Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 14
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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 Abisaí.
Me levanto de la cama con cuidado para no despertarla.
Una sonrisa se me escapa al verla dormir plácidamente entre mis sábanas.
Todo el dormitorio huele a ella.
Extiendo la mano y aparto un mechón oscuro de su rostro, luego rozo su mejilla con los nudillos, disfrutando de lo suave que es su piel.
La cubro con la manta hasta los hombros y me pongo en pie.
Camino hasta el balcón y dejo que el aire frío del amanecer me refresque la piel aún caliente.
El reino de Anwar se despierta bajo mis pies, pero mi mente sigue en la cama, en el cuerpo tembloroso de Zabina.
Escucho un bostezo suave a mi espalda.
Me giro y me acerco.
—Buenos días, preciosa —murmuro, sentándome en el borde del colchón.
Ella me sonríe con esa timidez que me vuelve loco.
Sus mejillas todavía están sonrosadas por el sueño y por lo que hicimos anoche.
—¿Cómo te sientes?
—pregunto, pasando el pulgar por su labio inferior.
No me responde con palabras.
Solo me mira con esos ojos grises llenos de preguntas y deseo.
No puedo contenerme.
La sujeto por el rostro con ambas manos y la beso, saboreándola como si no hubiera tenido suficiente.
Caemos de nuevo sobre el colchón.
Mi cuerpo cubre el suyo y ella se arquea contra mí con un gemido suave.
—Mandaré a Stema para que te ayude a prepararte —digo contra sus labios, sin ganas de separarme—.
Debo ir a mi entrenamiento.
Cuando llegue el sacerdote, mandaré por ti.
Mis ojos bajan inevitablemente a la gema plateada que descansa entre sus pechos, brillando débilmente con la luz del amanecer.
Luego vuelven a sus ojos.
Me incorporo con esfuerzo, le doy la espalda y tomo mi ropa en un puño antes de salir de allí, porque si me quedo un segundo más, volveré a hundirme en ella.
Tengo once años.
Estoy sentado al pie de la cama de mi madre.
Está muy enferma y mi padre dijo que no resistiría mucho más.
Abre los ojos y me mira con los ojos llenos de lágrimas que se niega a dejar caer.
Extiende su mano hacia mí.
—Mi hijo… —Papá dijo que te vas a morir —aprieto las manos sobre mis rodillas.
Las lágrimas mojan sus mejillas.
—Perdóname, Abisaí.
Tenso la mandíbula.
Papá dice que los príncipes no lloran, que deben ser fuertes.
Yo quiero llorar.
Me levanto y me acuesto a su lado, enterrando la cara en su pecho.
Las lágrimas salen solas.
—No me dejes, mamá… Ella me estrecha entre sus brazos débiles.
—Lo siento, mi niño… Lo siento tanto.
Stema entra en silencio.
—Príncipe.
Su padre lo espera en el salón.
Me aferro más fuerte a mi madre.
—Obedece, Abisaí —susurra ella—.
Luego vienes.
Me pongo en pie y me seco las lágrimas con rabia.
Stema me mira con esa sonrisa cálida y triste.
—Yo la cuidaré, príncipe.
Llego al salón del trono.
Mi hermano Agur está rígido al lado de mi padre.
Avanzo sin apartar los ojos de la mujer de cabello blanco que yace tirada sobre el suelo de piedra.
Me detengo al lado de Higmer, dos años mayor que yo.
—¿Quién es esa?
—pregunto en un susurro.
—Una dragona blanca.
Mi piel se eriza.
La miro asombrado.
Es hermosa.
De ella emana una luz plateada que hipnotiza incluso en su estado derrotado.
—¿Para qué la quieren?
Higmer se inclina hacia mí, hablando bajito para que solo yo lo escuche.
—La gema.
Es de sangre real.
Dicen que puede abrir el camino a Galgoth… o sellarlo para siempre.
