Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 3
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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 Zabina Se sienta despacio y se lleva una mano a la cabeza.
El cabello oscuro le cae sobre la frente.
Sus ojos me encuentran a mí.
—¿Quién eres?
—pregunta.
La voz le sale ronca, como si viniera de muy adentro.
—Zabina —me apuro a responder antes de que el silencio se vuelva más incómodo de lo que ya es—.
Le encontré en el bosque.
Estaba herido.
Le traje aquí antes de que los cazadores llegaran hasta usted.
Me mira un momento sin decir nada.
Luego baja los ojos hacia su costado, donde la herida debería estar, y frunce el ceño.
Se toca la piel con los dedos, despacio, como si esperara encontrar algo que ya no está.
—¿Cómo es posible?
—sus ojos vuelven a los míos—.
¿Eres una sanadora?
Parpadeo.
La palabra me cae encima como una salida inesperada y la tomo sin pensarlo dos veces.
—Sí.
Soy eso.
Una sanadora.
Algo cambia en su expresión.
La tensión de sus hombros cede apenas.
—Bien —vuelve a mirarme—.
Eso es muy bueno.
Se pone de pie de un tirón.
Yo me levanto por instinto.
Es más alto de lo que parecía tumbado.
Se tambalea y tiene que sujetarse del marco de la cama.
Hace una mueca de dolor que intenta disimular al instante.
Mis ojos traicioneros se deslizan por su abdomen marcado antes de que pueda detenerlos.
Los aparto de inmediato, con las mejillas ardiendo.
—Debería sentarse —le digo—.
El kirys deja el cuerpo débil aunque la herida esté cerrada.
Necesita descansar un poco más.
Me mira de una manera que me pone nerviosa.
—¿Vives sola aquí?
—Sí.
El silencio que sigue pesa de una forma extraña.
Ninguno de los dos lo llena.
Entonces escuchamos voces afuera.
Pasos sobre las hojas secas.
Él se tensa de golpe y sus ojos van a la pared como si pudiera ver a través de ella.
—No se preocupe —le digo en voz baja—.
Esta casa es segura.
Por fuera no es más que un árbol viejo.
Pasan de largo siempre.
Me mira.
Escuchamos los pasos alejarse lentamente hasta que el bosque vuelve a su silencio habitual.
Suelta el aire.
Se sienta en el borde de la cama con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos.
—Es raro ver a un dragón negro por estas tierras —le digo.
Levanta la cabeza de golpe.
—El bosque de Jurdiena está lleno de cazadores que colindan con la frontera de tu reino —me cruzo de brazos—.
Tuvo suerte de que estuviera cerca.
Me debe la vida.
Arquea una ceja.
Por un segundo temo haberme pasado de lista, pero entonces la comisura de su boca se eleva apenas.
—¿Y cuánto cobra una sanadora por salvar una vida?
—pregunta.
Su voz es tranquila, casi divertida, como si de pronto hubiera recuperado el control de la situación.
—No cobro nada —respondo—.
Solo le pido que, en cuanto pueda caminar sin caerse, se vaya.
—Qué generosa.
—Qué conveniente para usted.
Sonríe.
—Abisaí —dice.
—¿Perdón?
—Mi nombre.
Ya que estamos siendo formales, Zabina.
La forma en que pronuncia mi nombre me hace dar un paso atrás sin darme cuenta.
—¿Tiene a alguien que sepa dónde está?
—pregunto—.
¿Alguien que le esté buscando?
La sonrisa desaparece.
Algo oscuro cruza su rostro, demasiado rápido para leerlo.
—No —responde—.
Por ahora, no.
Se deja caer contra la almohada y cierra los ojos, como si esa confesión le pesara más de lo que quiere mostrar.
Yo me quedo de pie en el centro de mi cabaña, en el único lugar del mundo donde se supone que estoy a salvo, mirando a un dragón negro dormirse en mi cama.
Y sin entender muy bien cómo demonios llegué hasta aquí.
