Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Sangre de dragón: la última de los dragones blancos
  3. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Abisaí.

Bamylan está sentada en un sillón junto a su padre.

En cuanto me ven entrar, Faguer se levanta de inmediato.

—¿Qué ocurrió?

—pregunto sin preámbulos.

—Atacaron a mi hija mientras tomaba la siesta —responde Faguer, rojo de indignación—.

Fue un atentado claro contra la futura emperatriz.

Mis ojos se posan sobre Bamylan.

Ella me devuelve la mirada con esos ojos amarillos ardientes, fingiendo vulnerabilidad que no siente.

Mientras mi padre da órdenes y refuerza la guardia, yo ya entiendo lo que pasó.

Una sonrisa lenta y fría curva mis labios.

Predecible.

—Bamylan, acompáñeme —digo con tono que no admite discusión.

Ella se pone de pie con elegancia felina.

Es hermosa, llamativa, digna del título de emperatriz… pero no es Zabina.

Le falta esa dulzura salvaje, esa mezcla de timidez y fuego que me tiene obsesionado.

Extiendo la mano.

Bamylan la toma sin dudar y se aferra a ella con demasiada posesividad.

Salimos del salón.

En cuanto doblamos el primer pasillo desierto, la acorralo contra la pared con un movimiento rápido y preciso.

Mi cuerpo queda a escasos centímetros del suyo.

Ella jadea, sorprendida, pero sus ojos amarillos brillan con excitación.

—¿Qué pretendes llamando la atención de esta manera?

—pregunto.

La sonrisa en sus labios se expande, descarada y sin un ápice de vergüenza.

—Bravo.

¿Cómo te diste cuenta tan rápido?

Me aparto el cabello de la frente y doy un paso atrás, mirándola con frialdad.

—Porque fui yo quien organizó la seguridad de este palacio, Bamylan.

No tú.

Y porque conozco muy bien los juegos de poder.

Ella levanta la barbilla, erguida y sin arrepentimiento.

—He organizado que se sepa que alguien me atacó.

El atentado fue real.

Solo que fui yo quien lo ordenó.

Un pequeño rasguño aquí, un susto allá.

Nada que ponga en riesgo la vida de la futura emperatriz.

La miro en silencio un segundo, evaluándola.

—¿Sabes lo que arriesgas haciendo algo tan estúpido?

—Arriesgo lo que tú me obligas a arriesgar —sus ojos ardientes no se apartan de los míos—.

Me trajeron aquí para ser tu esposa.

Mi padre pactó con el tuyo.

Mi sangre es tan noble como la tuya, mi dote pagó la última campaña militar y mi nombre abrió puertas que tu imperio necesitaba.

¿Y tú?

Tú tienes a una concubina humana en tus aposentos todo el santo día.

La miras como si ella fuera el sol.

¿Qué se supone que debo hacer yo mientras tanto?

¿Bordar?

¿Esperar mi turno como una buena esposa decorativa?

—¿Has organizado un atentado contra ti misma solo para decirme esto?

Ella me salvó la vida —respondo con frialdad.

—Y yo te daré herederos —contesta sin pestañear—.

¿Crees que no lo sé?

La tiara que le regaló tu padre la hace intocable.

Pero eso no significa que tenga que tragar en silencio mientras tú la prefieres a ella delante de toda la corte.

Da un paso hacia mí.

Ahora es ella quien intenta acorralarme.

—Yo no vine hasta aquí para ser la segunda —continúa—.

Ni para ser la emperatriz decorativa mientras tú le susurras promesas a otra.

Tu deber es conmigo.

Tu trono será mío.

Y si tú no me das el lugar que me corresponde por derecho, yo vendré a tomarlo.

—¿Tomarlo?

—mi voz baja aún más, peligrosa, casi un gruñido.

—No me subestimes —sus dedos se cierran en la tela de mi túnica—.

Puedo ser paciente si hace falta.

Puedo esperar a que ella cometa un error.

Puedo tejer alianzas mientras ella solo teje sueños en tu pecho.

Pero prefiero no hacerlo.

Prefiero que me mires.

Que me veas.

Que sepas que yo soy la única que puede sentarse a tu lado sin que el imperio tiemble.

Suelta mi túnica con un gesto elegante y se aparta un paso, ajustándose el cabello como si nada hubiera pasado.

—No te pido que dejes de quererla —añade, y por primera vez hay un matiz diferente en su voz, algo que casi podría confundirse con una herida—.

Te pido que no me hagas invisible.

Que no conviertas mi trono en una jaula mientras ella ocupa tu corazón.

La miro en silencio durante varios segundos.

Sonrío, lento y frío.

—Escúchame bien, Bamylan —digo, acercándome otra vez hasta que mi aliento roza su oreja—.

Tú serás mi esposa por alianza.

Eso es un hecho.

Pero nunca confundas ese título con poder sobre mí.

Zabina es mía.

La quiero en mis aposentos, en mi cama y bajo mi protección.

Y si eso te molesta… aprende a tragártelo con elegancia.

