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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 18

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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 Abisaí Higmer entra en mi despacho como si fuera suyo.

Siempre con esa sonrisa de lobo calculador.

Lleva la ropa impecable, el cabello perfectamente peinado y esa actitud de quien cree que el mundo le debe algo.

—Abisaí —saluda, inclinando ligeramente la cabeza.

Me pongo en pie con lentitud, midiendo cada movimiento.

—Primo.

Has vuelto.

—No podía perderme tu coronación —responde, sentándose sin esperar invitación.

Se sirve una copa de vino como si estuviera en su propia sala.

—Es dentro de quince días.

—Lo sé —toma un sorbo y me mira por encima del borde de la copa—.

Pero quería acompañarte.

Tú, que no querías obligaciones y vivías como te daba la gana… ahora vas a sentarte en el trono.

Las vueltas de la vida, ¿verdad?

Una sonrisa fría cruza mis labios mientras me siento de nuevo.

—Las vueltas de la vida —repito, estudiándolo.

El silencio se alarga un segundo.

Higmer siempre ha sido bueno en eso: dejar que el aire se vuelva incómodo antes de atacar.

—Escuché lo de tu nueva concubina —dice al fin, con tono casual.

Arqueo una ceja y acepto la copa que me ofrece, aunque no bebo.

—¿Y eso a ti qué te importa?

Sonríe, esa sonrisa de dientes blancos que nunca me ha inspirado confianza y que en el pasado me metió en problemas.

—Calma, primo.

Solo me sorprende que te hayas enamorado de una humana.

—¿Quién dice que estoy enamorado?

Higmer se recuesta en la silla, observándome con curiosidad.

—¿Y no lo estás?

—No es tu asunto.

El aire entre nosotros se vuelve más denso.

Él sabe que estoy mintiendo, y yo sé que él lo sabe.

—¿Qué has averiguado sobre la muerte de Agur?

—pregunta.

Me alegra que cambie el rumbo antes de que siga hurgando en Zabina.

—Los humanos conocen nuestro secreto.

Saben que cambiamos de forma.

Estudio su reacción con atención.

No hay sorpresa en su rostro.

Claro que ya lo sabía.

—Eso es… peligroso —dice, fingiendo preocupación.

—He enviado hombres de la guardia real a vigilar las entradas al reino.

No queremos sorpresas.

Levin entra en ese momento, interrumpiendo la conversación.

Su mirada se posa inmediatamente en Higmer con evidente desconfianza.

—Higmer —saluda con una breve reverencia—.

No sabía que habías regresado.

—No podía perderme la coronación de mi querido primo —responde Higmer con esa sonrisa fácil que hace caer al que no le conozca—.

Además, quería ver con mis propios ojos cómo el rebelde Abisaí se convierte en emperador.

Quién lo hubiera dicho.

Levin no responde.

Solo se coloca a mi lado, en silencio, como siempre hace cuando huele peligro.

Higmer se pone en pie.

—Bueno, no quiero robarte más tiempo.

Seguro tienes muchos preparativos y reuniones aburridas.

Iré a la Biblioteca a leer un poco.

En cuanto sale, Levin se gira hacia mí.

—Mando hombres a vigilarle.

—No —respondo de inmediato—.

Se daría cuenta.

Higmer se da cuenta de todo.

Es un maldito sabueso con cerebro de serpiente.

Levin asiente, pero no parece convencido.

—Stema nos entregó información salida de la boca de la nueva esposa de tu tío —continúa—.

Thymá ha estado reuniéndose en secreto con varios nobles del clan Padras y del clan del río.

Hablan de “restaurar el orden antiguo”.

Y Higmer… aparece en casi todas las conversaciones.

Me pongo en pie al ver la hora.

El sol ya está bajo.

Debo reunirme con mi padre y los sacerdotes del templo de Ónix.

Me esperan en el pabellón sagrado.

Avanzo por el pasillo con Levin a mi lado.

Los sirvientes inclinan la cabeza cuando paso.

Mi sombra parece más grande, más oscura.

En cuanto sea emperador voy a sacudirme toda la porquería que sobra en este castillo.

