Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 13
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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 Zabina Extraño mi vida.
Mi libertad.
Mi bosque, mi cabaña, el silencio que solo interrumpían los pájaros y el viento entre los árboles.
Stema se fue hace una hora.
El sueño ya comienza a dominarme.
Estoy en su cama, envuelta en una bata casi transparente que ella me entregó con una sonrisa cómplice.
La tela es tan fina que se pega a mi piel.
Debería sentir vergüenza.
Debería resistirme.
Pero lo deseo.
Lo deseo tanto que el solo hecho de imaginarlo me humedece entre las piernas.
Me recuesto sobre las almohadas de seda negra y el sueño me vence.
Abro los ojos al sentir su calor.
Abisaí está sobre mí, semidesnudo, con los músculos tensos y brillantes bajo la luz tenue de las antorchas.
Su cuerpo grande y caliente me cubre casi por completo.
—Abisaí… —susurro.
—¿Te hice esperar demasiado?
—Tengo hambre —digo por tal de decir algo.
Tonta.
Los nervios me han traicionado.
—¿Stema no te trajo comida?
—Cenamos juntas pero estaba tan rica que me quedé con ganas de más.
—¿Por qué no repetiste?
Hago un puchero.
—No sabía que podía.
Me aprieta la nariz con una sonrisa.
—Mandaré a traerte más de esa cena.
—Pero es medianoche.
—Espera aquí.
Se levanta y camina hasta la puerta.
Solo viste un pantalón atado a la cadera.
Cuando regresa se queda al pie de la cama y se cruza de brazos y entonces repara en lo que llevo puesto.
Su reapiración se agita.
—Stema me dijo que debía usarlo —digo con timidez.
Cuando tocan a la puerta, Abisaí se aleja y yo me cubro con una manta.
Mi respiración se agita.
Me levanto y camino hasta él que ha dejado sobre la mesa la bandeja.
Prende la luz del candelabro y se gira hacia mí.
Sus ojos me queman.
Bajo los míos con las mejillas rojas.
Levanto la mirada y él sigue ahí.
Sin saber si me deja cenar o me cena a mí.
Y yo estoy loca porque me haga suya.
Corre la silla por inercia.
—Ven a comer —dice con una sonrisa traviesa.
Yo suelto una carcajada y camino hasta la silla.
Me acomodo sin mirarlo demasiado.
Él se sienta frente a mi, intentando mantener los ojos en mi rostro y no en mis pechos.
Me acerco el plato y comienzo a comer bajo su mirada.
Aprieto las piernas ante el fuego que crece entre ellas.
El silencio pesa.
Ninguno de los dos lo rompemos.
Yo como con lentitud.
Hago tiempo pues los nervios me han fallado y no tengo idea de cómo seducir a un hombre.
Daría todo por saber lo que piensa.
Tomo la copa y bebo del vino.
Se levanta y el corazón me golpea con violencia.
Me quita la copa de las manos y nuestras miradas se encuentran.
—Sácame del error pero, ¿te tardas a propósito?
Comienzo a toser y me tapo la boca cuando la sonrisa se me escapa.
—Es que estoy nerviosa —digo al fin.
Me toma la mano y me pone en pie.
Su mano rodea mi cintura y me pega a él.
Puedo sentir su erección empujar mi vientre y jadeo.
—No temas…
—No tengo…
miedo…
—suspiro y cierro los ojos.
Me besa.
Su lengua se enreda con la mía como si quisiera saborearme por completo.
Me carga y enredo las piernas en su cadera.
No dejamos de besarnos.
Caemos en la cama entre jadeos.
Una mano se apoya en el colchón junto a mi cabeza, la otra se desliza por mi muslo con una paciencia tortuosa, levantando la bata hasta la cintura.
Sus dedos aprietan mi cadera con posesión y termina de quitarme la prenda con un solo movimiento fluido.
Estoy completamente desnuda bajo él.
Mis mejillas arden mientras sus ojos recorren mi cuerpo sin prisa, como si quisiera memorizar cada curva, cada sombra, cada reacción.
—¿Qué me has hecho?
—susurra—.
Eres tan linda, Zabina.
Sonrío.
Su mano grande cubre uno de mis pechos, lo acaricia con el pulgar endureciendo el pezón hasta que duele de placer.
Luego se inclina.
Su boca caliente se cierra alrededor de él.
Lo succiona con fuerza, lamiéndolo, mordisqueándolo suavemente.
La gema en mi pecho brilla con intensidad, pero él ni siquiera la mira.
