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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 10

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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 Abisaí.

Cuando la ceremonia termina, le hago una seña discreta a Stema.

Después de las interminables reuniones y saludos obligados, logro escapar del salón principal y me dirijo con Levin y Zymei a mi sala privada.

—¿Alguna novedad?

—pregunto mientras me sirvo una copa de vino negro.

—Corin pertenecía al clan de Padras —responde Zymei, mi amigo de mayor confianza después de Levin—.

Envié a Rumá con un grupo a investigar a fondo la ciudad.

Si hay algo sucio, lo encontraremos.

—Nuestras mayores sospechas siguen apuntando a tu tío Thymá —añade Levin, cruzándose de brazos—.

Aunque nunca ha dado motivos abiertos para desconfiar, Corin fue recomendado por él y su nueva esposa pertenece precisamente al clan de Padras.

Demasiada coincidencia, ¿no crees?

Me quedo en silencio un momento, dando un sorbo al vino.

—Otra cosa —digo al fin.

Mis hombres me miran con atención.

—Necesito saber todo lo referente a los dragones blancos.

El silencio que sigue es casi cómico.

Zymei parpadea como si le hubiera pedido que me trajera la luna en una bandeja.

—Ellos fueron extinguidos hace doscientos años, durante la Gran Guerra —responde finalmente, con cautela—.

¿Por qué la repentina curiosidad por los fantasmas del pasado?

—Ve al templo de los Amatistas y dile al sacerdote Vacul que lo espero mañana a primera hora.

Sin excusas.

Levin arquea una ceja, con esa expresión burlona que me desquicia.

—¿A qué se debe este interés repentino por la historia antigua, futuro emperador?

¿O el sacerdote es para bautizar a cierta sanadora de cabello oscuro que tienes en tus aposentos?

Zymei suelta una risa baja.

—Ah, claro.

Ahora todo tiene sentido.

Nuestro príncipe heredero no está investigando dragones blancos… está queriendo consagrar a su nueva protegida.

Chasqueo la lengua, aunque una sonrisa traicionera se me escapa.

—Idos al infierno los dos.

—Vaya —continúa Levin, sin piedad—, una simple humana ha logrado lo que ninguna dragona de la corte ha conseguido: captar la atención completa del futuro emperador.

La pobre Bamylan va a tener que conformarse con el título y las joyas, mientras tú le dedicas tus noches a la sanadora del bosque.

Zymei suelta una carcajada.

—Ten cuidado, Abisaí.

Si la futura emperatriz se entera de que prefieres a tu concubina humana antes que a tu prometida oficial, vamos a tener una guerra civil dentro del harén antes de que subas al trono.

—Que se joda el harén —respondo, dejando la copa sobre la mesa con un golpe pero sin poder borrar del todo la sonrisa—.

Iré a ver a mi concubina.

Los dos se ríen con más fuerza.

—Claro, “tu concubina” —repite Levin, haciendo comillas con los dedos—.

Sigue repitiéndolo, a ver si te convences tú mismo.

Salgo de la sala sin responder, aunque sus carcajadas me persiguen por el pasillo.

Y sí.

No lo niego.

Con Zabina es diferente.

Real.

La encuentro en el balcón.

El viento juega con su cabello oscuro, azotándolo contra sus hombros.

Lleva todavía el vestido y la tiara que mi padre le colocó.

Saber que ahora es públicamente mía, que toda la corte la vio como mi concubina y que lleva el sello del emperador, despierta en mí algo casi animal.

La he blindado.

Nadie puede tocarla sin enfrentarse a mí y a mi padre.

Me acerco por detrás sin hacer ruido y me detengo a un paso de ella.

Se gira sobresaltada.

Al verme, baja inmediatamente los ojos, como si mirarme doliera.

—¿Quieres dar una vuelta?

—pregunto.

Hace ese gesto con la boca que ya conozco.

—No quiero problemas con su prometida —responde, y se gira otra vez, dándome la espalda.

El rechazo me molesta más de lo que debería.

Me aparto el cabello de la frente y me pego a ella sin piedad, presionando mi pecho contra su espalda.

Quiero que sienta exactamente cómo me afecta tenerla cerca.

Mi cuerpo reacciona al instante: la sangre se me calienta y mi excitación crece contra la curva de su trasero.

Su respiración se agita.

Puedo oírlo.

Le aparto el cabello hacia un lado con una mano, dejando su cuello expuesto.

