Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 20
- Inicio
- Sangre de dragón: la última de los dragones blancos
- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 Abisaí.
Le extiendo la mano.
Cuando Zabina la toma, la alzo con facilidad sobre el caballo.
Queda sentada delante de mí, su espalda pegada a mi pecho.
Tomo las riendas con una mano y rodeo su cintura con la otra, atrayéndola más cerca.
Mis guardias personales nos siguen a cierta distancia prudente, lo suficientemente lejos para darnos intimidad, pero lo suficientemente cerca para protegernos.
Aunque yo no necesito de eso.
Azuzo al animal y comenzamos a desplazarnos rumbo a la ciudad baja.
La capucha de Zabina rueda hacia atrás con el viento.
Hundo la nariz en su cabello oscuro, respirando ese aroma que me vuelve loco.
Me mira por encima del hombro con una sonrisa tímida que me descoloca.
¿Cómo es posible desear tanto a una mujer?
Porque ya tengo ganas de bajarla del caballo, quitarle la ropa y hacerle el amor hasta que pierda la conciencia y solo pueda gemir mi nombre.
Cuando llegamos a las primeras calles de la ciudad, le coloco la capucha con cuidado, cubriéndole el rostro.
Avanzamos con paso lento sobre el empedrado.
La gente se aparta a nuestro paso, sin reconocerme.
Salto del caballo con fluidez y la cargo en mis brazos sin pedir permiso.
Ella se aferra a mi cuello, sorprendida.
—¿Puedo caminar, sabes?
—protesta algo divertida.
—Pero yo quiero llevarte así —respondo, apretándola un poco más contra mi pecho.
—Vas a lograr que me vuelva engreída.
Suelto una carcajada.
—Adelante entonces.
Vuélvete lo más engreída que puedas.
Baja los ojos y hace ese gesto con los labios que me vuelve adicto.
La dejo sobre el suelo con suavidad y levanto su rostro por la barbilla.
—¿Qué ocurre?
—pregunto, notando la sombra en su mirada.
—Nada.
Sé que miente.
—Te llevaré a cenar a uno de mis lugares favoritos.
Me gusta más la parte de la plebe.
Los nobles son aburridos y su diversión consiste en té y fiestas como las del palacio.
Prefiero esto.
Venía aquí cuando la vida era más fácil —la miro fijamente—.
Entonces me dirás lo que ocurre.
—Pero no pasa nada —insiste.
—Zabina —mi voz baja, firme—, no me mientas.
Hace un puchero adorable y señala detrás de nosotros un puesto callejero donde venden churrascos con carne asada.
—Cómprame de esos —dice, tirando de mi brazo.
Le hago una señal a Levin, que se acerca y paga por nosotros.
Ella muerde el suyo con entusiasmo y se embarra la boca con salsa.
Es tan natural, tan viva, que no puedo dejar de mirarla.
—¿Te gusta?
—pregunto, conteniendo una sonrisa.
—Me encanta —responde con la boca llena, haciendo un gesto gracioso que me hace reír.
Miro a Levin.
—Compra para todos, vayan a divertirse un poco, no solo estén tras de mi como moscas.
—Pero…
—Sin peros —lo interrumpo—.
Consíganse mujeres y vayan a fornicar.
Yo me sé cuidar.
Nos vemos a medianoche aquí para regresar al castillo.
Me hace una reverencia.
Me giro hacia Zabina, que me toma del brazo y me arrastra hasta una plaza donde hay música y gente bailando al ritmo de tambores y flautas.
La ciudad está de fiesta hasta mi coronación.
Las antorchas iluminan las calles, el aire huele a carne asada, vino y risas.
La miro de reojo.
Ella observa todo con entusiasmo.
—¿Quieres bailar?
—le pregunto.
—¿Podemos?
—susurra, sorprendida.
—Claro.
Soy un excelente bailarín.
—Engreído.
—Solo digo la verdad.
Vamos.
Nos movemos hacia el centro de la plaza donde algunos ya bailan al son de las palmadas y la música.
Ella intenta aprenderse los pasos con una torpeza encantadora.
Yo no le quito los ojos de encima.
Cada gesto, movimiento de sus caderas, cada risa que suelta cuando se equivoca, está diseñado para atarme más a ella.
Sí, debo reconocerlo.
Estoy jodidamente enamorado de esta mujer.
Y mientras la hago girar entre mis brazos, sintiendo su cuerpo pegado al mío, solo puedo pensar en una cosa: No importa lo que cueste.
