Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 Zabina —Mamá… Estoy subiendo unos escalones de piedra negra.
Cada paso resuena en un silencio que pesa.
Arriba hay una figura tallada en piedra: un dragón con las alas extendidas hacia el cielo, enorme, con ojos que parecen seguirme.
Todo está oscuro.
El tipo de oscuridad que no proyecta sombras porque no hay nada que las genere.
—Mamá —vuelvo a llamarla.
Llego a la cima y la veo.
Está tendida sobre una piedra plana en el centro de un círculo de sacerdotes con túnicas blancas.
Tienen las cabezas inclinadas y sus voces murmuran algo antiguo que me eriza la piel.
—Mamá.
Ella voltea el rostro hacia mí.
No hay miedo en ellos, solo resignación.
Uno de los sacerdotes levanta un puñal.
—Huye —susurra ella—.
Huye, Zabina.
El puñal baja.
Me incorporo en la cama con un grito ahogado.
El corazón me golpea las costillas como si quisiera salir.
Me aparto el cabello de la cara con manos temblorosas y cuando levanto la vista, Abisaí ya está sentado en el borde de la cama, despierto, con el ceño fruncido.
—¿Una pesadilla?
—pregunta en voz baja.
No respondo.
Las lágrimas llegan antes que las palabras y no tengo fuerzas para detenerlas.
No pido nada.
No hace falta.
Sus brazos me rodean y yo me dejo caer contra su pecho sin resistirme, recostando la mejilla sobre su piel caliente, escuchando el ritmo firme de su corazón hasta que el mío empieza a acompasarse.
—Solo fue un mal sueño —murmura contra mi cabello.
—Duerme conmigo —suplico en un susurro—.
No quiero seguir sola.
Se acomoda a mi lado sin decir una palabra.
Me recuesto contra su pecho desnudo, paso una pierna sobre la suya como si llevara mil noches haciéndolo, y él lo permite.
Es cálido.
Sólido.
Seguro.
Su mano grande se desliza por mi espalda.
—¿Qué soñaste?
—pregunta, enredando un dedo en un mechón de mi cabello.
—Con mi madre… —Humedezco los labios—.
Me dijo que huyera.
Busco sus ojos en la oscuridad.
Su mano libre sube por mi mejilla con suavidad.
No aparto la cara.
No quiero.
—No quiero que huyas —dice en voz baja.
—Es lo mejor que puedo hacer.
Si supieras quién soy… —Me detengo—.
Tal vez no me tendrías aquí.
—Tal vez sé más de lo que crees.
—De los nueve años yo…
perdí a mi mamá.
Desde entonces somos papá y yo.
Nos perseguían…
no te diré el por qué pero, debíamos escondernos.
No importa donde nos ocultábamos, nos encontraban.
Hasta que llegamos al bosque…
papá hizo la cabaña.
Me enseñó a vivir de la naturaleza.
Cuando quedé sola seguía sintiendo su presencia, pero esos dos años, fueron los más tranquilos, nadie me encontró…
Ahora vuelven las pesadillas.
—Gracias por contarme.
—Gracias por escucharme.
Nos miramos.
Su mano baja despacio por mi brazo, rozando la piel.
Ese contacto mínimo me quema más que cualquier caricia anterior.
Me acerco sin decidirlo.
Su boca encuentra la mía y esta vez el beso no empieza suave.
Enredo las manos en su cabello oscuro y lo jalo hacia mí.
Pienso, por un segundo fugaz, que definitivamente he perdido el juicio… y que no me importa.
Su mano recorre el contorno de mi cuerpo.
Su boca baja por mi cuello, caliente y húmeda, y yo jadeo.
Su rodilla se abre paso entre mis piernas y cuando presiona justo ahí, donde el calor se ha vuelto insoportable y húmedo, un gemido escapa de mi garganta.
Un sonido que nunca antes había oído salir de mí.
Jamás pensé que se pudiera sentir así.
Este hombre despierta en mí algo salvaje, algo que quema desde dentro y que quiero y temo con la misma intensidad.
Su cuerpo se coloca sobre el mío.
Es pesado, caliente, perfecto.
Su boca vuelve a la mía.
Lo recibo con hambre, arqueándome contra él, sintiendo cómo su excitación presiona contra mi muslo a través de la fina tela que nos separa.
Mis uñas se clavan en su espalda ancha.
Su mano baja hasta mi cadera, apretándome contra él con fuerza posesiva, y yo gimo contra sus labios.
—Abisaí… —Mi voz sale rota, temblorosa—.
Para…
esto…
no podemos, por favor…
Se detiene al instante.
Sin resistencia.
Sin protestas.
Levanta la cabeza y me mira desde arriba.
Su respiración está agitada, el cabello revuelto por mis manos.
No hay frustración en su rostro, solo una intensidad que me quema.
No se aleja, rueda hacia un lado y queda pegado a mí con su frente a centímetros de la mía.
El calor entre nosotros no desaparece.
—No te vayas —le pido.
Sonríe.
—No me voy.
Cierro los ojos y escucho cómo su respiración se va calmando poco a poco, igual que la mía.
El espacio entre los dos, que debería ser alivio, se siente como la cosa más difícil y más deliciosa que he tenido que sostener en mucho tiempo.
Y así, en ese equilibrio imposible, cargado de deseo insatisfecho y piel caliente, el sueño vuelve a llevarme.
Esta vez sin pesadillas.
Abro los ojos y me encuentro con Stema al pie de la cama.