Si me toca asumir el trono, lo tomaré y reinaré bajo mis leyes.

No bajo las de mi padre, ni bajo las sombras que Thymá y Higmer están tejiendo.

Me detengo ante la terraza que da al pabellón.

El edificio sagrado está al otro extremo del complejo.

Tomo la apariencia de dragón sin pensarlo dos veces.

El cambio es fluido, casi instintivo.

Las escamas negras cubren mi cuerpo, las alas se despliegan.

Las abro y alzo el vuelo con un solo impulso fuerte.

Desde arriba, el castillo se ve imponente.

Pero hoy no disfruto de la vista.

Aterrizo frente al pabellón y las columnas vibran.

Las alas se repliegan y vuelvo a mi forma humana en un parpadeo.

Los sacerdotes y mi padre ya me esperan dentro.

La ceremonia de consagración inicia en el Templo de Ónix.

Estoy de rodillas en el centro del círculo sagrado, rodeado de los sacerdotes más ancianos.

El aceite bendito, espeso y perfumado con resina negra, rueda lentamente por mi cabeza, me recorre la frente, las sienes y se desliza por mis hombros desnudos como sangre caliente.

Siento a mi bestia interna fortalecerse, crecer, desperezarse dentro de mi pecho.

Mis ojos cambian de color: el negro profundo se vuelve ámbar brillante, casi dorado, reflejando el fuego de las antorchas eternas.

Los sacerdotes entonan los conjuros antiguos en el idioma olvidado.

Solo invité a mi guardia personal.

Ellos también serán consagrados bajo mi orden.

No se lo esperaban.

Ni mi padre.

Ni los sacerdotes.

Ni ellos.

Pero como emperador voy a cambiar algunas cosas.

Y esta es solo la primera.

Cuando el último de mis hombres recibe el bautizo de aceite y fuego, me pongo en pie.

El poder corre por mis venas como un río desbordado.

Me transformo.

El cambio es brutal y glorioso.

Mi cuerpo crece, se expande, las escamas negras se vuelven más densas, más brillantes.

Mis músculos son más regios, mis alas más anchas, mis garras más letales.

Soy más grande que nunca.

Más fuerte.

Alzo el vuelo con un rugido que hace temblar las columnas del templo.

Mis hombres me imitan al instante.

Diez dragones negros se elevan conmigo, formando una formación perfecta a mi espalda.

Volamos sobre el reino de Anwar.

Me poso con fuerza sobre el altar que está en el centro de la plaza mayor.

La tarde cae como un incendio devorando el cielo, tiñendo todo de rojo sangre y oro oscuro.

La multitud ya se ha congregado alrededor del altar.

Miles de ojos me miran.

Mis hombres siguen en el aire, volando en círculos lentos sobre la plaza.

Rujo.

Un rugido profundo, poderoso, que retumba en cada rincón del reino.

Todos se postran al instante.

Hombres, mujeres, niños… La multitud entera se arrodilla, inclinando la cabeza en señal de sumisión y reconocimiento.

Mis hombres se posan a mi lado, uno a uno.

Observo a la multitud desde lo alto del altar.

Siento el peso de sus miradas, el miedo, la esperanza, la incertidumbre, la administración.

Cuando estimo que el momento ha sido suficiente, alzo el vuelo de nuevo.

Regreso al castillo sin mirar atrás.

He cumplido con mi padre.

He cumplido con la corte.

Pero sobre todo… he dejado claro a todo Anwar quién soy ahora.

El futuro emperador.

Y nadie va a dictarme cómo reinar el reino que no pedí pero que ahora es mío.

Mientras vuelo de regreso, solo puedo pensar en una cosa: Zabina, y en cómo, a pesar de todo el poder que acabo de reclamar, es la única persona que realmente quiero ver esta noche.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Abisaí deja de ser príncipe y empieza a reinar de verdad.

La consagración lo eleva… pero también lo expone.

Higmer ya está moviendo piezas en las sombras.

Y en medio de todo ese poder… su mayor debilidad sigue siendo Zabina.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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