Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 17
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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Zabina Han pasado dos semanas.
Sigo dentro de los aposentos de Abisaí como si fuera parte de ellos.
Duermo en su cama, me baño en su bañera, respiro su olor en cada rincón.
Por las noches me hace sentir especial… suya.
Me toca como si el mundo fuera a acabarse si se detiene, me besa como si quisiera beberse mi alma y me susurra cosas que me derriten hasta los huesos.
Pero temo que me he enamorado demasiado rápido del dragón más letal de este reino.
Y entiendo que… nunca será mío.
Porque yo solo soy la concubina.
Y cuando pierda su atención, cuando se case con esa mujer y el trono exija una emperatriz de verdad, yo… no sé si deba irme.
Pero lo peor es que no quiero hacerlo.
Tengo las marcas de ese hombre tatuadas en la piel.
En el cuello, en los muslos, en el corazón.
Me siento a la mesa.
Stema me dejó bastante comida de la que me encanta: pan recién horneado, queso suave, frutas confitadas y esa pasta especiada que tanto me gusta.
No sé si debo esperarlo o simplemente comer.
Mi barriga ruge con fuerza y tomo un trozo de pan.
La puerta se abre.
Abisaí entra.
Sonríe al verme y se acerca sin sacarme los ojos de encima, con esa mirada posesiva que me hace sentir desnuda incluso vestida.
—¿No pensabas esperarme?
—pregunta algo divertido.
—Tardabas mucho —respondo, tragando el bocado.
Se desabrocha un par de botones del traje negro y se acomoda frente a mí.
Toma una rebanada de pan, la embarra en la pasta y se la lleva a la boca sin prisa.
—Zabina —dice después de tragar—, ya no puedo mantenerte en mis aposentos todo el día.
Lo esperaba.
Stema me había comentado que se acababa el luto por su hermano Agur.
Abisaí será nombrado emperador y se casará con Bamylan.
Lo sé.
Lo he sabido desde el principio.
Mis ojos se encuentran con los suyos.
—¿Me sacarás de Anwar?
—pregunto en voz baja.
No me responde.
La pregunta parece molestarle.
Frunce ligeramente el ceño.
—No —dice al fin—.
Te enviaré al palacio de las mujeres.
Tendrás tus propios aposentos, tus sirvientas, todo lo que necesites.
Siento un nudo en el estómago.
—¿Cómo deberé llamarte cuando seas el emperador?
Me mira sin decir una palabra.
Luego suelta una risa y hace ese gesto encantador con la comisura de la boca.
—Todo seguirá igual, Zabina.
Lo único es que tendrás tu propio espacio.
Podrás moverte con más libertad dentro del palacio.
—¿Y si te aburres de mí?
—susurro, inclinándome sobre la mesa.
Abisaí deja de comer.
Me mira fijamente, con esa intensidad que me quema por dentro.
—Eso nunca va a pasar —responde —¿Cómo puedes estar tan seguro?
—insisto—.
Soy solo una concubina.
Una más en un reino lleno de mujeres que podrían darte todo lo que yo no puedo.
Lo reconozco.
Ahora parezco una tonta insegura rogando por atención.
Se levanta despacio, rodea la mesa y se detiene a mi lado.
Me toma por la barbilla con suavidad y me obliga a mirarlo.
—Porque ninguna de ellas me interesa como tú —murmura—.
Ninguna me hace sentir lo que tú me haces sentir.
Ninguna es tú, Zabina.
Y yo no quiero a ninguna otra.
Bajo la mirada, luchando contra las lágrimas que amenazan con salir.
—Entonces… ¿por qué tengo que irme a otro lugar?
—Porque la corte ya empieza a hablar —responde—.
Porque…
pronto seré emperador y no puedo seguir escondiéndote como si fueras un secreto vergonzoso.
Te daré tu propio espacio… quiero que te sientas a gusto dentro de mi castillo, seguirás siendo mía.
Cada noche.
Cada vez que te desee.
Eso no va a cambiar.
Me acaricia la mejilla con el pulgar y se inclina para besarme la frente.
—Confía en mí.
Cierro los ojos y me permito apoyarme en él por un momento.
Pero en el fondo, una voz pequeña y aterrorizada sigue susurrando la misma pregunta: ¿Hasta cuándo?
Mis nuevos aposentos son… hermosos.
No imaginé tener tanto.
Las paredes son de piedra clara con vetas plateadas.
Las cortinas de seda caen pesadas hasta el suelo, y la cama es tan grande que podría perderme en ella.
Hay un tocador de madera oscura tallada, un espejo alto y un balcón privado que da hacia los jardines interiores del palacio de las mujeres.
Stema abre las puertas del balcón para que entre la brisa fresca de la tarde.
Me dejo caer sobre la cama con la mirada perdida en un punto indefinido del techo.
—¿No le gusta?
—pregunta Stema con suavidad.
Sonrío.
—No es eso… es que es demasiado para mí.
Stema se acerca y se sienta al borde de la cama.
—Te diré un secreto —baja la voz como si alguien pudiera oírnos—.
Estos aposentos están al mismo nivel que los de la señorita Bamylan.
Las concubinas están que mueren de la envidia.
Todas comentan sobre usted.
Dicen que el príncipe nunca había dado tanto a ninguna mujer.
