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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 16

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16: Capítulo 16 16: Capítulo 16 Abisaí.

—¿Qué ocurre?

—pregunta Zabina.

No sé cómo responderle sin romperla.

Pero las coincidencias son perturbadoras.

Se pone en pie de golpe y camina hacia la puerta.

—No salgas —le ordeno.

No me escucha.

Abre la puerta y se va.

—Maldición.

Me levanto y voy tras ella.

La alcanzo en el pasillo.

Mi mano se cierra alrededor de su brazo y la giro hacia mí con más fuerza de la que pretendía.

Sus ojos están llenos de lágrimas.

La rabia me sube por el pecho como fuego.

—No llores —mascullo, apretando la mandíbula.

—Suéltame —pide entre dientes—.

¿Qué te dijo ese sacerdote?

¿Me vas a matar?

La suelto al instante, como si sus palabras me hubieran quemado.

De todas las cosas que podía decir… ¿por qué esa?

Intenta alejarse, pero la sujeto de nuevo y la arrastro de vuelta al despacho.

Cierro la puerta de un golpe.

—¿En serio, Zabina?

—gruño—.

Después de todo lo que ha pasado entre tú y yo… ¿te atreves a pensar que yo te quiero muerta?

Me mira con los ojos llenos de lágrimas que no logran caer.

Levanto la mano y con el pulgar se las seco con una suavidad que hasta a mí me sorprende.

—¿Por qué piensas algo como eso?

—Vi cómo me miró tu amigo el sacerdote.

La forma en que se fue… ¿Qué es lo que tienes que hacer, Abisaí?

Vamos.

Dímelo.

No sé cómo empezar.

El silencio se alarga.

—¡¿No me lo dirás?!

—grita y me empuja por el pecho.

No me muevo ni un centímetro.

—Tienes razón —digo al fin—.

Debo apagar tu luz si quiero mantener el equilibrio que mis ancestros han forjado con celo.

Tu gema es de sangre real.

Es demasiado poderosa y en manos equivocadas te vuelve un arma peligrosa, pero tranquila, eso se lo sé desde el principio.

Zabina se recuesta contra la puerta como si le hubiera arrancado el aire de los pulmones.

Su rostro palidece.

—La única forma de sellar el camino hacia Galgoth y detener a los demonios de plata es a través de una gema de sangre real.

—Entonces…

¿me vas a…

sacrificar?

—susurra.

No soporto verla así.

La sujeto por la nuca y la beso con fuerza, casi con rabia.

Ella intenta apartar la cara, pero la sostengo y profundizo el beso hasta que se rinde, gimiendo contra mi boca.

—¿Estás loca, Zabina?

—susurro cerca de su oído—.

Yo te necesito viva.

Me importa un carajo la gema que tienes en el pecho.

Ante los ojos de todo este reino eres mi humana, mi concubina… ahora mi mujer.

Yo te debo la vida.

Esa deuda solo se sella con sangre… pero no con la tuya.

Me mira, todavía temblando.

—¿Y ese sacerdote?

—su voz sale quebrada—.

¿No me delatará?

—No.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque si abre la boca, lo paga con su vida —respondo sin dudar—.

Y él lo sabe.

La sujeto por la barbilla y la beso de nuevo.

Esta vez no se resiste.

Me deja hacer.

Sus manos se aferran a mi traje como si yo fuera lo único estable en su mundo.

La sujeto por la cintura y la llevo hasta el sillón.

Me siento y la coloco sobre mis piernas, abrazándola con fuerza.

Recuesto la mejilla sobre su pecho palpitante, escuchando los latidos acelerados de su corazón.

Lo más sensato sería hacer lo que me pidió Vacul.

Si la eligo a ella traiciono lo que soy.

Pero hice una promesa cuando tenía doce años y pienso cumplirla.

Debo redimirme.

Y a estas alturas ya no quiero estar sin ella.

Sin su calor.

Sin su olor.

Sin la forma en que tiembla cuando la toco.

Porque la quiero elegir a ella por encima todo este reino.

Y si es pecado, que sea mi pecado.

No pienso pedir perdón por esto.

—Quédate conmigo —murmuro contra su piel—.

Aunque sea peligroso.

Aunque sea imposible.

Quédate.

Zabina no responde con palabras.

Solo se aferra más fuerte a mí, escondiendo el rostro en mi cuello.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, tengo miedo.

Miedo de perderla.

Miedo de que el precio de protegerla sea demasiado alto.

Le bajo los tirantes del vestido con un movimiento brusco y hundo la nariz entre sus pechos, respirando su olor.

La gema plateada palpita contra mi mejilla.

No me importa.

Solo la quiero a ella.

Con un solo movimiento la recuesto contra el sillón.

Sus piernas rodean mi cadera.

