Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 Zabina.
Estoy en el balcón, observando la noche.
Las estrellas brillan con una frialdad como si supieran todos los secretos que guardo en el pecho.
Escucho pasos suaves dentro de la habitación y me asomo por la puerta entreabierta.
Una sonrisa se me escapa al ver a Abisaí de pie en el centro del salón, todavía vestido con la túnica negra de la ceremonia y el cabello ligeramente revuelto por el viento.
—¿Qué haces aquí?
—pregunto, caminando hacia él.
Él arquea una ceja en esa expresión arrogante y seductora.
—¿No puedo pasar la noche contigo?
—Claro que sí —respondo, deteniéndome frente a él—.
Pero que vengas aquí no es complicado… Stema me estuvo contando cómo funcionan las cosas en el palacio de las mujeres.
Abisaí da un paso más cerca, hasta que su cuerpo roza el mío.
—Que todo el palacio sepa que eres mi favorita —dice en voz baja, acariciando mi rostro con el dorso de los dedos—.
Dentro de dos semanas seré el emperador —Su pulgar roza mi labio inferior—.
Hasta entonces debo mantener todo sin murmuraciones.
No puedo llevarte a mis aposentos, porque la única que puede visitarlos a partir de ahora es la emperatriz.
Pero vendré a ti.
Siempre vendré a ti.
Se inclina y me besa.
Su mano se enreda en mi cabello y me empuja suavemente hacia la cama sin romper el contacto.
—No te imaginas cómo me gustas, Zabina —murmura contra mis labios—.
Cómo me vuelves loco.
Caemos sobre el colchón sin dejar de besarnos mientras nuestras manos intentan quitar la ropa.
La gema en mi pecho brilla con una luz plateada que nos envuelve mientras nos desnudamos con prisa.
Sus dedos recorren mi piel, posesivos Entra en mí con impaciencia, de un solo movimiento profundo que me hace arquear la espalda y gemir contra su boca.
Está tan duro, tan caliente, que siento cada centímetro mientras me llena por completo.
Comienza a moverse.
Fuerte.
Profundo.
Su cuerpo grande cubre el mío, dominándome con cada embestida.
Me hace el amor de una manera que es imposible no enamorarse, imposible no quedar perdida en este torbellino que me arrastra con él al inframundo.
Sí.
Porque con él solo viajo al infierno… y me encanta arder.
Cuando terminamos, jadeantes y cubiertos de sudor, se queda junto a mí.
Nuestros cuerpos continúan enredados.
—Me iré cuando te duermas —murmura.
—Entonces no me dormiré —respondo, apretándome más contra su pecho—.
No quiero que te vayas.
Sonríe y me abraza.
—Mañana tengo tiempo libre.
Te llevaré a conocer el reino.
¿Te gustaría?
—Sí —susurro.
—Entonces prepárate.
Mandaré por ti después del almuerzo.
Debes usar una capa.
Iremos a caballo.
Con un movimiento fluido termino sobre él.
Mi cabello cae alrededor de su rostro.
Puedo sentir su erección rozándome de nuevo, endureciéndose bajo mi cuerpo.
Sus manos se deslizan por mi espalda desnuda, bajando hasta mis caderas.
En un momento lo monto, moviéndome despacio al principio, disfrutando de cómo sus ojos se oscurecen al mirarme.
Comienzo a moverme más rápido.
Él cierra los ojos un segundo, dejándome hacer, y esta vez soy yo quien le da placer hasta que se corre dentro de mí.
Se sienta de golpe, me agarra por el cabello con firmeza y me acerca a su boca.
—¿Cuándo aprendiste tanto?
—gruñe.
—Es un secreto —murmuro con una sensualidad que no sabía que tenía.
—A este ritmo no me iré esta noche —dice, mordiéndome el labio inferior.
Sonrío.
—Entonces quédate conmigo.
Me abraza con fuerza y me deja así, pegada a su pecho.
—Me quedo —susurra finalmente.
Caemos sobre el colchón otra vez, enredados, besándonos como si el mundo fuera a acabarse.
—Duérmete.
Me iré al amanecer.