Solo me devora.
Me arqueo contra él cuando el placer me recorre en oleadas calientes.
Un gemido largo y entrecortado escapa de mi garganta.
Su boca baja por mi vientre, dejando un camino húmedo de besos y mordiscos suaves que me hacen temblar.
Se abre paso entre mis piernas temblorosas y yo me llevo las manos a la boca cuando su lengua me toca justo ahí, en el centro de mi calor.
—Abisaí… —gimo, ahogada—.
Para…
es…
demasiado…
aah…
Me aferro a la almohada.
Él no se detiene.
Me tortura con su boca.
Sus manos sujetan mis muslos con fuerza, abriéndome más para él.
El placer es tan intenso que me retuerzo, pero él me mantiene exactamente donde quiere, dominándome con cada lamida, cada succión.
Siento todo.
Cada roce húmedo, cada presión de su lengua, cada vez que succiona mi clítoris con más fuerza.
Mis caderas se mueven solas contra su boca.
Estoy empapada, temblando, gimiendo su nombre.
Cuando me tiene desmadejada, jadeando y al borde del abismo, se incorpora.
Siento su erección dura, gruesa y caliente presionando contra mi entrada empapada.
Cierro los ojos.
—Relájate —susurra en mi oído, besándome el cuello—.
Respira, mi dragona.
Quiero sentir cómo me tomas entero.
Comienza a presionar.
Centímetro a centímetro.
Me va abriendo para él.
La sensación es abrumadora: dolorosa, deliciosa, estoy demasiado llena.
Siento cada vena, cada pulso de su miembro mientras me estira.
Las lágrimas se me escapan solas.
—Ah… Abisaí… —gimo, clavando las uñas en sus hombros.
Él se detiene un segundo, besándome con ternura mientras su cuerpo tiembla de contención.
—Eres tan estrecha… tan caliente… —murmura contra mis labios—.
Mírame.
Abro los ojos.
Los suyos están clavados en mí, llenos de deseo.
Comienza a moverse con una lentitud agonizante.
Cada embestida es profunda, controlada, como si quisiera que sintiera cada centímetro de él entrando y saliendo de mí.
Me aferro a su espalda, los sonidos escapan solos de mi garganta y él se los traga con besos hambrientos.
—Me gustas mucho, Zabina —susurra en mi oído sin dejar de moverse—.
Demasiado.
No sabes lo que me haces… —Abisaí… yo… —apenas puedo formar palabras.
—No te reprimas —ordena suavemente, acelerando solo un poco—.
Quiero oírte.
Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.
El clímax me envuelve de golpe.
Mi cuerpo se arquea violentamente contra el suyo.
La gema en mi pecho brilla con una luz plateada cegadora mientras el orgasmo me atraviesa como fuego líquido.
Gimo su nombre una y otra vez, contrayéndome alrededor de él.
Mis piernas rodean su cadera mientras me sumergo en ese infierno en el que sé que quedaré atrapada.
Abisaí hunde la nariz en mi cuello y embiste una última vez y se derrama dentro de mí con un gemido de placer mientras su cuerpo tiembla sobre el mío.
Nos besamos hasta que perdemos la conciencia.
Hasta que su miembro vuelve a ponerse duro dentro de mí.
—Aaah…
Comienza a moverse otra vez.
Su respiración es agitada.
—Tanto lío… por esto —susurra, casi para sí mismo, mientras su pulgar roza la piedra plateada que palpita suavemente—.
Y sin embargo, lo único que quiero es a ti.
Acelera y veo estrellas.
El sonido de nuestros cuerpos chocando y de mis gemidos llena todo a nuestro alrededor.
Una hora después, estoy acostada contra su pecho.
Él acaricia mi espalda y me besa la frente con una ternura que contrasta con la pasión salvaje de hace unos momentos.
—Duerme, mi dragona blanca —murmura contra mi cabello—.
Mañana tenemos una reunión con el sacerdote Vacul.
Cierro los ojos, exhausta, saciada y aterrorizada al mismo tiempo.
Porque en sus brazos, rodeada de su calor y su olor, por primera vez en mi vida… no quiero huir, quiero quedarme.
—Abisaí.
—Mmm.
—Te quiero.
Sonríe y para mí, es la mejor respuesta.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Este capítulo marca un punto sin retorno.
Entre deseo y peligro, Zabina y Abisaí cruzan una línea que cambiará todo… porque en este mundo, amar también puede ser una condena.
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