Preparo la mesa como si el simple hecho de poner dos platos pudiera normalizar la situación.
Por primera vez desde la muerte de mi padre voy a cenar con compañía.
No es la compañía que hubiera elegido, claro.
Pero el estofado ya está hecho y él necesita comer si quiere recuperar las fuerzas, y yo necesito que recupere las fuerzas si quiero que se vaya pronto.
Me asomo a la habitación.
Sigue ahí.
Tirado en mi cama con un brazo sobre el pecho y el otro colgando hacia el suelo, el cabello oscuro revuelto sobre la almohada.
La lámpara lo ilumina apenas y las sombras le marcan la mandíbula, el cuello, el abdomen.
Parece dormido.
Me acerco sin hacer ruido.
Solo voy a avisarle que la cena está lista.
Eso es todo.
Me detengo al borde de la cama y lo miro un momento que se alarga más de lo que debería.
Tiene la boca entreabierta, los labios relajados, sin esa sonrisa arrogante que me sacó de quicio antes.
Así, quieto y vulnerable, es… devastadoramente guapo.
Mi corazón se acelera.
Un cosquilleo traicionero me recorre el estómago.
Entonces abre los ojos.
En un movimiento que apenas registro, me atrapa por la muñeca.
El mundo gira y de pronto estoy tumbada de espaldas sobre la cama, con su cuerpo grande y caliente cubriendo el mío y su mano sujetándome la muñeca contra la almohada.
Me mira desde arriba, los ojos todavía entornados entre el sueño y la alerta, como si no terminara de decidir si soy peligro o presa.
—¿Qué hace?
—susurro, con el corazón golpeándome las costillas.
—Reflejo —dice—.
No aparezcas así de repente sobre alguien que acaba de sobrevivir una emboscada.
—Vine a avisarle que la cena está lista…
Ninguno de los dos se mueve.
Soy demasiado consciente de su mano grande rodeando mi muñeca, del calor que irradia su piel desnuda, del peso delicioso de su cuerpo presionándome contra el colchón.
Del espacio que ya no existe entre nosotros y que debería existir.
—Debería soltarme —digo al fin, casi sin voz.
—Debería —murmura.
Pero no lo hace.
Sus ojos bajan un instante a mi boca y vuelven a subir.
Tan rápido que casi podría haberlo imaginado.
Casi.
—Abisaí… —Zabina.
Dice mi nombre exactamente igual que antes: como si lo estuviera saboreando.
Y ese sonido me resulta más peligroso que cualquier flecha de kirys.
—¿No me va a soltar?
Me suelta.
Se incorpora y se sienta en el borde de la cama, pasándose una mano por el cabello como si no acabara de tenerme inmovilizada bajo su cuerpo hace tres segundos.
Me siento también.
Me arreglo el vestido.
Miro hacia otro lado.
—Dijiste que la cena estaba lista —dice.
—Sí.
—Bien.
Tengo hambre.
Se levanta y sale de la habitación como si la cabaña fuera suya.
Yo me quedo sentada en el borde de mi propia cama, con el pulso todavía desbocado, preguntándome en qué clase de problema enorme acabo de meter a mi casa.
Sirvo los platos sin mirarlo demasiado.
Es difícil no mirarlo.
Está sentado en mi única silla buena con los codos sobre la mesa y esa postura de quien ocupa el espacio como si le perteneciera.
Hay algo irritante y fascinante en eso al mismo tiempo.
—¿Siempre cenas sola?
—pregunta.
—Siempre.
—¿Y no se vuelve uno loco?
—Me acostumbré.
Me siento frente a él y tomo el cubierto.
Siento su mirada pero no levanto los ojos del plato.
—¿Qué?
—digo.
—Nada —hace una pausa—.
Es que no esperaba que una sanadora viviera en el interior de un árbol.
—¿Y dónde esperaba que viviera?
—No sé.
En un pueblo.
Con vecinos.
—No me gusta estar rodeada de personas.
