situación? Mientras se partía la cabeza pensando en esto, escuchó un sonido que reconoció al instante: un rifle recién cargado y listo para disparar.

Al girar, pudo ver a su propio padre apuntándole directo a la cabeza. El chico no entendía nada.

—Papá… —sollozó el chico—. ¿Qué estás…?

El hombre disparó al techo. El estruendo llenó la sala, al igual que el olor de la pólvora y el sonido de fragmentos del techo cayendo al piso. El muchacho comenzó a temblar mientras el hombre volvía a apuntarle con el arma.

—Lárgate de mi casa —dijo con furia. El chico podía ver el terror en los ojos del hombre, el cual ya no lo veía como su hijo. En su mente, ahora era una amenaza.

—Papá… por favor… yo…

Justo cuando intentó dar un paso al frente, el padre disparó a sus pies. Pudo escuchar el grito de su madre, pero eso no detuvo al hombre de preparar el arma para otro disparo. Esta vez, le apuntaba a la cabeza. Sin más opción, el chico salió corriendo y escuchó tres detonaciones más. Todas fallaron de puro milagro y se incrustaron en los árboles a su alrededor.

Aquella noche escapó de casa para nunca más volver. Ahora, tenía veinte dólares que quién sabe cuánto tiempo aguantarían, pero también tenía la opción de buscar a ese chico al día siguiente. El joven suspiró, entró al hotel de mala muerte y alquiló un cuarto para pasar la noche.

Al día siguiente, en la estación de tren. El bullicio matutino se hizo presente para todos, pero había un grupo que estaba apartado, esperando a que su transporte llegara. Un hombre algo mayor, aparentando unos sesenta años, revisó su reloj de bolsillo y constató que eran las 9:57 AM. Miró a los dos chicos que no se separaban y levantó una ceja.

—¿Estás seguro de que vendrá? —preguntó.

—No lo sé, señor —dijo el chico en un suspiro.

—Confías demasiado en la gente —recriminó el más joven sin siquiera mirar al mayor. Su rostro, como siempre, era inexpresivo y frío.

El mayor no prestó atención y siguió mirando la entrada con la esperanza de que el chico de la esquina apareciera, pero su tren llegó y el joven no daba señales de siquiera estar en la estación de trenes. El chico suspiró, recogió sus maletas y se volteó para subir al tren. De pronto, sintió una conexión cálida a sus espaldas, la cual se acercaba cada vez más y más. Al voltear, encontró al chico de la esquina corriendo en dirección a él.

Dejó sus maletas en el suelo y se giró a verlo. El joven lucía agotado, parecía haber corrido un maratón, cosa que probablemente era cierta. Antes de poder decir algo, el chico de la esquina se le adelantó.

—¿De verdad… hay más gente como nosotros? —preguntó entre jadeos.

—Hay cientos como nosotros —respondió el mayor. Esas palabras fueron suficientes para hacer sonreír al chico de la esquina, quien tranquilizó su respiración y levantó la mirada para encarar al muchacho mayor.

—Me llamo Bruno —dijo mientras se limpiaba una lágrima—. Bruno Rogers —extendió la mano, buscando un apretón.

—Soy Ras —el mayor correspondió el apretón—. Ras Horowitz.

Ese día, el 28 de septiembre de 1949, Bruno Rogers se unió a La Orden de la Luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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