Sus ojos brillan de rabia.

—¿Y si no quiero tragármelo?

—Entonces serás una emperatriz muy infeliz —respondo sin piedad—.

Porque yo no comparto lo que considero mío, y mucho menos permito que nadie intente manipularme con atentados falsos.

El próximo intento de llamar mi atención de esta forma no terminará tan bien para ti.

Bamylan guarda silencio un momento.

Luego suelta una risa suave, casi seductora, intentando recuperar terreno.

—Eres más cruel de lo que imaginaba, Abisaí.

—No —corrijo, mirándola directamente a los ojos—.

Soy más honesto.

Y te sugiero que empieces a serlo tú también.

Si vuelves a poner en peligro la estabilidad del reino solo para alimentar tus celos, no dudaré en enviarte de regreso al clan Mordur.

Título de emperatriz o no.

Me aparto de ella.

—Ahora ve con tu padre.

Y compórtate como la futura emperatriz que se supone que eres.

Bamylan me mira.

—Como ordene… mi príncipe.

Se da la vuelta y se aleja con la espalda recta, pero sé que está furiosa.

Yo me quedo en el pasillo vacío, con el eco de sus palabras todavía flotando en el aire.

No sé si acabo de ganar una aliada peligrosa… o de declarar una guerra silenciosa dentro de mi propio futuro imperio.

Tal vez ambas.

Y mientras camino de regreso hacia mis aposentos, solo puedo pensar en una cosa: Zabina.

Porque por mucho que Bamylan intente reclamar su lugar, la única mujer que realmente me quema la sangre es la dragona blanca que tengo escondida en mi cama.

Zymei se acerca con paso rápido y hace una reverencia breve.

—Mi tío me dijo que Higmer está en Padras —digo sin preámbulos—.

Manda a Rumá a confirmarlo.

No sé por qué no sale de mi cabeza que mi primo está involucrado en todo esto.

Zymei asiente.

—Como ordene, príncipe.

Cuando intenta retirarse, lo detengo con un gesto.

—Además, manda a dos hombres a proteger a la futura emperatriz.

No quiero sustos.

Zymei arquea una ceja, con esa media sonrisa que solo se permite cuando estamos a solas.

—¿Solo protegerla?

Sonrío con frialdad.

—También quiero que me informen de todo lo que haga y con quién se reúne.

No quiero que circulen rumores de que no protejo a la futura emperatriz… ni de que ella hace lo que le da la gana a mis espaldas.

—Por supuesto, príncipe —responde, conteniendo una risa—.

Recuerde que la cena es en una hora, en el salón de banquetes.

Resoplo.

Lo había olvidado por completo.

Entro al salón de banquetes con el peso de la corona que aún no llevo, pero que ya siento sobre mis hombros.

Ahora debo sentarme donde se sentaba mi hermano.

Ese lugar me irrita más de la cuenta.

Estaba acostumbrado a cenar con mis hombres después del entrenamiento, riendo, bebiendo y saltándome todas estas formalidades vacías.

Aún estamos en los días de luto por Agur, así que su viuda está presente con sus tres hijas.

Resoplo internamente.

Si tan solo hubiera dado a luz un varón… pero no.

Tres mujeres.

La vida misma parecía haber conspirado en mi contra, y la pobre viuda había saboreado demasiado un título que jamás llegó a ser suyo.

Tomo asiento al lado de Bamylan.

Ella me sonríe con perfecta compostura, como si nunca hubiéramos tenido aquella conversación en el pasillo.

Sus ojos amarillos brillan con inteligencia.

Creo que va aprendiendo cuál es su lugar… y que soy yo quien impone las leyes aquí.

—Príncipe —dice con voz suave, inclinando ligeramente la cabeza—.

Me alegra que hayas podido unirte a nosotros.

La miro de reojo.

Hermosa, sí.

Pero su sonrisa no me provoca nada.

Ni calor, ni deseo, ni siquiera curiosidad.

—Bamylan —respondo con cortesía—.

Veo que te has recuperado rápidamente del… incidente de esta tarde.

Sus labios se curvan apenas.

—Solo fue un susto.

Nada que no pueda soportar.

El mensaje es claro: “No me subestimes” .

Yo sonrío de lado.

—Bien.

Porque en este reino los sustos suelen convertirse en problemas muy rápido.

Y yo no tolero problemas que puedan evitarse.

Ella sostiene mi mirada para luego bajar los ojos con fingida sumisión.

—Entendido, mi príncipe.

El resto de la cena transcurre en un silencio tenso salpicado de conversaciones políticas vacías.

Mi padre habla poco.

La viuda de Agur apenas prueba bocado.

Yo solo puedo pensar en una cosa, en cómo, a pesar de todo el poder que acabo de heredar, la única persona que realmente quiero ver esta noche es a la dragona blanca que nunca debí desear.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Esto ya no es amor… es guerra.

Bamylan no piensa perder su trono.

Zabina no debería estar ahí.

Y Abisaí… no va a soltarla.

Reina o concubina.

Poder o deseo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo