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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 Abisaí Salimos por la abertura del techo y el bosque nos recibe en quietud.

El amanecer apenas empieza a filtrarse entre las copas.

El aire es frío y este lugar ya me gusta más de lo que quisiera admitir.

No sé si es el bosque o…

es ella.

Zabina camina delante de mí con la capa puesta y la capucha baja sobre la frente.

Yo llevo otra que me ofreció sin que se la pidiera: la que perteneció a su padre.

No hice preguntas.

Todavía.

Se mueve entre los árboles con una gracia silenciosa, como alguien que ha aprendido a ser invisible para sobrevivir.

No duda, no hace ruido, conoce cada raíz y cada sombra.

Hay algo en esa seguridad tranquila que me impresiona más que cualquier guerrero que haya visto entrenar en los patios de Anwar.

Es linda.

Demasiado linda.

Pero no es solo eso.

Hay algo en ella que lleva horas ocupándome la mente, algo que no termino de descifrar y que, por alguna razón, me resulta mucho más interesante que cualquier respuesta que pudiera darme.

—El pueblo queda a media hora —dice sin volverse—.

Cuando lleguemos, no hables más de lo necesario.

—¿Por qué?

Me mira por encima del hombro, solo un segundo.

—Porque tienes cara de no ser de aquí.

Y eso llama la atención.

No queremos eso.

Sigue caminando.

Yo sonrío solo, disfrutando del tono mandón que intenta usar conmigo.

Caminamos un rato en silencio.

El bosque a esta hora tiene una quietud especial, y me sorprendo pensando que entiendo por qué ella eligió vivir aquí.

O casi lo entiendo.

Me retraso un instante y la pierdo de vista entre los troncos.

—Zabina —la llamo.

Su cabeza asoma detrás de un tronco ancho.

La capucha ha caído hacia atrás y el cabello oscuro le cae suelto sobre los hombros.

—¿Anwar es grande?

—pregunta.

Me acerco despacio.

Ella no se mueve, sigue apoyada contra la corteza con los ojos levantados hacia mí.

Hay algo en esa imagen, ella pequeña contra el árbol enorme, mirándome así, que me cuesta soltar.

—¿Quieres conocerla?

Solo me mira.

Sé que lo está considerando.

Sé también que si logro convencerla, habré salvado a mi hermano y recuperado mi libertad.

Eso es lo único que debería importarme.

—¿Todos los dragones son como tú?

—pregunta de pronto.

—¿Cómo soy yo?

Hace ese gesto con los labios que me fascina.

—Soy más atractivo que el promedio —digo con una sonrisa arrogante—, pero más o menos.

Le arranco una sonrisa que desaparece tan rápido como llegó, como si no quisiera que la viera disfrutar de mí.

—¿Por qué asesinaron a los dragones blancos?

La pregunta me golpea de frente, sin aviso.

Me quedo quieto, buscando en su rostro alguna pista de por qué demonios pregunta eso.

—Las cosas no son tan simples —murmuro—.

¿De dónde escuchaste eso?

No responde.

Suspira y mira hacia el cielo entre las ramas.

—Dicen que ustedes los asesinaron.

Que les arrebataron su gema.

Que son malos… —No es así.

—¿Y cómo es entonces?

—Es un tema delicado.

¿Cómo una simple humana puede saber de los dragones blancos?

Un ruido nos interrumpe.

Una manada de ciervos cruza a pocos metros.

Zabina se pega al tronco y cierra los ojos un segundo, como si necesitara recomponerse.

El momento se rompe.

—Mejor sigamos —dice.

El tema queda atrás, pero la curiosidad me sigue picando como una espina bajo el pie.

El pueblo aparece entre los árboles cuando el sol ya está arriba.

Es pequeño y apagado.

Tranquilo.

La gente camina con los ojos al frente y las conversaciones son cortas.

Me jalo la capucha.

—El sanador vivía en la calle del fondo —dice Zabina, y me sujeta por el brazo con una naturalidad que creo que no nota—.

Vamos.

Atravesamos la calle principal.

Nadie nos presta atención, todos están ocupados en sus cosas.

Llegamos a una puerta azul y Zabina toca.

Una mujer mayor abre y nos mira con esa expresión de quien ya sabe lo que le van a preguntar.

—El señor Marrider murió hace dos semanas —dice, y cierra antes de que podamos responder.

Zabina se queda mirando la puerta cerrada un momento.

—Lo siento —me dice.

La miro.

—Ayúdame tú.

Suspira.

—Ya hablamos de esto.

—Tu magia cerró una herida de kirys en menos de un minuto, Zabina.

No me digas que no puedes.

—No dije que no puedo.

Dije que no puedo ir a Anwar —susurra—.

Son cosas distintas.

—¿Por qué no puedes ir?

Abre la boca y la cierra.

Hay algo ahí, algo pesado que está midiendo si contármelo o no.

Espero.

Presionar ahora sería un error.

—No entenderías —dice al final.

Tiene miedo.

Un miedo real, profundo.

No es simple reticencia.

Es el miedo de alguien que tiene una razón concreta y peligrosa para negarse.

No lo entiendo todavía… pero lo voy a entender.

Levanto la mano despacio y paso los nudillos por su mejilla.

Su piel es suave y fría por el aire de la mañana.

Ella no se aparta.

Solo me mira.

—Está bien —digo en voz baja.

Frunce el ceño, claramente sorprendida de que cediera tan fácil.

Antes de que pueda decir nada, los veo.

Cuatro cazadores al final de la calle, preguntando a un hombre que señala en todas direcciones con cara de no saber nada.

Flechas de kirys brillando en sus cintos.

—Tenemos que movernos —le digo al oído.

Le sujeto la mano y entrelazo nuestros dedos sin pensarlo dos veces.

Ella no los suelta.

Doblamos la esquina y nos detenemos en seco.

Otro grupo.

Y entre ellos, de espaldas a nosotros, Corin.

La rabia me sube como fuego por el pecho, pero la aplasto.

Este no es el momento.

Miramos a los lados.

A nuestra izquierda hay una capilla pequeña con la puerta entreabierta.

Empujo a Zabina dentro y cierro sin hacer ruido.

La capilla es oscura y huele a cera vieja y madera húmeda.

Solo hay dos bancas estrechas y una ventana sellada.

El espacio es tan pequeño que apenas cabemos los dos.

Zabina queda de cara a la puerta, con la espalda pegada a mi pecho.

Ninguno habla.

Los pasos afuera se acercan.

Ella aguanta la respiración.

Yo también… aunque no del todo por los mismos motivos.

Porque su cabello me roza la mandíbula y lleva horas siguiéndome ese olor suyo a pino.

Porque en este espacio ridículamente pequeño soy consciente de cada punto donde su cuerpo toca el mío: la curva de su espalda contra mi pecho, su mano todavía entrelazada con la mía, el calor que desprende a pesar del frío.

Los pasos se detienen justo frente a la puerta.

—¿Revisaron bien todo el pueblo?

—La voz de Corin llega clara, tranquila, como si no hubiera matado a Rader hace unos días.

Como si no hubiera intentado asesinar al hijo de su rey.

—Sí, señor.

El dragón negro no está.

—No pudo escapar así.

Está herido —rezonga Corin—.

Maldición.

Le da un puñetazo a la puerta.

El golpe resuena dentro.

Zabina se gira hacia mí.

Apoya la frente contra mi pecho y sus manos se aferran a mi capa.

Le respondo con un gesto: quieta.

—Debe seguir en el bosque —dice Corin—.

Vamos.

No puede regresar a Anwar.

Eso es lo que importa.

—Morirá antes de llegar —comenta otro.

—No lo conoces.

El príncipe es muy tenaz.

Zabina levanta los ojos hacia mí, llenos de preguntas.

Los pasos se alejan.

Ninguno de los dos se mueve.

Ella sigue mirándome, procesando lo que acaba de escuchar.

—¿Tú…?

No la dejo terminar.

Me inclino despacio, casi sin decidirlo, y hundo la nariz en su cuello.

Ese olor me vuelve loco.

Me dan ganas de morderla, de probarla, de descubrir qué demonios es lo que me tiene tan obsesionado.

Ella no se aparta.

—¿Qué… haces?

—susurra, con la voz temblorosa.

—No lo sé.

Rozo la piel sensible de su cuello con la nariz.

Su cuerpo se estremece contra el mío.

Nos miramos.

La capucha le ha caído hacia atrás y el cabello oscuro le enmarca el rostro.

Tiene los labios entreabiertos y en sus ojos ya no hay miedo.

Hay algo mucho más peligroso: deseo puro, crudo, igual al que me está quemando a mí.

Mierda.

La sujeto por la nuca con una mano, la giro y la pego contra la madera de la puerta.

Mi boca baja sobre la suya sin piedad.

Me adueño de sus labios, de su sabor, de cada pequeño sonido que escapa de su garganta.

Mi lengua busca la suya y ella responde con la misma intensidad.

La beso como si quisiera marcarla, como si el mundo afuera pudiera desaparecer y solo quedáramos nosotros dos en esta capilla oscura.

Cuando nos separamos, los dos respiramos agitados.

—Esto… no debió pasar —dice en voz baja, con los dedos rozándose los labios hinchados.

—Probablemente no —respondo, con una sonrisa oscura.

—No va a volver a pasar.

Tú eres un dragón negro y un… príncipe.

Y yo… yo soy… —No lo digas.

Me mira como si quisiera empujarme y, por alguna razón, eso me parece lo mejor que me ha pasado en días.

Abro la puerta y me asomo.

La calle está despejada.

—Vamos —digo—.

Ya es seguro.

Sale sin mirarme y se coloca la capucha con manos temblorosas.

La sigo con la sonrisa todavía en la cara y pienso que Anwar puede esperar un poco más.

—Ese dragón fue el que te traicionó —dice cuando llego a su lado.

No sé si es pregunta o certeza.

—¿Cómo sabes…?

—Sé diferenciar a los dragones de los humanos.

¿Qué vas a hacer?

—Matarlo cuando tenga el tiempo y la oportunidad.

Primero debo encontrar un sanador para mi hermano.

No puedo dejarlo morir.

—Lo siento… —¿Por qué?

—Por no poder ayudarte.

Acelera el paso.

Yo sonrío solo, mirándole la espalda.

—Por ahora —murmuro.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade ¿Qué es más peligroso… Corin afuera buscándolos… o lo que acaba de pasar entre ellos dentro de la capilla?

Zabina sabe que acercarse a Abisaí puede destruirla… pero aún así no se aparta.

Si fueras ella… ¿te alejarías ahora o ya es demasiado tarde?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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