Me pego a su boca sin consideración, besándola con hambre casi con rabia.

Mi lengua invade la suya mientras mi mano rueda hasta su trasero y lo aprieta con fuerza, clavando los dedos en su carne.

Le muerdo el cuello y ella gime.

La necesito.

Tengo hambre de su cuerpo.

Hambre de su calor.

Hambre de recordarle a quién le pertenece.

Me desato el cierre del pantalón con impaciencia y me hundo en ella de un solo empujón profundo, hasta el fondo.

Zabina arquea la espalda con un grito ahogado.

Está tan apretada, tan caliente y húmeda que duele de lo deliciosa que es.

—Joder… —gruño contra su cuello.

Mi dragona blanca.

Y para tocarla hay que pasar por encima de mí.

Comienzo a moverme sin piedad.

Sus gemidos se vuelven más altos, más desesperados.

Me encanta.

—Abisaí… —Dilo otra vez —exijo, acelerando el ritmo—.

Di mi nombre mientras te tomo, vamos.

—Abisaí… ¡Aaaah!

La sujeto por las caderas y la levanto ligeramente para entrar más profundo.

La gema brilla con más fuerza entre sus pechos, como si respondiera al placer que le estoy dando.

Zabina tiembla debajo de mí.

Sus piernas se aprietan alrededor de mi cintura.

Está perdiéndose, exactamente como quiero.

—Mírame —ordeno, sujetándola por la barbilla—.

Quiero ver todo lo que te provoco.

Sus ojos vidriosos de placer se clavan en los míos.

El placer me arrastra con ella.

Nos quedamos así un largo momento, jadeando, pegados, sudados.

Mi frente contra la suya.

Cuando consigo recuperar el aliento, le aparto el cabello húmedo de la cara y la miro a los ojos.

—No vuelvas a dudar de mí —susurro—.

No voy a matarte, Zabina.

Ni hoy, ni nunca.

Prefiero quemar este reino entero antes que perderte.

Ella me mira en silencio, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.

Una lágrima solitaria se desliza por su sien.

La beso y la abrazo contra mi pecho.

Después de una larga reunión en la corte me junto con mis hombres en mi sala privada.

Rumá ha llegado.

Trae noticias.

—El clan Padras está siendo dirigido internamente por tu primo, Abisaí —dice Rumá parado en el centro del salón—.

El líder Zabelón es solo un títere para no llamar la atención.

Tu tío está ganando alianzas fuertes.

Contigo muerto podía reclamar el trono para su hijo.

Saca de su morral unos documentos y lo deja sobre mi escritorio.

—Pruebas —concluye.

Levin las toma y comienza a hojearlos con el ceño fruncido.

—Si algo ha tenido siempre Higmer es que es un maldito cerebro de la astucia —murmura Levin, pasando las páginas—.

Cartas, pagos, promesas de cargos… el muy hijo de puta ha estado tejiendo esto durante años.

La firma es de Thymá.

Me recuesto contra el respaldo de la silla, tamborileando los dedos sobre la madera pulida.

La rabia me quema por dentro, pero la mantengo bajo control.

La ira ciega es para los débiles.

—Otra cosa —continúa Rumá, bajando la voz—.

Por lo que he podido averiguar, Higmer está investigando mucho sobre el paso a Galgoth.

Tenso la mandíbula con fuerza.

Debo reconocerlo: Higmer como contrapunto es un maldito dolor de culo.

Inteligente, paciente y sin escrúpulos.

Me pongo en pie.

—Por ahora mantengámonos en silencio —digo—.

No puedo hacer acusaciones directas contra el hermano de mi padre sin nada concreto.

Que el desgraciado esté ganando los favores de algunos nobles no basta para probar el asesinato de mi hermano.

Necesito más.

Algo sólido para hacerlo caer… —señaló a uno de mis hombres— Manda a Stema a acercarse a la nueva esposa de mi tío.

Las mujeres hablan de más cuando se sienten solas y esa pobre mujer parece bastante infeliz en su matrimonio.

Quiero saber todo lo que Thymá hace, con quién se reúne y qué planes tiene para Higmer.

Levin asiente con una sonrisa calculadora.

—Stema es perfecta para eso.

Nadie sospechará de una dama de compañía.

Zymei cruza los brazos.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto seguimos vigilando —respondo—.

Y yo seguiré protegiendo lo que nunca debió ser mío pero que ahora me pertenece.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Abisaí cruza una línea: ya no es solo deseo, es decisión.

Está dispuesto a desafiar su linaje por ella… pero ese mismo instinto posesivo empieza a volverse peligroso.

Zabina duda, teme… pero sigue cayendo.

Y mientras ellos se aferran el uno al otro, la traición crece en las sombras.

¿Qué pesa más: el amor… o todo un imperio?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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