Amo la soledad.
—¿Cuántos años tienes?
—pregunta.
—¿Por qué?
—Curiosidad.
—La curiosidad es peligrosa.
—Solo para la gente aburrida —se recuesta en la silla—.
Veinte.
Veintiuno…
—Veintidós.
Arquea las cejas.
—¿No eres demasiado joven para vivir en un bosque?
Los humanos son tan peligrosos como los dragones.
Una joven sola es carnada fácil para los depredadores.
—Gracias por el consejo.
Sé cuidarme bien.
—No lo creo.
Nos miramos.
—Trajiste a un dragón a tu lugar seguro —su voz es tranquila, sin burla—.
Eso no lo hacen las personas sensatas.
Trago en seco.
—A veces la bondad suele ser peligrosa en nuestro mundo, Zabina.
—¿Cree que cometí un error al traerlo?
Sonríe.
—No.
Ganaste un favor.
Ahora te debo la vida y eso es mucho.
—No me debe nada —murmuro.
—¿De qué es?
—pregunta mirando el plato.
—¿A qué se refiere?
—A la carne —toma otro bocado—.
Es muy buena.
Sonrío sin querer.
—Ciervo.
—¿Lo cazaste tú?
Señalo con el mentón el arco y las flechas que cuelgan en la pared.
Él los mira un momento y algo cruza su expresión, algo que no es exactamente sorpresa sino reconocimiento.
Me agrada más de lo que debería.
Deja el cubierto sobre la mesa.
—Necesito pedirte un favor, Zabina.
El tono cambió.
Ya no es el de antes, el encantador y tranquilo.
Este es directo, sin adornos, y eso me pone más alerta que cualquier sonrisa suya.
—Mi hermano está herido.
Una flecha de kirys en el pecho, hace cuatro días.
Nuestros sanadores no pueden hacer nada contra el veneno —me mira fijo—.
Necesito que vengas a Anwar.
Solo un día.
Lo curas y te traigo de regreso yo mismo, te lo juro.
El corazón se me agita.
—Está loco —digo antes de poder evitarlo.
—Probablemente.
—Yo no puedo entrar a un reino de dragones negros.
—Como mi invitada nadie te tocaría.
Tienes mi palabra.
—Su palabra —suelto una carcajada—.
Usted no sabe nada de mí.
No sabe por qué no puedo ir, no sabe lo que me arriesgo solo estando aquí sentada con usted —sacudo la cabeza—.
No puedo.
Lo siento.
—Te pagaré.
Lo que pidas.
—No necesito oro.
—Todo el mundo necesita algo, Zabina.
—Pues yo no.
La respuesta es no.
Me mira un momento, asiente una sola vez, y vuelve a tomar el cubierto.
—Está bien —dice.
Y no vuelve a mencionarlo.
Terminamos de cenar en silencio.
No es un silencio incómodo exactamente.
Ojalá pudiera ayudarlo.
Pero Anwar no es un lugar al que yo pueda entrar y salir sin consecuencias.
Si fuera alguien de renombre, alguien con poder suficiente para emitir un decreto que me protegiera dentro de ese reino… tal vez valdría la pena el riesgo.
Tal vez.
—Me iré en la mañana —dice al fin—.
No quiero seguir molestándola.
Lo miro.
—Tal vez pueda ayudarlo a conseguir a alguien.
En el pueblo vive un sanador que practicaba la magia.
No sé si siga vivo, pero puedo averiguar.
Se queda quieto un momento.
—Acepto.
Sonrío y me levanto demasiado rápido, chocando la cadera contra el borde de la mesa.
El cubierto tintinea contra el plato.
Finjo que no pasó nada y recojo los platos, sintiendo su mirada clavada en mi espalda todo el tiempo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Si fueras Zabina… ¿irías a Anwar o te alejarías del peligro?
Ella ya tomó una decisión.
Pero Abisaí no parece ser un hombre que acepte un “no” como respuesta…
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