Miro al lado y el lugar donde debería estar Abisaí está vacío.
—El príncipe salió al amanecer —dice con voz suave—.
Me encargó que la preparara.
Hoy es un día importante.
Ya todo está dicho.
Debo conseguir el favor del emperador si quiero tener alguna posibilidad de sobrevivir aquí.
Me visto con todo lo que Stema me entrega: un vestido de seda oscura con bordes plateados que se ajusta a mi cuerpo con elegancia, joyas discretas pero valiosas en el cuello y las muñecas, ahora soy alguien que pertenece a este mundo… aunque solo sea por un tiempo limitado.
Saber que estaré en un salón lleno de dragones negros me pone nerviosa, pero nadie tiene por qué sospechar.
Solo soy una humana.
Una sanadora con magia.
Ese es mi papel y debo interpretarlo bien hasta el final.
Abandono los aposentos con Stema a mi lado.
Algunas miradas nos siguen al pasar por los pasillos.
No levanto la vista del suelo.
Respiro hondo antes de entrar al gran salón.
Los guardias abren las puertas y el silencio se extiende como una ola que amenaza con tragarme.
Abisaí está al otro extremo, de pie junto a su padre.
Me mira y una sonrisa curva sus labios.
Esa sonrisa que ya conozco demasiado bien.
—Sígame —pide Stema en voz baja.
La sigo.
Mis pasos suenan más firmes de lo que me siento.
Nos detenemos frente al emperador.
La corona negra brilla sobre su cabeza.
Hago una reverencia profunda, tal como Stema me indicó.
Mi corazón galopa con fuerza.
Esta gente asesinó a mi pueblo…
a mi madre…
Contengo la indignación.
—Hoy honramos a la mujer que salvó la vida de mi hijo menor —alza la voz el emperador para que toda la corte escuche—.
Zabina, una humana poseedora de una magia capaz de neutralizar el veneno de kirys.
Sin ella, el príncipe Abisaí no estaría hoy entre nosotros.
Un murmullo recorre el salón.
—Además —continúa, y su mirada se posa un segundo en Abisaí—, mi hijo la ha tomado como su concubina.
Mi corazón se agita y miro de reojo a Abisaí que no me quitado los ojos de encima.
—Por lo tanto, le otorgo mi favor real y mi protección —termina de decir el emperador.
Uno de sus hombres se acerca.
Lleva una tiara delicada pero imponente, de plata oscura con una piedra negra en el centro que parece absorber la luz.
Me la coloca con cuidado sobre el cabello.
—Quien porte esta tiara lleva el sello del emperador de Anwar —declara el emperador con voz firme—.
Nadie en este reino se atreverá a tocarla.
Quien lo intente, responderá ante mí.
El peso de la tiara es ligero, pero el significado es aplastante.
Hago otra reverencia.
—Gracias, Majestad.
Stema me guía hacia una esquina del salón donde aguardan otras mujeres de la corte.
Algunas me miran con curiosidad.
Otras, con un celo mal disimulado.
Siento sus ojos clavados en la tiara, en el vestido, en mí.
Me quedo de pie, con las manos juntas, intentando no buscar a Abisaí con la mirada.
Entonces el emperador levanta la voz una vez más.
—Hoy también anuncio ante la corte que, tras la trágica muerte de mi primogénito Agur, mi hijo menor Abisaí será mi heredero y futuro emperador de Anwar.
Todos en la sala se inclinan al unísono.
Yo también bajo la cabeza, con el corazón latiendo fuerte.
Cuando nos incorporamos, el emperador continúa.
—Para sellar la alianza con el clan Mordur y fortalecer nuestro reino, presento a la dama Bamylan, hija del líder Faguer de Mordur, como la futura esposa del príncipe Abisaí y futura emperatriz de Anwar.
Ella avanza con elegancia.
Es hermosa, de porte regio, ojos amarillos brillantes y una sonrisa serena que parece hecha para la corte.
Se detiene al lado de Abisaí y hace una reverencia perfecta.
La sala estalla en aplausos controlados.
Yo me quedo quieta, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies y me dejara caer.
Abisaí no me mira.
Su expresión es fría, exactamente la que corresponde a un futuro emperador.
Pero yo sí lo miro a él.
Y luego a ella.
A la mujer que ocupará el lugar que yo nunca podré tener.
De pronto todo se siente ridículo.
Los besos en la capilla.
La forma en que me abrazó anoche cuando desperté gritando.
La manera en que su cuerpo se presionó contra el mío y cómo tuve que detenerlo porque sabía que si seguía… no habría vuelta atrás.
Todo eso fue un error.
Yo nunca debí permitir que esos sentimientos crecieran.
Nunca debí dejar que su aroma, su voz y su mirada se me metieran bajo la piel.
Soy una dragona blanca escondida en el corazón del reino que exterminó a los míos.
Él es el futuro emperador.
Y yo… solo soy su concubina temporal.
Una curiosidad.
Un capricho.
La tiara que llevo en la cabeza de pronto pesa como hierro.
Bajo la mirada y aprieto las manos Stema se acerca un poco más.
—Respire, señorita —murmura—.
La corte devora a quien muestra debilidad.
Asiento apenas, pero por dentro algo se me rompe en silencio.
Porque ahora lo entiendo con una claridad dolorosa: Yo nunca debí dejar de huir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Hoy Zabina entendió que nunca iba a pertenecer aquí.
Y cuando alguien ya no tiene nada que perder… es cuando se vuelve realmente peligrosa
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