No importa lo que venga.
No la voy a dejar ir.
Nunca.
Después de bailar y gastar energía entre la multitud, sujeto a Zabina del brazo y la saco con decisión de la plaza, ella me sigue divertida.
Le muestro algunos lugares y le hablo un poco de cultura, ella me escucha con interés, como si le hablara de la cosa más genial del mundo.
Entramos a una posada discreta que conozco bien.
Dejo unas monedas sobre el mostrador sin decir palabra y subo con ella las escaleras de madera, sintiendo su mano temblar ligeramente en la mía.
En cuanto entramos a la habitación, pongo el seguro.
La sujeto por la cintura y la pego contra la pared, ella sonríe coqueta.
La beso con hambre, casi con rabia, mientras mis manos buscan quitarle la ropa con impaciencia.
Tantos lazos me desquician.
Le desato el último del vestido y lo dejo caer al suelo.
La cargo sin esfuerzo, y la dejo suspendida entre la pared y mi cuerpo.
Sus piernas rodean mis caderas de inmediato, su calor se mezcla con el mío.
Dejo sus pechos libres y los muerdo con fuerza, succionando uno de sus pezones hasta hacerla gemir alto.
Me desabrocho los pantalones con una mano y me hundo en ella de un solo movimiento profundo, arrancándole un grito ahogado.
Está caliente, apretada, empapada.
Sus brazos se aferran a mis hombros.
Sus piernas me rodean con más fuerza mientras comienzo a moverme lento.
Cuando tiene el primer orgasmo y está temblorosa y jadeando mi nombre, me acerco a su oído mordiendo el lóbulo de su oreja.
—Dime qué te preocupa —susurro.
Me mira con los ojos vidriosos de placer.
La embisto profundo, haciéndola cerrar los ojos y gemir.
—Habla, Zabina.
—Abisaí… Nuestras miradas se encuentran.
—Te lo juro… no es nada.
—Mientes.
—Está bien… te lo diré… Son celos, Abisaí.
Frunzo el ceño al escucharla.
¿Piensa que me puede engañar?
—Conocí a Halan y…
soy una estúpida, lo sé.
Tú vas a ser el emperador y yo solo soy una tonta con un poco de suerte…
Las lágrimas corren por sus mejillas.
Sé que esa no es la verdad, Zabina no es celosa, ni padece de inferioridad.
Lamo sus lágrimas.
—No quería decírtelo y parecer una celosa posesiva…
yo solo…
soy una más en tu harén.
Le sujeto la cara.
Nos miramos y pego la frente sobre la suya.
La beso casi con rabia, tragándome sus palabras, tragándome mi propia furia.
La sujeto con más fuerza y sigo moviéndome dentro de ella, más profundo, más duro, como si pudiera borrar con mi cuerpo todo lo que acaba de decir.
La llevo hasta la cama sin salir de ella.
La dejo caer sobre el colchón y la cubro con mi cuerpo.
Su olor se pega en mi nariz, es adictivo.
Sigo dándole más, sin piedad, escuchándola gritar de placer y pedirme que pare.
No la escucho.
Sigo embistiéndola hasta que su segundo orgasmo la hace arquearse debajo de mí.
Solo entonces me dejo ir, corriéndome profundamente en su interior.
Nos quedamos así, jadeando, pegados, sudados.
Ninguno habla.
Le acaricio la espalda por largos minutos hasta perder la noción del tiempo.
—Volvamos a bajo.
Ya debemos volver —me levanto.
Me quedo sentado un segundo y me aparto el cabello de la cara.
Me miente.
Saberlo me molesta.
Lo peor es que no sale de mi cabeza la sensación de que me estoy perdiendo de algo.
Me pongo en pie y tomo mi ropa.
Ella se levanta y comienza a arreglarse la ropa sin mirarme.
—¿Estoy lista?
Me detengo frente a ella.
—Aprende esto de mí, Zabina —murmuro—.
Nunca me mientas.
—No lo hago —dice bajito.
Sonrío.
—Es solo una advertencia, preciosa.
Sujeto su mano y la saco de allí.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade El amor entre Zabina y Abisaí es intenso, casi adictivo… pero también empieza a mostrar sus grietas.
Entre celos, mentiras y una necesidad desesperada de aferrarse el uno al otro, la relación se vuelve tan peligrosa como irresistible.
Porque cuando el amor se mezcla con poder, posesión y secretos… la caída no es cuestión de “si”, sino de “cuándo”.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com