Pero los demonios de plata también la quieren.
Cada gema que cae en sus manos los hace más fuertes.
Parpadeo, sin entender del todo.
—Es imposible cerrar la brecha —murmuro—.
Ni todas las gemas han logrado mantenerla quieta.
Siempre se rompe, siempre.
Higmer hace ese gesto de superioridad que siempre me ha irritado.
—Esta gema es especial.
Por eso los están cazando a todos.
Si los demonios de plata consiguen más gemas blancas… nadie podrá detenerlos.
Ni siquiera nosotros.
Hago una mueca y mis ojos vuelven a la mujer.
—Sabes que los dragones blancos nacieron en el reino de Galgoth —dice inclinado sobre mi oído—.
La tierra de las piedras preciosas.
Tienen un poder inigualable.
La gema debe ser destruida o entregada al templo antes de que puedan reclamar la parte del reino que les corresponde por herencia… o antes de que los demonios la usen contra nosotros.
Mi padre extiende su espada hacia la mujer.
—¿Dónde se esconden los otros?
¡Habla!
La mujer lo mira con una calma que contrasta con la agitación de todo el salón.
Thymá la sujeta bruscamente por el cabello.
—Habla, bestia, cuando el emperador te lo exija.
La suelta y ella gime de dolor.
—¡Guardias!
—mi padre alza la voz—.
No regresen hasta que el último de ellos esté muerto.
Hasta que la última gema haya sido arrancada de su pecho y llevada al templo de los Amatistas.
Me quedo callado, con un nudo extraño en el estómago.
Higmer me da un codazo suave.
—No pongas esa cara.
Es necesario.
Si no los detenemos ahora, los demonios de plata usarán sus gemas para abrir la brecha del todo y salir.
Y entonces… ya no habrá reino que gobernar.
Asiento despacio, aunque no entiendo del todo.
Solo sé que esa mujer de cabello blanco parece muy triste.
Y que mi padre, por primera vez, parece tener miedo.
Llego al patio de entrenamiento.
Mis hombres ya están allí.
Al verme hacen una ligera reverencia.
Tomo una espada y la giro entre mis dedos.
Me pongo frente a Zymei, que se pone inmediatamente en guardia.
—Vamos a ver quién gana esta mañana, amigo.
—¿Te molesta que te haya vencido la última vez, príncipe?
—suelta con tono burlón.
Me pongo en posición de combate.
—Pura casualidad.
—Claro.
Como compartiste el lecho con tu concubina anoche, te sientes fortalecido —responde con una sonrisa pícara.
Suelto una carcajada ronca.
—No abuses de mi confianza, Zymei.
Todos sonríen y forman un círculo alrededor para vernos pelear.
—Vamos, su alteza.
Nuestras espadas chocan con fuerza.
Levin se acerca en pleno combate.
—El sacerdote Vacul ya está aquí —anuncia.
Con un movimiento rápido le saco la espada a Zymei de las manos y le apunto con la mía al cuello.
Los silbidos y aplausos no tardan en llegar.
—Te gané —le digo, sonriendo.
—Me debes la revancha —responde jadeando.
Me giro hacia Levin.
—Avisa a Stema.
Iré a ver al sacerdote.
Entro a mi despacho personal.
Vacul es un anciano de unos setenta años.
Se pone en pie con respeto al verme.
—Su alteza.
—Puedes sentarte, Vacul —le digo, señalando la silla frente a mí—.
De seguro te estarás preguntando por qué te mandé llamar de repente.
Asiente, observándome con curiosidad.
Me acomodo frente a él y voy directo al grano.
—Necesito saber todo sobre los dragones blancos y sobre la gema de sangre real.
Vacul me examina un largo momento antes de abrir la boca.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade El pasado empieza a revelar su verdad… y lo que Abisaí sabe podría cambiar el destino de todos.
Entre secretos, poder y deseo, la historia se adentra en un terreno mucho más oscuro.
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