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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 15

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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 Zabina.

Salgo del baño envuelta en la ropa que me trajo Stema: un vestido sencillo pero hermoso de color crema y plata que se ajusta suavemente a mi cuerpo.

Me duele entre las piernas, un dolor dulce y profundo que me recuerda cada segundo de lo que ocurrió anoche.

Cada embestida lenta, cada gemido, cada vez que Abisaí me miró a los ojos mientras me hacía suya.

Todavía siento su calor en la piel.

Tocan a la puerta.

Stema se acerca y abre con una reverencia respetuosa.

—Señora.

Bamylan entra.

El aire en la habitación cambia al instante.

Me pongo rígida, como una estaca, sin saber exactamente cómo actuar ante la futura emperatriz.

Ella avanza con elegancia, el vestido negro con encajes de oro realza su figura imponente.

Sus ojos amarillos se clavan en mí como dagas.

Se detiene a poco más de un metro.

—Así que tú eres la preferida de mi futuro marido —dice con voz suave, pero cada palabra corta como vidrio.

No respondo.

Mi garganta se cierra.

Bamylan inclina ligeramente la cabeza, observándome de arriba abajo.

—Me alegra que Abisaí te haya dado esa tiara —sus ojos se detienen un segundo en la joya que descansa en mi cabeza—.

Significa que te aprecia lo suficiente para protegerte.

Significa también que sabe exactamente lo que eres… algo que necesita protección.

Hace una pausa, dejando que sus palabras calen.

—Yo no necesito la suya.

Los emperadores tienen amantes.

Tienen concubinas.

Tienen mujeres que los entretienen y les calientan la cama por las noches.

Pero solo tienen una emperatriz.

Recuérdalo cuando creas que tienes algo que yo no tengo.

El silencio que sigue es pesado.

Siento cómo mis mejillas arden, pero levanto la barbilla y sostengo su mirada.

—No busco su trono —respondo con voz baja pero firme—.

Ni su corona.

Bamylan suelta una risa.

—Qué ingenua eres.

No se trata de lo que busques, sino de lo que él te da —da un paso más cerca, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso—.

Abisaí es fuego.

Te quemará hasta que no quede nada de ti.

Y cuando se canse, cuando necesite una esposa que pueda darle herederos legítimos y estabilidad al imperio, yo seguiré aquí.

Sentada a su lado en el trono.

Tú… solo serás un recuerdo bonito en su cama.

Sus palabras duelen más de lo que quiero admitir.

Siento un nudo en la garganta, pero no bajo la mirada.

Stema se mueve incómoda a un lado, pero no interviene.

Bamylan da un paso atrás, recuperando su compostura regia.

—Disfruta mientras dure, humana —dice con una sonrisa fría—.

Porque las concubinas vienen y van.

Las emperatrices se quedan.

Se da la vuelta con elegancia y sale de la habitación sin mirar atrás.

El silencio que queda es ensordecedor.

Me quedo de pie en el centro de los aposentos, con las manos temblando ligeramente.

La tiara parece pesar más que nunca sobre mi cabeza.

Stema se acerca con cautela y me toca el brazo con suavidad.

—No le haga caso, señorita —murmura—.

La señorita Bamylan está… asustada.

Sabe que el príncipe la mira diferente a como la mira a ella.

No respondo.

Solo veo la puerta por donde salió la futura emperatriz.

Porque por mucho que quiera negarlo, sus palabras han tocado algo profundo.

Yo no soy emperatriz.

Yo soy el secreto.

La dragona blanca escondida en la cama del dragón negro que está destinado a gobernar el reino que exterminó a los míos.

—Vamos señorita.

El príncipe la espera en su despacho.

—Yo no pedí esto, Stema —susurro, todavía mirando la puerta por donde salió Bamylan.

Ella me mira y suspira, con esa expresión maternal que siempre parece tener cuando está conmigo.

—Eres demasiado ingenua para este imperio de dragones, pequeña.

Claro que la futura emperatriz querría marcar territorio.

Todos en el harén saben de la nueva preferencia del príncipe Abisaí.

—¿Nueva?

—pregunto, con un nudo en la garganta.

Stema sonríe con ternura.

—Hay más humanas en este reino, Zabina.

Incluso princesas y nobles cuyos padres pactan por protección.

La futura emperatriz no podrá tocarte mientras le importes al príncipe.

Y créeme… le importas.

Más de lo que él mismo quiere admitir.

Fingo una sonrisa que no siento del todo.

—Gracias por estar conmigo.

—Siempre, pequeña —responde, acariciándome el brazo—.

Abisaí es como un hijo para mí.

Fui la dama de compañía de su madre.

Lo conozco mejor que nadie.

Te juro que nunca dejó a una mujer en sus aposentos como te ha dejado a ti.

Ahora vamos, no le hagamos esperar.

Asiento y la sigo por los pasillos del palacio.

Cada paso resuena en mi pecho como un recordatorio de lo lejos que estoy de mi bosque y las palabras de Bamylan siguen clavadas como espinas.

Cuando entramos al despacho personal de Abisaí, él está de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda, mirando el reino que algún día gobernará.

En un asiento, hay un anciano con postura serena que clava los ojos en mi.

Al oírnos, Abisaí se gira.

Sus ojos se suavizan al verme, pero solo un instante.

—Stema, puedes retirarte —dice sin apartar la mirada de mí.

Stema hace una reverencia y sale en silencio, cerrando la puerta tras ella.

Abisaí se acerca.

Se detiene frente a mí y levanta una mano para rozar la tiara con las yemas de los dedos.

—¿Cómo te sientes?

—Bien —respondo.

Él nota el cambio.

Frunce ligeramente el ceño y me sujeta por la barbilla con suavidad, obligándome a mirarlo.

—¿Qué ocurrió?

Dudo.

No quiero parecer celosa, ni débil, ni… menos que ella.

Pero las palabras de Bamylan siguen resonando en mi cabeza.

Sonrío y niego con la cabeza.

—No pasó nada.

—Ven.

Quiero presentarte a alguien.

Nos sentamos frente al anciano.

—Vacul, Zabina.

Zabina, Vacul —nos presenta.

—Hola, pequeña dragona.

No me gusta como me mira.

Me trago mis observaciones.

—¿Puedo ver la gema de tu pecho?

—pregunta directamente.

Miro a Abisaí, buscando apoyo.

Él me hace un gesto sutil con la cabeza, indicándome que proceda.

Aparto la tela del vestido y dejo al descubierto la gema plateada que descansa entre mis pechos.

Vacul se inclina hacia delante.

Su mirada se intensifica.

Tensa la mandíbula y, por un instante, algo parecido al temor cruza su rostro.

Le hace un gesto rápido a Abisaí y se pone en pie con dificultad.

—Ya sabe lo que debe hacer, príncipe —dice.

Luego sale del despacho sin decir una palabra más, dejando un silencio pesado tras de sí.

Miro a Abisaí.

Está recostado contra el respaldo del sillón, con la mirada perdida en un punto indefinido del suelo.

Su expresión es seria, casi sombría.

El hombre que hace unas horas me susurraba promesas al oído mientras se hundía en mí ahora parece muy lejos.

Y mi corazón galopa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Las máscaras empiezan a caer… y Zabina descubre que en este juego no basta con amar, hay que sobrevivir.

Porque en la corte de los dragones, ser la elegida también es ser el blanco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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