Me levanto y me acerco al espejo que está sobre la cómoda.
El reflejo me devuelve una imagen que apenas reconozco: una joven con una tiara de protección real, vestida con telas finas.
—Luego le presentaré a sus doncellas… —continúa Stema, hablando de telas, colores, baños perfumados y horarios.
La miro a través del reflejo del espejo.
Me está hablando de tantas cosas que no logro seguirle el hilo.
Cuando vuelvo a mirarme, veo el reflejo de mi madre.
El cabello blanco, los mismos ojos grises llenos de desesperación.
Doy un paso atrás con el corazón en la boca, como si acabara de recibir un golpe.
—¿Qué color le gusta más?
—pregunta Stema, ajena a mi reacción.
No tengo idea de a qué se refiere.
—Escoge tú —murmuro.
Me sonríe con calidez.
—Está bien.
Ya verás qué hermoso quedará todo.
Vuelvo a mirar mi reflejo, esta vez con una sensación amarga en el paladar.
Soy una impostora.
—Zabina, levántate.
Abro los ojos, todavía somnolienta.
Mi padre me hace un gesto de silencio absoluto y me pone un dedo sobre los labios.
—Debemos irnos.
Ahora.
Mi corazón se desboca.
Me levanto con prisa, tropezando con las mantas, y me pongo los zapatos.
—¿A dónde iremos, papá?
—Al bosque de Jurdiena, hija.
No hagas ruido.
Salimos a media noche del pueblo.
La calle está desierta, iluminada solo por la antorcha que mi padre sostiene con firmeza.
Nuestros pasos suenan demasiado fuertes en el silencio.
De pronto, escuchamos trotes lejanos.
Caballos.
Muchos.
Mi padre me empuja hacia un callejón húmedo y oscuro.
—No te muevas —susurra—.
Iré a ver que sea seguro.
Me quedo sola, apretada contra la pared fría y mojada.
Saco el pequeño puñal que siempre llevo escondido y lo empuño con fuerza.
Siento una presencia detrás de mí.
Me giro con rapidez.
Es un joven.
Alto, de cabello oscuro y ojos que brillan con un tono vívido.
Un dragón negro.
—Tranquila —dice, levantando las manos con las palmas abiertas—.
Yo solo quiero ayudarte a ti y a tu padre.
—Mientes —gruño, sin bajar el arma.
Él mantiene las manos en alto, pero una sonrisa curva sus labios.
—No del todo.
Tu gema es de sangre real.
Lo ataco sin pensarlo.
Él se aparta con facilidad, casi divertido.
—Calma —pide, la voz baja y suave—.
Te diré algo importante: nunca confíes en un dragón negro.
Los dragones blancos pueden destruir Galgoth o abrirlo.
Tú eres de sangre real.
—No sé de qué hablas —respondo.
—Claro que sí.
Imposible que no sepas sobre los demonios de plata.
Mi pecho se acelera y gruño.
—Ellos no pueden salir de Galgoth.
—Por ahora no.
Pero lo harán.
Porque no hay gema tan poderosa que cierre el camino para siempre.
—Claro.
Ustedes asesinan a toda una raza y al final los demonios saldrán y los someterán —mascullo sin bajar la guardia.
—Quizás.
Pero tu gema es poderosa —mira mi pecho y luego sube a mis ojos—.
Huye con tu padre.
Ganaré tiempo para ti…
Abro los ojos de golpe al escuchar un murmullo afuera.
Me asomo con cuidado al pasillo.
Un grupo de mujeres está amontonado alrededor de un hombre alto, de cabello oscuro y porte arrogante.
Hablan en susurros excitados.
Stema se detiene a mi lado, silenciosa.
—¿Quién es?
—pregunto en voz baja.
—Es Higmer.
El primo del príncipe.
Ha vuelto al castillo.
Mis ojos chocan con los del hombre.
Es él.
El mismo joven del callejón de aquella noche.
Una sonrisa lenta se dibuja en su rostro al reconocerme.
Sus labios se mueven sin emitir sonido, pero leo perfectamente lo que dicen: «Te encontré».
Mierda.
Entro de nuevo a mi habitación y cierro la puerta con el corazón en la boca.
Me apoyo contra la madera, respirando agitada.
Stema me sigue, preocupada.
—¿Se encuentra bien, señorita?
No respondo.
Solo puedo pensar en aquella noche, en el puñal en mi mano, en sus palabras: «Nunca confíes en un dragón negro».
Y ahora ese mismo dragón negro está aquí, en el palacio, mirándome como si yo fuera un trofeo que por fin ha recuperado.
Cierro los ojos y me llevo una mano al pecho, donde la gema palpita con fuerza, como si también lo hubiera reconocido.
El pasado acaba de entrar por la puerta principal.
Y esta vez, no tengo un callejón donde esconderme.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Zabina ya no solo está atrapada en el palacio… está atrapada en lo que siente.
Y lo más peligroso no es Abisaí, sino lo que él despierta en ella.
La ilusión de “pertenecer” empieza a resquebrajarse justo cuando le dan más… y ahí es donde más duele.
Y ese final… El pasado no solo volvió: vino a reclamarla.
¿De verdad puede seguir escondiéndose ahora que alguien sabe exactamente quién es?
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