Me recuesto contra su pecho, sintiendo su calor, su olor, el latido fuerte de su corazón… y me duermo.
Sabiendo que, ahora él es mío.
Y yo soy suya.
Salgo con una sonrisa en los labios.
Las otras mujeres me miran de reojo.
Solo me llaman la humana con mucha suerte.
No quisiera que existiera rivalidad.
La mayoría son concubinas imperiales, le pertenecen al emperador.
Unas pocas eran de Abisaí.
Una mujer se me planta delante.
Es hermosa, de cabello negro como la noche y ojos que brillan con un orgullo.
—¿Así que tú eres la insignificante humana que se ha robado la atención del príncipe?
—pregunta con voz melosa pero cargada de veneno.
—Mi nombre es Zabina —respondo, inclinando la cabeza en una pequeña reverencia.
La mujer hace una mueca de desdén.
—Soy Halan —da un paso hacia mí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—.
También fui un día su favorita —Sus ojos recorren mi rostro con desprecio—.
No te vuelvas arrogante, humana.
Al final el príncipe se aburrirá de ti y serás una más para darle placer en las noches.
Al final somos eso.
La única con derecho real es la esposa.
Me sonríe con falsedad y se aleja sin esperar respuesta.
Me quedo quieta, con el corazón galopando contra mis costillas.
Las palabras se me clavan como espinas.
Pero entiendo que era solo un consejo.
Sigo al eunuco que me guía hasta la entrada principal del palacio.
Entonces lo veo acercarse.
Higmer.
El corazón se me dispara.
No sé qué hacer.
Me detengo en seco.
El eunuco hace una reverencia profunda y yo lo imito, aunque mis rodillas tiemblan.
—De todas las sorpresas que me podía dar la vida —dice Higmer con una sonrisa—, tú eres la más hermosa.
Frunzo el ceño, sin responder.
Él se acerca al eunuco y le habla en voz baja, casi al oído.
—Una palabra de esto a mi primo y te cortaré el cuello.
El eunuco baja la cabeza y se aleja discretamente, dejándonos solos.
Higmer camina hasta mí con esa elegancia que recuerdo demasiado bien.
—¿Eres la famosa concubina?
—pregunta, sus ojos brillan al ver la tiara en mi cabeza—.
¿No me digas que no me recuerdas?
—No sé de qué habla —murmuro, apretando los puños.
Se inclina sobre mi oído.
Su aliento huele a vino.
—Pequeña dragona… estás en territorio enemigo.
Yo que tú no confiaría en Abisaí.
No le conoces.
—Ese no es tu problema —mascullo.
—¿Estás enamorada de él?
—se burla.
Mis ojos se posan sobre el eunuco, que se ha quedado a una distancia prudente, ausente.
—No es tu problema.
Higmer suelta una risa baja.
—Ya veo por qué le gustas —susurra, y su aliento roza mi mejilla—.
El futuro emperador encubriendo a una dragona blanca de sangre real dentro de su propio harén… Qué peligroso para ambos.
Lo miro fijamente, intentando que no note cómo me tiemblan las manos.
—Mi primo sabe jugar bien las cartas —continúa—.
Qué ingenua eres.
Al final te hará lo mismo que a ella… Sus palabras son dagas, pero no muestro su efecto en mí.
Me quedo callada, sosteniendo su mirada.
Higmer se separa con lentitud, todavía sonríe.
—Nos veremos pronto, pequeña dragona.
Avanza su camino sin mirar atrás.
Aprieto los dientes y acelero el paso, dejando al eunuco atrás.
El eco de las palabras de Higmer me persigue por el pasillo como un fantasma.
«Al final te hará lo mismo que a ella…» No sé quién es “ella”, pero el miedo se me clava en el pecho como una garra.
Porque por primera vez, la duda se abre paso entre el deseo y la confianza que tengo en Abisaí.
Y duele.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Este capítulo mezcla deseo y peligro de forma brutal.
Mientras Zabina se entrega más a Abisaí, las advertencias y la presencia de Higmer siembran dudas inquietantes.
¿Amor… o una trampa de la que no podrá escapar?
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