Me inclino y rozo su piel con mis labios.

—No tengas celos —murmuro contra su oreja—.

Tú eres la mujer que me gusta.

Sus ojos se cierran un segundo.

Veo cómo sus labios se aprietan.

—No pedí esto —susurra—.

Ahora todos me conocen.

Toda la corte me miró como si fuera… tuya.

—Eres mía —respondo sin dudar—.

Tienes el sello del emperador.

Nadie se atreverá a tocarte.

Zabina se gira bruscamente entre mis brazos.

Sus ojos están llenos de lágrimas contenidas.

—Me quiero ir de este reino.

Sácame de aquí, por favor.

Retrocedo un paso, molesto.

La idea de que quiera huir de mí me enciende la sangre de otra manera.

—No quiero sentir esto por ti —continúa, y ahora las lágrimas sí caen—.

No quiero atarme a un dragón negro.

No quiero estar entre los asesinos de mi pueblo, Abisaí.

¿Quieres saber por qué?

Se quita la tiara y la lanza al suelo con rabia.

El metal tintinea contra la piedra.

—Odio a los dragones negros.

Y tú eres uno de ellos.

Eso nunca va a cambiar.

Ni lo que eres tú… ni lo que soy yo.

Porque si llegas a saberlo… No la dejo terminar.

La sujeto por la nuca y la beso con fuerza, devorando sus palabras, su dolor y su miedo.

Mi boca se mueve sobre la suya casi con rabia.

Ella responde un segundo, gimiendo contra mis labios, antes de intentar apartarse.

No se lo permito.

La beso más profundo, más posesivo, hasta que siento que sus rodillas flaquean.

Cuando sé que la tengo al límite, la suelto apenas, lo justo para que tome aire.

—Sé lo que eres, Zabina —digo contra su boca.

Sus ojos se abren de golpe, enormes y aterrorizados.

Mi mirada baja hasta el resplandor plateado que ahora brilla con fuerza entre sus pechos.

La gema despierta, latiendo como un segundo corazón.

—Eres un dragón blanco —continúo, sin apartar los ojos de los suyos—.

Por eso no quiero que te vayas.

Conmigo estarás a salvo.

Me agacho, recojo la tiara del suelo y se la coloco de nuevo su cabeza, ajustándola entre su cabello revuelto.

—Odia a los dragones que codiciaron el poder de tu raza —digo—.

No me odies a mí.

Yo no tuve nada que ver con eso.

Si insistes en irte, te llevaré de regreso al bosque… pero tanto allá como aquí eres presa fácil.

Aquí, al menos, me tienes a mí.

Zabina me mira en silencio.

Las lágrimas siguen cayendo, pero ahora hay algo más en sus ojos: confusión, deseo, miedo.

—Abisaí… —su voz se quiebra—.

No entiendes lo que significa esto para mí.

Mi madre… mi padre… murieron por culpa de los tuyos.

Yo he pasado toda mi vida huyendo de lo que tú representas.

Doy un paso más cerca, acorralándola contra la balaustrada del balcón.

Mi mano sube hasta su mejilla, limpiando una lágrima con el pulgar.

—Entonces déjame demostrarte que no todos somos iguales —murmuro, inclinándome hasta que nuestras frentes se rozan—.

Quédate.

Permíteme protegerte.

Permíteme demostrarte que puedo ser el único dragón negro que no te hará daño.

Ella cierra los ojos con fuerza.

Su cuerpo tiembla ligeramente contra el mío.

—No sé…

estoy muy confundida.

No sé si puedo confiar del todo —susurra.

—Entonces confía en esto —respondo, y vuelvo a besarla.

Esta vez el beso es más profundo.

Mi mano baja por su cintura, apretándola contra mí.

Ella gime y por un segundo, se entrega por completo.

Cuando nos separamos, los dos respiramos agitados.

—Quédate —repito y no es una petición.

Zabina no responde.

Solo me mira con esos ojos grises llenos de lágrimas.

Y yo, por primera vez en mi vida, tengo miedo… porque sé que si ella decide huir, esta vez no sé si podré dejarla ir.

Tomo su mano junto a la mía.

—Vamos, te llevaré a un lugar que te va a encantar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Abisaí ya sabe la verdad… Zabina es todo lo que su mundo juró destruir.

Y aun así, él le pide que se quede.

Amor y odio chocando de frente.

¿Tú confiarías… o huirías?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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